El Cristianismo más helenizado y culto vino de la mano de las Escuelas Gnósticas de Marción, Valentín y Basílides. Los así llamados gnósticos incorporaron sin reparos las doctrinas pitagóricas y platónicas, e incluso les dieron su propia versión. El mito gnóstico incluye las Ideas platónicas en la forma de hipóstasis de los Eones, que habitan en el Pleroma, el mundo de las Ideas, de donde Sofía cae y engendra al Demiurgo, creador de un mundo corrompido, poblado de seres malignos, que intentan evitar que el espíritu humano regrese a su origen. De allí procede la centella divina, que sólo se encuentra en los hombres pneumáticos o espirituales, la que es incorruptible e inmortal, y que despertada y purificada, tras los cantos de arrepentimiento, puede elevarse por encima de las esferas del cosmos, hasta su morada en el Pleroma, el lugar del Tesoro de la Luz. Los mitos gnósticos serán duramente criticados por los teólogos eclesiásticos: Tertuliano, Irineo, Hipólito, Clemente y Orígenes, estos dos últimos autores, intentarán escribir una gnosis en el marco de la ortodoxia de la gran Iglesia.
En Orígenes el Cristianismo ortodoxo encuentra al primer gran sistemetizador de sus doctrinas. Gracias al método alegórico que había conocido en Alejandría, probablemente de los judíos continuadores de la labor alegórica de Filón, al cual sigue en muchos sentidos. En su gran obra “Tratado sobre los principios”, Orígenes nos explica que el alma humana en realidad es intelecto (noûs) de fuego que se ha enfriado, y por ese enfriamiento tiene que encarnarse en un cuerpo, donde debe aprender a inflamarse de nuevo en Dios, para ascender hacia el mundo divino, que se encuentra más allá de las esferas del cosmos. Orígenes fue influenciado por Numenio de Apamea, un autor platónico y pitagórico, que consideraba a Dios, el primer principio, como intelecto (noûs). Siguiendo a Numenio y a Filón, Orígenes define a Dios, el Padre y primera hipóstasis de la Trinidad cristiana, como “una naturaleza inteligible simplicísima” es decir una mónada y un intelecto (noûs) puro y fuente, que crea por pura bondad a un número limitado de seres a su imagen y semejanza, esto es, un determinado número de intelectos, y eso es lo que realmente somos. Por ello en Orígenes el noûs preexiste y es inmortal, siendo éste el que toma un cuerpo cuando se enfría, quedándose aprisionado en el mismo. Las doctrinas sobre la inmortalidad del alma humana de Orígenes se aproximan bastante a las doctrinas gnósticas.
La mayoría de los grandes escritores y teólogos cristianos de la antigüedad fueron origenistas, y la Escuela Catequética de Alejandría, siguió bastante a Orígenes, al igual que la Escuela Catequética de Cesarea, donde el alejandrino había dejado una importante influencia. Así Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea fueron origenistas, que defendieron la causa arriana, que también traía causa de algunas de la tesis de Orígenes, en particular la idea subordinacionista del Logos al Padre, es decir, que el Logos, Cristo, era de alguna manera un ser subordinado al Padre, una criatura del Padre, aunque preeminente. Esta idea extraída de Orígenes la encontramos en Filón de Alejandría, pero en éste último, tiene su fundamento en la idea judía de la unidad divina, el Logos para Filón y para algunos cristianos es un potencia del Dios único, o incluso un arcángel. Los padres capadocios como Basilio y Gregorio Nacianceno también fueron origenistas. Y de éste último, fue discípulo Evagrio Póntico, un autor que abrazó la vida monástica en Nitria (Egipto), donde tomó contacto con grupos selectos de monjes origenistas. Evagrio escribió una obra titulada “Capítulos Gnósticos” donde defiende la preexistencia del alma. El Patriarca Teófilo de Alejandría será el primer perseguidor de los monjes origenistas a principios del siglo V, además de un gran perseguidor del paganismo. De los primeros años de este siglo datan las primeras persecuciones de los monjes origenistas que huyeron hacia Palestina y Constantinopla, donde fueron protegidos por el entonces Patriarca de Constantinopla Juan Crisóstomo. Así dará comienzo la primera gran disputa entre el Patriarcado de Alejandría y el de Constantinopla, que hizo caer a Nestorio, y perseguir a los padres antioquenos, Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia.
La Escuela de Alejandría a pesar de haber abominado contra Orígenes, mantenía una teología cristológica basada en la concepción platónica del alma triple: racional, irascible y concupiscible, que gobierna al cuerpo. En Cristo el alma racional es substituida por el Logos. Esta es la teología que irán matizando los alejandrinos. Por su parte, la Escuela de Antioquia asume una visión del alma más aristotélica, donde el alma es la forma del cuerpo, y por tanto, hay una unión sustancial del cuerpo y del alma, así en Cristo hay un verdadero hombre (cuerpo y alma) que acoge al Logos, que se une por conjunción (sináfeia), sin mezcla de naturalezas. De estas dos concepciones del alma surgirán las dos grandes herejías del siglo V, que en realidad, representan dos posturas extremas de ambas concepciones, el Nestorianismo, que niega que la Virgen María sea theotocos, es decir, madre de Dios, pues entiende que sólo es madre del hombre que albergó al Cristo, tendencia aristotélica de la Escuela de Antioquia. Mientras que la otra tendencia extrema, aparecida unos años más tarde, fue el Monofisismo, que mantenía que en Cristo sólo se daba un única naturaleza divina, que absorbe a la humana, lo que supone un cierto docetismo, pues la naturaleza humana se vuelve meramente aparente, ya que en Cristo sólo hay una naturaleza: la divina.
La gran Iglesia, ahora Iglesia Imperial, se encuentra sumida en estas disputas, y por la participación de los emperadores bizantinos, que buscaban infructuosamente la unidad doctrinal de la Iglesia y del Imperio, estas disputas se convirtieron en cuestiones políticas. En el Concilio de Calcedonia (451) el Emperador Teodosio II apoya a la ortodoxia, que mantiene la unión sustancial de dos naturalezas la divina y la humana, mientras que la Emperatriz Pulqueria apoya a los monofisistas: el Imperio se encuentra dividido. Constantinopla y Roma apoyan la fe calcedoniana, y Alejandría, Antioquía y Jerusalén han caído en manos de patriarcas monofisistas. En plena discusión sobre la naturaleza del alma en Cristo, estalla un rebrote en Palestina de disputas entre monasterios, por la causa del origenismo. En una comunidad de monjes próxima a Jerusalén, en el monasterio de la Nueva Laura, un grupo de eruditos, aficionados a la lectura de Orígenes y Evagrio, defienden la preexistencia de las almas, la metempsicosis y la restauración final, por lo que son expulsados del convento. Difundirán sus doctrinas por todas las comunidades monásticas de Palestina, con el apoyo de algunos teólogos de Constantinopla. Estos monjes origenistas fueron conocidos con el nombre de isocristes (todos los seres racionales, como los llama Orígenes, serán iguales, incluso Cristo, tras la apocatástasis). El emperador Justiniano, en el año 543, lanza la primera condena a las doctrinas heréticas de Orígenes y Evagrio. En el Liber adversus Orígenes, del emperador Justiniano, publicados en el Sínodo de Endemousa, bajo el Patriarca Menas, confirmada su firma por el Papa de Roma Vigilio:
Can. 1. Si alguno dice o siente que las almas de los hombres preexisten, como que antes fueron inteligentes y santas potencias; que se hartaron de la divina contemplación y se volvieron en peor y que por ello se enfriaron en el amor de Dios, de donde les viene el nombre de frías, y que por castigo fueron arrojadas a los cuerpos, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dice o siente que el alma del Señor preexistía y que se unió con el Verbo Dios antes de encarnarse y nacer de la Virgen, sea anatema.
