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sábado, 21 de noviembre de 2009

CAYO MARIO VICTORINO

Cayo Mario Victorino (c. 300 – c. 370), nació en Cartago, fue filósofo neoplatónico y se convirtió al Cristianismo, trasladando algunas doctrinas neoplatónicas a la teología cristiana. Había ganado mucha fama como retórico y gramático. En Roma tuvo mucha fama y hasta dispuso de una estatua en su honor en el Foro de Trajano. Su obra influyó mucho en Agustín de Hipona. Existen algunas obras anteriores a su conversión al Cristianismo: el “liber de definitionibus”; un comentario sobre la “de inventione” de Cicerón; y un tratado sobre gramática, “ars grammatica”. Otras obras perdidas del mismo período son: un tratado sobre lógica, “De syllogismis hypotheticis”; comentarios sobre la “Topica” y los “Diálogos” de Cicerón; una traducción y comentario de las “Categorías” de Aristóteles; una traducción de la “Interpretación” del mismo autor; traducciones de la “Isagoga” de Porfirio, y obras de los neoplatónicos. Escritos posteriores a su conversión, en el año 355, son: "liber de generatione divini verbi"; una obra "adversus arium" en cuatro libros, un tracto "de homousio recipiendo", como puede apreciarse tomó partido en la disputa sobre la Trinidad, aportando su visión neoplatónica, sobre todo la visión plotiniana de la tríada inteligible o del movimiento de Intelecto: Ser-Vida-Intelecto, que en Victorino serán Padre o la Mónada primera, Voluntad, donde encaja el Espíritu e Intelecto el Hijo; tres himnos "De Trinitate"; comentarios sobre las Epístolas de San Pablo a los Gálatas, a los Efesios y a los Filipenses. Otras obras de dudosa autenticidad son "Liber ad Justinum manichaeum"; "De verbis scripturae: factum est vespere et mane dies unus"; "Liber de physicis". También se le atribuye la traducción de algunas de las obras de Orígenes y la autoría de otros himnos cristianos.

Cronología:
c. 300. Nacimiento de Victorino.
313. Edicto de Milán.
325. Concilio de Nicea.
337. Muerte de Constantino.
c. 340. Victorino deja África para ir a Roma.
c. 340-355. Obras sobre gramática, retórica, lógica y la metafísica neoplatónica.
347. De nacimiento de Jerónimo.
353. Constancio reina solo, se erige la estatua de Victorino en el Foro de Trajano.
354. Nacimiento de Agustín.
c. 355. Conversión de Victorino, seguido inmediatamente por sus primeras obras cristianas.
359. Excomunión de Valens y Ursacio, en estos momentos Victorino estaba escribiendo “Adversus Arrium”
361. Muerte de Constancio, y sucesión de Juliano el Apóstata en el trono imperial
362. Rescripto educativos de Juliano el Apóstata, Victorino tiene que dejar la enseñanza;
c. 370. La muerte de Victorino.
386. Agustín mantiene una conversación con Simpliciano, sobre la conversión de Mario Victorino. Conversión de San Agustín.

OBRAS
Las obras existentes de Victorino son los siguientes, en lo que parece ser su orden cronológico:
1. Un Ars Grammatica (AG) en cuatro libros, a los que se añaden tres obras pequeñas, es decir., De Metris Horatianis (M. Hor.), Una menor Grammatica Ars (min AG.), Y De Metris y de Hexametro Versu (M. Hex.). Una edición crítica de estos se encuentra en H. Keil, Grammatici Latini (GL), VI, pp. 3-215.
2. Fragmentos de una traducción de la introducción de Porfirio a las categorías aristotélicas,
3 (ISAG.), Conservados en los dos diálogos de Boecio en Porphyrium un Translatum Victorino, editado por S. Brandt en Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL) XLVIII, pp. 1-132 passim.
4. Un pequeño tratado De Definitionibus (Def.), Anteriormente atribuido a Boecio, sino demostrar que se la labor de Victorino por H. Usener en Anecdoton Holderi (Bonn, 1877). Ha sido crítico editado por Th.. Stangl en tulliana y Mario-Victoriniana (Munich, 1888).
5. Ciceronis en Rhetoricam (Rhet.), Un comentario sobre dos libros de Cicerón De Inuentione. La mejor edición crítica es de C. Halm, en rétores Latini Minores, pp. 153-304.
6. De generatione Verbi Divini, un tratado breve pero muy técnico en el estilo Neoplatónico, enviado a su amigo Cándido el Arriano en respuesta a Liber de este último de Generatione Divina.
7. Los cinco clases de géneros: ser, especies, diferenciación, proprium, accidens.
FF Bruce, "Mario Victorino y sus obras," La Iglesia Evangélica Trimestral 18 (1946): 132-153.
8. Cuatro libros Aduersus Arrium (Ar.), También se dirigió a Cándido, los libros descritos por Jerónimo como "muy oscuros".
9. Una sinopsis del argumento de la obra anterior, titulada De homousius Recipiendo (HR), en PL VIII, I137C-1140d (Reproducido de Galland).
10. Tres himnos de la Trinidad (Hy.), En el estilo de las obras anterior teológica, PL VIII, 1139d-1146d (Reproducido de Galland).
11. En Epistulam Pauli ad Galatas libri duo (Ga.), En PL VIII, 1145d, 1198b (una reedición de la
primer texto publicado por Mai).
12. En Epistulam Pauli ad libri duo Carta a los Efesios (Ef.), En PL VIII, 1235a, 1294d.
13. En Philippenses Epistulam Pauli unicus ad Liber (Phil.), En PL VIII, 1I97c-1236a.

Otras obras que se le atribuyen, con poca o ninguna credibilidad, son los Iustinum ad Liber Manichaeum (IM), en PL VIII, 999 ss. (Reproducido de Galland), De Verbis Scripturae: "Uespere Factum est et mane dies unus" (VS) en PL VIII, 1009 y ss. (Reproducido de Galland), De Maccabaeis Carmen (Herold, Haeresiologia, pp. 241 s., y ueterum Bibliotheca Patrum Lugdunensis, pp. 297 f.), y De Physicis (Fis.), Un tratado pequeño y encantador para la Creación y el otoño, y la restauración realizada por Cristo en la Encarnación y la Pasión (PL VIII, 1295d - 1301c). Consideraciones de estilo, vocabulario, el pensamiento, y el texto bíblico nos impide considerarlos como obras de nuestro Victorino.

Victorino disfrutó de gran estima en su tiempo y durante muchos años después de su muerte. Ahora se encuentra casi totalmente olvidado. La importancia de este autor radica en la introducción del lenguaje y conceptos neoplatónicos y su metafísica trascendente en la incipiente teología cristiana, introduciendo en el latín un vocabulario más filosófico que el aportado hasta el momento por Tertuliano y la traducción latina de la Biblia. Igualmente, dada la influencia que tuvo en Boecio, aporta elementos de la lógica aristotélica a la discusión que con aquel otro autor se introducía en el pensamiento medieval. En definitiva, Mario Victorino nos aporta una síntesis de la lógica aristotélica y de la dialéctica, junto con la metafísica neoplatónica y la retórica ciceroniana, lo que constituyen elementos fundamentales para la interpretación latina del dogma cristiano.

sábado, 27 de diciembre de 2008

LA CUESTION DE LA FILIOQUE EN EL CISMA DE ORIENTE

En la controversia que determinó el Cisma de Oriente, normalmente, se aducen causas políticas, de la efectiva dificultad de una Iglesia Universal bicéfala, con los dos últimos patriarcas como cabezas: el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla, los dos últimos metropolitanos de los cinco que reconocía el Concilio de Calcedonia, pues tras la expansión del Imperio Árabe y la implantación de la herejía monofisista, los otros tres Patriarcas, el de Jerusalén, el de Alejandría y el de Antioquía, habían perdido todo contacto con la gran Iglesia, y habían sido abandonados a su suerte dentro del mundo Islámico.


Un elemento definitivo, desde luego, era la pérdida del poder imperial por parte de Bizancio, que ya no le unían lazos políticos con el nuevo Imperio Carolingio que se formaba en Occidente, bajo la égida de Carlomagno. Sin embargo, el conflicto entre las dos últimas sedes patriarcales, no tuvo su origen solamente en cuestiones políticas, como los cronistas se empeñan en destacar, sino en importantes cuestiones doctrinales, que tienen su expresión en la llamada “cláusula de la filioque” o cuestión de la filioque, una novedad doctrinal, plasmada en el Símbolo de Nicea (el Credo de la fe católica, establecido en Nicea y que tantas precisiones y aclaraciones requirió), introducida por los monjes francos en Oriente. Se trataba de un añadido que establecía la doble procesión del Espíritu Santo, tanto del Padre como del Hijo (filioque), es decir, que el Espíritu Santo procede, según la nueva tesis occidental, tanto de Dios Padre como del Hijo, cosa que no aceptó la Iglesia Oriental. Para los distintos Patriarcas de Constantinopla, constituía una herejía, hacer proceder al Espíritu Santo también del Hijo, pues el Espíritu procede únicamente de Dios Padre, de la Mónada. De Dios Padre proceden tanto el Hijo como el Espíritu, éste último procede del Padre a través del Hijo. Aceptar la filioque suponía la destrucción de la idea de que el Padre es el verdadero principio único y original de la Trinidad.

El Símbolo de Nicea o Credo, fue una fórmula propuesta por el grupo de obispos contrarios a las tesis arrianas, que ganó el apoyo del emperador Constantino, el gran unificador de la Iglesia, quien, por otra parte, fue el verdadero cabeza de la nueva Iglesia Imperial. El Concilio de Nicea fue el primer concilio ecuménico, celebrado en el año 325, y la gran polémica se centraba en la cuestión de la procesión del Cristo, tal como la habían propuesto los partidarios de Arrio. Sobre el Espíritu Santo muy poco se decía, pues no constituía el verdadero conflicto. El Credo fijaba conceptos griegos como el engendramiento de Cristo, no su creación; y sobre todo, la cosubstancialidad con el Padre (homoousion).

Sin embargo, el Credo, que pretendía resumir la fe ortodoxa de la Iglesia Imperial en unas cuantas frases, no dejó de dar problemas a lo largo de la historia. En el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, celebrado en el año 381, se estableció, siguiendo lo dispuesto en el Evangelio de Juan 15. 26, que el Espíritu Santo procede del Padre: «Credo in unum Deum... et in Spiritum Sanctum... qui ex Patre per Filium procedit.» (Creo en un solo Dios... y en el Espíritu Santo... que procede del Padre a través del Hijo). Esta solución, conocida como Credo constantinopolitano, no tuvo fuerza hasta su sanción definitiva en el tercer Concilio Ecuménico de Calcedonia, del año 451.

Fue en el año 397, en el primer Concilio de Toledo, cuando se añadió el término filioque al Credo constantinopolitano, creando la doble procesión del Padre y del Hijo, en lo que respecta al Espíritu Santo, extremo éste que nunca fue aceptado por la Iglesia griega, más tarde denominada ortodoxa, y en especial por el Patriarcado de Constantinopla, cabeza de dicha Iglesia, para la cual, la doble procesión es un invento especulativo de los obispos occidentales, reunidos en el Concilio de Toledo, que no tiene ningún fundamento en la fe católica. La propuesta del Concilio de Toledo era la siguiente: «Credimus in unum verum Deum Patrem et Filium et Spiritum Sanctum ... sed a Patre Filioque procedens.» (Creemos en un solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo ... que procede del Padre y del Hijo).

Algunos comentaristas del Cisma aseguran que no hay una cuestión doctrinal de fondo que justifique la división entre la Iglesia Occidental y la Oriental, pues no hay una herejía que justifique dicha división, como fue el caso de la separación de Alejandría y Antioquía, que habían caído en manos de los monofisistas. Sin embargo, estos comentaristas próximos a la Iglesia Romana, no son capaces de ver que la postura herética es la adoptada por Roma, es decir, que por el hecho de ser una Iglesia mayor, no está legitimada para introducir novedades en el Símbolo de la Fe, fruto de la especulación, a los ojos de la ortodoxia.

Saludos,

Juan Almirall

miércoles, 6 de agosto de 2008

MAESTROS DE LA HETERODOXIA: ARRIO Y EL PRIMER CONCILIO DE NICEA


“Hubo un momento en el que el Hijo no existía”, esta es una fórmula clave de la disputa arriana, opuesta a la ortodoxia que se impuso en el Concilio de Nicea. Se trata de una fórmula más helenística que judeocristiana, a la par que algo más lógica, pues de ella resultaría que el Hijo es una criatura más, una primera y más preeminente criatura que ninguna otra, si se quiere, pero una criatura al fin, que en algún momento fue creada. Esto era más fácil de comprender para una mentalidad helenística y platonizante, para la que el primer principio era un concepto metafísico, que de aceptar para los cristianos herederos del Antiguo Testamento, y que pretendían salvar contra viento y marea la unidad de naturaleza de una Santísima Trinidad, algo más personalizada; tampoco interesaba al nuevo emperador cristiano, que acariciaba la idea de una monarquía divina de la misma naturaleza que el único Dios, y que se consideraba el sucesor del Cristo.
La ortodoxia anti-arriana finalmente optó por soluciones muy complejas y carentes de lógica, disciplina ésta que, hasta la fecha, había presidido toda especulación metafísica. Con teólogos cristianos como Alejandro y Atanasio de Alejandría, tendremos que echar mano del dogma de fe, pues la solución de un Padre y un Hijo de idéntica esencia carece de todo fundamento lógico. Lo que hoy reza “el Hijo de la misma naturaleza que el Padre”, en el Credo católico, en los términos de la disputa del siglo IV, rezaba así: "homooúsios" o "cosubstancialidad", aunque traduce mejor por “idéntica esencia”, entre las dos hipóstasis, Padre e Hijo. Sin embargo, no existía un precedente lógico ni metafísico para tal expresión, inventada por los padres de Nicea, que no ha dejado de dar problemas a la teología cristiana, mientras ésta se ha ocupado de la naturaleza de los primeros principios.


