Textos, artículos y referencias para reconstruir la historia del cristianismo y del pensamiento occidental. Una aproximación filosófica al pensamiento cristiano.
sábado, 26 de abril de 2014
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sábado, 20 de febrero de 2010
MOZART: HERMETISMO, ALQUIMIA Y MASONERIA
CONFERENCIA DADA POR JUAN ALMIRALL ARNAL, EN VALLADOLID, AUDITORIO CAJA DE ESPAÑA, EL 12 DE FEBRERO DE 2010, Y EN LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO, AVILÉS, EL 13 DE FEBRERO DE 2010:Diógenes Laercios nos cuenta en sus Vidas de Filósofos Ilustres que Empédocles de Agrigento, filósofo pitagórico y mago, había muerto al caer en dicho volcán siciliano. Cito: “Y tú, Empédocles, antaño, al purificar tu cuerpo en sutil llama, apuraste el fuego en inmortales cráteres. No diré que por propia voluntad te lanzaste al flujo del Etna…”
Ya en nuestra era, Hermes Trismegisto también nos habla de una CRATERA. La copa hermética servía para purificar el alma de los hombres que se bautizaban (sumergían) en ella, y así recibían el Noûs, el ESPÍRITU INMORTAL.
“El Demiurgo hizo la totalidad del cosmos, no con las manos, sino con el Logos. Piensa por ello que está presente, que existe eternamente, que creó todas las cosas, que es uno y único y que creó todos los seres por su propia voluntad… Pero si bien el creador, oh Tat, repartió entre todos los hombres el logos, la RAZÓN, no hizo lo mismo con el noûs, el ESPÍRITU INMORTAL. Y no porque menospreciara a algunos, porque el menosprecio no procede de allá, sino que se encuentra solamente aquí abajo en las almas de los hombres que carecen de noûs. – Entonces padre, ¿por qué no concedió Dios el noûs a todos los hombres? – Porque quiso, hijo mío, que el noûs se asentara entre las almas como premio a la carrera. - ¿Y dónde lo emplazó, padre? – Llenó con el noûs una gran Kratêra y la envió a este mundo acompañada de un heraldo que tenía la misión de proclamar a los corazones de los hombres estas palabras: “Bautízate (báptison) en esta Kratêra tú que puedes hacerlo, tú que confías en que retornarás junto al que la ha enviado y sabes por qué has nacido”. Aquellos que comprendieron la llamada y se bautizaron en el noûs, participaron de la gnosis y se convirtieron así en hombres perfectos (téleioi ánthrôpoi), dotados de noûs, del ESPIRITU INMORTAL.” Hermetica IV “Hermo pros Tat ho kratêr, hê monas”.
La palabra griega “KRATÊRA” o cráter tenía varias acepciones: por una parte, designaba a una vasija grande para mezclar el vino con el agua, y que también servía para hacer libaciones; pero también se utilizaba para designar una CAVERNA o un cráter volcánico, es decir, un gran agujero en la Tierra, del que manaba el fuego del Tártaro.
La Teogonía griega comenzaba con la diosa Gea, la diosa Tierra, sobre la cual se extendía el Cielo, Urano, y bajo la cual se encontraba el Tártaro. Por tanto, sin duda el cráter alude a la religión de la gran Madre, la diosa Deméter y su Hija Infernal, la terrible Perséfone, celebrada desde muy antiguo en el famoso Santuario de Eleusis, a pocos kilómetros de Atenas.
Además, en el Himno Homérico a Deméter, que es uno de los pocos testimonios sobre los Misterios de Eleusis que los griegos nos han permitido conocer, vemos a la Diosa Deméter purificando al príncipe Demofoonte con fuego, lo que provoca el horror de los reyes eleusinos. Descubierta la Diosa, aclara que solo aquel fuego podía aportar la inmortalidad al príncipe. Este Himno confirma la revelación de Hermes Trismegisto sobre el Cráter enviado por Dios, la ardiente copa celeste y el fuego de la Diosa, purifican al alma y otorgan la inmortalidad.
En la religión helenística, Hécate, diosa de la magia, Perséfone, Señora de los Infiernos y Artemisa, diosa lunar por excelencia, formaban una única divinidad, y además, estaban identificadas con la Luna y sus fases. Esta diosa polimorfa simbolizaba el Alma del cosmos, la Naturaleza. Una diosa de triple rostro, Artemisa-Hécate-Perséfone, como las caras de la Luna, que en Efeso se representaba como una mujer con múltiples pechos: Artemisa polimastia. Dadora de bienes y Madre del Cosmos y sus criaturas, fue considerada una Diosa fundamental por todos los filósofos platónicos, así como por los Misterios Egipcios, que se propagaron por todo el Imperio Romano, donde esta Triple Diosa es invocada con el nombre de ISIS.
Pero volvamos a la tradición órfico-pitagórica que relacionaba el fuego, la kratêra y las divinidades infernales. De hecho, de lo que se trataba era, como dice Hermes, de purificar el alma por medio del fuego y del agua, antes de elevarse por los cielos.
Platón también recoge en otro diálogo, el “Fedón” una sorprendente descripción de la geografía infernal. Describe el Tártaro como un lugar en el interior de la tierra, donde múltiples corrientes se encuentran en una laguna central, el Aquerusíade, donde las almas de los hombres son purificadas. Una de estas corrientes: “el río que denominan Piriflegetone”, está formado por torrentes de lava, que luego “arroja fragmentos al brotar en cualquier lugar de la tierra”. Platón estaba fascinado por el volcán Etna, que pudo ver cuando visitó la isla de Sicilia.
Pues bien, Platón nos explica que en el Tártaro las almas de los difuntos son arrojadas, según sus crímenes, a los diferentes ríos que menciona. El agua y el fuego preparaban al alma para su viaje celestial, que sólo era posible gracias al noûs, el ESPIRITU INMORTAL O LA INTELIGENCIA DIVINA. El noûs permitía al alma traspasar las esferas planetarias, y alcanzar la bóveda estrellada.
Fue en el siglo V a.C., en Atenas, donde vemos aparecer la Filosofía del Noûs, de la mano de Anaxágoras de Clazómenas. Para este filósofo el Noûs es la misma Mente Divina, la que ha ordenado el Cosmos, gracias a su movimiento circular.
Esta idea es recogida por Platón, que, al igual que Anaxágoras, identifica la Inteligencia Divina con el Demiurgo, el Dios creador y arquitecto del Cosmos, un universo vivo y dotado de razón.
En el diálogo platónico “el Banquete”, Sócrates nos explica como fue iniciado en los Misterios del Noûs por una sacerdotisa: Diotima de Mantinea. Esta sacerdotisa enseña a Sócrates el camino de ascenso del alma hasta las regiones más elevadas del Cielo Inteligible. Este camino de ascenso es como una escalera, la escalera de Eros, tal como la llama el Prof. Giovanni Reale.
Todo Iluminismo tendrá siempre como centro de su metafísica y mística, esta escalera de Platón, es decir, el camino de ascenso espiritual del alma por medio de su potencia intelectiva, el Noûs.