Can. 3. Si alguno dice o siente que primero fué formado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santa Virgen y que después se le unió Dios Verbo y el alma que preexistía, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dice o siente que el Verbo de Dios fue hecho semejante a todos los órdenes o jerarquías celestes, convertido para los querubines en querubín y para los serafines en serafín, y, en una palabra, hecho semejante a todas las potestades celestes, sea anatema.
Can. 5. Si alguno dice o siente que en la resurrección de los cuerpos de los hombres resucitarán en forma esférica y no confiesa que resucitaremos rectos, sea anatema.
Can. 6. Si alguno dice que el cielo y el sol y la luna y las estrellas y las aguas que están encima de los cielos están animados y que son una especie de potencias racionales, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dice o siente que Cristo Señor ha de ser crucificado en el siglo venidero por la salvación de los demonios, como lo fue por la de los hombres, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dice o siente que el poder de Dios es limitado y que sólo obró en la creación cuanto pudo abarcar, sea anatema.
Can. 9. Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema.
Estos anatemismos fueron ratificados unos años después en el II Concilio de Constantinopla, quinto concilio ecuménico, celebrado en el año 553, bajo el imperio de Justiniano, donde se centra en la condena a los “Tres Capítulos”, las obras de los tres grandes autores del Nestorianismo: Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. Con la anatemización de las doctrinas de estos tres autores, Justiniano pretendía conseguir la reconciliación con los monofisitas. Estas son las principales cuestiones tratadas en el Concilio de Constantinopla, sin embargo, se incluyen quince anatemismos más, dirigidos expresamente contra “ciertos monjes de Jerusalén”, se trataba de los origenistas isocristes, cuya cabeza era un tal Teodoro de Asquidas. En estos nuevos quince anatemas, incluye los diez anteriores del “Liver adversus Origenes”, pero ahora se presta mayor atención a unos aspectos cristológicos que no habían aparecido antes: Cristo es uno más de todos los seres racionales que forman la unidad primitiva; se distingue de los demás porque solo él permaneció inmutable, no se cansó de la contemplación divina; Cristo y no el Logos es el demiurgo, creador del mundo; su reino tendrá fin con la apocatástasis. Todos estos factores nuevos proceden de las obras de Evagrio Póntico, en especial de los “Capítulos Gnósticos”, a los que eran muy aficionados los monjes isocristes. Esta fue una controversia menor, frente a las que producían mayor impacto en la Ecumene, sobre todo en su parte oriental, las controversias cristológicas entre nestorianos y monofisistas.
En conclusión, podemos decir que la reencarnación nunca ha sido una doctrina pacífica y aceptada por la mayoría de la comunidad eclesiástica, solo las tendencias que se decantaban más hacia el platonismo, incluyeron ideas relativas a la preexistencia del noûs, es decir, el intelecto o la parte racional del alma. Pero nunca fue realmente incorporada a la doctrina general la reencarnación del alma, tal como la planteaba Platón o los pitagóricos.
Juan Almirall
Textos, artículos y referencias para reconstruir la historia del cristianismo y del pensamiento occidental. Una aproximación filosófica al pensamiento cristiano.
sábado, 4 de abril de 2009
CRISTIANISMO Y REENCARNACIÓN
miércoles, 31 de diciembre de 2008
LOS ABSURDOS SOBRE LA SANTISIMA TRINIDAD
En este artículo nos proponemos analizar otras posibles soluciones a la tan desafortunada Trinidad cosubstancial, del credo de Nicea, en concreto de la polémica sentencia que decía: “Creo en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho…” Esta fue la famosa solución a la polémica arriana, de la que ya hemos hablado en otros artículos. Así se ponía fin a las discusiones sobre la naturaleza del Logos, se trataba de dos personas distintas, Dios Padre y Jesucristo, el Unigénito. El tema del Espíritu Santo vino después, también hubieron peleas sobre la procesión del Espíritu, si del Padre o del Padre y del Hijo, pero eso fue más tarde, en torno al siglo V. En el año 325 los Padres Conciliares reunidos en Nicea, a instancia del Emperador Constantino el Grande, decidieron que el Padre y el Hijo eran dos personas distintas pero con una misma esencia (traducido por "naturaleza" del griego "ousía"), y sellaron con el anatema al que cuestionara este primer dogma de fe, y se quedaron tan anchos. Esta solución, como veremos es una aberración lógica, un absurdo que no tiene fundamento en la teología precedente, y que estigmatizaría la teología cristiana con multitud de dogmas y soluciones absurdas a los problemas que esta y otras dificultades iban a plantear. De hecho esta solución supone una renuncia a la razón, que debía inspirar a la Ciencia del Ser, la Teología, fundada por Aristóteles en el siglo IV a.C.
Los filósofos y teólogos anteriores al Cristianismo, y podemos añadir los teólogos cristianos anteriores a la Iglesia Imperial (que resolvía las cuestiones de fe por real decreto), como Orígenes, fueron muy cuidadosos y meticulosos a la hora de no perder el hilo racional y lógico que unía cada argumento de su filosofía o de su fe. De hecho el método alegórico nace, sobre todo, con Filón de Alejandría, en el siglo I a.C. – siglo I d.C., en su Escuela alejandrina, y que no fue incorporado al Cristianismo hasta el siglo III, gracias a Orígenes. Las exposiciones de la fe cristiana de los Padres Apologetas o de los Heresiólogos, estaban encaminadas a defender una cierta ortodoxia o diferenciar a la fe cristiana de otras concepciones religiosas, en especial del judaísmo y del paganismo. Así que podemos hablar de Orígenes como del padre de la interpretación alegórica cristiana, y de la construcción de las bases intelectuales del Cristianismo pre-niceano. Pues bien, el alejandrino tomó mucho cuidado en justificar los artículos de fe que emanaban de la fuente revelada, cuidó con sumo tiento de que éstos fueran racionalmente aceptables. Por eso habló de una Trinidad: Padre, Logos y Espíritu Santo, en la que el Logos procedía del Padre, que era Mónada, Unidad perfecta y simple, y que por ello, se distanciaba del mundo, para preservar su pureza, haciendo al Logos el ejecutor del plan concebido por el Padre. Es decir, Dios crea al Logos para, a través suyo, crear el resto de las criaturas. Esta era la concepción que más se ajustaba a la tradición alegórica veterotestamentaria, que tenía a Filón como maestro. Para el judío alejandrino, Dios es un Intelecto oculto a la creación, que se comunica con ella a través de sus potencias, potencias entre las que destaca el Logos, la réplica mundana de Sofía, la Sabiduría.