La fórmula de Arrio tenía la virtud de ser más lógica y más tradicional, ya que el primer Cristianismo no se había planteado la cuestión de la naturaleza del Cristo, de una forma directa, ni el propio Orígenes resolvió el tema de forma clara. La versión más judaizante, reconocía la supremacía del Padre, y consideraba a Jesús como un hombre que, por su fiel obediencia a la Ley, había sido “adoptado” como el Hijo de Dios, sin serlo por tanto de forma esencial. A esto se le llamó “adopcionismo”. Sin embargo, si nos atenemos a la natividad evangélica, tenemos que concluir que Jesús fue divino desde su concepción, y si además lo identificamos con el Logos del Evangelio de Juan, incluso antes de la concepción, ya era Dios. Sin embargo, se trataría de un Dios de segunda categoría, el Logos es algo que emana de Dios, pero la teoría de la emanación nos aproxima demasiado al gnosticismo, que hasta Arrio rechazaba, por tanto, Jesús, el Cristo, el Logos divino, es una criatura, una creación de Dios, del Padre, que es una Mónada, una Unidad, eterna, primera y simplicísima. Esto se calificó de “subordinacionismo”, y encaja perfectamente con las doctrinas de Filón de Alejandría sobre el Logos-Sabiduría, y sobre todo con la teología de Orígenes en su Tratado sobre los Principios y el Comentario al Evangelio de Juan.
Origenes, como buen continuador de la Escuela Alegórica judía de Alejandría, en algún pasaje de su extensa obra, se había decantado claramente por el subordinacionismo: “Nosotros aceptamos la palabra del Salvador: “El Padre que me envió es mayor que yo” (Jn 14,28), por la cual no acepta la apelación de “bueno” que le es dada en su sentido propio, verdadero y pleno, sino que la refiere agradecido al Padre, reprochando al que quería glorificar al Hijo más de lo justo. Afirmamos que lo mismo el Salvador que el Espíritu Santo no pueden ponerse en parangón con ninguna de las cosas creadas, sino que las sobrepasan con una trascendencia sobreeminente; pero al mismo tiempo son sobrepasados por el Padre cuanto el Salvador y el Espíritu Santo sobrepasan a los demás seres y aún más. No es necesario que digamos cuánta es la gloria del Hijo que sobrepasa a los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades y todo otro ser que pueda ser nombrado no sólo de este siglo, sino también del futuro, trascendiendo además a los santos ángeles y espíritus y almas de los justos. Sin embargo, siendo superior a tantos y tan grandes seres por su sustancia, su dignidad, su poder, su divinidad – siendo el Logos viviente – su sabiduría, no puede parangonarse en nada con el Padre. En efecto, él es la imagen de su bondad y esplendor, no ya de Dios, sino de su gloria y de su luz eterna, emanación, no ya del Padre, sino de su poder, profluvio genuino de su gloria omnipotente, espejo sin mancha de su actividad, por el cual espejo Pablo y Pedro y los que se les asemejan contemplan a Dios, pues dice: “El que me ve a mí, ve al Padre que me envió” (Jn 14, 9)” (Com. in Jo. XIII, 152-152). Y es que Orígenes había identificado a Dios con el Primer Principio de los pitagóricos: “No se ha de pensar que Dios sea un cuerpo o esté recluido en un cuerpo, sino que es una naturaleza inteligible simplicísima, que no admite en absoluto adjunción de ningún tipo; no se ha de creer, por tanto, que él tenga en sí mismo algo de más o de menos, sino que es en todos los aspectos una Mónada (monás), como aquel que dice, una Henade (henás), así como noûs y fuente…” (De principiis I.6). Esto supone la asunción por parte de Orígenes de la teoría neoplatónica y pitagórica que identifica el Primer Principio con el Uno, de una naturaleza simplicísima. Además, identifica este Uno con el Noûs, el Intelecto divino, lo que le permite una cierta actividad creativa.
El filósofo pagano Plotino, coincide en identificar al Uno con el Primer Principio, pero éste es superior al Noûs, y además este Uno plotiniano ni siquiera es activo, pues es totalmente autosuficiente, eterno e impasible. Así, mientras que Orígenes se sitúa más en una línea medio platónica, heredera de la tradición que arranca con Jenócrates, tercer director de la Academia de Atenas, y según la cual el primer principio, al igual que Aristóteles, es Inteligencia; con Plotino regresa Espeusipo, segundo director de la Academia, que seguía una línea más pitagórica dentro del platonismo.
En Orígenes tenemos una mezclar algo arbitraria de las dos corrientes, Dios padre es Henade (Uno pitagórico) e Intelecto (Noûs aristotélico), ahora bien, lo que sí que es evidente, es que la segunda hipóstasis de la Trinidad divina, el Hijo, es de naturaleza y rango inferior al Uno-Intelecto, y por tanto, vino después. Esto es lo que recoge Arrio y, en general, todos los origenistas del momento.

Arrio (260 – 336) era originario de Libia, y fue presbítero de Alejandría, y condiscípulo de Eusebio de Nicomedia de Luciano de Antioquia, tuvo alguna implicación en el cisma meleciano, durante las persecuciones de Diocleciano y Galerio (303 -311); pero la gran crisis que conmocionó al Oriente cristiano fue por su disputa, que arranca en torno al año 318, con el obispo metropolitano Alejandro de Alejandría, con el que mantendrá una dura polémica teológica, sobre la Trinidad y la naturaleza de Cristo. La disputa se institucionalizó cuando Arrio fue expulsado de Alejandría y excomulgado. Arrio se refugió entonces en Cesarea, donde los discípulos de Origenes habían creado una importante Escuela, enriquecida con una importante biblioteca filosófica, y regentada por el obispo de Cesarea, Eusebio, que junto con el otro Eusebio de Nicomedia, rehabilitaron a Arrio en un sínodo celebrado en Bitinia.
Alejandro de Alejandría escribió un gran número de cartas contra Arrio y sus doctrinas, hasta que el conflicto llegó a oídos del Emperador Constantino, que encargó a Osio de Córdoba la misión de mediar en la lucha doctrinal que amenazaba la paz dentro del Imperio. En mayo de 325 se celebra el primer Concilio de Nicea, presidido por el Emperador, donde se condenan las doctrinas de Arrio, y se fija el Símbolo de Nicea, como un intento de resolver la cuestión de la Trinidad, que se aprueba por convención y bajo la imposición del Emperador. Así, la polémica filosófica se resolvía por medio de real decreto, y con una fórmula completamente absurda y necesariamente dogma de fe, pues la solución crea una nueva categoría filosófica: el "homooúsios" o cosubstancialidad, que es el invento de los padres niceanos para explicar la relación entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La realidad es que no supieron salir al paso por la vía racional y con los conceptos filosóficos existentes: hypóstasis (que vendría a traducirse por substancia), ousía (esencia), etc.
La solución de Arrio aunque es más filoniana que cristiana, era más racional que el engendro filosófico fijado en Nicea, y que ha subsistido en el Credo hasta nuestros días.
El problema ya se plantea en la obra de Orígenes: Si Dios es una Mónada inteligible y simplicísima, eterna e indivisible (Orígenes, De principiis I.6), entonces ¿cómo puede engendrar al Cristo (llamado el Logos y Sabiduría por las Santas Escrituras)? Desde el primer momento, la gran mayoría de cristianos creían en una cierta subordinación del Padre con el Hijo, muy en la línea de Filón de Alejandría, para quien el Logos-Sabiduría es una de las Potencias divinas, incluso un Arcángel, pero que por supuesto no es Dios, y no tiene su misma naturaleza.
La Escuela Catequética de Alejandría estaba ligada a la tradición alegórica judía, Eusebio de Cesarea habla en su Historia Eclesiástica de una “escuela de discurso sagrado (didaskaleíou tôn hierôn lógôn)” y que además existía por “antigua costumbre” en el siglo II, cuando era regentada por Panteno y Clemente, por lo que seguramente se trata de la misma Escuela alegórica de Filón de Alejandría, a la que se habrían incorporado algunos cristianos, que en el fondo no eran más que una secta judía, todavía en el siglo II.
El Cristianismo no tuvo un tronco común hasta que, a principios del siglo IV, Constantino el Grande, por motivos políticos, lo convirtió en religión de Estado. Pero incluso entonces, fueron necesarios muchos siglos para ir fijando los dogmas católicos, y eliminar a los teólogos heterodoxos que ahora serán considerados enemigos de la religión imperial. Los sínodos y concilios eran los instrumentos para juzgar y sentenciar a la heterodoxia y sus representantes. Se trataba de algo así como un tribunal que juzgaba las doctrinas de algún obispo, presbítero o teólogo, para lo cual el concilio reunía a, por ejemplo, todos los obispos y presbíteros relevantes dentro de una jurisdicción. La jerarquía la formaban los obispos de las grandes metrópolis, de los que dependían los de las poblaciones más pequeñas. Hasta mediados del siglo V, en el Concilio de Calcedonia, que estableció una pentarquía formada por los Patriarcas de Roma, Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquia, los obispos metropolitanos gozaban de una cierta autonomía, por lo que generalmente convocaban sínodos y concilios para anatemizar a sus enemigos ideológicos y políticos. Las decisiones de los sínodos y concilios eran apelables ante el Emperador, que era realmente la cabeza de la religión imperial.
Victima de los juegos del poder fue Arrio, presbítero alejandrino, excelente orador, cuyo único delito fue intentar concretar una cuestión que en la obra de Orígenes no queda demasiado clara, pese a la profundidad de la teología del alejandrino. Sus tesis le enfrentaron a su metropolitano, el obispo de Alejandría, primero Alejandro y luego Atanasio. Pero Arrio, contó con el apoyo de dos importantes personajes, figuras muy próximas al Emperador Constantino: Eusebio de Nicomedia, a la sazón pariente del Emperador y muy querido por las Damas de la Corte Imperial, y Eusebio de Cesarea, en aquel momento el obispo más sabio y respetado del Imperio. La disputa arriana en realidad enmascaró la batalla de los dos Eusebios contra los metropolitanos de Alejandría, y a la vez, suponía la necesidad de resolver un problema que no estaba en absoluto resuelto en la teología anterior: la relación entre las tres personas de la Santísima Trinidad Cristiana, un tema que evidencia las importantes dificultades que tenía la interpretación alegórica, estilo principal de la teología alejandrina, que consiste básicamente en interpretar las Santas Escrituras, con categorías y discurso propios de la Filosofía.
Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea, los dos grandes polemistas, fueron la verdadera raíz del problema arriano, pues ambos estaban muy bien relacionados en la corte imperial, y gozaban de bastante poder. Eran, sobre todo, origenistas, no dispuestos a transigir con una formula intermedia, que traicionase la teología del gran maestro, Orígenes. El de Nicomedia era condiscipulo con Arrio de Luciano de Antioquía, a la par que enemigo declarado de Alejandro obispo de Alejandría, el perseguidor de Arrio, gozaba de gran influencia en la corte imperial, y llegará a ser más tarde metropolitano de Constantinopla (339-342). Por su parte, Eusebio de Cesarea tenía en su jurisdicción episcopal la Escuela y Biblioteca que había dejado Orígenes en Cesarea, de la que había sido conservador Pánfilo, su maestro. Los dos Eusebios defendieron a Arrio a ultranza, y a través de él, la tesis subordinacionista de Orígenes. Durante las sesiones del Concilio de Nicea, fue Eusebio de Nicomedia quien planteó la aporía: si Cristo es derivado del Padre no por creación, sino por generación, entonces son ambos de idéntica naturaleza, lo que supone que la Mónada divina se escindió en dos. Esta era la cuestión que no quedaba bien resuelta fuera del subordinacionismo origenista.
La tradición filoniana y origenista suponía que Dios Padre era una Mónada, el Uno, creador del Hijo, el Logos, para la creación del mundo. Como puede comprobarse esta teología cristiana no es otra cosa que el resultado de la hermenéutica alegórica de Orígenes, que a su vez la había aprendido en la Escuela Judía de Alejandría fundada por Filón, y que básicamente consistía en interpretar las Escrituras, tanto judías como cristianas, a través del discurso y con los términos de la Filosofía pagana. “Principio”, “Mónada”, “Uno”, “Noûs”, “Logos”, “Sophia”, eran términos filosóficos básicos, algunos de los cuales ya aparecían introducidos en textos religiosos como el Evangelio de Juan o las Cartas de Pablo, e incluso en algunos textos judíos de época helenística, que en su mayoría están escritos en clave mítica o moral. Aquellos conceptos filosóficos, sin embargo, tenían otra función muy distinta a la mera revelación mítica o moral, el discurso filosófico nace con una intención epistemológica, pretende dar una explicación racional del origen de las cosas, de hecho la teología de Aristóteles era una ciencia, una ciencia del ser, la metafísica era la ciencia misma, y por ello requería de un método racional y lógico. Por tanto, la teología o metafísica, no debía renunciar a la racionalidad, si quería ser una verdadera ciencia. Es evidente que esto se acaba tras el Concilio de Nicea, la teología cristiana renuncia a la lógica y la razón, cuando inventa el términos como "homooúsios" aplicado a los principios, pues dicho término, en este contexto, no tiene ninguna base racional, veamos porqué.
Platón había colocado la actividad creadora del mundo (cosmos) imperfecto, en manos de un Dios “segundo”: el Demiurgo, que se identifica totalmente con el Noûs o Inteligencia ordenadora del Anaxágoras. Por encima de este Demiurgo estaba toda la realidad inteligible, en cuya cúspide, según la República, se encontraba la idea de Bien. Por influencia pitagórica la idea de Bien se identifica con el Uno, el Primer Principio. A Platón le sucede en la dirección de la Academia su sobrino, el pitagórico Espeusipo, quien establecerá rangos diferenciados entre el Uno y el Intelecto, estos serán dos principios claramente diferenciados y subordinados, el Intelecto se ordena en la medida que participa del Uno. Esta idea pitagórica será rechazada por Aristóteles, quien disputará con Espeusipo sobre la naturaleza del Primer Principio. Para el estagirita el Primer Principio es el Intelecto (Noûs) que se piensa a si mismo y su pensamiento es pensamiento de pensamiento. A Espeusipo le sucedió Jenócrates en la dirección de la Academia, éste influenciado por Aristóteles matizó las tesis de su predecesor, en el sentido de que, si bien el Primer Principio era el Uno, este Uno era inteligible, un primer Noûs, del que procedía el segundo Noûs, que sería el Demiurgo, el creador del mundo. La tesis de Espeusipo sobre la distinción de las hipóstasis, Uno y Noûs será la mantenida por Plotino, filósofo pagano contemporáneo de Orígenes; por el contrario, el Platonismo Medio pagano, anterior a Plotino, defenderá la idea de dos Intelectos, el primero y más excelso y trascendente, y el segundo inferior, creador del mundo imperfecto en el que vivimos.
Filón de Alejandría, filósofo judío del siglo I, mantendrá esta última tesis: el Dios verdadero de Israel es una Mónada inteligible pura e inaccesible, por su simplicidad, sólo cognoscible por medio de sus divinas Potencias, y que crea el mundo por medio del Logos-Sabiduría, una entidad angélica preeminente. Esta idea fue recogida en el prólogo del Evangelio de Juan, donde el Logos se encuentra en el principio ante Dios. Orígenes interpreta todo esto en una línea muy filoniana, aunque como cristiano, orígenes diviniza al Logos, cosa que Filón, como buen judío, no podía hacer, pues para los judíos sólo hay un único Dios. Ya hemos visto como Orígenes resuelve estas dificultades estableciendo una cierta subordinación de las hipóstasis, el Padre es una Mónada inteligible, que ha engendrado al Hijo, el Logos, creador de cuanto existe, y que se hizo carne en medio de su creación, para conducirla de nuevo hacia el Padre. Estas ideas son muy platónicas, y la filosofía de Orígenes no es difícil enmarcarla en el contexto del Platonismo medio de su época.
La mayor parte de obispos con una cierta formación intelectual eran origenistas en los tiempos de Arrio. El Concilio de Nicea, que tenía por finalidad examinar la heterodoxia de las tesis de Arrio, estaba formado por 381 obispos, en su mayoría origenistas, que, sin embargo, se plegaron a las exigencias del emperador Constantino. Por ello cuando Eusebio de Nicomedia planteó la aporía relativa a la escisión de la Mónada paterna, la cosa sonó horrible a los oídos educados en la tradición alegórica de Orígenes. Arrio estaba presentando la dificultad racional de entender al Padre y al Hijo como cosubstanciales y coeternos: “Si nunca sucedió que el Hijo no fuera, sino que Él es eterno y coexiste con el Padre, no deberíais llamarle Hijo del Padre, sino Hermano.” Forzosamente tenemos dos mónadas, y hemos perdido al primer principio, esta dificultad sólo se salva, desde el punto de vista racional, con el subordinacionismo origenista, que mantenía Arrio y los dos Eusebios. De lo contrario tenemos que tomar un camino distinto, que es el que siguió la Iglesia Imperial: renunciar a la razón, establecer un dogma de fe, dado el callejón sin salida al que se llega con la cosubstancialidad.
Creemos por tanto, que la solución arriana, en lo que respecta a la naturaleza del Cristo y la Trinidad cristiana, es más lógica y racional, y no precisa de dogmas de fe, aunque un sistema mucho más elegante que el de Orígenes es el de su contemporáneo: el filósofo pagano Plotino y sus predecesores, Porfírio, Proclo o Damascio, donde se resuelve con una gran elegancia y racionalidad el problema de las distintas hipóstasis, pero, eso sí, hay que renunciar a la idea del dios único…

