En este artículo queremos dejar un rato de lado nuestra reflexión histórica sobre los pensadores, que fueron construyendo lo que hoy conocemos como religión cristiana, para prestar atención a una de esas cosas absurdas que hemos heredado, en el paquete de dogmas y creencias poco o mal reflexionadas, y que deja entrever una idea que, eso sí, es una constante en este blog, y es que la fe no tiene ninguna necesidad de apartarse de la razón, es más, el pensamiento puede perfectamente elevar al alma hasta la comprensión de las verdades más profundas de su experiencia. Pues el camino de la razón nos dirige siempre a lo universal, mientras que lo meramente psíquico siempre se mueve en el plano de lo individual y subjetivo. Hecha esta breve introducción hoy queremos trasladar algunas reflexiones sobre eso que se conoce como “el castigo eterno”, ¿es posible que el alma pueda consumirse eternamente en los fuegos del Infierno? Pues, evidentemente, no. Ya el planteamiento de la cuestión es una torpeza, malintencionada, pero una torpeza, que fácilmente puede ser desenmasacarada con un mínimo de lógica.
Efectivamente, se trata de una evidente contradicción, pues un castigo no puede ser eterno, nos parece increíble que tal idea haya pasado inadvertida para una gran parte de los creyentes de cualquier confesión que amenace con las penas de un castigo eterno, pues dice muy poco en favor de tales creyentes, y menos todavía de los difusores de tal idea. La eternidad es un atributo y cualidad divina, por tanto, no es posible un castigo eterno, ya que es tanto como hablar de un castigo divino, lo que es contradictorio. El que tal afirma, es un ignorante de los rudimentos de cualquier teología: los atributos de Dios no se dan de forma separada o independiente, afirmar la eternidad de Dios es afirmar su perfección, su bondad, su simplicidad, y por tanto, a pesar de que son distintos atributos son perfectamente equiparables, ni en Dios ni en criatura alguna puede darse la eternidad al margen de la bondad o de la perfección. Por tanto, ¿cómo sería posible un castigo eterno, o una maldad eterna?
Efectivamente, se trata de una evidente contradicción, pues un castigo no puede ser eterno, nos parece increíble que tal idea haya pasado inadvertida para una gran parte de los creyentes de cualquier confesión que amenace con las penas de un castigo eterno, pues dice muy poco en favor de tales creyentes, y menos todavía de los difusores de tal idea. La eternidad es un atributo y cualidad divina, por tanto, no es posible un castigo eterno, ya que es tanto como hablar de un castigo divino, lo que es contradictorio. El que tal afirma, es un ignorante de los rudimentos de cualquier teología: los atributos de Dios no se dan de forma separada o independiente, afirmar la eternidad de Dios es afirmar su perfección, su bondad, su simplicidad, y por tanto, a pesar de que son distintos atributos son perfectamente equiparables, ni en Dios ni en criatura alguna puede darse la eternidad al margen de la bondad o de la perfección. Por tanto, ¿cómo sería posible un castigo eterno, o una maldad eterna?
Pero es que además, quien tal afirma, también demuestra un precario conocimiento de la naturaleza humana, pues el verdadero sufrimiento del ser humano viene por el hecho de la muerte, de la limitación e impermanencia de la vida, el verdadero miedo que reside en el fondo de todo ser humano, y en general de toda alma que lucha por su subsistencia, es el miedo a la muerte. Es por tanto, la conciencia de limitación, de impermanencia, de estar viviendo una existencia efímera, lo que realmente nos hace sufrir, es el tiempo y no la eternidad lo que nos tortura, por tanto, cualquier castigo que se precie tendría que ser, necesariamente, temporal.
Quien se inventó el tema del castigo eterno es claro que no sabía de qué estaba hablando, se trataba de llenarse la boca con una amenaza que sonara muy gorda, pero que a cualquier espíritu un poco sutil, le parecería una soberana sandez. Tanto el pitagorismo, como el platonismo, que le sigue en su doctrina sobre el alma, afirmaban una condena mucho peor, que además viene confirmada por algunas doctrinas orientales, y que es la transmigración de las almas. Aunque de ello pueden sacarse otras conclusiones, hasta un tipo de moral diferente, pues en uno y otro caso, el alma es inmortal, lo que padece lapsos de inconsciencia, no es capaz de reconocer su naturaleza divina, esto es su naturaleza eterna, pero ello es consecuencia de la falta de conocimiento de su verdadera esencia. Es lógico pensar que si lo que realmente hace sufrir al ser humano y a cualquier animal cuya vida se caracteriza por la lucha por la subsistencia, es la muerte, el castigo platónico de las transmigraciones sea debido a la falta de conocimiento, lapsos temporales de inconsciencia, y que sea precisamente el conocimiento lo que le pueda sacar del eterno rodar del ciclo de las reencarnaciones. Así sólo los verdaderos filósofos, los amantes de la Sabiduría, eterna y perfecta, podían salir del eterno vagar en las tinieblas de la consciencia. Esto tiene un poco más de sentido, que afirmar la existencia de un castigo eterno al final de una vida de unos ochenta o noventa añitos, que no son nada en las amplias dimensiones del acontecer universal.