Pero además, Orígenes tenía que competir con una de las construcciones teológicas más elegantes que dio la filosofía alejandrina, el sistema de Plotino, compañero de estudios de Orígenes, que tenía una gran influencia de Numenio de Apamea, autor destacable en la obra de Orígenes y en la Praeparatio Evangelica de Eusebio de Cesarea, obispo origenista y filo arriano, que defendió la tesis de la procesión e inferioridad del Logos, respecto del Uno, tò hén. Pues bien, Plotino había construido uno de los sistemas filosóficos más elegantes de la antigüedad tardía, y también estaba basado en la Trinidad, una Trinidad que Plotino fundamenta en el propio Platón. El sistema de Plotino deja entrever un perfecta armonía matemática en la exposición de los principios y sus relaciones mutuas. Y la perfección de los fundamentos del sistema lo demuestra el hecho de que la tradición neoplatónica fue reelaborando aspectos no esenciales del mismo, manteniendo las bases fundamentales, en especial la teoría de los tres dioses. Porfírio en sus Sentencias concretó y sintetizó el sistema, y Proclo de Licia puso el genio matemático, logrando una perfecta exposición teológica more geometrico, que se plasma en la obra fundamental: Elementos de Teología, que pasó a la posteridad bajo el título Liber de Causis, recogido por la Escuela Palatina e identificado por Tomás de Aquino. Los Elementos de Teología permiten ver la perfecta construcción matemática del sistema plotineano de las tres hipóstasis.
Plotino plantea que el Alma del Mundo es un ser perfecto y divino, una realidad o hipóstasis divina, en la que viven y se mueven las almas individuales, la obra es perfecta, pues perfecto es su artesano, el Logos, el elemento racional del Alma. El Alma está ordenada, sin embargo, a la manera del Ser, que es pensamiento e intelecto, lo que Plotino llama el Noûs (Intelecto) divino, otra entidad o hipóstasis, de rango superior, a imagen de la cual se ordena el Alma. El Intelecto es un orden cerrado donde se encuentran sus propias criaturas, los inteligibles, a todo esto llama Plotino el Ser, tò ón de Parménides. En este orden se encuentra la esencia, ousía. Sin embargo, más allá del Ser se encuentra el Uno, un principio supra esencial que ordena al Ser, al que el Ser intenta emular y hacia el cual se orienta y ordena. Y este ordenamiento de una hipóstasis hacia la otra es posible porque todo procede del primer Dios, del Uno, tò hén, del que todo procede y al que todo vuelve, pues todo se encuentra como suspendido de él. Por tanto, tres son los principios de Plotino: Alma, Intelecto y Uno.
En el sistema plotiniano cada cosa se encuentra en su orden correspondiente, es decir, el Uno está a salvo de toda relación con el mundo, pues es unidad fundamental y primer principio de todas las cosas, que encuentran su primera expresión en el Intelecto, donde se encuentra el Ser y la esencia, ousía. Y por último, tenemos el mundo y sus criaturas, que en su conjunto forman un orden armónico y bello. En todo el sistema se respetan los conceptos aristotélicos de ousía, ser e intelecto, así como el orden de los principios encaja con las doctrinas no escritas de Platón y su construcción dialéctica del diálogo platónico "Parménides".
Orígenes tuvo mucho cuidad en construir un sistema racional, que inspirado igualmente en Numenio de Apamea, respetara el sistema conceptual platónico. No así los obtusos y poco ilustrados autores del Credo niceano, que se pasaron por el forro el sistema conceptual, el orden lógico de los principios, y echaron por tierra ocho siglos de Teología, creando un monstruo absurdo, incoherente, que estaba destinado a sobrevivir por la espada, generando la ridícula y retardadora discusión entre fe y razón, que mantuvo ocupadas a las inteligencias de todo el medioevo y parte de la Edad Moderna. De manera que no estamos ante ningún misterio cuando pensamos en la naturaleza de la Santísima Trinidad, sino que estamos ante un absurdo construído por personas que no tenían ni idea de filosofía.
Saludos,
Juan Almirall
miércoles, 6 de agosto de 2008
MAESTROS DE LA HETERODOXIA: ARRIO Y EL PRIMER CONCILIO DE NICEA

La ortodoxia anti-arriana finalmente optó por soluciones muy complejas y carentes de lógica, disciplina ésta que, hasta la fecha, había presidido toda especulación metafísica. Con teólogos cristianos como Alejandro y Atanasio de Alejandría, tendremos que echar mano del dogma de fe, pues la solución de un Padre y un Hijo de idéntica esencia carece de todo fundamento lógico. Lo que hoy reza “el Hijo de la misma naturaleza que el Padre”, en el Credo católico, en los términos de la disputa del siglo IV, rezaba así: "homooúsios" o "cosubstancialidad", aunque traduce mejor por “idéntica esencia”, entre las dos hipóstasis, Padre e Hijo. Sin embargo, no existía un precedente lógico ni metafísico para tal expresión, inventada por los padres de Nicea, que no ha dejado de dar problemas a la teología cristiana, mientras ésta se ha ocupado de la naturaleza de los primeros principios.
La fórmula de Arrio tenía la virtud de ser más lógica y más tradicional, ya que el primer Cristianismo no se había planteado la cuestión de la naturaleza del Cristo, de una forma directa, ni el propio Orígenes resolvió el tema de forma clara. La versión más judaizante, reconocía la supremacía del Padre, y consideraba a Jesús como un hombre que, por su fiel obediencia a la Ley, había sido “adoptado” como el Hijo de Dios, sin serlo por tanto de forma esencial. A esto se le llamó “adopcionismo”. Sin embargo, si nos atenemos a la natividad evangélica, tenemos que concluir que Jesús fue divino desde su concepción, y si además lo identificamos con el Logos del Evangelio de Juan, incluso antes de la concepción, ya era Dios. Sin embargo, se trataría de un Dios de segunda categoría, el Logos es algo que emana de Dios, pero la teoría de la emanación nos aproxima demasiado al gnosticismo, que hasta Arrio rechazaba, por tanto, Jesús, el Cristo, el Logos divino, es una criatura, una creación de Dios, del Padre, que es una Mónada, una Unidad, eterna, primera y simplicísima. Esto se calificó de “subordinacionismo”, y encaja perfectamente con las doctrinas de Filón de Alejandría sobre el Logos-Sabiduría, y sobre todo con la teología de Orígenes en su Tratado sobre los Principios y el Comentario al Evangelio de Juan.
Origenes, como buen continuador de la Escuela Alegórica judía de Alejandría, en algún pasaje de su extensa obra, se había decantado claramente por el subordinacionismo: “Nosotros aceptamos la palabra del Salvador: “El Padre que me envió es mayor que yo” (Jn 14,28), por la cual no acepta la apelación de “bueno” que le es dada en su sentido propio, verdadero y pleno, sino que la refiere agradecido al Padre, reprochando al que quería glorificar al Hijo más de lo justo. Afirmamos que lo mismo el Salvador que el Espíritu Santo no pueden ponerse en parangón con ninguna de las cosas creadas, sino que las sobrepasan con una trascendencia sobreeminente; pero al mismo tiempo son sobrepasados por el Padre cuanto el Salvador y el Espíritu Santo sobrepasan a los demás seres y aún más. No es necesario que digamos cuánta es la gloria del Hijo que sobrepasa a los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades y todo otro ser que pueda ser nombrado no sólo de este siglo, sino también del futuro, trascendiendo además a los santos ángeles y espíritus y almas de los justos. Sin embargo, siendo superior a tantos y tan grandes seres por su sustancia, su dignidad, su poder, su divinidad – siendo el Logos viviente – su sabiduría, no puede parangonarse en nada con el Padre. En efecto, él es la imagen de su bondad y esplendor, no ya de Dios, sino de su gloria y de su luz eterna, emanación, no ya del Padre, sino de su poder, profluvio genuino de su gloria omnipotente, espejo sin mancha de su actividad, por el cual espejo Pablo y Pedro y los que se les asemejan contemplan a Dios, pues dice: “El que me ve a mí, ve al Padre que me envió” (Jn 14, 9)” (Com. in Jo. XIII, 152-152). Y es que Orígenes había identificado a Dios con el Primer Principio de los pitagóricos: “No se ha de pensar que Dios sea un cuerpo o esté recluido en un cuerpo, sino que es una naturaleza inteligible simplicísima, que no admite en absoluto adjunción de ningún tipo; no se ha de creer, por tanto, que él tenga en sí mismo algo de más o de menos, sino que es en todos los aspectos una Mónada (monás), como aquel que dice, una Henade (henás), así como noûs y fuente…” (De principiis I.6). Esto supone la asunción por parte de Orígenes de la teoría neoplatónica y pitagórica que identifica el Primer Principio con el Uno, de una naturaleza simplicísima. Además, identifica este Uno con el Noûs, el Intelecto divino, lo que le permite una cierta actividad creativa.