La Gnosis, el Hermetismo y el Neoplatonismo, desarrollarán ampliamente esta idea: el alma, tiene que purificarse en primer lugar por el agua y por el fuego, en el interior de la Tierra. Y una vez purificada de todo lo mortal y corruptible, debía ascender a través de las esferas del cosmos, los orbes planetarios de la astronomía clásica. Sólo así podía alcanzar el Cielo Inteligible, la Bóveda de las Estrellas y las Constelaciones. Así purificada llegará a la naturaleza solar del Noûs, donde el filósofo se encuentra con todas las potencias divinas, junto a las cuales sólo puede cantar himnos de alabanza a Dios, el Padre de todas las cosas, junto con todos los seres celestiales.
Estas ideas filosóficas serán recogidas por los sacerdotes egipcios herméticos y por los Misterios de Isis, tal como nos lo describe Apuleyo de Madaura en su obra “Las metamorfosis o el asno de oro”.
En los Misterios de Isis, según nos cuenta Apuleyo, el iniciado era purificado por la acción de la Diosa, que como dijimos se trataba de la mismísima Alma del Universo, la Diosa Madre, que purifica a sus hijos por el fuego, lo que, a decir de Apuleyo, les permitía elevarse por todas las regiones celestes, “llegué a las fronteras de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y a mi regreso crucé todos los elementos; en plena noche, vi el sol que brillaba en todo su esplendor; me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y los adoré de cerca.”
Demos ahora un salto en el tiempo, y situémonos en el Siglo de las Luces, donde veremos reaparecer estas ideas platónicas y herméticas, en un escenario muy típico y curioso propio de la época: la Hermandad de los Francmasones.
No vamos a poder contestar aquí a la pregunta: ¿qué es la Francmasonería? Pues se trata de un fenómeno bastante complejo, como podrán comprender tras nuestro relato. Pero lancemos algunas hipótesis sobre la naturaleza de la denomina “Francmasonería especulativa”, que domina en las actuales Logias de Francmasones.
En el año 1614 se publicó en Alemania una obra singular: “la Fama Fraternitatis de la Orden Rosacruz”, que hacía una llamada a todos los científicos y filósofos de Europa, para agruparse en una sociedad universal y compartir sus conocimientos.
Cuatro años más tarde, en 1618, comienza la Guerra de los Treinta Años, que enfrenta a la muy católica Casa Imperial de los Habsburgo contra los Estados alemanes reformados, que además habían sido muy receptivos a la llamada de la Orden Rosacruz. Sin embargo, no encontramos en todo el siglo XVII testimonio de ninguna Sociedad u Orden Rosacruz, que operase realmente bajo tal nombre. Ahora bien, existieron algunos círculos de filósofos y científicos, que se unieron bajo la forma de sociedades, bien místico-cristianas, bien científicas, respondiendo a la llamada de los Rosacruces.
En Inglaterra y Escocia, donde la Guerra de los Treinta Años no había penetrado, los científicos inspirados por la Fama encontraron un lugar pacífico y adecuado para asociarse, y algunos de ellos entraron a formar parte de las antiguas cofradías de constructores de catedrales, que seguían ciertos ritos de iniciación corporativos, en el interior de las llamadas Logias. Existen pocos testimonios de ellos, tal vez el más importante sea el caso de Elias Ashmole, político, anticuario y alquimista británico, que testimonia en sus diarios de la pertenencia a una Logia en Warrington, Condado de Lancashire. Ashmole también había publicado una respuesta a la noble Orden de la Rosacruz, en la que pedía su ingreso.
El impresionante despliegue de las Logias por toda Europa y América, comienza a partir del año 1717. En este año, cuatro Logias londinenses se agrupan para formar la primera Gran Logia, con un único Gran Maestro y una Constitución propia. Se trataba de la primera federación de logias, que crecerá sorprendentemente en pocos años, no solo en Inglaterra y Escocia, sino por toda Europa.
Las Logias que recibían patente de la Gran Logia de Inglaterra, ofrecían la iniciación en los tres grados llamados de San Juan: aprendiz, compañero y maestro. Así fue hasta finales de los años 30 y principios de los 40. En el año 1737, el Caballero Ramsay da su famoso discurso, en el que justifica la introducción de nuevos grados, los grados de la Francmasonería Capitular de San Andrés, inspirados en la Orden de los Templarios. Ramsay era partidario de la causa de los Estuardo, que habían perdido el trono de Inglaterra y Escocia a principios del siglo XVIII. Los Estuardo eran católicos, y recibieron el apoyo de Roma.
Los nuevos grados de la Francmasonería Capitular de San Andrés eran nueve: aprendiz, compañero, maestro, maestro perfecto o arquitecto irlandés, maestro elegido, aprendiz-compañero, maestro escocés y caballero de Oriente. A estos grados y sus ritos se les denominó: “Estricta Observancia”. Esto tuvo lugar primero en Francia y luego en Alemania. Donde, en el mismo año 1737, el Príncipe Federico, futuro Rey de Prusia con el nombre Federico II el Grande, era iniciado en la Francmasonería.
A la vista de estas importantes reformas en el seno de la Francmasonería, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué secreto se escondía tras este complejo y nuevo sistema de grados de iniciación francmasónicos?
Narra el relato Rosacruz titulado “Fama Fraternitatis”, que la Orden de la Rosacruz” fue fundada en Alemania por el muy sabio Hermano Cristián Rosacruz, a una edad ya adulta. En el centro de Europa construyó la llamada Morada del Espíritu Santo, donde convivían los hermanos de la Orden, todos ellos sabios probados, intentando restablecer la Sabiduría arcana, compendiada en dos libros: el Liber Mundi y el Liber Theos. Tras la muerte del fundador, su cuerpo fue depositado en una “cripta” en la Morada del Espíritu Santo, y su emplazamiento se borró de la memoria de la Orden. Pasados unos años, y tras retirar una placa de latón, uno de los hermanos de una segunda generación de estos sabios, encontró una puerta, que resultó ser la puerta del Templo Funerario de Cristián Rosacruz. Este relato causó una profunda impresión en la conciencia de los filósofos y científicos europeos de principios del siglo XVII. Dice así:
“Por la mañana abrimos la puerta, detrás de la cual se encontraba una bóveda con siete lados y siete esquinas; cada lado medía cinco pies de ancho y ocho pies de alto. A pesar de que esta bóveda jamás había recibido los rayos del sol, estaba claramente iluminada por otro sol, que había aprendido esta capacidad del sol y se encontraba arriba en el centro del techo. En el centro se encontraba, en lugar de una lápida, un altar circular con una placa de latón con la siguiente inscripción: A.C.R.C. este resumen de todo el Universo lo he convertido, en vida, para mi, en una tumba. Alrededor del primer círculo se leía: Iesu mihi Omnia (Jesús es todo para mí). En el centro había cuatro figuras, cada una de ellas encerrada en un círculo. Alrededor de ellas estaba escrito: 1. No hay absolutamente ningún espacio vacío. 2. El yugo de la Ley. 3. La libertad del Evangelio. 4. La gloria de Dios es intangible. Todo esto es claro, preciso, igual que el significado del séptimo lado y el de los dos triángulos que se manifiestan séptuplemente... Todavía no habíamos visto el cuerpo muerto de nuestro tan cuidadoso y sabio Padre. Por eso movimos el altar; entonces pudimos levantar una pesada placa de latón, debajo de la cual se encontraba un cuerpo noble y bello, impecable y sin la más mínima señal de descomposición...”