A continuación reproducimos algunos fragmentos de la obra de Arrio Thalia o El Banquete, recogidos en el Primer discurso contra Arrianos de Atanasio de Alejandría:

(5) Dios no fue siempre Padre, pues hubo una vez que Dios estaba solo, y no era todavía Padre, pero después Él fue Padre. El Hijo no fue siempre; todas las cosas fueron hechas de la nada, como todas las criaturas y cosas existentes, así el Logos de Dios mismo fue hecho de la nada, y hubo un tiempo en el que él no existía, él no estaba antes de sus creaciones, pues el Logos como lo demás tiene un origen creado. Dios estaba solo, y el Logos no estaba todavía, ni la Sabiduría.
Entonces, deseando formarnos, Él, Dios, creó a un Ser, al que nombró Logos, Sabiduría e Hijo, a fin de que Él nos pudiera crear a través suyo. Por consiguiente, Arrio nos está diciendo que hay dos Sabidurías, primero, el atributo cosubstancial a Dios, y luego, en esta Sabiduría el Hijo fue originado, y fue denominado Sabiduría y Logos por participar en ellos. Pues la Sabiduría, dice, por la voluntad del Dios sabio, tiene su existencia en la Sabiduría.
E igualmente dice, que hay otro Logos en Dios, además del Hijo, y que el Hijo, como partícipe de ello, es llamado Logos e Hijo, según la Gracia. Y también es una idea propia de su herejía, según se desprende de otros trabajos suyos, que hay muchas potencia (dynamis); una de las cuales es el propio Dios en la Naturaleza y la Eternidad; pero Cristo, por otra parte, no es la auténtica dynamis de Dios; sino, como las demás, una de las llamadas dynamis, es una de ellas, llamada en las Escrituras: la langosta y la oruga, no una mera dynamis, sino la Gran Dynamis. Las otras son muchas, y son como el Hijo, y de ellas habla David en los Salmos cuando dice: 'el Señor de los anfitriones o ' de las dynamis.'
Y por naturaleza, como todas las demás, el Logos puede alterarse, y permanece bueno por propia voluntad, mientras Él así lo decide; y cuando Él quiere puede alterarse, como nosotros, que somos de naturaleza alterable. Por lo tanto, dice Arrio, sabiendo Dios anticipadamente que Él sería bueno, le concedió anticipadamente su Gloria, que luego, como hombre alcanzó gracias a la virtud. Así, en consecuencia, conociendo anticipadamente sus obras, quiso Dios que fueran y le trajo a la existencia.

(6) El Logos no es el Dios único, a pesar de que es llamado Dios, Él no forma parte del Dios único, sin embargo, por su participación en la Gracia, Él, como otros, es Dios sólo en el nombre. Y mientras que todos los seres son extraños y diferentes a Dios en esencia, también 'el Logos es ajeno y desemejante en todo de la esencia y propiedades del Padre, pero pertenece a la categoría de las cosas originadas y creadas, y es uno de ellos. Incluso para el Hijo, el Padre es invisible, y el Logos no puede ver y conocer perfecta y exactamente a su propio Padre. A pesar de todo lo que Él es capaz de conocer y ver, Él conoce y ve en proporción a su propia medida, al igual que nosotros conocemos según nuestras posibilidades. Del Hijo, dice Arrio, que no sólo no conoce al Padre exactamente, pues Él falla en la comprensión, sino que desconoce su propia esencia, y las esencias del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, son naturalezas separadas, y desconectadas, y ajenas, y sin participación entre ellas. Son completamente desemejantes entre ellos en esencia y en gloria, hasta el infinito. Así en cuanto a la semejanza en gloria y esencia, dice Arrio, el Logos es enteramente diverso del Padre y del Espíritu Santo.

(9) Dios no fue siempre Padre, sino que lo fue después; el Hijo no ha existido siempre, pues Él no existían antes de su generación; Él no procede del Padre, sino que Él, como todo lo demás, ha venido a la existencia de la nada; Él no tiene la misma esencia que el Padre, porque Él es una criatura y una obra. Cristo no es el mismo Dios, sino que es Dios por participación; el Hijo no tiene un conocimiento exacto del Padre, ni el Logos ve al Padre perfectamente; ni tampoco comprende exactamente al Padre. No es el auténtico y único Logos del Padre, sino que es sólo nominalmente llamado Logos y Sabiduría, y es llamado por la Gracia, Hijo y Dynamis. No es inalterable, como el Padre, sino que es de naturaleza alterable, como las criaturas, y está en proceso de alcanzar el conocimiento perfecto del Padre.

(14) Si nunca sucedió que el Hijo no fuera, sino que Él es eterno y coexiste con el Padre, no deberíais llamarle Hijo del Padre, sino Hermano.


Felices vacaciones,
Juan Almirall

viernes, 16 de mayo de 2008

HEREJÍAS DE LA ANTIGÜEDAD

El Cristianismo nació en un entorno presidido por la diversidad, se trataba de una secta Judía más, y una secta que, además, no estaba del todo unida: había cristianos más rigoristas con respecto a la observancia de la Ley Mosaica, y los había más helenizados, permisivos, capaces de ver como a hermanos a los nuevos bautizados de origen pagano. Pero los problemas con los siglos fueron aumentando, a medida que la secta crecía y se iba formando la flamante Iglesia, las voces discordantes con una ortodoxia, que se proclamaba la heredera de la tradición apostólica, fueron cada vez más estridentes, hasta provocar grandes cismas y herejías. A continuación ofrecemos un catálogo de las principales herejías de la Antigüedad, hasta el siglo VI, donde cerramos nuestra enumeración, con la condena de Orígenes por parte del Emperador Justiniano.


Ya el propio Pablo tuvo que lidiar con algunos de los primeros cristianos, que no veía con buenos ojos el bautismo y aceptación, en las primeras comunidades cristianas, de paganos que no seguían los ritos propios de la Ley mosaica, y en especial de la circuncisión. Existía, pues, desde el inicio y sobre todo en Jerusalén, una corriente que representaba el ala más tradicionalmente judía, matriz de la que procedía la nueva comunidad espiritual. Cristianos judaizantes hubieron de varios tipos, en el siglo II conocemos a los Ebionitas, los Nazarenos, y como corrientes que tenían su origen en ideas judaizantes, el Milenarismo y los Elcasaítas.

Los Ebionitas fueron la facción más radical, partidarios de una estricta observancia de la Ley mosaica, consideraban a Jesús un hombre que llegó a ser “Cristo” (el Mesías o el Ungido, lo que era sinónimo del Rey de Israel), por su fidelidad a la Ley. Los Ebionitas disponían de su Evangelio propio, que tenía al Evangelio de Mt. como referente, sin embargo, omitía el relato de la infancia de Jesús, pues los Ebionitas negaban el nacimiento virginal, para ellos la unión de Jesús con el Espíritu se produjo en el bautismo. El Evangelio de los Ebionitas se compuso en la primera mitad del siglo II.

A principios del siglo II también se compuso el Evangelio llamado de los Nazarenos, que estaba escrito en arameo o siríaco, muy próximo al Evangelio de Mt. Este Evangelio era utilizado por una comunidad judaizante de habla aramea, de la región de Berea de Celesiria. De esta época es el Evangelio de los Hebreos, que también tenía connotaciones judaizantes, pero de una comunidad egipcia.

Entre las ideas judaizantes de los dos primeros siglos del Cristianismo, encontramos el Milenarismo o Quiliasta, fundado en el Apocalipsis. Muchos cristianos creían en la inminente restauración mesiánica del Reino de los mil años, que tenía que presidir el Cristo, con el correspondiente juicio final. Estas ideas se plasmaron en el Apocalipsis sirio de Baruc o en libro de Esdras IV, pero también aparecen con más o menos intensidad entre muchos autores y escritos más ortodoxos, como por ejemplo en la Epístola de Bernabé, o en las obras de Justino o Irineo.