Arrio (260 – 336) era originario de Libia, y fue presbítero de Alejandría, y condiscípulo de Eusebio de Nicomedia de Luciano de Antioquia, tuvo alguna implicación en el cisma meleciano, durante las persecuciones de Diocleciano y Galerio (303 -311); pero la gran crisis que conmocionó al Oriente cristiano fue por su disputa, que arranca en torno al año 318, con el obispo metropolitano Alejandro de Alejandría, con el que mantendrá una dura polémica teológica, sobre la Trinidad y la naturaleza de Cristo. La disputa se institucionalizó cuando Arrio fue expulsado de Alejandría y excomulgado. Arrio se refugió entonces en Cesarea, donde los discípulos de Origenes habían creado una importante Escuela, enriquecida con una importante biblioteca filosófica, y regentada por el obispo de Cesarea, Eusebio, que junto con el otro Eusebio de Nicomedia, rehabilitaron a Arrio en un sínodo celebrado en Bitinia.
Alejandro de Alejandría escribió un gran número de cartas contra Arrio y sus doctrinas, hasta que el conflicto llegó a oídos del Emperador Constantino, que encargó a Osio de Córdoba la misión de mediar en la lucha doctrinal que amenazaba la paz dentro del Imperio. En mayo de 325 se celebra el primer Concilio de Nicea, presidido por el Emperador, donde se condenan las doctrinas de Arrio, y se fija el Símbolo de Nicea, como un intento de resolver la cuestión de la Trinidad, que se aprueba por convención y bajo la imposición del Emperador. Así, la polémica filosófica se resolvía por medio de real decreto, y con una fórmula completamente absurda y necesariamente dogma de fe, pues la solución crea una nueva categoría filosófica: el "homooúsios" o cosubstancialidad, que es el invento de los padres niceanos para explicar la relación entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La realidad es que no supieron salir al paso por la vía racional y con los conceptos filosóficos existentes: hypóstasis (que vendría a traducirse por substancia), ousía (esencia), etc. La solución de Arrio aunque es más filoniana que cristiana, era más racional que el engendro filosófico fijado en Nicea, y que ha subsistido en el Credo hasta nuestros días.
El problema ya se plantea en la obra de Orígenes: Si Dios es una Mónada inteligible y simplicísima, eterna e indivisible (Orígenes, De principiis I.6), entonces ¿cómo puede engendrar al Cristo (llamado el Logos y Sabiduría por las Santas Escrituras)? Desde el primer momento, la gran mayoría de cristianos creían en una cierta subordinación del Padre con el Hijo, muy en la línea de Filón de Alejandría, para quien el Logos-Sabiduría es una de las Potencias divinas, incluso un Arcángel, pero que por supuesto no es Dios, y no tiene su misma naturaleza.
El Cristianismo no tuvo un tronco común hasta que, a principios del siglo IV, Constantino el Grande, por motivos políticos, lo convirtió en religión de Estado. Pero incluso entonces, fueron necesarios muchos siglos para ir fijando los dogmas católicos, y eliminar a los teólogos heterodoxos que ahora serán considerados enemigos de la religión imperial. Los sínodos y concilios eran los instrumentos para juzgar y sentenciar a la heterodoxia y sus representantes. Se trataba de algo así como un tribunal que juzgaba las doctrinas de algún obispo, presbítero o teólogo, para lo cual el concilio reunía a, por ejemplo, todos los obispos y presbíteros relevantes dentro de una jurisdicción. La jerarquía la formaban los obispos de las grandes metrópolis, de los que dependían los de las poblaciones más pequeñas. Hasta mediados del siglo V, en el Concilio de Calcedonia, que estableció una pentarquía formada por los Patriarcas de Roma, Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquia, los obispos metropolitanos gozaban de una cierta autonomía, por lo que generalmente convocaban sínodos y concilios para anatemizar a sus enemigos ideológicos y políticos. Las decisiones de los sínodos y concilios eran apelables ante el Emperador, que era realmente la cabeza de la religión imperial.
Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea, los dos grandes polemistas, fueron la verdadera raíz del problema arriano, pues ambos estaban muy bien relacionados en la corte imperial, y gozaban de bastante poder. Eran, sobre todo, origenistas, no dispuestos a transigir con una formula intermedia, que traicionase la teología del gran maestro, Orígenes. El de Nicomedia era condiscipulo con Arrio de Luciano de Antioquía, a la par que enemigo declarado de Alejandro obispo de Alejandría, el perseguidor de Arrio, gozaba de gran influencia en la corte imperial, y llegará a ser más tarde metropolitano de Constantinopla (339-342). Por su parte, Eusebio de Cesarea tenía en su jurisdicción episcopal la Escuela y Biblioteca que había dejado Orígenes en Cesarea, de la que había sido conservador Pánfilo, su maestro. Los dos Eusebios defendieron a Arrio a ultranza, y a través de él, la tesis subordinacionista de Orígenes. Durante las sesiones del Concilio de Nicea, fue Eusebio de Nicomedia quien planteó la aporía: si Cristo es derivado del Padre no por creación, sino por generación, entonces son ambos de idéntica naturaleza, lo que supone que la Mónada divina se escindió en dos. Esta era la cuestión que no quedaba bien resuelta fuera del subordinacionismo origenista.
La tradición filoniana y origenista suponía que Dios Padre era una Mónada, el Uno, creador del Hijo, el Logos, para la creación del mundo. Como puede comprobarse esta teología cristiana no es otra cosa que el resultado de la hermenéutica alegórica de Orígenes, que a su vez la había aprendido en la Escuela Judía de Alejandría fundada por Filón, y que básicamente consistía en interpretar las Escrituras, tanto judías como cristianas, a través del discurso y con los términos de la Filosofía pagana. “Principio”, “Mónada”, “Uno”, “Noûs”, “Logos”, “Sophia”, eran términos filosóficos básicos, algunos de los cuales ya aparecían introducidos en textos religiosos como el Evangelio de Juan o las Cartas de Pablo, e incluso en algunos textos judíos de época helenística, que en su mayoría están escritos en clave mítica o moral. Aquellos conceptos filosóficos, sin embargo, tenían otra función muy distinta a la mera revelación mítica o moral, el discurso filosófico nace con una intención epistemológica, pretende dar una explicación racional del origen de las cosas, de hecho la teología de Aristóteles era una ciencia, una ciencia del ser, la metafísica era la ciencia misma, y por ello requería de un método racional y lógico. Por tanto, la teología o metafísica, no debía renunciar a la racionalidad, si quería ser una verdadera ciencia. Es evidente que esto se acaba tras el Concilio de Nicea, la teología cristiana renuncia a la lógica y la razón, cuando inventa el términos como "homooúsios" aplicado a los principios, pues dicho término, en este contexto, no tiene ninguna base racional, veamos porqué.