El relato de la metamorfosis solar de Cristián Rosacruz se encuentra en la base de la idea del secreto de los egipcios, que tanto estimuló a las mentes ilustradas de finales del siglo XVIII, y que se materializó en importantes manifestaciones culturales, entre las que destaca la ópera de Mozart “La flauta mágica”.
En el año 1731, el abate Jean Terrasson publica en Francia, la novela “Sethos, historia o vida extraída de los monumentos y anécdotas del antiguo Egipto, traducido de un manuscrito griego.” En esta obra se habla de una orden de sacerdotes egipcios, bajo la tutela de la diosa Isis, que estaba en posesión de una ciencia secreta, y que tenían una Academia en Menfis, creada por el Rey Menes, el mítico fundador del Reino de Egipto. Esta Academia estaba formada por una Escuela de Medicina fundada por Asclepio, y una Escuela de Filosofía Natural fundada por Mercurio (Hermes Trismegisto). Terrasson era un adepto de las doctrinas de Paracelso, que estuvieron muy en boga en los siglos XVI y XVII, y que igualmente inspiraron al movimiento Rosacruz.
A finales del siglo XVIII, vemos aparecer al controvertido personaje que se hacía llamar: Conde Alejandro de Cagliostro. Este personaje fue el gran difusor del llamado Rito Egipcio. En al año 1780 lo encontramos en Estrasburgo, bajo la protección del Príncipe-cardenal de Rohan, Gran Limosnero de la Corte de Versalles, que le abrirá las puertas de París. Cagliostro advierte que su llegada a París está condicionada a la sumisión de los Filaletes, importante Logia parisina de la Estricta Observancia y a la destrucción de su importante Archivo. Su intención era substituir el Rito de la Estricta Observancia, el rito templario, religioso y tradicional por excelencia, por un nuevo Rito Egipcio, mucho más científico. En Estrasburgo construye en los jardines de una familia aristocrática, fiel al Cardenal de Rohan, un pequeño edificio, inspirado en el Templo Funerario de Cristián Rosacruz, para llevar a cabo el proceso de transfiguración o metamorfosis, que tenía por objeto otorgar la inmortalidad.En Viena, durante los años ochenta del siglo XVIII, había un clima de cierta tolerancia para los Francmasones, lo que permitió un despliegue bastante amplio de la Orden, que dependía de la Gran Logia de Alemanía, con sede en Berlín, y donde se practicaban, básicamente, los tres grados de San Juan. Sin embargo, en esta época comienzan a difundirse las revolucionarias doctrinas antimonárquicas y anticlericales de la Orden de los Iluminados de Baviera, una sociedad secreta creada en el año 1776, por Adam Weishaupt y el Barón Adolf von Knigge, en Ingolstadt, bastión bávaro de los Jesuitas. Esto generará muchas suspicacias con respecto a la Francmasonería, dado que muchos masones progresistas alemanes se unieron a la Orden, lo que provocaría en el año 1795 la definitiva prohibición de la Francmasonería en el Imperio Austro-húngaro.
La Logia vienesa La Verdadera Concordia, estaba presidida por Ignaz von Born, un francmasón progresista, cabeza de los Iluminati en Viena, que además estaba muy interesado en los antiguos Misterios egipcios. Mozart y Schikaneder se inspirarán en von Born para crear al personaje Sarastro de “La flauta mágica”. La personalidad de von Born es interesante, estudioso de la metalurgia y la mineralogía, fue el restaurador del Museo Imperial de Historia Natural en Viena. Se atribuye a von Born la utilización de la amalgama con mercurio para la extracción de metales, técnica que explica en una obra publicada en 1786. Conocedor de los minerales y los metales, seguramente tuvo conocimientos de alquimia, pues en aquella época la química moderna todavía no se había establecido claramente como una ciencia empírica. En el año 1784 Ignaz von Born publica en el Journal für Freimaurer el artículo titulado: “Los Misterios de los egipcios”, alentando la idea de un secreto arcano guardado por la orden sacerdotal de los egipcios, de la cual es heredera la Francmasonería.
Un año más tarde, en 1785, el hermano de la Logia La Verdadera Concordia, Anton Kreil, leyó una plancha titulada: “Sobre la ciencia de los Masones”, también publicada en el Journal für Freimaurer. A la tenida fueron invitados los Mozart, padre e hijo. Kreil se preguntaba sobre la existencia de una Masonería científica, frente a la Masonería religiosa. Planteaba la existencia de un “secreto” escondido entre los símbolos y “jeroglíficos” de los tres grados de San Juan, un secreto que se habría conservado a lo largo de los siglos, y que tendría su origen en los cultos egipcios, de lo que él denomina la orden de sacerdotes egipcios.
Rescatemos algunos pasajes de este importante discurso, que tuvo una fuerte influencia en los jóvenes Mozart y Schikaneder. Los miembros de la orden sacerdotal egipcia “permanecían la mitad de sus vidas en cuevas subterráneas”, estaban particularmente apasionados por la excavación de las rocas y construían para la INMORTALIDAD. “A cincuenta metros por debajo de las pirámides había aposentos comunicados entre sí por medio de pasadizos… En pocas palabras, todo estaba ocupado y atravesado por grutas, cuevas y pasadizos subterráneos... Si se examina esta forma de estudiar bajo tierra, no debe sorprendernos que los sacerdotes adoptaran la costumbre de ocultar tras un velo casi impenetrable toda su ciencia verdadera”.
La idea de una ciencia oculta en las grutas y cuevas subterráneas, por una orden sacerdotal que habría desvelado los verdaderos misterios del Alma del Cosmos, o de lo que en esta época ya se denominaba la Naturaleza, alentó al joven Mozart y a su compañero de logia Schikaneder, a concebir una Orden de iniciados en los verdaderos Misterios.
En 1800 la esposa de Mozart, Constanza, nueve años después de la muerte de su marido, envió a la editorial de música Breitkopf & Härtel “un escrito, en su mayor parte redactado por mi marido de su puño y letra, sobre una orden o sociedad que con el nombre de “Grotta” quería fundar”. Este escrito se ha perdido.
La gruta a la que se refiere Constanza se nos muestra como un elemento cotidiano, si dirigimos la mirada a una expresión importante del clasicismo del siglo XVIII: LOS JARDINES, y en particular los jardines vieneses de los hermanos francmasones, por los que Mozart había paseado, como por ejemplo, los jardines del parque Aigen de Salzburgo, los jardines del conde Cobenzl en lo alto del Reisenberg junto a Viena o el jardín del barón Peter von Braun en Schönau. En todos ellos había una cueva artificial, diseñada por los arquitectos del jardín, y muchos de ellos contaban con distintos ornamentos inspirados en Egipto: pirámides, obeliscos, esfinges, etc. Todo ello evocando el fantástico origen de la Francmasonería.