Una secta milenarista que se extendió en la Roma de principios del siglo II fue la de los Elcasaítas, seguidores de Alcibíades de Apamea que predicaba el mensaje contenido en el Libro de Elcasai, un profeta palestino que proponía un bautismo muy complejo y ciertas penitencias, con posibilidad de acceder a éste cuantas veces fuera necesario, y que le había sido revelado en una visión. El Elcasítismo tenía también algunos componentes paganos, de tipo fundamentalmente ritual.

Desde el principio el Cristianismo adolecía de una opinión unánime sobre la naturaleza de Jesús, su divinidad casaba con dificultad con las ideas más judaizantes sobre el Dios único, pero era más fácil de aceptar por los paganos conversos. Ya en los propios Evangelios no se encuentra una unidad clara de criterio, Jn. y Mc. no nos hablan de la infancia de Jesús, y todo parece indicar que fue a partir del bautismo cuando se produce la unión entre el Espíritu y el hombre. Esta última tesis es la que aceptaban los Adopcionistas, corriente que mantenía que en el bautismo, Dios había adoptado a Jesús. Y otra corriente, que encontraba su fundamento en las Epístolas de Jn., y que consideraban que el cuerpo de Jesús no era real sino solo aparente, recibía el nombre de Docetismo. Esta corriente consideraba que Jesús gozaba de un cuerpo aparente, pues su divinidad le impedía mezclarse con lo perecedero.

En el siglo II aparecen varios autores que defienden tesis docetistas, subordinacionistas y adopcionistas, como Noeto de Esmirna, que no podía aceptar que el Padre y el Hijo fueran personas diferentes, por lo que en Cristo se encarna el propio Dios, pero sólo como proyección. Práxeas defendió una tesis conocida como Monarquianismo, pues Dios es monarca único, y es quién se encarnó en el Hijo, así que fue Dios mismo quien sufrió pasión y muerte en la cruz. Idea opuesta pero basada igualmente en la unidad de Dios, es el Adopcionismo de Teódoto y Artemón, que mantenían que Jesús fue un hombre adoptado por Dios, como instrumento de salvación, ya que Dios no podía relacionarse con la carne. Sabelio fue continuador de Noeto en Roma, para él Padre e Hijo no son más que modos o aspectos de una misma personalidad, así Dios se manifiesta como Padre en la Creación y como Hijo en su papel de salvador. El obispo de Roma condeno a Sabelio y a sus seguidores los Modalistas por herejes. La disputa no quedará resuelta hasta la implantación de una fórmula intermedia: el Símbolo de Nicea, una única sustancia y tres personas (homoousion y tres hipóstasis).

Había en Samaría un profeta al que llamaban Simón el Mago, del que hablan los Hechos de los Apóstoles, 8, 9-24, y del que decían que había redimido a su compañera, una ex prostituta, encarnación de la Sophia. Los Simonianos y los Bardesianos, seguidores de Bardesanes, filósofo arameo, nos acercan a la gran herejía del siglo II, el Gnosticismo. Se trata de un complejo entramado de mitos y creencias, del que participaron distintas Escuelas, y que tenían como común denominador una Gnosis. Los Gnósticos se oponía radicalmente a la divinidad del Antiguo Testamento, por lo que representan el polo opuesto al cristianismo judaizante, y representaban una opción culta y helenizada dentro del Cristianismo. Se trata, en efecto, del otro extremo, un Cristianismo que se aproxima más a los Misterios paganos y sobre todo, al sincretismo filosófico de la época. Simonianos, Bardesianos y Fibionitas fueron tres sectas, próximas al Gnosticismo, que mantuvieron complejas cosmologías y un cierto gnosticismo, como vía de salvación. Los Fibionitas con una particular afición a las orgías justificadas teológicamente.

El Gnosticismo es capitulo aparte, que merece algo más que unas pocas líneas. En palabras de Josep Montserrat (Los Gnósticos I, Editorial Gredos, Madrid, 1983, p. 8) “El gnosticismo de las sectas del siglo II implica una serie coherente de características que pueden resumirse en la siguiente formulación: hay en el hombre una centella divina procedente del mundo superior, caída en este mundo sometido al destino, al nacimiento y a la muerte; esta centella debe ser despertada por la contraparte divina de su yo interior para ser, finalmente, reintegrada a su origen (…) El tipo de gnosis que implica el gnosticismo está condicionado por un cierto número de fundamentos ontológicos, teológicos y antropológicos.” Añadiremos únicamente la gran influencia que la Filosofía tuvo en el Gnosticismo, sobre todo el Platonismo Medio de la época. A continuación vamos a enumerar, siguiendo al Dr. Montserrat, algunos de los grupos y autores gnósticos más importantes: a) Gnosticismo judaizante: Cerinto, autor judío de Alejandría, que se unió al cristianismo sin abandonar la observancia judaica, distingue entre un Dios supremo y el Dios creador; el Libro de Baruc atribuido a Justino, comenta el Génesis en una clave afín al Gnosticismo; Dositeo, fundador de una secta próxima a Simón el Mago; y por último, Menandro, samaritano que también fundo una secta en la línea de Simón.

b) Gnosticismo del siglo II basado en la exégesis del A.T.: Satornilo, maestro en Antioquia, que enseñaba la distinción entre un Dios supremo y el Creador, en términos negativos; los Barbelognósticos, a cuya escuela pertenece el Apócrifo de Juan; los Ofitas, secta egipcia que daba a la serpiente un papel preponderante, frente al Dios del A.T. al que dan un papel inferior; los Naasenos, del nombre hebreo “nahas” serpiente, a la cual veneraban y colocaban en el centro de su cosmología; los Peratas, también era una secta ofítica, fundada por Eufrates el Perata y Celbes o Aquembes de Caristios; los Setianos, corriente muy helenizada, de influencia órfica y hermética; y por último, los Cainitas, que representan el caso extremo de oposición al Dios del A.T.

c) Gnosticismo del siglo II basado en la exégesis del N.T.: Basílides, maestro egipcio que instauró sus propios ritos, maestro de Marcos el egipcio, maestro este último, a su vez, de Prisciliano; pero la corriente más importante fue, sin duda, los Valentinianos, seguidores del también egipcio Valentín, que llegó a enseñar en Roma, y cuyas doctrinas alcanzaron una mayor extensión, su Escuela se dividió en dos ramas, una itálica, presidida por Ptolomeo, Heracleón, Secundo y Florino, y otra rama oriental, con Teódoto, Axiónico y Marcos. Bardesanes de Edesa, predicó en Armenia un gnosticismo basado en un fatalismo astrológico, era docetista. Otro gran maestro de la gnosis alejandrina fue Carpócrates, que enseñó un platonismo cristiano; Taciano, asirio seguidor de Justino, el filósofo, maestro de los Encratitas, secta que proponía la continencia sexual; Cerdón, que fue maestro de Marción, éste último fue otro gran maestro del gnosticismo, fundador de una Iglesia propia, que reconocía principalmente el Evangelio de Lucas y al apóstol Pablo, su discípulo principal fue Apeles. Por último, los heresiólogos cuentan entre los gnósticos a Hermógenes, pese a que éste mantenía la eternidad del mundo y el origen material del alma, doctrinas poco afines al Gnosticismo.

El Maniqueísmo fue fundado por el profeta persa Mani en el siglo III. Este autor escribió sus propios textos, y tuvo gran difusión desde Persia tanto hacia el extremo Oriente, como hacia Occidente, llegando hasta Hispania y la Galia. De fuerte influencia zoroástrica, Mani hablaba de dos principios antagónicos, la Luz y las Tinieblas; en el Cosmos se mezclan ambos principios, que también se encuentran en el hombre, por lo que éste debe despertar a la Luz, por medio de una cierta gnosis y un determinado comportamiento de vida.

El Montanismo es la última gran herejía de los siglos II y III, Montano, autor frigio, fundó junto a dos profetisas, Prisca y Maximilla, un movimiento profético, que se propone la renovación del Cristianismo, frente al inminente final del mundo. Proponía en coherencia una vida ascética basada en ayunos y abstinencia sexual, invitando a una resignada disposición para el martirio. El Montanismo se extendió por todo el Norte de África, y conquistó para sus filas a Tertuliano. Su rigorismo termino por generar una importante disputa sobre la imposibilidad de redención de los pecados tras el bautismo, que terminó apartando al Montanismo de la Iglesia apostólica.

El siglo IV comienza con la gran disputa trinitaria, seguirán las grandes herejías orientales sobre la cuestión cristológica. Arrio fue el promotor de la primera gran disputa, su formación alejandrina y la consiguiente influencia de la obra de Orígenes, le llevaron a desarrollar una teología trinitaria subordinacionista, según la cual, Dios, único e indivisible, no puede compartir su esencia (ousía) con otra persona, por lo que el Hijo no puede ser de la misma sustancia que el Padre. Para Arrio, Dios es principio (arjé) y Cristo, el Logos, es engendrado, la primera y superior de las criaturas, creado fuera del tiempo, de absoluta perfección, por tanto no comparte ni la eternidad ni la esencia del Padre. El Espírtitu es la primera criatura engendrada por el Hijo. Establece, así, al igual que los Neoplatónicos, un orden de jerarquía entre las tres hipóstasis (o entidades divinas), que forman la Trinidad. Las tesis de Arrio fueron condenadas en el primer Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en el año 325, bajo la presidencia del Emperador Constantino. En dicho Concilio se establece el Símbolo de Nicea, que todavía se reza como el Credo católico, en el que se afirma que hay un solo Dios, Padre, y el Hijo, de la misma naturaleza que el Padre (homooúsios). El Arrianismo tuvo una gran difusión, y no desapareció tras el Concilio de Nicea, pues el Emperador Constancio favoreció a los Arrianos, y nombró a uno de ellos, Eusebio de Nicomedia, Patriarca de Constantinopla. El problema era la aceptación del término homooúsios como solución de compromiso, la disputa todavía duró algunos años, y el Arrianismo logró extenderse entre las monarquías góticas europeas. Fueron los tres grandes teólogos capadocios: Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, quienes pusieron paz en la disputa, y lograron imponer la formula “una naturaleza, tres personas” (mía ousía treîs hypostáseis). Teodosio el Grande convocó el I Concilio Ecuménico de Constantinopla, donde se confirmó el credo de Nicea, condenando definitivamente el Arrianismo y las herejías afines.

Otras dos grandes controversias trinitarias fueron el Macedonismo pneumatomaca, que negaba la divinidad del Espíritu Santo de forma subordinacionista, promovida por Macedonio, obispo de Constantinopla. Fue condenada en el Concilio de Constantinopla, donde se confirma la divinidad del Espíritu Santo. Y el Apolinarismo, que seguía las tesis de Apolinar de Laodicea, teólogo enemigo de las tesis arrianas y defensor acérrimo de la divinidad de Cristo; esta herejía introduce la cuestión cristológica, que se debatirá en los siguientes Concilios Ecuménicos, contra el Nestorianismo y el Monofisismo. Para Apolinar el Logos se encarna en un cuerpo y un alma humana, pero sin la parte racional, en Jesús había una inteligencia y voluntad divina; esta tesis será la de la Escuela de Alejandría, representada por Cirilo y más tarde por los Monofisistas. Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo, representantes de la Escuela de Antioquia, se opusieron al Apolinarismo, en el I Concilio de Constantinopla. Aquí comenzaba la batalla entre las dos grandes Escuelas Catequéticas de Alejandría y Antioquia, que enfrentó también a estas dos Sedes Patriarcales, durante todo el siglo V.

La disputa sobre la naturaleza del Cristo enfrentaba dos visiones distintas sobre el alma humana, una visión platónica sobre las tres clases de almas encerradas en un cuerpo, y una visión aristotélica según la cual el alma es la sustancia del cuerpo. Estos dos puntos de vista permitían interpretar la encarnación del Logos de dos maneras distintas: la primera cristología descendente, el Logos se hace carne (Lógos-sarx); y la segunda cristología ascendente, el hombre es asumido por el Logos (Lógos-ánthropos). La Escuela de Alejandría asumirá la cristología descendente, que finalmente se acaba imponiendo, mientras que la Escuela de Antioquía, con Teodoro de Mopsuestia a la cabeza, mantenía que la unión entre el Logos y hombre es una conjunción (sináfeia), lo que dejaba claro que no había mezcla de naturalezas. En el año 428 el emperador Teodosio II nombra a Nestorio Patriarca de Constantinopla. Nestorio orador ardiente, combatió desde el púlpito la popular concepción de María “madre de Dios” (theotocos); desde la teología antioquena, María sólo podía ser madre de Cristo, no del Logos que le es anterior. Cirilo de Alejandría, apoyándose en tesis próximas al apolinarismo, mantenía que en Cristo se dio una única naturaleza, pero sin embargo, tenía cuerpo y alma humanos. Tesis que logró imponer en el Concilio de Éfeso del año 431, lo que costó la condena y deposición de Nestorio.