Platón había colocado la actividad creadora del mundo (cosmos) imperfecto, en manos de un Dios “segundo”: el Demiurgo, que se identifica totalmente con el Noûs o Inteligencia ordenadora del Anaxágoras. Por encima de este Demiurgo estaba toda la realidad inteligible, en cuya cúspide, según la República, se encontraba la idea de Bien. Por influencia pitagórica la idea de Bien se identifica con el Uno, el Primer Principio. A Platón le sucede en la dirección de la Academia su sobrino, el pitagórico Espeusipo, quien establecerá rangos diferenciados entre el Uno y el Intelecto, estos serán dos principios claramente diferenciados y subordinados, el Intelecto se ordena en la medida que participa del Uno. Esta idea pitagórica será rechazada por Aristóteles, quien disputará con Espeusipo sobre la naturaleza del Primer Principio. Para el estagirita el Primer Principio es el Intelecto (Noûs) que se piensa a si mismo y su pensamiento es pensamiento de pensamiento. A Espeusipo le sucedió Jenócrates en la dirección de la Academia, éste influenciado por Aristóteles matizó las tesis de su predecesor, en el sentido de que, si bien el Primer Principio era el Uno, este Uno era inteligible, un primer Noûs, del que procedía el segundo Noûs, que sería el Demiurgo, el creador del mundo. La tesis de Espeusipo sobre la distinción de las hipóstasis, Uno y Noûs será la mantenida por Plotino, filósofo pagano contemporáneo de Orígenes; por el contrario, el Platonismo Medio pagano, anterior a Plotino, defenderá la idea de dos Intelectos, el primero y más excelso y trascendente, y el segundo inferior, creador del mundo imperfecto en el que vivimos.
Filón de Alejandría, filósofo judío del siglo I, mantendrá esta última tesis: el Dios verdadero de Israel es una Mónada inteligible pura e inaccesible, por su simplicidad, sólo cognoscible por medio de sus divinas Potencias, y que crea el mundo por medio del Logos-Sabiduría, una entidad angélica preeminente. Esta idea fue recogida en el prólogo del Evangelio de Juan, donde el Logos se encuentra en el principio ante Dios. Orígenes interpreta todo esto en una línea muy filoniana, aunque como cristiano, orígenes diviniza al Logos, cosa que Filón, como buen judío, no podía hacer, pues para los judíos sólo hay un único Dios. Ya hemos visto como Orígenes resuelve estas dificultades estableciendo una cierta subordinación de las hipóstasis, el Padre es una Mónada inteligible, que ha engendrado al Hijo, el Logos, creador de cuanto existe, y que se hizo carne en medio de su creación, para conducirla de nuevo hacia el Padre. Estas ideas son muy platónicas, y la filosofía de Orígenes no es difícil enmarcarla en el contexto del Platonismo medio de su época.
La mayor parte de obispos con una cierta formación intelectual eran origenistas en los tiempos de Arrio. El Concilio de Nicea, que tenía por finalidad examinar la heterodoxia de las tesis de Arrio, estaba formado por 381 obispos, en su mayoría origenistas, que, sin embargo, se plegaron a las exigencias del emperador Constantino. Por ello cuando Eusebio de Nicomedia planteó la aporía relativa a la escisión de la Mónada paterna, la cosa sonó horrible a los oídos educados en la tradición alegórica de Orígenes. Arrio estaba presentando la dificultad racional de entender al Padre y al Hijo como cosubstanciales y coeternos: “Si nunca sucedió que el Hijo no fuera, sino que Él es eterno y coexiste con el Padre, no deberíais llamarle Hijo del Padre, sino Hermano.” Forzosamente tenemos dos mónadas, y hemos perdido al primer principio, esta dificultad sólo se salva, desde el punto de vista racional, con el subordinacionismo origenista, que mantenía Arrio y los dos Eusebios. De lo contrario tenemos que tomar un camino distinto, que es el que siguió la Iglesia Imperial: renunciar a la razón, establecer un dogma de fe, dado el callejón sin salida al que se llega con la cosubstancialidad.
Creemos por tanto, que la solución arriana, en lo que respecta a la naturaleza del Cristo y la Trinidad cristiana, es más lógica y racional, y no precisa de dogmas de fe, aunque un sistema mucho más elegante que el de Orígenes es el de su contemporáneo: el filósofo pagano Plotino y sus predecesores, Porfírio, Proclo o Damascio, donde se resuelve con una gran elegancia y racionalidad el problema de las distintas hipóstasis, pero, eso sí, hay que renunciar a la idea del dios único…
A continuación reproducimos algunos fragmentos de la obra de Arrio Thalia o El Banquete, recogidos en el Primer discurso contra Arrianos de Atanasio de Alejandría:
(5) Dios no fue siempre Padre, pues hubo una vez que Dios estaba solo, y no era todavía Padre, pero después Él fue Padre. El Hijo no fue siempre; todas las cosas fueron hechas de la nada, como todas las criaturas y cosas existentes, así el Logos de Dios mismo fue hecho de la nada, y hubo un tiempo en el que él no existía, él no estaba antes de sus creaciones, pues el Logos como lo demás tiene un origen creado. Dios estaba solo, y el Logos no estaba todavía, ni la Sabiduría.
Entonces, deseando formarnos, Él, Dios, creó a un Ser, al que nombró Logos, Sabiduría e Hijo, a fin de que Él nos pudiera crear a través suyo. Por consiguiente, Arrio nos está diciendo que hay dos Sabidurías, primero, el atributo cosubstancial a Dios, y luego, en esta Sabiduría el Hijo fue originado, y fue denominado Sabiduría y Logos por participar en ellos. Pues la Sabiduría, dice, por la voluntad del Dios sabio, tiene su existencia en la Sabiduría.
E igualmente dice, que hay otro Logos en Dios, además del Hijo, y que el Hijo, como partícipe de ello, es llamado Logos e Hijo, según la Gracia. Y también es una idea propia de su herejía, según se desprende de otros trabajos suyos, que hay muchas potencia (dynamis); una de las cuales es el propio Dios en la Naturaleza y la Eternidad; pero Cristo, por otra parte, no es la auténtica dynamis de Dios; sino, como las demás, una de las llamadas dynamis, es una de ellas, llamada en las Escrituras: la langosta y la oruga, no una mera dynamis, sino la Gran Dynamis. Las otras son muchas, y son como el Hijo, y de ellas habla David en los Salmos cuando dice: 'el Señor de los anfitriones o ' de las dynamis.'
Y por naturaleza, como todas las demás, el Logos puede alterarse, y permanece bueno por propia voluntad, mientras Él así lo decide; y cuando Él quiere puede alterarse, como nosotros, que somos de naturaleza alterable. Por lo tanto, dice Arrio, sabiendo Dios anticipadamente que Él sería bueno, le concedió anticipadamente su Gloria, que luego, como hombre alcanzó gracias a la virtud. Así, en consecuencia, conociendo anticipadamente sus obras, quiso Dios que fueran y le trajo a la existencia.