La realidad es que los personajes de “La flauta mágica” se mueven por estos jardines vieneses, con sus parajes rocosos, templetes, pirámides, grutas, más que por el verdadero Egipto. De hecho se trata de una recreación de los ambientes francmasónicos austríacos, en un entorno que muestra la concepción de la Naturaleza de la mentalidad clasicista e ilustrada, que luego inspiraría a los filósofos idealistas de la Naturphilosophie o a los artistas románticos del Sturm und Drang, tras la ruptura con las reglas y cánones excesivamente racionalistas del último clasicismo.
Pues bien, en estas grutas artificiales, al igual que en el templete de Estrasburgo del Conde de Cagliostro, debía tener lugar la Iniciación en los Misterios de la Naturaleza. Tal como nos es claramente narrado en el segundo acto de “La flauta mágica”. Así lo explicaba Terrasson en su novela “Sethos”, la obra que inspiró a los francmasones científicos y egiptizantes, que presenta una escena fantástica en la que Orfeo desciende a los infiernos a través de los subterráneos, bajo las Pirámides de Menfis. No es de extrañar que unos años más tarde la Francmasonería del Rito Egipcio adoptara el nombre de Rito de Menfis.
En 1785 se publica en Hamburgo una colección de grabados herméticos y cabalísticos atribuidos a los Rosacruces: Geheime Figuren des Rozenkreuzer aus dem 16 und 17 tem Jahrhundert (Figuras Secretas de los Rosacruces de los siglos XVI y XVII). Destaca en esta obra un sello bastante más antiguo, de alguna obra alquímica del siglo XVII, que lleva la leyenda: VITRIOL, “Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Ocultum Lapidem” (visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta). En este sello vemos un Sol y una Luna, personificados en la ópera por Sarastro y la Reina de la Noche, y también símbolos de los cinco planetas, así como dos globos: el globo terrestre y el globo celeste. Se trata de un jeroglífico que representa una vez más a la Naturaleza y todos sus secretos. La palabra VITRIOL aparece en la Cámara de Reflexión a la que conducen al neófito que va a ser iniciado en el Misterio de la Francmasonería. La misma Cámara de Reflexión es el testimonio de la búsqueda de este Misterio, el Misterio que se revela al ser humano que accede al interior de la tierra, y en una solitaria meditación descubre la piedra oculta, la piedra de los filósofos, entregada por la Diosa Naturaleza: ISIS.
La realidad es que la Ilustración hacía suya la idea monista de Spinoza: “Deus sive Natura”, la Naturaleza es una misma y única sustancia divina e infinita. Muchos Ilustrados adoptan esta idea panteísta de la Naturaleza como una Dea Panthea. Isis será la única divinidad, la propia Naturaleza. Para Goethe es una diosa dormida, que nos contiene y en cuyo seno vivimos, sin desvelar su secreto. Diosa polimastia y velada, dadora de bienes, Madre universal. Esta doctrina espinozista entra en clara contradicción con la idea del Dios Intelecto de los Escolásticos medievales, que todavía predicaba la Iglesia.
Sin embargo, en la ópera de Mozart encontramos elementos profundamente herméticos que nos distancian de esta doble polaridad entre la Naturaleza de la Ilustración y el Intelecto divino de la Iglesia. La iniciación de Tamino y Pamina es una iniciación hermética. Los príncipes protagonistas si bien son iniciados en los subterráneos del Templo y en la Gruta, tras las Puertas del Horror, se unen en unas verdaderas BODAS ALQUÍMICAS, que simbolizan el matrimonio del Alma, nacida de la Noche, y el Espíritu Solar. Así es como interpretan los jóvenes francmasones, Mozart y Schikaneder, el secreto de la francmasonería científica, y con esta ópera quisieron escenificar el rito iniciático de la Francmasonería Egipcia.
Estas ideas procedentes de la Logia La Verdadera Concordia vienesa se extenderán por toda Alemania, de la mano del filósofo kantiano Karl Leonhard Reinhold, profesor de filosofía en la Universidad de Jena, donde será profesor de toda una generación de artistas y filósofos románticos. Reinhold había sido, unos años antes de su traslado a Jena, miembro de la Logia vienesa La Verdadera Concordia, y había escrito, bajo la influencia de Ignaz von Born, sobre los misterios hebreos y los vínculos de Moisés con Egipto, en dos obras: “Moses der Ägypter” y “Die hebräischen Mysterien”. Reinhold se casará con una hija de Christoph Martin Wieland, autor de la colección de cuentos titulada “Dschinnistan”, que incluye los cuentos: “Los muchachos sabios” (como los tres muchachos de la ópera), “La piedra de los filósofos”, obra que había inspirado el libreto de otra ópera del mismo nombre de Schikaneder, en la que había participado Mozart, y “Oberón”, entre otros muchos cuentos. En todos estos relatos se muestra como la razón triunfa sobre el misticismo, en la misma medida que la francmasonería científica de Kreil se oponía a la francmasonería religiosa de la Estricta Observancia. En esta colección de Wieland se incluirá, en torno a los años 1890-91, “La fiesta solar de los brahmanes” y “Lulú o la flauta mágica”, dos cuentos de A.J. Liebeskind, otro yerno de Wieland, que obviamente inspiró al libretista Schikaneder .
La Verdadera Concordia, con su venerable Ignaz von Born al frente, realizó un nuevo intento de descubrir el secreto conservado en la Francmasonería, y que la Orden había rescatado de la noche de los tiempos, en particular del antiguo Egipto. Un Egipto que en realidad venía muy matizado por los testimonios tardíos de época helenística e imperial, y que se registran en obras como “Las metamorfosis o el asno de oro” de Apuleyo de Madaura, “Isis y Osiris” de Plutarco de Queronea, y sobre todo, de las fantasías del Abate Jean Terrasson, en su novela sobre Egipto y sus misterios: “Sethos, histoire, ou Vie tirée des monumens, anecdotes de l'ancienne Égypte, traduite d'un manuscrit grec.”
“La flauta mágica” es la escenificación de un gran drama de misterios, se trata de una ópera ritual, en el que se celebran los nuevos Misterios de Isis, la Naturaleza, tal como los concibieron los jóvenes francmasones Mozart y Schikaneder, que intentaron crear una nueva Francmasonería científico hermética, intentando rescatar a la Orden que se aproximaba a su definitiva extinción, materializada por la prohibición del año 1795. Estos misterios debían celebrarse en los subterráneos del Templo y finalmente en una gruta. Así lo testimonian los dos guardianes armados y apostados ante las Puertas del Horror, al final del segundo acto de la ópera:
“El que atraviese este camino, lleno de peligros
deberá pasar por el fuego, el agua, el aire y la tierra.
¡Si puede soportar la angustia mortal
se elevará de la tierra al cielo!
Y así iluminado, podrá consagrarse plenamente
a los Misterios de Isis.”
Juan Almirall
domingo, 5 de abril de 2009
¿DÓNDE ESTÁ EL REINO DE LOS CIELOS?