La polémica continuó una generación más tarde, pero esta vez, la amenaza de heterodoxia provenía de Alejandría, que había aceptado la interpretación radical de Eutiques de las fórmulas de Cirilo, y afirmaba que en Cristo sólo había una única naturaleza después de la unión del Logos y el hombre, se fundían y mezclaban las dos naturalezas en una sola (mono-fisis). Eutiques fue condenado por el Patriarca Flaviano de Constantinopla. En el año 451 se celebró el Concilio de Calcedonia que pretendía poner paz entre las dos tendencias radicales, el nestorianismo antioqueno y el monofisismo alejandrino, confirmando el Símbolo de Nicea, y estableciendo que en Cristo había dos naturalezas completas, sin confusión, sin mezcla, y sin que la diferencia de naturalezas desapareciera por la unión. La formula de Calcedonia será aceptada como dogma oficial, y el Nestorianismo y Monofisismo serán condenados. Sin embargo, no todos los emperadores fueron partidarios de las tesis de Calcedonia, lo que permitió una cierta expansión, sobre todo, del Monofisismo. Los Nestorianos se trasladarán a Persia donde constituirán su Iglesia independiente.

El emperador Hereclio I (610-641) se interesó por la unidad de la Iglesia, e intentó encontrar una fórmula que pudieran aceptar calcedonianos y monofisistas, fórmula que se denominó Monotelismo, reconociendo que en Cristo hubo una sola voluntad. Esta doctrina, que se impuso durante algún tiempo, fue rectificada por el III Concilio de Constantinopla, durante el reinado del emperador Constantino IV Pogonato, donde se condenaba el Monotelismo, y se declaraba que en Cristo habían dos naturalezas y dos voluntades, siempre concordantes, en el sentido de que la voluntad humana seguía a la divina.

Mientras en Oriente se debaten las cuestiones trinitarias y cristológicas, en Occidente se suscitan también otras importantes disputas contra dos grandes herejías: el Pelagianismo y el Donatismo, combatidas por Agustín de Hipona. Cabe citar también la herejía priscilianista, que se cobró el primer mártir de la heterodoxia: Prisciliano. Pelagio, natural de Britania, predicó sus doctrinas por el Norte de África, el feudo de Agustín de Hipona, y además se opuso a las doctrinas de éste, especialmente, a aquellas que se referían al pecado original, que tanto preocupaba a Agustín. Pelagio y Agustín mantuvieron una polémica sobre el pecado original, en dos obras: Sobre la Naturaleza de Pelagio, y Sobre la Naturaleza y la Gracia de Agustín. El juez en la polémica fue el Papa, que resolvió excomulgar a Pelagio. El Donatismo, por su parte, fue un movimiento de renovación cismático, que mantenía una estrica y austera concepción del pecado y su imposibilidad de redención después del bautismo. Donato fue obispo de Cartago, donde combatió a los cristianos que habían apostatado para eludir el martirio, y mantenía la imposibilidad de que estos impartieran sacramentos. Los Donastistas se denominaban a sí mismos, expresamente, “cátaros” (puros). Agustín de Hipona logró, una vez más, demostrar su superioridad doctrinal con la formula que se impuso: el sacramento tiene valor “ex opere operato” (por la acción misma), y no “ex opere operantis” (por la acción de quien lo imparte).

El Priscilianismo es también un movimiento de reforma, que básicamente proponía el retiro de la vida mundanal, la vida interior en la soledad de una vida más ascética y contemplativa; se trataba de volver a un Cristianismo original, incluyendo continencia, ayuno, pobreza. El Priscilianismo fue visto como una amenaza para la Iglesia pujante, y tildado de gnóstico y maniqueo. Con falsas acusaciones y por razones de oportunidad política, Prisciliano fue acusado de hereje y ajusticiado, siendo el primer mártir de la heterodoxia cristiana.

Y terminamos este catálogo de herejes y movimiento heréticos, con un dato curioso, se trata de la condena, en el año 543, de Orígenes y el Origenismo. Fue el emperador Justiniano, que había cerrado la Academia de Atenas y había prohibido a los paganos enseñar filosofía, quien ahora promulgaba un edicto en que enumeraba los errores del gran teólogo cristiano, para poner fin a ciertas disputas suscitadas entre el monacato, y poniendo fin a ciertas especulaciones de algunos monjes ilustrados.

Recomendamos la lectura de la obra de Antonio Piñero: Los Cristianismos Derrotados, publicado por Edaf, Madrid, 2007.

Juan Almirall, mayo 2008

miércoles, 14 de mayo de 2008

LA ACADEMIA



LA ACADEMIA DE ATENAS, FUNDADA POR PLATÓN, EN EL AÑO 388 A.C., Y CLAUSURADA POR EL EMPERADOR JUSTINIANO EN EL AÑO 529, FUE UNA INSTITUCIÓN QUE FORMÓ A FILÓSOFOS, GOBERNANTES, CIENTÍFICOS, TEÓLOGOS, MISTICOS Y MAGOS, TANTO PAGANOS COMO CRISTIANOS, E INFLUYÓ EN TODAS LAS OTRAS RELIGIONES Y ESCUELAS FILOSÓFICAS DE NUESTRO ENTORNO CULTURAL. SIN EMBARGO, SU RASTRO NO ES CLARO, PUES NO SIEMPRE ESTUVO EN EL MISMO LUGAR, NI SIQUIERA EN LA MISMA CIUDAD. LA HISTORIA DE LA ACADEMIA ES LA HISTORIA DE LOS MAESTROS PLATÓNICOS, LA LLAMADA CADENA DE ORO.


La Academia antigua

Platón (428 – 348 a.C.) fue, sin duda, uno de los filósofos más influyentes de la Antigüedad. En el año 388 a.C. fundó la Academia, una escuela de filosofía, a las afueras de Atenas, en el bosque sagrado de un antiguo gimnasio consagrado al héroe Acádemos. Muchos fueron los maestros que enseñaron e interpretaron las doctrinas de Platón, pero no todos lo hicieron en Atenas. La suerte de la Academia va ligada a una cadena de filósofos platónicos, que enseñaron las famosas doctrinas platónicas sobre las Ideas, el Demiurgo, la reminiscencia, la elevación del alma a través de los círculos celestiales, etc.
Aristóteles (384 – 322 a.C.) llegó a Atenas a los 17 años, y rápidamente entró a formar parte del círculo académico. Los académicos eran personas muy reconocidas en Atenas, se distinguían por su elegancia y refinado comportamiento. Aristóteles fue uno de los discípulos más aventajados de Platón, pero no le sucedió en la dirección de la Academia. En el año 348 a.C. muere el Maestro en un banquete nupcial, a la edad de ochenta y cuatro años, y le sucede Espeusipo (c. 407 – 339 a.C.), el hijo de su hermana. Espeusipo era conocido por su mal carácter, pero sin embargo embelleció la Escuela, que en su época ya gozaba de un gran prestigio.
El tercer diádoco de la Academia fue Jenócrates (396 – 314 a.C.), que era conocido por su austeridad. Durante su dirección, Aristóteles regresó a Atenas, pero sus desavenencias con los académicos le llevaron a enseñar en el gimnasio del Liceo, donde, más tarde y tras su muerte, Teofrasto, su discípulo, fundaría el Peripato. Peripatéticos fueron Estratón y Demetrio de Falero, padres de la Biblioteca de Alejandría, fundada por el rey egipcio Ptolomeo Filadelfo.
Discípulo y amante de Jenócrates fue Polemón (350 – 267 a.C.), un hombre dado a los excesos que contrastaba con la sobriedad de su maestro. Polemón sucedió a Jenócrates en la dirección de la Academia. Discípulo de ambos fue un importante personaje: Zenón de Citio (336 – 264 a.C.), que en el año 300 a.C. se distancia de sus maestros platónicos y funda su propia escuela: la Estoa o la Escuela del Pórtico. El Estoicismo fue la escuela filosófica más influyente en el pensamiento latino y cristiano.

La Academia media y nueva

Crates y luego Crantor fueron directores de la Academia. De este último la heredó Arcesilao (315 – 241 a.C.). Con él comienza un nuevo período, denominado la Academia Media. Arcesilao estudió dialéctica y sus contradicciones le llevaron a suspender el juicio, epojé, a modo de los escépticos de la Escuela de Pirrón.
Lácides fundó la Academia Nueva, que cedió en vida a Telecles y Evandro. A este último sucedió Hegésino de Pérgamo, y a éste Carnéades de Cirene (214 – 128 a.C.), máximo exponente de la Academia Nueva. Carnéades fue también escéptico y mantuvo una polémica contra los estoicos, en particular contra Crisipo. A Carnéades le sucede Clitómaco y a éste Filón de Larisa, con el que se cierra un período histórico, marcado por el intento de mantener la pureza doctrinal y el escepticismo, como lógico resultado de la dialéctica, la ciencia suprema para los platónicos. A pesar de ello, en la Academia Nueva los maestros hablaban de ciertos misterios, que no se solían mostrar a los profanos y que se encontraban en la cima del conocimiento.

El academicismo ecléctico

En el año 88 a.C. el rey Mitrídates, enemigo de la república romana, acosa Atenas. Filón de Larisa y su discípulo Antíoco de Ascalón (130 – 68 a.C.) se trasladan a Roma, donde tomarán contacto con Cicerón, quien da testimonio de este encuentro en gran parte de su obra. Poco más tarde Antíoco se traslada a Alejandría, donde reunirá a un grupo de discípulos, entre los que se encuentran sus continuadores Heráclito de Tiro y Dión de Alejandría. Antíoco y sus sucesores fueron grandes admiradores del sirio Posidonio de Apamea, filósofo estoico que tenía su escuela en Rodas, y era conocido por su mente poderosa y enciclopédica. Esta circunstancia hizo que el platonismo se acercara al estoicismo de Posidonio, así como al aristotelismo imperante en el Museo de Alejandría. Antíoco y sus sucesores le darán al platonismo un carácter ecléctico, pues consideraban que estoicismo, peripatetismo y platonismo concordaban en lo esencial. Pronto un nuevo elemento se sumará a este sincretismo filosófico: el pitagorismo, que resurgía en el siglo I a.C., sobre todo en medios romanos. Eudoro de Alejandría recogerá este nuevo interés por el pitagorismo platónico, que se justifica en las últimas obras y diálogos de Platón. Eudoro fue discípulo de Dión.
En la Alejandría de principios de nuestra era tendremos, por un lado, la tradición platónica ecléctica en la línea iniciada por Antíoco, y por otro, un creciente interés por el pitagorismo. Este es el ambiente filosófico que conocerá uno de los personajes más importantes del Platonismo medio: Filón de Alejandría (20 a.C. – 50). Filón era un judío de la diáspora alejandrina, una de las más grandes de la época. Su lengua materna era el griego y, por tanto, conoció la Biblia griega de los Setenta. Siguiendo la tradición alegórica de su pueblo, interpretará el Pentateuco en términos filosóficos, pero según la filosofía alejandrina del momento, es decir, el platonismo ecléctico de Antíoco y un tímido pitagorismo incipiente. Filón coincide con los platónicos en la importancia de los misterios que se encuentran en la cima de todo conocimiento: la Sabiduría o el Lógos de los Libros Sagrados se trasforma en una hipóstasis del Dios creador del Génesis. Con Filón de Alejandría la mística religiosa se incorpora al platonismo.

La nueva cátedra de filosofía platónica en Atenas

El regreso del Platonismo a Atenas se lo debemos a Amonio de Alejandría, maestro que encontramos en torno al año 66 enseñando de nuevo en Grecia. En esta época Plutarco de Queronea (45 – 125) estudia platonismo con Amonio. El autor de las grandes obras Moralia y Vidas paralelas, fue además sacerdote en Delfos, donde escribe sus Diálogos píticos, e iniciado en los Misterios egipcios, de los que habla en su obra Sobre Isis y Osiris. Plutarco fue un autor platónico, con ciertas influencias pitagóricas. Su sobrino Sextus fue preceptor del emperador Marco Aurelio.
La antigua Academia había quedado desierta, ya que nadie pudo asumir la herencia de las propiedades. Sin embargo, el platonismo continuó entre los distintos círculos de filósofos que se consideraban discípulos y seguidores de Plutarco de Queronea.
En el año 161 sube al trono imperial Marco Aurelio, el emperador filósofo. Su pasión por la filosofía y las letras le lleva a fundar en Atenas, en el año 176, una cátedra de retórica, y cuatro de filosofía, correspondientes a las grandes escuelas filosóficas: la cátedra de Platón, la de Aristóteles, una estoica y otra epicúrea, dotando a cada una de ellas con un salario anual de 10.000 dracmas. En el año en que se funda la nueva cátedra de Platón, es Ático quien se sienta en la silla de Platón. Era pariente y preceptor del rey Herodes Ático, al que el emperador había asignado la misión de dotar a las cátedras de los maestros más capaces. Ático había sido discípulo de Calvenus Taurus, del que hereda la disputa con el peripatetismo, que arrancaba de ciertas diferencias sobre cuestiones de lógica, en particular contra la obra de Aristóteles las Categorías. La polémica se radicalizó y llegó a poner en tela de juicio la superioridad de Platón sobre su discípulo, en un tono de vehemente lucha entre las escuelas. Herederos de la cátedra y de la disputa anti-aristotélica fueron Harpócrates de Argos y Severo, que regentaron la Academia en Atenas hasta principios del siglo III.
Por otra parte, el platonismo florecía en Asía Menor de la mano de Albino de Esmirna, discípulo de Gayo, Teón de Esmirna, autor de una introducción matemática a las doctrinas de Platón, Galeno, el reformador de la medicina, y Apuleyo de Madaura, filósofo platónico y literato, que nos describe los Misterios de Isis en su obra El asno de oro. Estos filósofos trascenderán la disputa anti-aristotélica, mostrando una visión muy amplia de la dialéctica platónica, que incorporaba toda la lógica de silogismos desarrollada por Aristóteles.
De esta época son también los filósofos que relacionan el platonismo con una mística del número inspirada en el pitagorismo, que tuvieron una gran importancia en el desarrollo de las doctrinas neoplatónicas. Nos referimos a Moderato de Cádiz, Nicómaco de Gerasa y, sobre todo, a Numenio de Apamea, que ejercerá una especial fascinación sobre los neoplatónicos, especialmente sobre Plotino, que en algún momento fue acusado de plagiar sus doctrinas.