(6) El Logos no es el Dios único, a pesar de que es llamado Dios, Él no forma parte del Dios único, sin embargo, por su participación en la Gracia, Él, como otros, es Dios sólo en el nombre. Y mientras que todos los seres son extraños y diferentes a Dios en esencia, también 'el Logos es ajeno y desemejante en todo de la esencia y propiedades del Padre, pero pertenece a la categoría de las cosas originadas y creadas, y es uno de ellos. Incluso para el Hijo, el Padre es invisible, y el Logos no puede ver y conocer perfecta y exactamente a su propio Padre. A pesar de todo lo que Él es capaz de conocer y ver, Él conoce y ve en proporción a su propia medida, al igual que nosotros conocemos según nuestras posibilidades. Del Hijo, dice Arrio, que no sólo no conoce al Padre exactamente, pues Él falla en la comprensión, sino que desconoce su propia esencia, y las esencias del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, son naturalezas separadas, y desconectadas, y ajenas, y sin participación entre ellas. Son completamente desemejantes entre ellos en esencia y en gloria, hasta el infinito. Así en cuanto a la semejanza en gloria y esencia, dice Arrio, el Logos es enteramente diverso del Padre y del Espíritu Santo.
(9) Dios no fue siempre Padre, sino que lo fue después; el Hijo no ha existido siempre, pues Él no existían antes de su generación; Él no procede del Padre, sino que Él, como todo lo demás, ha venido a la existencia de la nada; Él no tiene la misma esencia que el Padre, porque Él es una criatura y una obra. Cristo no es el mismo Dios, sino que es Dios por participación; el Hijo no tiene un conocimiento exacto del Padre, ni el Logos ve al Padre perfectamente; ni tampoco comprende exactamente al Padre. No es el auténtico y único Logos del Padre, sino que es sólo nominalmente llamado Logos y Sabiduría, y es llamado por la Gracia, Hijo y Dynamis. No es inalterable, como el Padre, sino que es de naturaleza alterable, como las criaturas, y está en proceso de alcanzar el conocimiento perfecto del Padre.
(14) Si nunca sucedió que el Hijo no fuera, sino que Él es eterno y coexiste con el Padre, no deberíais llamarle Hijo del Padre, sino Hermano.
Felices vacaciones,
viernes, 16 de mayo de 2008
HEREJÍAS DE LA ANTIGÜEDAD
Ya el propio Pablo tuvo que lidiar con algunos de los primeros cristianos, que no veía con buenos ojos el bautismo y aceptación, en las primeras comunidades cristianas, de paganos que no seguían los ritos propios de la Ley mosaica, y en especial de la circuncisión. Existía, pues, desde el inicio y sobre todo en Jerusalén, una corriente que representaba el ala más tradicionalmente judía, matriz de la que procedía la nueva comunidad espiritual. Cristianos judaizantes hubieron de varios tipos, en el siglo II conocemos a los Ebionitas, los Nazarenos, y como corrientes que tenían su origen en ideas judaizantes, el Milenarismo y los Elcasaítas.
Los Ebionitas fueron la facción más radical, partidarios de una estricta observancia de la Ley mosaica, consideraban a Jesús un hombre que llegó a ser “Cristo” (el Mesías o el Ungido, lo que era sinónimo del Rey de Israel), por su fidelidad a la Ley. Los Ebionitas disponían de su Evangelio propio, que tenía al Evangelio de Mt. como referente, sin embargo, omitía el relato de la infancia de Jesús, pues los Ebionitas negaban el nacimiento virginal, para ellos la unión de Jesús con el Espíritu se produjo en el bautismo. El Evangelio de los Ebionitas se compuso en la primera mitad del siglo II.
A principios del siglo II también se compuso el Evangelio llamado de los Nazarenos, que estaba escrito en arameo o siríaco, muy próximo al Evangelio de Mt. Este Evangelio era utilizado por una comunidad judaizante de habla aramea, de la región de Berea de Celesiria. De esta época es el Evangelio de los Hebreos, que también tenía connotaciones judaizantes, pero de una comunidad egipcia.
Entre las ideas judaizantes de los dos primeros siglos del Cristianismo, encontramos el Milenarismo o Quiliasta, fundado en el Apocalipsis. Muchos cristianos creían en la inminente restauración mesiánica del Reino de los mil años, que tenía que presidir el Cristo, con el correspondiente juicio final. Estas ideas se plasmaron en el Apocalipsis sirio de Baruc o en libro de Esdras IV, pero también aparecen con más o menos intensidad entre muchos autores y escritos más ortodoxos, como por ejemplo en la Epístola de Bernabé, o en las obras de Justino o Irineo.
Una secta milenarista que se extendió en la Roma de principios del siglo II fue la de los Elcasaítas, seguidores de Alcibíades de Apamea que predicaba el mensaje contenido en el Libro de Elcasai, un profeta palestino que proponía un bautismo muy complejo y ciertas penitencias, con posibilidad de acceder a éste cuantas veces fuera necesario, y que le había sido revelado en una visión. El Elcasítismo tenía también algunos componentes paganos, de tipo fundamentalmente ritual.
Desde el principio el Cristianismo adolecía de una opinión unánime sobre la naturaleza de Jesús, su divinidad casaba con dificultad con las ideas más judaizantes sobre el Dios único, pero era más fácil de aceptar por los paganos conversos. Ya en los propios Evangelios no se encuentra una unidad clara de criterio, Jn. y Mc. no nos hablan de la infancia de Jesús, y todo parece indicar que fue a partir del bautismo cuando se produce la unión entre el Espíritu y el hombre. Esta última tesis es la que aceptaban los Adopcionistas, corriente que mantenía que en el bautismo, Dios había adoptado a Jesús. Y otra corriente, que encontraba su fundamento en las Epístolas de Jn., y que consideraban que el cuerpo de Jesús no era real sino solo aparente, recibía el nombre de Docetismo. Esta corriente consideraba que Jesús gozaba de un cuerpo aparente, pues su divinidad le impedía mezclarse con lo perecedero.
En el siglo II aparecen varios autores que defienden tesis docetistas, subordinacionistas y adopcionistas, como Noeto de Esmirna, que no podía aceptar que el Padre y el Hijo fueran personas diferentes, por lo que en Cristo se encarna el propio Dios, pero sólo como proyección. Práxeas defendió una tesis conocida como Monarquianismo, pues Dios es monarca único, y es quién se encarnó en el Hijo, así que fue Dios mismo quien sufrió pasión y muerte en la cruz. Idea opuesta pero basada igualmente en la unidad de Dios, es el Adopcionismo de Teódoto y Artemón, que mantenían que Jesús fue un hombre adoptado por Dios, como instrumento de salvación, ya que Dios no podía relacionarse con la carne. Sabelio fue continuador de Noeto en Roma, para él Padre e Hijo no son más que modos o aspectos de una misma personalidad, así Dios se manifiesta como Padre en la Creación y como Hijo en su papel de salvador. El obispo de Roma condeno a Sabelio y a sus seguidores los Modalistas por herejes. La disputa no quedará resuelta hasta la implantación de una fórmula intermedia: el Símbolo de Nicea, una única sustancia y tres personas (homoousion y tres hipóstasis).