El último autor que trata la cuestión de forma amplia, recogiendo el pensar popular sobre el viaje del alma por el más allá, es Dante en su “Divina Comedia”. Según el poeta el alma de los difuntos tenía tres destinos: el Infierno, con sus nueve círculos; el Purgatorio, con sus siete niveles; o el Cielo, con sus nueve esferas. Las almas que se habían purificado en la montaña del Purgatorio, podían ascender hacia la primera Esfera de la Luna, donde estaban los Ángeles, luego, la Esfera de Mercurio, donde se encontraban los Arcángeles; en la Esfera de Venus los Principados; en la del Sol las Potestades; en Marte las Virtudes; en Júpiter las Dominaciones; en Saturno los Tronos; y en la Esfera de las Estrellas Fijas los Querubines; después todavía había otra esfera, el Cielo Cristalino o Primum Movile, donde se encontraban los Serafines; y por fin el Empíreo, donde Dante ve la Rosa Mística, formada por las almas de los bienaventurados, que pueden contemplar a Dios. Las almas se iban quedando en el lugar que les correspondía según los vicios y virtudes que han ido acumulando en vida. Esta es la última versión que los teólogos cristianos nos han dejado sobre el supuesto Reino de los Cielos. Sin embargo, no casa en absoluto con las modernas teorías sobre el cosmos, hoy a nadie se le ocurre que en la Luna puedan haber ángeles o que en Marte vayamos a encontrarnos ningún otro ser angelical.
El primer teólogo cristiano que nos habla de este viaje cósmico del alma es Orígenes, que nos cuenta en su “Tratado sobre los Principios” que las almas iban a un lugar en la tierra llamado “paraíso” donde recibían instrucción, de allí las almas que tenían un corazón limpio, una mente pura y la inteligencia despierta, progresaban por la región del aire, hasta llegar al Reino de los Cielos, pasando por cada una de las así llamadas por los griegos, esferas celestes, siguiendo al Hijo de Dios, que atravesó todas ellas. “después de haber recorrido todo esto que contiene la razón de ser de las estrellas y en los lugares celestes, llegarán (las almas intelectualizadas) también a aquello que no se ve (2Cor. 4, 18)", es decir, al mundo inteligible, donde se encuentran los que “comienzan a ver a Dios, es decir, a comprenderle con un corazón limpio (Mt. 5, 8)”. ¿De dónde sacó el alejandrino esta somera descripción del viaje de las almas por el más allá, que Dante adornó y completó con descripciones tan precisas, pues nada de esto se infiere directamente de las Escrituras? Como no podía se de otra manera, de la Filosofía y de las Religiones Paganas.
Mucho tiempo antes de que existiese el Cristianismo, e incluso con anterioridad al desarrollo literario de la Biblia Hebrea, producido, sobre todo, en época helenística, los filósofos ya se fijaban en el comos, intentando dar una explicación a los fenómenos celestes, pues pensaban, al igual que los egipcios, que el alma recorría, de alguna manera, los lugares celestes. Al final del diálogo “República”, Platón explica las visiones del Más Allá que tiene Er, un guerrero que muere y vuelve a la vida. En dicho mito, Platón describe como las almas ascienden hacia el Cielo, formado por Esferas hasta la Bóveda Celeste, sujetas todas por un eje, el Axis Mundi, en torno al cual giran las ocho esferas, siete planetarias y la octava Esfera de las Estrellas Fijas. Aristóteles completará esta idea hablando de los motores inmóviles que mueven las esferas celestiales, estos motores son intelectos, lo que Dante identifica con los nueve rangos de la Jerarquía angélica, que es otra interpolación de la filosofía pagana, concretamente de los nueve rangos de dioses inteligibles e intelectivos del filósofo Proclo de Licia.
Pero la versión más clara del viaje del alma por el más allá, según la versión pagana, procede del Hermetismo. En el diálogo “Poimandres” encontramos la siguiente descripción de dicho viaje del alma por el cosmos: “cuando muere el cuerpo material, lo entregas a la alteración: la figura que tienes se vuelve invisible y confías al demonio tu inerte morada. Por su parte, las facultades sensoriales del cuerpo, retornan a sus fuentes, convirtiéndose en partes y restaurándose de nuevo para sus actividades. Mientras que la ira y el deseo se alejan hacia la naturaleza irracional. Y así, lo restante, se eleva hacia las alturas, pasando a través de la armadura de las esferas: En el primer cinturón (la Esfera de la Luna) abandona la actividad de aumentar y disminuir. En el segundo (la Esfera de Mercurio), la maquinación de maldades, ineficaz engaño. En el tercero (la Esfera de Venus), el ya inactivo fraude del deseo. En el cuarto (la Esfera del Sol), la manifestación del ansia de poder, desprovista ya de ambición. En el quinto (la Esfera de Marte), la audacia impía y la temeridad desvergonzada. En el sexto (la Esfera de Júpiter), los sórdidos recursos de adquisición de riquezas, ya inútiles. En el séptimo cinturón (la Esfera de Saturno), en fin, la mentira que tiende trampas. Llega entonces a la naturaleza ogdoádica (la Esfera de las Estrellas Fijas), desnudado de los efectos de la armadura, y por tanto sólo con su potencia propia. Y, con todos los seres, canta himnos al padre y todos se regocijan con su venida.”
Esperamos haber podido demostrar que el Cristianismo necesita urgentemente una revisión de sus dogmas cosmológicos, y una adaptación de los mismos a las modernas concepciones sobre el universo, pues dicho dogma se basa en ideas geocentristas y mitológicas de los primeros filósofos, que no tienen cabida en la mente del hombre de hoy.
Juan Almirall
lunes, 23 de junio de 2008
PARADIGMA COSMOLÓGICO

Tal vez sea necesario, para comprender las distintas teologías que compitieron durante la Antigüedad y la Edad Media, conocer el marco cosmológico en el que se desarrollaron. El paradigma cosmológico es uno y el mismo en todas ellas, paradigma que vemos también en los Evangelios, lo que varía es la manera de resolver la relación del Cosmos con Dios. Pues bien, se trataba de un mismo Cosmos formado por Esferas Celestes, en cuyo centro se encontraba la Tierra, la Esfera más pequeña, luego siete Esferas planetarias la rodeaban, unas dentro de otras, y finalmente, la Esfera de las Estrellas Fijas, la octava esfera, también llamada la Ogdóada. Las nueve Esferas (la Tierra, las siete Esferas Planetarias y la Octava Esfera), estaban unidas por un Eje inclinado respecto del Ecuador Celeste, el Axis Mundi, que las hacía girar a distintas velocidades. La Tierra permanecía fija e inmóvil, la Esfera más veloz era la octava, la Esfera de las Estrellas, que en un día realizaba una rotación completa. Los Planetas recorrían un Camino Celestial formado por las doce Constelaciones del Zodíaco; la Esfera que más rápidamente recorría el Zodíaco era la de la Luna, luego Mercurio, Venus, el Sol que lo recorría en un año completo, luego Marte, Júpiter y el planeta más lento Saturno. Esta construcción procede de los filósofos, con anterioridad a ellos el paradigma cosmológico era otro.