El platonismo místico

La influencia del platonismo en el mundo antiguo excedió el ámbito puramente filosófico o científico. Lejos ya de la Academia de Atenas, el platonismo transformaba todos los ámbitos de la espiritualidad helenística: el Cristianismo, que se presenta como un judaísmo helenizado; la religión caldea y sus nuevas escrituras filosóficas: los oráculos; y los Misterios Egipcios, con los escritos filosóficos de Hermes Trismegisto.
Los primeros escritos cristianos, las cartas de Pablo, que están datados en los años sesenta del siglo primero, se aproximan más al estoicismo que al platonismo. La formación de Pablo pasa por la escuela de los fariseos, escuela judía que estaba emparentada con el estoicismo. Sin embargo, durante el siglo II se extenderá una versión del Cristianismo de fuerte raigambre platónica: el Gnosticismo. Integrado por distintas escuelas judías, cristianas y paganas, el Gnosticismo difundirá una doctrina soteriológica basada en la gnosis, un tipo de conocimiento esotérico, principalmente sobre el más allá y las posibilidades de liberación del destino determinado por las potestades del cosmos. Las Escuelas Gnósticas más importantes fueron las de Valentín, Marción, Basílides, los gnósticos de Barbeló y los ofitas. La gnosis dio pie a que un grupo de cristianos más instruidos y conocedores de las corrientes filosóficas del momento, comenzaran a escribir los primeros textos teológicos, que, en su mayoría, son denuncias de las presuntamente falsas doctrinas de los gnósticos. El primer gran apologista fue Justino mártir, cristiano apasionado por la filosofía platónica. Destacaron Tertuliano, Ireneo de Lyon y, sobre todo, el fundador de la llamada Escuela de Alejandría, Clemente, que, influenciado por Filón, intentará conciliar en sus escritos filosofía y revelación. De la Escuela de Alejandría veremos surgir a uno de los filósofos cristianos más importantes de la antigüedad: Orígenes (185 – 254), discípulo de Amonio Saccas y compañero de Plotino. Orígenes construye un sistema filosófico inspirado en Platón, con el que pretende explicar las verdades evangélicas.
El emperador Marco Aurelio se hacía acompañar en sus campañas de un mago y astrólogo caldeo, conocido como Juliano el caldeo, padre de Juliano el teúrgo, autor de los Oráculos Caldeos, un conjunto de sentencias dirigidas a iniciados en los misterios caldeos, escritas en forma de discurso filosófico de inspiración platónica.
Los siglos II y III marcan una época de fascinación por el misterio en el mundo pagano, aficionado a las mezclas sincréticas. Los sacerdotes de los misterios egipcios, totalmente helenizados, escriben el Corpus Hermeticum, la revelación del filósofo profeta Hermes Trismegisto, padre de la Alquimia y de la magia de los talismanes. Igualmente se escriben en esta época gran cantidad de papiros sobre magia y alquimia.
El sincretismo pagano afecta incluso a la religión imperial. A finales del siglo II comienza la dinastía de los Severos, procedentes de Libia. Septimio Severo, el fundador de la dinastía, estaba casado con Julia Domna, hija de Julio Basiano, sacerdote del Sol en Emesa (Siria). Los Severos institucionalizarán los cultos orientales a Helios en Roma, que se identifica con el Ser supremo del que habla Platón en la República, y la erudita emperatriz Julia Domna mantendrá un círculo literario, conocido como la sofística nova, entre los que destacan Diógenes Laercio, autor de las Vidas de filósofos ilustres, y Filóstrato, autor de la Vida de Apolonio de Tiana, teúrgo capadocio que tuvo una vida paralela a la de Jesucristo, y que encaja bastante bien con el modelo de santidad helenística. La dinastía siria de los Severos duró hasta el año 235, fecha en que muere Alejandro Severo, el último miembro de la familia imperial. Su antecesor, Heliogábalo, había sido un sacerdote del Sol en Emesa, y había traído a Roma el Gebal, un meteorito negro, símbolo de Baal de Emesa, que fue adorado como protector del Imperio. El joven emperador fue asesinado junto con su madre, Julia Soemias, quien gobernaba efectivamente, mientras su hijo se ganaba las antipatías del pueblo romano con una conducta escandalosa. Cincuenta años de disensiones militares siguieron a la caída de los Severos, en las que los generales se repartieron el Imperio, hasta su total reunificación de la mano de Diocleciano y su famosa tetrarquía, formada por Maximiano Hércules, Galerio y Constancio Cloro, padre de Constantino el grande. Durante este período el cristianismo padeció una importante persecución oficial, a la par que el paganismo se transforma en la religión helenística de la mano de los grandes filósofos-teólogos del neoplatonismo.

El Neoplatonismo

Del último filósofo neopitagórico, Numenio de Apamea, fue discípulo Amonio Saccas, que enseñaba en Alejandría durante la primera mitad del siglo III. A las lecciones de Amonio concurren dos grandes filósofos de esta época: Plotino y Orígenes. En la segunda mitad del siglo tercero vemos florecer el neoplatonismo, de la mano del gran filósofo Plotino (203 – 270), fundador de la Escuela. Estudió primero en Alejandría, luego enseñó en Roma, y finalmente se trasladó a la Campania, donde intentó fundar sin éxito una ciudad organizada según los criterios platónicos, Platonópolis, para lo que contó con el apoyo del emperador Galieno. Autor de una serie de textos conocidos tradicionalmente como las Enéadas, Plotino sienta las bases de la filosofía neoplatónica y su construcción trinitaria, donde la realidad ontológica queda constituida por tres hipóstasis o fundamentos: el Uno, el Intelecto (noûs) y el Alma. Sus dos grandes discípulos fueron Porfirio (234 – 305) y Amelio (220 – 272), el primero, autor de una prolífica obra, entre la que destaca una Vida de Pitágoras y una obra contra los cristianos; polemizó con su maestro sobre la importancia de Aristóteles en la instrucción filosófica.
Pero el verdadero padre de la escuela neoplatónica, que encontrará su continuidad en Atenas, fue Jámblico de Calcis (245 - 330), filósofo y sacerdote de Zeus-Belos en Apamea, e iniciado en los Misterios egipcios, cuya obra sintetiza las grandes tendencias de su época: el platonismo y el pitagorismo, incorporando la obra de Aristóteles como una propedéutica a la iniciación filosófica, que consiste en el conocimiento de los diálogos de Platón y culmina con una revelación religiosa a través de los Oráculos Caldeos.

Platonismo y Cristianismo

El siglo IV marca el declive del paganismo y su filosofía, tras la conversión del Imperio al cristianismo de la mano de Constantino el Grande (312 – 337). De hecho, la filosofía pagana tardará un siglo en volver a dar un gran filósofo. Los emperadores de la segunda dinastía Flavia realizarán grandes esfuerzos por cristianizar el Imperio, especialmente el emperador Constancio y Teodosio. Sin embargo, no podrán evitar las luchas internas de la nueva jerarquía cristiana por el poder y la imposición de sus puntos de vista. Con el Concilio de Nicea, en el año 325, comienzan los concilios ecuménicos, con el objeto de fijar el dogma universal o católico, y las grandes disputas teológicas sobre la Divina Trinidad, cristología, soteriología, etc. Durante todo el siglo IV, la Iglesia griega debatió sobre todo la cuestión de la Trinidad con los seguidores del obispo Arrio, mientras que la Iglesia latina intentaba poner fin a las polémicas generadas por los donatistas, pelagianistas y priscilianistas. La Iglesia latina contaba con Agustín, obispo de Hipona y teólogo ecléctico, cuya visión se acabará imponiendo en toda la cristiandad latina, hasta la irrupción del averroísmo y la escolástica, en el siglo XIII. El arrianismo, sin embargo, reviste especial interés, pues se trata de un planteamiento continuador de Orígenes y, por tanto, muy próximo a la filosofía platónica. Mantenía la diversidad de esencia entre las personas de la Trinidad, que en griego todavía se conocen con el nombre neoplatónico de hipóstasis. Los padres niceanos que combatieron la herejía arriana mantenían contrariamente la identidad de esencia de las tres hipóstasis, el famoso “homoousion”, que se acabó imponiendo: Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen una única naturaleza, pero son tres hipóstasis diferentes. A los ojos de cualquier filósofo pagano esto debió verse como una aberración, sin ningún fundamento lógico, pues el monoteísmo judío casa muy mal con la teoría neoplatónica de las tres hipóstasis.
Los arrianos ganaron protagonismo con el emperador Constancio y su sucesor Juliano (331 – 363), que durante su breve reinado intentó organizar al helenismo y restaurar los viejos cultos paganos, atizó el fuego de las disputas teológicas a fin de crear el caos entre los cristianos y ganar adeptos para la causa helenística. Juliano mismo se reveló como un gran seguidor de Jámblico de Calcis y escribió algunos discursos influidos por las doctrinas éticas y teológicas neoplatónicas.
Sin embargo, la escuela neoplatónica durante el siglo IV se encuentra dividida en dos: por una parte la Escuela de Pérgamo, donde enseña Edesio de Capadocia, discípulo directo y más destacado de Jámblico; fueron sus seguidores: Eusebio, Crisanto, Prisco y Máximo de Éfeso. Prisco vivió gran parte de su larga vida en Atenas y tuvo un destacado discípulo, el emperador Juliano, y a Hilario. Así lo narran Eunapio en sus Vidas de filósofos y sofistas, y Libanio, otro importante maestro helenista, que junto con Prisco y Máximo formaron parte del círculo del emperador Juliano.

La Academia Neoplatónica de Atenas

Por otra parte, la Escuela de Jámblico, fundada en Apamea, tuvo como sucesor a Sópatros, cuyo nieto, llamado también Jámblico, enseñó en Atenas. Así, en la Atenas del siglo IV, en la que estudió el emperador Juliano, enseñaron varios maestros seguidores de las doctrinas teosóficas del divino Jámblico de Calcis: los dos más importantes fueron Prisco, formado en la Escuela de Pérgamo, y el Jámblico de la Escuela de Apamea. Esto explica por qué en la última Academia dominó esta corriente filosófica: el neoplatonismo sirio. Plutarco de Atenas fue el fundador, a principios del siglo V, del último reducto del helenismo, la nueva Academia neoplatónica de Atenas, donde ocupó la cátedra del divino maestro hasta el año 432, fecha en que le sucede Siriano.
El siglo V comienza con las grandes persecuciones del paganismo, la destrucción de los grandes templos y oráculos y el asesinato de Hipatia de Alejandría, filósofa y matemática, en el año 415. Alejandría fue un centro de polemistas cristianos, algunos de ellos muy ambiciosos, como Cirilo, el perseguidor del nestorianismo, que junto con el monofisismo fueron las dos grandes herejías perseguidas en los Concilios de Éfeso y de Calcedonia, respectivamente. Se trataba ahora de disputas teológicas sobre las naturalezas del Cristo, una nueva dificultad para el dogma, que termina con la excomunión de nestorianos y monofisistas, y su traslado a tierras de Persia, donde crearán en el siglo VI las grandes escuelas médicas de Edesa, Nísibis y Jundi-Shapur, instrumentos esenciales en la transmisión de la filosofía griega al mundo árabe.
Tras la muerte del maestro Siriano, en el año 437, el gran Proclo (412 – 485) se sienta en la cátedra de Platón y dirigirá la nueva Academia de Atenas hasta su muerte en el año 485. Escribirá extensos comentarios a los diálogos platónicos más importantes, la Teología platónica y los importantísimos Elementos de teología, obras de gran trascendencia para la filosofía occidental. Entre los discípulos del gran diádoco se encontrará un cristiano, conocido después con el nombre de Pseudo-Dioniso Areopagita, autor de importantes obras sobre teología mística. Los últimos años del siglo V transcurrirán bajo la sombra de Proclo. Marino de Neápolis (440 – 495), un autor más bien mediocre, le sucede en la cátedra, seguido después de Isidoro.
A principios del siglo VI, Damascio (460 – 532) ocupó la cátedra de Platón en la Academia, fue uno de los últimos grandes comentaristas y filósofos helenistas, junto con su discípulo Simplicio, que tras el edicto de Justiniano, en el año 529, por el que se prohíbe a los paganos enseñar filosofía, inician un exilio a Persia, junto con otros cinco filósofos. Los siete filósofos son acogidos en la capital del Imperio Persa, Seleucia-Ctesifonte, por el Emperador filósofo Cosroes. Los nombres de estos siete eran Damascio, Simplicio, Prisciano de Lidia, autor de un Liber solutionum ad Chosroem, Eulamio de Frigia, Hermias de Fenicia, Diógenes de Fenicia e Isidoro de Gaza. En el año 532 los siete abandonan Persia y algunos de ellos regresan al Imperio Bizantino. La prohibición de enseñar pesaba, y con la muerte en prisión del último gran filósofo neoplatónico latino, Boecio, autor de la Consolación de la filosofía, el helenismo y su sustento filosófico, el neoplatonismo, se irán apagando hasta su total extinción.