Había en Samaría un profeta al que llamaban Simón el Mago, del que hablan los Hechos de los Apóstoles, 8, 9-24, y del que decían que había redimido a su compañera, una ex prostituta, encarnación de la Sophia. Los Simonianos y los Bardesianos, seguidores de Bardesanes, filósofo arameo, nos acercan a la gran herejía del siglo II, el Gnosticismo. Se trata de un complejo entramado de mitos y creencias, del que participaron distintas Escuelas, y que tenían como común denominador una Gnosis. Los Gnósticos se oponía radicalmente a la divinidad del Antiguo Testamento, por lo que representan el polo opuesto al cristianismo judaizante, y representaban una opción culta y helenizada dentro del Cristianismo. Se trata, en efecto, del otro extremo, un Cristianismo que se aproxima más a los Misterios paganos y sobre todo, al sincretismo filosófico de la época. Simonianos, Bardesianos y Fibionitas fueron tres sectas, próximas al Gnosticismo, que mantuvieron complejas cosmologías y un cierto gnosticismo, como vía de salvación. Los Fibionitas con una particular afición a las orgías justificadas teológicamente.
El Gnosticismo es capitulo aparte, que merece algo más que unas pocas líneas. En palabras de Josep Montserrat (Los Gnósticos I, Editorial Gredos, Madrid, 1983, p. 8) “El gnosticismo de las sectas del siglo II implica una serie coherente de características que pueden resumirse en la siguiente formulación: hay en el hombre una centella divina procedente del mundo superior, caída en este mundo sometido al destino, al nacimiento y a la muerte; esta centella debe ser despertada por la contraparte divina de su yo interior para ser, finalmente, reintegrada a su origen (…) El tipo de gnosis que implica el gnosticismo está condicionado por un cierto número de fundamentos ontológicos, teológicos y antropológicos.” Añadiremos únicamente la gran influencia que la Filosofía tuvo en el Gnosticismo, sobre todo el Platonismo Medio de la época. A continuación vamos a enumerar, siguiendo al Dr. Montserrat, algunos de los grupos y autores gnósticos más importantes: a) Gnosticismo judaizante: Cerinto, autor judío de Alejandría, que se unió al cristianismo sin abandonar la observancia judaica, distingue entre un Dios supremo y el Dios creador; el Libro de Baruc atribuido a Justino, comenta el Génesis en una clave afín al Gnosticismo; Dositeo, fundador de una secta próxima a Simón el Mago; y por último, Menandro, samaritano que también fundo una secta en la línea de Simón.
b) Gnosticismo del siglo II basado en la exégesis del A.T.: Satornilo, maestro en Antioquia, que enseñaba la distinción entre un Dios supremo y el Creador, en términos negativos; los Barbelognósticos, a cuya escuela pertenece el Apócrifo de Juan; los Ofitas, secta egipcia que daba a la serpiente un papel preponderante, frente al Dios del A.T. al que dan un papel inferior; los Naasenos, del nombre hebreo “nahas” serpiente, a la cual veneraban y colocaban en el centro de su cosmología; los Peratas, también era una secta ofítica, fundada por Eufrates el Perata y Celbes o Aquembes de Caristios; los Setianos, corriente muy helenizada, de influencia órfica y hermética; y por último, los Cainitas, que representan el caso extremo de oposición al Dios del A.T.
c) Gnosticismo del siglo II basado en la exégesis del N.T.: Basílides, maestro egipcio que instauró sus propios ritos, maestro de Marcos el egipcio, maestro este último, a su vez, de Prisciliano; pero la corriente más importante fue, sin duda, los Valentinianos, seguidores del también egipcio Valentín, que llegó a enseñar en Roma, y cuyas doctrinas alcanzaron una mayor extensión, su Escuela se dividió en dos ramas, una itálica, presidida por Ptolomeo, Heracleón, Secundo y Florino, y otra rama oriental, con Teódoto, Axiónico y Marcos. Bardesanes de Edesa, predicó en Armenia un gnosticismo basado en un fatalismo astrológico, era docetista. Otro gran maestro de la gnosis alejandrina fue Carpócrates, que enseñó un platonismo cristiano; Taciano, asirio seguidor de Justino, el filósofo, maestro de los Encratitas, secta que proponía la continencia sexual; Cerdón, que fue maestro de Marción, éste último fue otro gran maestro del gnosticismo, fundador de una Iglesia propia, que reconocía principalmente el Evangelio de Lucas y al apóstol Pablo, su discípulo principal fue Apeles. Por último, los heresiólogos cuentan entre los gnósticos a Hermógenes, pese a que éste mantenía la eternidad del mundo y el origen material del alma, doctrinas poco afines al Gnosticismo.
El Maniqueísmo fue fundado por el profeta persa Mani en el siglo III. Este autor escribió sus propios textos, y tuvo gran difusión desde Persia tanto hacia el extremo Oriente, como hacia Occidente, llegando hasta Hispania y la Galia. De fuerte influencia zoroástrica, Mani hablaba de dos principios antagónicos, la Luz y las Tinieblas; en el Cosmos se mezclan ambos principios, que también se encuentran en el hombre, por lo que éste debe despertar a la Luz, por medio de una cierta gnosis y un determinado comportamiento de vida.
El Montanismo es la última gran herejía de los siglos II y III, Montano, autor frigio, fundó junto a dos profetisas, Prisca y Maximilla, un movimiento profético, que se propone la renovación del Cristianismo, frente al inminente final del mundo. Proponía en coherencia una vida ascética basada en ayunos y abstinencia sexual, invitando a una resignada disposición para el martirio. El Montanismo se extendió por todo el Norte de África, y conquistó para sus filas a Tertuliano. Su rigorismo termino por generar una importante disputa sobre la imposibilidad de redención de los pecados tras el bautismo, que terminó apartando al Montanismo de la Iglesia apostólica.
El siglo IV comienza con la gran disputa trinitaria, seguirán las grandes herejías orientales sobre la cuestión cristológica. Arrio fue el promotor de la primera gran disputa, su formación alejandrina y la consiguiente influencia de la obra de Orígenes, le llevaron a desarrollar una teología trinitaria subordinacionista, según la cual, Dios, único e indivisible, no puede compartir su esencia (ousía) con otra persona, por lo que el Hijo no puede ser de la misma sustancia que el Padre. Para Arrio, Dios es principio (arjé) y Cristo, el Logos, es engendrado, la primera y superior de las criaturas, creado fuera del tiempo, de absoluta perfección, por tanto no comparte ni la eternidad ni la esencia del Padre. El Espírtitu es la primera criatura engendrada por el Hijo. Establece, así, al igual que los Neoplatónicos, un orden de jerarquía entre las tres hipóstasis (o entidades divinas), que forman la Trinidad. Las tesis de Arrio fueron condenadas en el primer Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en el año 325, bajo la presidencia del Emperador Constantino. En dicho Concilio se establece el Símbolo de Nicea, que todavía se reza como el Credo católico, en el que se afirma que hay un solo Dios, Padre, y el Hijo, de la misma naturaleza que el Padre (homooúsios). El Arrianismo tuvo una gran difusión, y no desapareció tras el Concilio de Nicea, pues el Emperador Constancio favoreció a los Arrianos, y nombró a uno de ellos, Eusebio de Nicomedia, Patriarca de Constantinopla. El problema era la aceptación del término homooúsios como solución de compromiso, la disputa todavía duró algunos años, y el Arrianismo logró extenderse entre las monarquías góticas europeas. Fueron los tres grandes teólogos capadocios: Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, quienes pusieron paz en la disputa, y lograron imponer la formula “una naturaleza, tres personas” (mía ousía treîs hypostáseis). Teodosio el Grande convocó el I Concilio Ecuménico de Constantinopla, donde se confirmó el credo de Nicea, condenando definitivamente el Arrianismo y las herejías afines.