Cosmología egipcia
Tras el orto helíaco de la estrella Sirio, en el período más caluroso del año, el Nilo iniciaba su crecida, e inundaba todo el valle. Cuando las aguas volvían a su cauce, en la estación de peret, el Nilo iba dejando tras de sí un limo negro, tremendamente fértil, lleno de vida vegetal y animal, pequeños brotes verdes, infinidad de insectos y larvas blancas asomaban por aquella tierra negra, que daba nombre al país de Quemit. El río obedecía al cielo, en una región de escasas lluvias, donde el sol luce sin descanso. El río y el sol serán los dos elementos fundamentales de la cosmología faraónica. Si había un río terrestre, tenía que existir un río celeste, del cual el terrestre era la copia. La Vía Láctea es una mancha blanca luminosa que recorre la bóveda celeste, y de la cual parecen nacer todas las estrellas, era el Duat que recorre el cuerpo de Nut, el Cielo, una mujer arqueada, en cuyo vientre tenía lugar la transfiguración del Sol. Durante el día, el Sol recorre el cuerpo de Nut, su madre. Por la mañana, al amanecer, desde la región de luz, Ajet, al Este, el Sol es parido por Nut como Heper, el escarabajo símbolo de la transformación, al medio día el sol en su cenit es Ra, la plenitud de la luz. Y ya por la tarde, el sol es Atum, el principio original, padre de todos los neter y creador de todo. Atum será tragado por Nut a las puertas del Amenti, el Occidente. Osiris el señor del Amenti, gobernaba el más allá, donde se producen las metamorfosis, por eso era representado con una corona blanca, símbolo de la pureza lunar, momiforme, como la crisálida de la mariposa o la ninfa del escarabajo, y con el rostro unas veces negro y otras verde, símbolos del limo donde se genera la vida y del verde germinante. Osiris es, sobretodo, el neter de las metamorfosis, y su reino, es un gran metabolismo, el Duat, lugar de formación de las estrellas. A lo largo de las doce horas de la noche, el Sol recorre en barca el río celeste, el Duat, donde experimenta su metamorfosis, y cada mañana renacía como Heper, el transfigurado.
Cosmología mítica griega
“En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro. Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos… Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses.” (Hesiodo, “Teogonía”). Gea tenía, para los griegos, las mismas dimensiones que su hijo el Cielo, y en lo más profundo de su vientre se encontraba el tenebroso Tártaro, lugar de las muchas moradas. Tras la guerra entre los dioses Olímpicos y los dioses Titanes, estos fueron echados a las profundidades del Tártaro, donde fueron encadenados, y encerrados tras broncíneas puertas, en la primera de las moradas del Tártaro, la prisión de los Titanes. También la Noche y el Día tenían allí su palacio, así como los gemelos Hipnos, el Sueño, y Thánatos, la Muerte. Pero la más ilustre de las moradas del Tártaro era sin duda la de Hades y su esposa, la temible Perséfone, pues allí son acogidas las almas de los difuntos. “Cuando esté en trance de morirse hacia la bien construida morada de Hades, hay a la diestra una fuente y cerca de ella, ergido, un albo ciprés. Allí, al bajar, las ánimas de los muertos se refrescan. ¡A esa fuente no te allegues de cerca ni un poco! (se trata de la fuente de letheo, del olvido). Pero más adelante hallarás, de la laguna de Mnemósine (la diosa de la memoria) agua que fluye fresca. Y a su orilla hay unos guardianes. Ellos te preguntarán, con sagaz discernimiento, por qué investigas las tinieblas del Hades sombrío. Di: “Hijo de Tierra soy y de Cielo estrellado; de sed estoy seco y me muero. Dadme, pues, enseguida, a beber agua fresca de la laguna de Mnemósine. Así que, una vez hayas bebido, también tú te irás por la sagrada vía por la que los iniciados avanzan, gloriosos.” (Tablillas órficas).
El nuevo paradigma cosmológico
La filosofía desde el comienzo se fijó en el cosmos, intentando dar una explicación a los fenómenos celestes. Anaximandro y los pitagóricos serán los primeros en dar una descripción del cosmos, pero no será hasta el siglo IV que Platón y Aristóteles den la descripción del cosmos que perdurará hasta Copérnico. Al final del diálogo “República”, Platón explica las visiones del Más Allá que tiene Er, un guerrero que muere y vuelve a la vida. En dicho mito, Platón describe como las almas ascienden por primera vez a un Cielo, formado por Esferas hasta la Bóveda Celeste, sujetas todas por un eje, el Axis Mundi, en torno al cual giran las ocho esferas, siete planetarias y la octava Esfera de las Estrellas Fijas. Todo el conjunto representa la armonía celeste: “en lo alto de cada uno de los círculos estaba una sirena que giraba junto con el círculo y emitía un solo sonido de un solo tono, de manera que todas las voces, que eran ocho, concordaban en una armonía única.” Aristóteles, más realista, se ve obligado a aumentar el número de esferas de éter para explicar los movimientos irregulares de los planetas: “Y puesto que las esferas en que éstos se desplazan son ocho por un lado y veinticinco por otro, y las únicas que no es necesario que sean arrastradas para atrás son aquellas en que se desplaza el planeta situado más abajo, las que tiran de los dos primeros hacia atrás serán seis y, de los cuatro siguientes dieciséis. Y el número de todas, de las que los transportan más de las que tiran hacia atrás de ellas, cincuenta y cinco.” (“Metafísica”). Y cincuenta y cinco serán los motores inmóviles que muevan cada una de las esferas. Motores y esferas forman el engranaje cósmico de Aristóteles, un sistema que intenta salir al paso de todas las irregularidades que se observan en el cielo.
Entre el siglo II y V, durante el Imperio Romano, vemos florecer gran cantidad de escuelas filosóficas y nuevos misterios religiosos. En Alejandría y Atenas resurgirá la Academia Platónica, pero marcada por una fuerte piedad pagana, sus principales representantes son Plotino, Porfírio discípulo de aquel, Jámblico el pitagórico apasionado por los Oráculos Caldeos, y Proclo, el creador de la última gran síntesis del pensamiento antiguo. También en Egipto tuvieron un gran desarrollo las Escuelas Gnósticas, muchas de ellas cristianas, que hacían una síntesis de las visiones del más allá, partiendo de lo que había sobrevivido del Egipto faraónico, y mezclado con el pensamiento filosófico. El Hermetismo , formado por gran cantidad de diálogos entre los dioses Hermes, Asclepios, Isis y Horus, de una fuerte influencia platónica, muestran una fusión entre las visiones míticas del cosmos y el discursos filosóficos. En el más famoso de estos diálogos, “Poimandres”, se nos ofrece la siguiente imagen: “Había entonces, surgida en una parte de la luz, una tiniebla descendente que, espantosa y sombría, se esparcía tortuosamente en forma de serpiente, en lo que pude entrever. Y la tiniebla se transformó en una suerte de naturaleza húmeda que comenzó a agitarse de forma imposible de expresar mientras exhalaba un vapor similar al que produce el fuego y a emitir una especie de ruido, como un lamento indescriptible.” Neoplatónicos y Gnósticos llenarán el Cielo de las Esferas Etéricas con todo tipo de dioses, inteligencias, almas divinas, y a su vez, trazarán una ruta para que el alma humana, pueda ascender, liberada de las pasiones del cuerpo, a través de las Esferas Planetarias, hasta la Ogdóada, la Octava Esfera, de los Arquetipos primordiales, donde junto con las estrellas, las almas realizadas, cantan himnos a Dios, el Sumo Bien.