Juan Almirall, marzo 2007

lunes, 12 de mayo de 2008

CRONOLOGIAS


A continuación ofrecemos una cronología de emperadores, obispos romanos, acontecimientos relevantes y algunas herejías, para la reconstrucción del Cristianismo en sus seis primeros siglos, que iremos ampliando, mejorando y corrigiendo con el tiempo. Esperamos que sea de utilidad. Agradeceremos cualquier corrección o indicación, que sirva para mejorarla y ampliarla.


SIGLO I

EMPERADORES
DINASTÍA JULIA CLAUDIA
27 a.C. – 14 Octavio Augusto.
14 – 37 Tiberio.
37 – 41 Cayo Calígula.
41 – 54 Claudio.
54 – 68 Nerón.
69 Crisis, cuatro emperadores.
I DINASTÍA FLAVIA
69 – 79 Vespasiano.
79 – 81 Tito.
81 – 96 Domiciano.
DINASTÍA ANTONINA
96 – 98 Nerva.
98 – 117 Trajano.

1 – 33 Jesucristo (hay quien sitúa el nacimiento de Jesús unos años antes).
20 a.C. – 50 Filón de Alejandría.
4 – 98 Apolonio de Tiana.
4 – 65 Séneca
39 Conversión de Pablo (8 – 67).
40 – Simón el mago en Samaría.
49 Concilio de Jerusalén.
64 – 67 Incendio de Roma por Nerón, primera persecución de los cristianos.
66 – 70 Guerra contra los judíos y destrucción de Jerusalén por Tito.
67 Martirio de Pedro y Pablo en Roma.

OBISPOS DE JERUSALÉN
29 - 62 Jacobo (Santiago) el Justo, hermano de Jesús
62 - 107 Simeón I

OBISPOS DE ROMA
67 – 78 S. Lino de Volterra, mártir.
78 – 90 S. Cleto romano mártir.
90 – 100 S. Clemente romano mártir.

OBISPOS DE ANTIOQUÍA
37 - 53 Pedro I
53 - 68 Evodio
68 - 107 Ignacio I

OBISPOS DE ALEJANDRÍA
43 - 63 Marcos I el Evangelista
63 - 82 Aniano
82 - 95 Abilio
96 - 106 Cedrón

Cartas y Evangelios
50 – 62 Cartas de Pablo a los Gálatas, Corintios, Romanos, cartas de la cautividad: Efesios, Filipenses, Colosenses, Tesalonicenses. Se discute la autenticidad de las cartas a Timoteo y Hebreos.
62 Ejecución en Jerusalén de Santiago, hermano de Jesús y cabeza de la Iglesia de Jerusalén, autor de la Epístola de Santiago.
64 Epístolas de Pedro.
69 Evangelio de Marcos en Roma.
70/100 Evangelio de los Hebreos.
70 Epístola de Judas.
78/93 Flavio Josefo: Guerra judía y Antigüedades judías.
80 Evangelio de Mateo, en Jerusalén; Evangelio de Lucas, y Hechos de los Apóstoles, en Antioquía.
90 Evangelio de Juan, en Efeso, y las Epístolas de Juan.
90 – 96 Segunda persecución de Domiciano, Apocalipsis de Juan.
92 – 101 Clemente de Roma, tercer sucesor de Pedro, escribe una epístola a los corintios. Se escriben con posterioridad otras cartas atribuidas a Clemente las Pseudo-clementinas (s. III).
95 Primera carta de Clemente.

SIGLO II

EMPERADORES
117 – 138 Adriano.
138 – 161 Antonino Pío.
161 – 180 Marco Aurelio, emperador y filósofo estoico, durante su reinado Justino es acusado por el cínico Crescente y condenado a muerte, en el año 165.
163 – 167 Persecución de Marco Aurelio a los cristianos.
178 Discurso verdadero de Celso.
180 – 192 Cómodo.
DINASTÍA DE LOS SEVEROS (De origen caldeo)
193 – 211 Septimio Severo (Leptis Magna, Libia), casado con Julia Domna.
197 Edicto de Septimio Severo contra judíos y cristianos.

OBISPOS DE ROMA
100 – 112 S. Anacleto de Atenas, mártir.
112 – 121 S. Evaristo de Belén, mártir.
121 -132 S. Alejandro I romano mártir.
132 – 142 S. Sixto I romano mártir.
142 – 154 S. Telesforo de Turio, mártir.
154 – 158 S. Higinio griego mártir.
158 – 167 S. Pío I de Aquileya, mártir.
¿ - 175 S. Aniceto de Emesa, mártir.
¿ - 182 S. Sotero de Campania, mártir.
¿ - 193 S. Eleuterio de Nicópolis, mártir.
193 – 203 S. Víctor I africano mártir.

OBISPOS DE ANTIOQUÍA
107 - 127 Herón
127 - 154 Cornelio
154 - 169 Eros
169 - 182 Teófilo
182 - 191 Máximo I
191 - 211 Serapion

OBISPOS DE ALEJANDRÍA
106 - 118 Primo
118 - 129 Justo
131 - 141 Eumenes
142 - 152 Marcos II
152 - 166 Celadión
167 - 178 Agripino
178 - 189 Juliano
189 - 232 Demetrio

OBISPOS DE JERUSALÉN
107 - 113 Justo
113 - ? Zaqueo
¿? Tobias
¿ - 117 Benjamín I
117 - ? Juan I
¿ - 120 Mateo I
¿ - 124 Felipe
¿? Seneca, Justo II, Leví, Efraín, José I
¿ - 135 Judas
135 - ? Marcos I
¿? Casiano, Publio, Máximo I, Juliano I, Gayo I, Símaco
¿ - 162 Gayo II
162 - ? Juliano II
¿? Capito, Máximo II, Antonino, Valente
¿ - 15 Duliquiano
185 - ? Narciso
¿? Dión, Germán
¿ - 211 Gordiano

Apologetas
98 – 117 Viaje a Roma de Ignacio segundo obispo de Antioquía, autor de epistolas a Efeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia, Esmirna y Roma, presenta el martirio como una auténtica imitación de Cristo.
100 – 165 Flavio Justino filósofo y martir.
100/150 Evangelio de Tomás.
C. 100 Evangelio de Matías, en Egipto.
Se componen los Libros sibilinos cristiano-judios, los Oráculos caldeos, y el Corpus Herméticum.
124 Cuadrato primer apologeta, presenta una defensa del cristianismo al emperador Adriano.
130 Papías, obispo de Hierapolis, escribe una Exégesis de los discursos del Señor.
131 Epístola de Bernabé, es un verdadero tratado teológico escrito en forma de epístola.
140 – 150 El hermano de Pío I obispo de Roma, Hermas escribe el Pastor, escrito apocalíptico apócrifo.
140 Marciano Arístides apología a Antonino Pío.
150/160 Flavio Justino: Apología I-II y Dialogo con Trifón.
C. 150 Evangelio de los Doce o de los Ebionitas; Evangelio de los Egipcios; Apócrifo de Juan. La recopilación de textos cristianos conocida como Didajé, regla de vida apostólica. Evangelio según Pedro.
156 Martirio de Policarpo obispo de Esmirna, aficionado al martirio acusa a Marción de ser hijo de Satán.
172 Taciano el sirio, funda la secta gnóstica de los encratitas, había sido discípulo de Justino pero se opuso a la filosofía.
177 Atenagoras de Atenas escribe la Súplica a favor de los cristianos, dirigida a Marco Aurelio y Cómodo.

Gnósticos
Sectas gnósticas exegetas del Antiguo Testamento fueron: los Barbelognósticos, los ofitas, los naasenos, los setianos y los cainitas.
¿120? Basílides e Isidoro, primera gran escuela gnóstica.
85 – 161 Valentín funda la segunda escuela que tiene dos ramas: 1) Ptolomeo, Heracleón y Florido de la Escuela italina.
2) 154 – 222 Bardesanes, gnóstico y astrólogo, y Harmonio, miembros de la Escuela oriental de Valentín.
154 Carpócrates funda la tercera gran escuela gnóstica.
¿ – 170 Marción y Apeles.

Heresiólogos
155 - 220 Terturliano.
180 Panteno funda la Escuela de Alejandría.
150 – 215 Tito Flavio Clemente de Alejandría.
180 Adversus haereses de Irineo de Lyon.
197 Apologeticum, Tertuliano.
Final s. II Octavio de Minucio Felix.

SIGLO III

EMPERADORES
203 Persecución de Septimio Severo.
211 – 217 Caracalla.
217 – 218 Macrino.
218 – 222 Heliogabalo.
222 – 235 Alejandro Severo.
235 – 284 Imperio militar, división del Imperio.
260 Edicto de tolerancia de Galieno.
284 – 312 Diocleciano y la tetrarquía: Maximiano Hércules, Galerio y Constancio Cloro.

OBISPOS DE ROMA
203 – 221 S. Ceferino romano mártir.
221 – 227 S. Calixto I romano mártir. Hipólito de Roma mártir, primer antipapa y cismático.
227 – 233 S. Urbano I romano mártir.
233 – 238 S. Ponciano romano mártir.
238 – 239 S. Antero griego mártir.
239 – 253 S. Fabiano romano mártir.
251 – 268 S. Novaciano antipapa.
253 – 255 S. Cornelio romano mártir.
255 – 257 S. Lucio I romano mártir.
257 – 260 S. Esteban I romano mártir.
260 – 261 S. Sixto II griego mártir.
261 – 272 S. Dionisio griego.
272 – 275 S. Félix I romano mártir.
275 – 283 S. Eutiquiano toscano mártir.
283 – 296 S. Cayo dálmata mártir.
296 – 304 S. Marcelino romano mártir.

OBISPOS DE ANTOQUÍA
211 - 220 Asclepiades
220 - 231 Fileto
231 - 237 Zebeno
237 - 253 Babilas
253 - 256 Fabio
256 - 260 Demetrio
260 - 268 Pablo I
268 - 273 Domno I
273 - 282 Timeo
283 - 303 Cirilo I

OBISPOS DE ALEJANDRÍA
232 - 248 Heraclas
248 - 264 Dionisio
265 - 282 Máximo
282 - 300 Theonas

OBISPOS DE JERUSALÉN
¿ - 231 Narciso, 2ª vez
231 - 249 Alejandro
249 - 260 Mazabano
260 - 276 Himeneo
276 - 283 Zabdas
283 - 314 Hermón

Ppio. s. III Protréptico, Pedagogo y Stromata de Clemente de Alejandría.
185 – 254 Origenes (De principiis).
200 – 258 Cipriano de Cartago.
215 – 275 Gregorio Taumaturgo, discípulo de Orígenes.
216 – 276 Mani, fundador del Maniqueísmo persa.
232 Orígenes es desterrado de Egipto y se instala en Cesarea donde funda la Escuela de Cesarea, de la que formó parte Gregorio Taumaturgo
248 Dionisio se hace cargo de la Escuela de Alejandría, tras la partida de Orígenes.
265 A Dionisio le sucede Teognosto y luego Pierio.
250 – 325 Lactancio.
250 – 356 Antonio fundador del monaquismo egipcio.
190/250 Zostriano y Allógenes, conocidos por Plotino y citados por Porfirio.
Anteriores a la polémica antignóstica: Marsanes.
265/266 Polémica antignóstica de Plotino (205 – 270).
270 Contra cristianos de Porfirio (233 – 304).
263 – 340 Eusebio de Cesarea, autor de Historia Eclesiástica y Vita Constantini.
285 – 363 Mario Victorino.

SIGLO IV

EMPERADORES
303 – 304 Edictos de persecución de Diocleciano.
311 Edicto de tolerancia de Galerio.
312 – 337 Constantino I, el grande.
313 Edicto de Milán.
330 Fundación de Constantinopla.
337 – 351 Guerras civiles.
351 – 360 Constancio II (arriano).
360 – 363 Juliano, el apostata (331 – 363).
363 – 364 Joviano.
364 – 379 Valentiniano y Valente
379 – 395 Teodosio I el Grande.
395 División del Imperio Occidental, 395 – 408 Arcadio; y el Imperio Oriental, 395 – 423 Honorio.