Otras dos grandes controversias trinitarias fueron el Macedonismo pneumatomaca, que negaba la divinidad del Espíritu Santo de forma subordinacionista, promovida por Macedonio, obispo de Constantinopla. Fue condenada en el Concilio de Constantinopla, donde se confirma la divinidad del Espíritu Santo. Y el Apolinarismo, que seguía las tesis de Apolinar de Laodicea, teólogo enemigo de las tesis arrianas y defensor acérrimo de la divinidad de Cristo; esta herejía introduce la cuestión cristológica, que se debatirá en los siguientes Concilios Ecuménicos, contra el Nestorianismo y el Monofisismo. Para Apolinar el Logos se encarna en un cuerpo y un alma humana, pero sin la parte racional, en Jesús había una inteligencia y voluntad divina; esta tesis será la de la Escuela de Alejandría, representada por Cirilo y más tarde por los Monofisistas. Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo, representantes de la Escuela de Antioquia, se opusieron al Apolinarismo, en el I Concilio de Constantinopla. Aquí comenzaba la batalla entre las dos grandes Escuelas Catequéticas de Alejandría y Antioquia, que enfrentó también a estas dos Sedes Patriarcales, durante todo el siglo V.
La disputa sobre la naturaleza del Cristo enfrentaba dos visiones distintas sobre el alma humana, una visión platónica sobre las tres clases de almas encerradas en un cuerpo, y una visión aristotélica según la cual el alma es la sustancia del cuerpo. Estos dos puntos de vista permitían interpretar la encarnación del Logos de dos maneras distintas: la primera cristología descendente, el Logos se hace carne (Lógos-sarx); y la segunda cristología ascendente, el hombre es asumido por el Logos (Lógos-ánthropos). La Escuela de Alejandría asumirá la cristología descendente, que finalmente se acaba imponiendo, mientras que la Escuela de Antioquía, con Teodoro de Mopsuestia a la cabeza, mantenía que la unión entre el Logos y hombre es una conjunción (sináfeia), lo que dejaba claro que no había mezcla de naturalezas. En el año 428 el emperador Teodosio II nombra a Nestorio Patriarca de Constantinopla. Nestorio orador ardiente, combatió desde el púlpito la popular concepción de María “madre de Dios” (theotocos); desde la teología antioquena, María sólo podía ser madre de Cristo, no del Logos que le es anterior. Cirilo de Alejandría, apoyándose en tesis próximas al apolinarismo, mantenía que en Cristo se dio una única naturaleza, pero sin embargo, tenía cuerpo y alma humanos. Tesis que logró imponer en el Concilio de Éfeso del año 431, lo que costó la condena y deposición de Nestorio.
La polémica continuó una generación más tarde, pero esta vez, la amenaza de heterodoxia provenía de Alejandría, que había aceptado la interpretación radical de Eutiques de las fórmulas de Cirilo, y afirmaba que en Cristo sólo había una única naturaleza después de la unión del Logos y el hombre, se fundían y mezclaban las dos naturalezas en una sola (mono-fisis). Eutiques fue condenado por el Patriarca Flaviano de Constantinopla. En el año 451 se celebró el Concilio de Calcedonia que pretendía poner paz entre las dos tendencias radicales, el nestorianismo antioqueno y el monofisismo alejandrino, confirmando el Símbolo de Nicea, y estableciendo que en Cristo había dos naturalezas completas, sin confusión, sin mezcla, y sin que la diferencia de naturalezas desapareciera por la unión. La formula de Calcedonia será aceptada como dogma oficial, y el Nestorianismo y Monofisismo serán condenados. Sin embargo, no todos los emperadores fueron partidarios de las tesis de Calcedonia, lo que permitió una cierta expansión, sobre todo, del Monofisismo. Los Nestorianos se trasladarán a Persia donde constituirán su Iglesia independiente.
El emperador Hereclio I (610-641) se interesó por la unidad de la Iglesia, e intentó encontrar una fórmula que pudieran aceptar calcedonianos y monofisistas, fórmula que se denominó Monotelismo, reconociendo que en Cristo hubo una sola voluntad. Esta doctrina, que se impuso durante algún tiempo, fue rectificada por el III Concilio de Constantinopla, durante el reinado del emperador Constantino IV Pogonato, donde se condenaba el Monotelismo, y se declaraba que en Cristo habían dos naturalezas y dos voluntades, siempre concordantes, en el sentido de que la voluntad humana seguía a la divina.
Mientras en Oriente se debaten las cuestiones trinitarias y cristológicas, en Occidente se suscitan también otras importantes disputas contra dos grandes herejías: el Pelagianismo y el Donatismo, combatidas por Agustín de Hipona. Cabe citar también la herejía priscilianista, que se cobró el primer mártir de la heterodoxia: Prisciliano. Pelagio, natural de Britania, predicó sus doctrinas por el Norte de África, el feudo de Agustín de Hipona, y además se opuso a las doctrinas de éste, especialmente, a aquellas que se referían al pecado original, que tanto preocupaba a Agustín. Pelagio y Agustín mantuvieron una polémica sobre el pecado original, en dos obras: Sobre la Naturaleza de Pelagio, y Sobre la Naturaleza y la Gracia de Agustín. El juez en la polémica fue el Papa, que resolvió excomulgar a Pelagio. El Donatismo, por su parte, fue un movimiento de renovación cismático, que mantenía una estrica y austera concepción del pecado y su imposibilidad de redención después del bautismo. Donato fue obispo de Cartago, donde combatió a los cristianos que habían apostatado para eludir el martirio, y mantenía la imposibilidad de que estos impartieran sacramentos. Los Donastistas se denominaban a sí mismos, expresamente, “cátaros” (puros). Agustín de Hipona logró, una vez más, demostrar su superioridad doctrinal con la formula que se impuso: el sacramento tiene valor “ex opere operato” (por la acción misma), y no “ex opere operantis” (por la acción de quien lo imparte).
El Priscilianismo es también un movimiento de reforma, que básicamente proponía el retiro de la vida mundanal, la vida interior en la soledad de una vida más ascética y contemplativa; se trataba de volver a un Cristianismo original, incluyendo continencia, ayuno, pobreza. El Priscilianismo fue visto como una amenaza para la Iglesia pujante, y tildado de gnóstico y maniqueo. Con falsas acusaciones y por razones de oportunidad política, Prisciliano fue acusado de hereje y ajusticiado, siendo el primer mártir de la heterodoxia cristiana.
Y terminamos este catálogo de herejes y movimiento heréticos, con un dato curioso, se trata de la condena, en el año 543, de Orígenes y el Origenismo. Fue el emperador Justiniano, que había cerrado la Academia de Atenas y había prohibido a los paganos enseñar filosofía, quien ahora promulgaba un edicto en que enumeraba los errores del gran teólogo cristiano, para poner fin a ciertas disputas suscitadas entre el monacato, y poniendo fin a ciertas especulaciones de algunos monjes ilustrados.
Recomendamos la lectura de la obra de Antonio Piñero: Los Cristianismos Derrotados, publicado por Edaf, Madrid, 2007.
Juan Almirall, mayo 2008