Cosmología medieval
Durante la Edad Media se mantuvo la imagen del cosmos creada por los filósofos griegos. La diferencia fundamental es la cristianización de los motores que movían las esferas cristalinas. La tierra se encuentra igualmente en el centro del cosmos, y es el lugar del pecado, donde las almas esperan la redención. Tierra y Cielo se unen por medio de la montaña del Purgatorio, que llega hasta la esfera de fuego, a partir de la cual comienzan los Cielos. La imagen más clara del cosmos nos la ofrece Dante en “La Divina Comedia”. EL INFIERNO: El viaje de Dante por el cosmos comienza en los Infiernos. Los Infiernos, se encuentran bajo tierra, y tienen nueve círculos. En los cinco primeros círculos se agrupa a las almas pecadoras por incontinencia, en el círculo sexto los herejes. En el círculo séptimo los violentos, en las regiones heladas de mayor profundidad del octavo círculo, se encuentran los mentirosos y ladrones. Y en el pozo más profundo del noveno círculo, los traidores presididos por Lucifer. EL PURGATORIO: En las antípodas de la Jerusalén terrestre, en medio del océano se encuentra la montaña del Purgatorio, que une la Tierra con el Cielo por medio de un camino de siete niveles. En el más bajo se encuentran las almas soberbias, luego las envidiosas, las iracundas, las perezosas, las avariciosas, glotonas y lujuriosas. En la cumbre de la montaña del Purgatorio se encontraba el Paraíso Terrenal. LA REGION CELESTIAL: Las almas que se habían purificado y podían atravesar la esfera de fuego, que rodea a la Tierra, llegaban a la Esfera de la Luna, donde estaban los Angeles. Luego, la Esfera de Mercurio, donde se encontraban los Arcángeles. En la Esfera de Venus los Principados, en la del Sol las Potestades, en Marte las Virtudes, en Júpiter las Dominaciones, en Saturno los Tronos, y en la Esfera de las Estrellas Fijas los Querubines. Después todavía había otra esfera, el Cielo Cristalino o Primum Movile, donde se encontraban los Serafines. Y por fin el Empíreo, donde Dante ve la Rosa Mística, formada por las almas de los bienaventurados, que pueden contemplar a Dios.
Juan Almirall (Textos para la exposición “Imágenes del Cosmos”, Fundación Rosacruz)
sábado, 21 de junio de 2008
POIMÊN de HERMAS y POIMANDRÊS de HERMES

La obra conocida como “El Pastor” (Poimên) de Hermas data del siglo II, según el Fragmento Muratori “el Pastor fue escrito por Hermas en la ciudad de Roma bastante recientemente, en nuestros propios días, cuando su hermano Pío ocupaba la silla del obispo en la iglesia de la ciudad de Roma; por lo tanto sí puede ser leído, pero no puede ser dado a la gente en la iglesia, ni entre los profetas, ya que su número es completo, ni entre los apóstoles al final de los tiempos.” Se trata de una obra llena de revelaciones, muy apreciada por la Iglesia antigua, que aporta importantes contenidos de carácter moral, y sobre todo, algo que el Cristianismo debía aportar, o de lo contrario la aventura cristiana estaba condenada al fracaso: Imágenes del Más Allá.
El autor de "El Pastor" describe un extenso cuerpo de visiones, que introducían al Cristianismo en el grupo de las religiones mistéricas, el tipo de religiosidad que triunfaba en torno al siglo II. El Cristianismo aparece en un momento muy oportuno, los Oráculos del mundo antiguo estaban en decadencia, según nos cuenta Plutarco de Queronea sus Diálogos Píticos, los Dioses, que ahora se reconocen como seres inteligibles y trascendentes, hablan a los hombres a través de los “démones”, lo que genera un cierta desconfianza general, las prácticas mágicas, usuales en los templos, comienzan a verse como farsas, y la adoración de estatuas como una práctica más que dudosa (Clemente de Alejandría, Protréptico, IV), para el cada vez más intelectualizada cultura helenística.
Sin embargo, los Misterios estaban de moda, era el tipo de religiosidad más aceptada en el Imperio, junto a los cultos oficiales. El Misterio propone a los participantes una experiencia personal, llena de intensidad, un camino espiritual individual, donde el iniciado no sólo tenía una experiencia intensa, sino que además, recibía un conocimiento, que le permitía comprender lo experimentado. Apuleyo de Madaura, a propósito de los Misterios de Isis, nos cuenta, en el capítulo XI del Asno de oro: “Llegué a las fronteras de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y a mi regreso crucé todos los elementos; en plena noche, vi el sol que brillaba en todo su esplendor; me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y los adoré de cerca.” Los Misterios enseñaban a los iniciados los caminos del más allá, los lugares del Hades, las vías celestiales que conducían más allá de las esferas planetarias, los distintos cielos y sus habitantes, todo ello era mostrado al iniciado, que se convertía en un makários, un bienaventurado. Este era el objeto de los Misterios de Orfeo, el héroe tracio que había descendido al Hades, o los populares Misterios de Eleusis, donde los iniciados se encontraban cara a cara con la mismísima Reina de los Infiernos, la terrible Persefone. O como lo que nos cuenta Apuleyo respecto de los Misterios de Isis, la versión helenizada de la religión egipcia, o de lo que había sobrevivido de los tiempos faraónicos. Los Misterios de Isis se extendieron por todo el Imperio e influyeron profundamente en toda la religiosidad de su época. Fueron un verdadero competidor del Cristianismo. Al igual que los cristianos, los egipcios no realizaban cultos sangrientos, la pureza de los iniciados era realmente apreciada, y sus enseñanzas tenían un gran valor filosófico. Este es el contexto en el que nosotros enmarcamos las revelaciones de Hermes Trismegistos, el autor, medio profeta medio filósofo, del Corpus Hermeticum, una colección de diálogos, de marcada influencia medio platónica, entre Hermes Trismegisto, el Noûs (Intelecto), al que se denomina Poimandres (poimên pastor y ándres hombres, el pastor de hombres), y también Asclepios, Tat, el rey Amón y la propia Isis. El Apocalipsis (la revelación) de Hermes es muy profundo, el propio Noûs, Padre y Demiurgo, nos describe las regiones celestiales por las que transitan las almas purificadas. Tras intensas purificaciones, inspiradas en las prácticas sacerdotales egipcias, Hermes, en el silencio de algún templo egipcio, mantiene un diálogo con Dios, quien le revela por medio de visiones todos los secretos del cosmos.