OBISPOS DE ROMA
304 – 307 Sede vacante.
307 – 309 S. Marcelo I romano mártir.
309 – 311 S. Eusebio griego.
311 – 314 S. Melquíades africano.
314 – 337 S. Silvestre romano. Primer Concilio ecuménico de Nicea, 325, contra arrianismo.
337 – 340 S. Marcos romano.
341 – 352 S. Julio I romano.
352 – 366 S. Liberio romano, desterrado en 355, Félix II romano le sucede y renuncia en 358.
366 – 367 Ursino antipapa.
367 – 384 S. Dámaso I español. Segundo Concilio ecuménico I de Constantinopla, 381, contra mecedonianos, eunomianos o anomeos, participaron Gregorio de Nacianzeno y Gregorio de Nysa.
384 – 398 S. Siricio romano.
399 – 402 S. Anastasio I romano.

OBISPOS DE ANTIOQUÍA
304 - 314 Tirano
314 - 320 Vital I
320 - 323 Filogonio
324 - 330 Eustacio
330 Paulino, arriano
331 - 332 Eulalio
332 - 333 Eufronio, arriano
333 - 342 Flácido, arriano
342 - 344 Esteban I, arriano
344 - 358 Leoncio, arriano
358 - 359 Eudoxio, arriano
359 Vital II, arriano / 359 - 360 Aniano
361 - 378 Euzoyo, arriano / 360 - 361 Melecio
361 - 388 Paulino II
378 - 381 Doroteo, arriano / 376 - ? Vital II, arriano, 2ª vez
388 - 393 Evagrio
362 - 381 Melecio, 2ª vez
381 - 404 Flaviano I

OBISPOS DE ALEJANDRÍA
300 – 311 Pedro de Alejandría, Obispo y dirige la Escuela.
312 - 313 Aquiles de Alejandría.
313 – 328 Alejandro de Alejandría, Arrio presbítero de Alejandría.
318 Sínodo de Alejandría, contra Arrio, al que apoyan Eusebio de Nicomedia y Luciano de Antioquia.
328 – 373 Atanasio de Alejandría, fue expulsado de Alejandría cinco veces. Defensor de la fe niceana contra los arrianos. Coloca al frente de la Escuela catequética a Dídimo el ciego (313 – 398). Obispos arrianos fueron:Pisto (335-337), Gregorio (339-346), Jorge (357-361) y Lucio (365).
370 – 413 Sinesio de Cirene, obispo auxiliar platónico amigo de Hipatia.
373 - 380 Pedro II / 375 - 378 Lucio, arriano, 2ª vez.
380 - 385 Timoteo I
385 – 412 Teófilo de Alejandría, obispo, destruyó el Serapeum, el Mitreum y el Templo de Dioniso.

PATRIARCAS DE CONSTANTINOPLA
315-327 Metrófanes
327-340 Alejandro
340-341 Paulo I
341-342 Eusebio
342-344 Paulo I (2da vez)
342-346 Macedonio I
346-350 Paulo I (3ra vez)
350-360 Macedonio (2da vez)
360-369 Eudocio
369-379 Demófilo
369-370 Evagrio
379-380 Gregorio I Nacianceno
381 Máximo I
381-397 Nectario
398-404 Juan I Crisóstomo

OBISPOS DE JERUSALÉN
314 - 333 Macario I
333 - 348 Máximo III
350 - 386 Cirilo I
386 - 417 Juan II

312 Cisma donatista. Se funda la Escuela de Antioquia por Luciano de Samosata contra la Escuela de Cesarea influenciada por Orígines.
315 Inicio de la disputa contra el Arrianismo. Arrio (256 – 336).
323 Eustacio de Antioquia es nombrado Patriarca de Antioquia, defiende la fe niceana contra los arrianos, y es expulsado de la Sede Patriarcal en el 326 por Constantino, y Antioquia cae en poder de los obispos arrianos hasta el año 360, destacó Aecio de Antioquia y Eunomio de Cicico.
325 Concilio de Nicea.
330 - 390 Gregorio Nacianceno.
330 – 378 Basilio el grande.
335 - 385 Gregorio de Nysa.
338 – 342 Eusebio de Nicomedia es nombrado Patriarca de Constantinopla, había protegido a Arrio e influido en la expulsión de Atanasio de Alejandría.
¿ – 385 Prisciliano.
348 Cirilo de Jerusalén accede a la Sede Patriarcal de Jerusalén, de donde fue expulsado tres veces por los arrianos.
¿350? Calcidio, autor cristiano, traductor y comentador del Timeo.
354 – 430 Agustín de Hipona.
358 Basilio y Gregorio Nacianceno escriben la Philocalia.
Escritores antioquenos: Apolinar de Laodicea, Epifanio de Salamis, y el maestro más importante de la escuela Diodoro de Tarso. Discípulo de Diodoro fue Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo (344 – 405) que tuvo a Teofilo de Alejandría como su gran enemigo.
363 S. Efrén Sirio de Nisibis funda la Escuela de Edesa, cuando el emperador Joviano cede la ciudad de Nisibis a los persas.

SIGLO V

EMPERADORES DE OCCIDENTE
395 – 423 Honorio.
410 Alarico saquea Roma.
425 – 455 Valentiniano III.
455 Vándalos saquean de nuevo Roma.
457 – 461 Mejoriano.
461 – 465 Severo III.
467 – 472 Antemio.
474 Julio Nepote, emperador nombrado por Zenón.
475 Orestes se levanta contra Julio Nepote, y coloca en el trono imperial a su hijo Rómulo Augusto de 14 años.
476 los mercenarios godos bajo el mando de Odoacro deponen a Rómulo Augusto, último emperador de Occidente. Siguen las monarquías góticas en los reinos de Europa.

EMPERADORES DE BIZANCIO
408 – 450 Teodosio II.
450 – 457 Marciano.
457 – 474 León I.
474 – 491 Zenón. El usurpador Basilisco depone a Zenón en los años 475 – 476, favoreció a los monofisitas.
491 – 518 Anastasio I, monofisita, rompe con Roma.

PAPAS DE ROMA
402 – 417 S. Inocencio I de Albano.
417 – 418 S. Zósimo griego.
418 – 423 S. Bonifacio I romano.
423 – 432 S. Celestino I romano. Tercer Concilio ecuménico de Éfeso, 431, presidido por el Patriarca de Alejandría Cirilo, contra el nestorianismo de Antioquia.
432 – 440 S. Sixto III romano.
440 – 461 S. León I el Grande, toscano. II Concilio ecuménico de Éfeso, 449, declarado latrocinium. Cuarto Concilio ecuménico de Calcedonia, 451, contra nestorianos.
461 – 468 S. Hilario de Cagliari.
468 – 483 S. Simplicio de Tívoli.
483 – 492 S. Félix III romano, excomulga al emperador Zenón y al Patriarca de Constantinopla.
492 – 496 S. Gelasio I africano.
496 – 498 Anastasio II romano.
498 – 514 S. Símaco sardo.
498 – 505 Lorenzo antipapa.

PATRIARCAS DE CONSTANTINOPLA
398-404 Juan I Crisóstomo
404-405 Arsacio
406-425 Atico
426-427 Sisinio I
428-431 Nestorio
431-434 Maximiano
434-446 Proclo
446-449 Flaviano
449-458 Anatolio
458-471 Genadio I
472-488 Acacio
488-489 Fravitas
489-495 Eufemio
495-511 Macedonio II

OBISPOS Y PATRIARCAS DE ANTIOQUÍA
404 - 412 Porfirio
412 - 417 Alejandro I
417 - 428 Teodoto
428 - 442 Juan I
442 - 449 Domno II
Patriarcas de Antioquía a partir de 451.
449 - 455 Máximo II
456 - 458 Basilio I
458 - 461 Acacio
461 - 468 Martirio
468 - 470 Pedro II Fullón, monofisita
470 - 476 Juliano, monofisita
476 Pedro II Fullón, monofisita, 2ª vez
470 - 476 Martirio, 2ª vez
476 - 477 Juan II
477 - 479 Esteban II
479 - 485 Calendión
485 - 488 Pedro II Fullón, monofisita, 3ª vez
488 - 498 Paladio
498 - 512 Flaviano II

OBISPOS Y PATRIARCAS DE ALEJANDRÍA
412 - 444 Cirilo I
Patriarcas de Alejandría a partir de 451.
444 - 457 Dióscoro I, monofisita
451 - 457 Proterio
457 - 460 Timoteo II Salofácilo
460 - 475 Timoteo II Eluros, monofisita
475 - 477 Juan I Talaia
477 Pedro III Mongo, monofisita
477 - 482 Timoteo II Eluros, monofisita, 2ª vez
482 Juan (I) Talaia, 2ª vez
482 - 489 Pedro III Mongo, monofisita, 2ª vez
489 - 496 Atanasio II Keleles, monofisita
496 - 505 Juan I (II) Hemula, monofisita

OBISPOS Y PATRIARCAS DE JERUSALÉN
417 - 422 Prailio
422 - 458 Juvenal, primer Patriarca de Jerusalén (451)
458 - 478 Anastasio I
478 - 486 Martirio
486 - 494 Salustio
494 - 516 Elías I

412 – 444 Cirilo de Alejandría. Ordena la muerte de Hipatia, persiguió a los paganos en Egipto, promovió los dos Concilios de Éfeso contra el nestorianismo y la Escuela de Antioquia.
412 – 485 Proclo (Teología Platónica, Elementos de Teología).
413 Agustín La Ciudad de Dios.
428 Nestorio (381 – 450) es elevado a la dignidad de Patriarca de Constantinopla, de donde es depuesto por el Concilio de Éfeso en 431, por sus doctrinas heréticas contra la Virgen theotokos.
480 – 525 Boecio, autor de Consolación de la filosofía.
489 El emperador Zenón expulsa a los cristianos nestorianos del Imperio bizantino, cierra la Escuela de Edesa y estos se trasladan a Persia donde fundan la Escuela médica de Gondishapur (donde se traduce a Aristóteles, Galeno, Hipócrates y Discórdides). Los nestorianos también vuelven a abrir la Escuela de Nisibis en el Imperio Persa.
490 – 530 Juan Filopon.
¿? Dionisio Areopagita (Jerarquía celestial, Jerarquía eclesiástica, De los nombres divinos, Teología mística).

SIGLO VI

IMPERIO BIZANTINO
518 – 527 Justino I.
527 – 565 Justiniano I, se impone el credo calcedoniense y se persigue al monofisimo.
565 – 578 Justino II.
578 – 582 Tiberio I.
582 – 602 Mauricio.

PAPAS DE ROMA
514 – 523 S. Hormisdas de Frosinone.
523 – 526 S. Juan I toscano mártir.
526 – 530 S. Félix IV de Sannio.
530 – 532 Bonifacio II romano. Dióscuro antipapa desde 530.
532 – 535 Juan II romano.
535 – 536 S. Agapito romano.
536 – 538 S. Silverio de Campania, mártir.
538 – 555 Vigilio romano. Quinto Concilio ecuménico II de Constantinopla, 553, condena la herejía monofisita.
555 – 560 Pelagio I romano.
560 – 573 Juan III romano.
574 – 578 Benedicto I romano.
578 – 590 Pelagio II romano.
590 – 604 S. Gregorio I el Grande, romano.

PATRIARCAS DE CONSTANTINOPLA
495-511 Macedonio II
511-518 Timoteo I
518-520 Juan II de Capadocia
520-535 Epifanio
535-536 Antimo I
536-553 Menas
552-565 Eutiquio
565-577 Juan III Escolástico
577-582 Eutiquio (2da vez)
582-595 Juan IV Nesteutes
596-606 Ciriaco

PATRIARCAS DE ANTIOQUÍA
512 - 538 Severo I, monofisita
518 Cisma de la Iglesia Sirio Jacobita de Antioquía, monosfita.
538 - 544 Vacante
544 - 546 Sergio de Tella, monofisita
546 - 550 Vacante
550 - 575 Pablo II, monofisita
575 - 581 Vacante
581 - 591 Pedro III, monofisita
591 - 595 Juliano I, monofisita
595 - 631 Atanasio I Gammolo

PATRIARCAS DE ALEJANDRÍA
505 - 516 Juan II (III) Nikiu, monofisita
516 - 517 Dióscoro II, monofisita
517 - 535 Timoteo III, monofisita
535 Cisma monofisita, Patriarcas de la Iglesia Copta:
535 - 567 Teodosio I, monofisita
567 - 569 Doroteo, monofisita
569 - 605 Damián

PATRIARCAS DE JERUSALÉN
516 - 524 Juan III
524 - 552 Pedro
552 Macario II
552 - 564 Eutiquio
564 - 575 Macario II, 2ª vez
575 - 594 Juan IV
594 - 601 Amós

529 Decreto de Justiniano por el que se prohíbe a los paganos enseñar en el Imperio. Exilio de los filósofos neoplatónicos, Damascio, Simplicio y otros cinco, a la corte del emperador persa Corroes I en Seleucia-Ctesifonte.