Por otra parte, los dioses que crearon los filósofos son dioses que no castigan, que la idea de castigo les resulta extraña, pues estos dioses son completamente trascendentes, y se mueven más en el plano de lo inteligible, es decir, los atributos, caracteres y naturalezas de los diferentes dioses enunciados a partir del descubrimiento de la filosofía, y a partir de las distintas concepciones y sistemas filosóficos, están siempre relacionados con aspectos propios del pensamiento: para los pitagóricos los dioses eran Números; para Platón las Ideas; para Parménides y los eleatas, el Ser; para Aristóteles el Intelecto que se piensa a sí mismo; para los estoicos la Razón; para los neoplatónicos el Uno; etc. Todas estas nuevas divinidades tienen un común denominador, están relacionadas con el pensamiento, y, además, se distancian y trascienden las contingencias de los mitos humanizados, donde sí aparecía el castigo, el capricho, la venganza, y otras pasiones irracionales, que se atribuían a dioses demasiado personalizados, como el barbudo Zeus, su celosa esposa Hera, las negras y vengadoras Erinias, el belicoso Marte, etc. Castigo, venganza y otras lindezas no son propias de los Números divinos, o de las Ideas o del Ser, o de la Inteligencia, que es lo que evidentemente le falta a aquellas personas que creen y propagan el absurdo de una tortura eterna en los fuegos del Infierno.
Bueno, ahí queda la reflexión, desde aquí también queremos animar a vivir una vida alegre, disfrutarla al máximo, pero añadiríamos aquella frase que se encuentra en el origen de la Filosofía: “conócete a ti mismo”.
Saludos,
Juan Almirall
Quien se inventó el tema del castigo eterno es claro que no sabía de qué estaba hablando, se trataba de llenarse la boca con una amenaza que sonara muy gorda, pero que a cualquier espíritu un poco sutil, le parecería una soberana sandez. Tanto el pitagorismo, como el platonismo, que le sigue en su doctrina sobre el alma, afirmaban una condena mucho peor, que además viene confirmada por algunas doctrinas orientales, y que es la transmigración de las almas. Aunque de ello pueden sacarse otras conclusiones, hasta un tipo de moral diferente, pues en uno y otro caso, el alma es inmortal, lo que padece lapsos de inconsciencia, no es capaz de reconocer su naturaleza divina, esto es su naturaleza eterna, pero ello es consecuencia de la falta de conocimiento de su verdadera esencia. Es lógico pensar que si lo que realmente hace sufrir al ser humano y a cualquier animal cuya vida se caracteriza por la lucha por la subsistencia, es la muerte, el castigo platónico de las transmigraciones sea debido a la falta de conocimiento, lapsos temporales de inconsciencia, y que sea precisamente el conocimiento lo que le pueda sacar del eterno rodar del ciclo de las reencarnaciones. Así sólo los verdaderos filósofos, los amantes de la Sabiduría, eterna y perfecta, podían salir del eterno vagar en las tinieblas de la consciencia. Esto tiene un poco más de sentido, que afirmar la existencia de un castigo eterno al final de una vida de unos ochenta o noventa añitos, que no son nada en las amplias dimensiones del acontecer universal.
Por otra parte, los dioses que crearon los filósofos son dioses que no castigan, que la idea de castigo les resulta extraña, pues estos dioses son completamente trascendentes, y se mueven más en el plano de lo inteligible, es decir, los atributos, caracteres y naturalezas de los diferentes dioses enunciados a partir del descubrimiento de la filosofía, y a partir de las distintas concepciones y sistemas filosóficos, están siempre relacionados con aspectos propios del pensamiento: para los pitagóricos los dioses eran Números; para Platón las Ideas; para Parménides y los eleatas, el Ser; para Aristóteles el Intelecto que se piensa a sí mismo; para los estoicos la Razón; para los neoplatónicos el Uno; etc. Todas estas nuevas divinidades tienen un común denominador, están relacionadas con el pensamiento, y, además, se distancian y trascienden las contingencias de los mitos humanizados, donde sí aparecía el castigo, el capricho, la venganza, y otras pasiones irracionales, que se atribuían a dioses demasiado personalizados, como el barbudo Zeus, su celosa esposa Hera, las negras y vengadoras Erinias, el belicoso Marte, etc. Castigo, venganza y otras lindezas no son propias de los Números divinos, o de las Ideas o del Ser, o de la Inteligencia, que es lo que evidentemente le falta a aquellas personas que creen y propagan el absurdo de una tortura eterna en los fuegos del Infierno.
Bueno, ahí queda la reflexión, desde aquí también queremos animar a vivir una vida alegre, disfrutarla al máximo, pero añadiríamos aquella frase que se encuentra en el origen de la Filosofía: “conócete a ti mismo”.
Saludos,
Juan Almirall