Esta completísima religión egipcia era difícil de superar, mientras que los cultos tradicionales greco-romanos estaban en clara decadencia, denunciada por los propios paganos, la religión egipcia se extendía por todo el Imperio, y se levantaban muchos Iseos (Templos consagrados a Isis), donde se celebraban cultos exóticos, que rememoraban los antiguos cultos clásicos. Mientras que el Cristianismo se apoyaba en el Judaísmo, algo extraño para los helenistas, la Religión Egipcia era más fácilmente asimilable para el común de los paganos. En los años sesenta del siglo II se escribe “El Pastor” (Poimên), su autor, Hermas, era el hermano del entonces obispo de la comunidad romana. Ya el título de la obra nos aproxima el primer diálogo del Corpus Hermeticum, el Poimandres de Hermes. Pero no es solamente en el título donde se advierte la influencia hermética, “El Pastor”, que es uno de los textos más extensos de los primeros siglos de literatura cristiana, cuenta con cinco revelaciones o visiones, doce mandamientos y diez parábolas. Se trata de un texto que presenta el Cristianismo como una verdadera religión mistérica, donde los mandamientos y purificaciones son más próximos a la espiritualidad judeohelenística, que propiamente griega.
El protagonista de “El Pastor” es el propio Hermas, como en los diálogos herméticos; pero en vez de un sacerdote egipcio, aquí tenemos a un pobre esclavo vendido en Roma, y convertido al cristianismo, con muy poca cultura, pues pide explicaciones para todo, y muy aficionado al ayuno, para provocarse revelaciones (visiones de más allá), “¿Por qué pides continuamente revelaciones en tu súplica? Ten cuidado: no sea que, pidiendo demasiado, hagas daño a tu cuerpo.” (P. Vis. III, 10, 7), la Anciana que se le aparece a Hermas en sus primeras revelaciones, le previene de que sus constantes ayunos con los que trata de conseguir nuevas revelaciones pueden producirle una enfermedad. La Anciana, que Hermas confunde con la Sibila, y que se le revela como la Iglesia, en primer lugar le pone a prueba sobre sus pecados e impurezas, le muestra una terrible bestia, y finalmente, una hermosa visión de una Torre sobre las aguas: “Mira, ¿no ves delante de ti una gran torre que se construye sobre las aguas con brillantes piedras cuadradas?” Al igual que en los Misterios Egipcios, Isis, aquí en la forma de una Anciana, que se revela como la Iglesia, por la cual fue construido el cosmos, le muestra los primeros misterios del Cosmos, pero en la forma de una Torre sobre las aguas, que más tarde volverá a tratar en la IX Parábola. La Torre es el gran Misterio que plantea el Cristianismo hermético, un lugar en el más allá, construido de piedras vivas, las piedras brillantes y cuadradas son aquellos que han acogido al Logos, al Cristo, y guardan sus mandamientos.
La Revelación quinta, guarda un estrecho paralelismo con los primeros versos del Poimandres, dice Hermes: “Estaba hasta tal punto un día sumido en profundas reflexiones en torno a los seres, que tenía mi pensamiento (dianoías) extraviada en las alturas y mis sentidos abotargados, como en la somnolencia que sobreviene tras una comida abundante o un esfuerzo físico intenso. Y en ese estado, parecióme que se presentaba ante mí un ser enorme, tanto que no alcanzaba a adivinar sus límites, y que, llamándome por mi nombre, me decía: ¿Qué es lo que deseas ver o escuchar? ¿Qué quieres conocer para llegar a saber y comprender? - ¿Pero quién eres tú?, respondí. – Yo soy Poimandres, el Noûs authentías. Conozco lo que buscas y vengo en tu ayuda en todas partes. – Deseo, dije, ser instruido sobre los seres, comprender su naturaleza y llegar a conocer a Dios. ¡Cuánto deseo escuchar! – Pues retén en tu mente cuanto desees saber y yo te instruiré. No había acabado de decir esto, cuando cambió de apariencia. La visión, de súbito, se había abierto ante mí y contemple un espectáculo indefinible…”
La quinta visión, llamada Apocalipsis, Hermas nos cuenta: “Cuando estaba en oración en mi casa y sentado en la cama, entró un hombre con aspecto glorioso, con figura de pastor (poimenikô), envuelto en una piel blanca de cabra, con un zurrón al hombro y un bastón en la mano. Me saludó, y yo le correspondí. Al punto se sentó junto a mí y me dice: “He sido enviado por el Ángel Santísimo para que viva contigo los restantes días de tu vida”. Yo pensé que era enviado para tentarme y le digo: “Pero ¿quién eres tú? Porque yo sé – le digo – a quién fue entregado.” Me dice: “¿No me reconoces?” Contesto: “No”. “Yo soy el Pastor (poimên) a quien fuiste entregado.” Mientras estaba todavía hablando su figura se cambió, y reconocí que era aquél a quien fui entregado. Al punto quedé confundido; el miedo se apoderó de mí y me derrumbé por la tristeza de haberle respondido tan mala e insensatamente. Me dijo: “No te turbes, sino fortalécete en los mandamientos que te voy a ordenar, pues he sido enviado – dice – para mostrarte de nuevo todo lo que viste anteriormente, los puntos principales que son de utilidad para vosotros. Ante todo, escribe mis mandamientos y parábolas.” Se trata de doce mandamientos y diez parábolas, en las que se describe una verdadera iniciación judeocristiana: el primer mandamiento se refiere a la fe, el temor y la continencia, después sigue con la veracidad, castidad, paciencia, los dos caminos de la justicia y la injusticia, el temor de Dios, el camino del bien, evitar la duda y la tristeza, los verdaderos y falsos profetas y, por último, los buenos y malos deseos.
Es sorprendente la similitud de la experiencia de Hermes con la de Hermas, ambos tienen una visión de un ser que se transfigura, en el primer caso se identifica con el Noûs soberano o authentías, mientras que en el segundo caso, se trata del Ángel de la Metanoía (ho ággelos tês metanoías), es decir, la penitencia como meta-noía (cambio de pensamiento); por tanto, en ambos casos es el Noûs, el pensamiento divino el que se revela a ambos profetas, relacionados con la divinidad griega Hermes, intermediario entre el Cielo y la Tierra, el mensajero (ággelos) de los dioses. Sin embargo, la revelación hermética es gnóstica, es conocimiento sobre el más allá y los caminos del alma, mientras que la revelación cristiana del Pastor, es del orden moral, aunque también le revela por medio de parábolas los lugares y los seres del más allá, le vuelve a mostrar la Torre sobre las aguas, así como la actividad de diversos ángeles, que en realidad son las potencias (dynamis) de las que hablaba Filón de Alejandría, entre las que se encontraba el propio Lógos, al que los cristianos identificaban con el Cristo; Hermas, al igual que Filón, da al Logos el rango de ángel, por lo que la cristología de “El Pastor”. “Enfrentarse a la cristología y pnematología de Hermas resulta espinoso pues algunos de sus textos desconciertan, especialmente si uno se acerca a ellos con categorías teológicas posteriores. Extrañeza causa también el hecho de que a lo largo de toda la obra no aparezca nunca términos como Jesús o Cristo. En cambio, son frecuentes las designaciones de “Señor” e “Hijo de Dios”, así como el uso de arcaicas designaciones angeológicas, procedentes de ambientes judeocristianos, para referirse al Hijo de Dios: Ángel Santísimo, Ángel Santo, Ángel Glorioso, Ángel del Señor, Miguel” (Introducción a “El Pastor” de Juan José Ayán Calvo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 1995), lo que en la cita se llama ambiente judeocristiano, nosotros puntualizaríamos que se trata más bien de una influencia de la teología de Filón de Alejandría, y su Logos angélico.
Juan Almirall