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domingo, 7 de julio de 2013

VIDA PITAGÓRICA DE JÁMBLICO DE CALCIS, POR JUAN ALMIRALL

Jámblico intenta emular a otro autor, que tradicionalmente tenía la fama de ser un hombre divino, un theîos anêr, según la tradición helenística[1], nos referimos a Pitágoras. La obra de Jámblico Peì toû Pythagorikoû bíou no es una mera biografía de este famoso autor, como lo podría ser la obra de Porfírio, que se enmarca en un conjunto de tratados biográficos, sino que se trata de una presentación de un tipo de vida, basada en la virtud, la ascesis, la contemplación y la comunidad. Tampoco pretende ser una exposición de la propia filosofía de Jámblico, sino un documento que muestre una síntesis de los así llamados pitagóricos, y a los que el autor pretende seguir. Los rasgos aristotélicos son muy claros, la bíos theôrêtikós se combina con una vida en común, propia de las comunidades pitagóricas.
Sin embargo, hay que decir, como introducción previa a una visión de conjunto de la obra de Jámblico, que seguramente, él fue un sacerdote, pues la obra está llena de referencias a los dioses, a las prácticas religiosas, ritos, sacrificios; además, no un sacerdote cualquiera, sino uno reconocido por su piedad y su entrega a una vida consagrada a los dioses. Egipto siempre fue conocida por su piedad y fervor religioso, seguramente la estancia de Jámblico en Egipto, estuvo vinculada a algún templo, y bastante próxima al Museo y su biblioteca, el Pitágoras de Jámblico aconseja a sus conciudadanos que “fundaran un santuario en honor de las Musas, para conservar la concordia existente. Pues todas estas deidades tienen también la misma advocación, por tradición forman un conjunto entre sí, se alegran especialmente por los honores comunes y, en general, el coro de las Musas es uno solo y el mismo pero incluso comprende el consenso, la armonía, el ritmo y todo lo que predispone a la concordia” (V.P. IX, 45). El objetivo espiritual de la bíos theôrêtikós no es otro que el observar el movimiento armónico de los astros, la piedad pitagórica está relacionada con las matemáticas, disciplina que se compone de la Aritmética, la ciencia de los Números y la más sagrada, pues es la más abstracta, vendría a coincidir con el conocimiento de los inteligibles de Platón, que en sus doctrinas no escritas se identificaría con el conocimiento de los Números-idea; le seguía la Geometría, el estudio de las figuras el segundo rango en la jerarquía del ser matemático, es decir, el ser limitado por el número muestra el límite, signo de perfección frente a la Díada ilimitada e indeterminado, las figuras perfectas son la base de la creación, y la esencia del ser real; después tenemos la Música, el arte de las Musas, no se trata de cualquier música, sino de la música armónica, y en especial, la música de las esferas, que sería la última disciplina matemática, la Astronomía, conocida como la Esfera.
 El divino Pitágoras, era capaz de escuchar lo que nadie podía oír, había llevado al extremo la facultad de contemplación lo que le permitía, aplicar sus oídos y ajustar su mente “a la sublimes sinfonías del universo, escuchando él solo y comprendiendo, según se manifestaba, la universal armonía y consonancia de las esferas y de los astros que se mueven en ellas; armonía que produce una especie de melodía mucho más profusa y abundante que las humanas, a causa del movimiento y de su órbita, muy rítmica y, a la vez, de una perfección muy bella y variopinta, porque se compone de sones disímiles y diferenciados por su gran variedad, velocidad, tamaño y posición, situados entre sí en una proporción muy armoniosa” (V.P. XV, 65).   
 Sin duda se trata de los siete intervalos que separan las esferas, según Platón en el Timeo, que viene a colocar cada uno de los círculos planetarios a una distancia igual a un tono el primer círculo de la Luna, una octava superior el círculo del Sol, una octava y una quinta el círculo de Venus, dos octavas el círculo de Mercurio, tres octavas y un tono el círculo de Marte, tres octavas y un tono el círculo de Júpiter, y cuatro octavas, una quinta y un tono el círculo de Saturno. Intervalos que son inapreciables para el oído humano, pero que Pitágoras, como recoge el fragmento citado, podía oír dadas sus cualidades divinas, y su capacidad de sentir y meditar, con una profunda penetración.
 Este sería el ideal espiritual de la vida pitagórica, frente a las meditaciones sobre la Belleza inteligible y el Uno supra intelectual, Jámblico propone una experiencia mística más clásica, más ajustada a la vida religiosa helenística de la época imperial, plagada de magia, mitos y teurgia, con una tremenda admiración por lo milagroso, thaûma, de los curadores milagreros llamados taumaturgos. La propuesta espiritual de Jámblico no es otra que la teurgia divina de los sacerdotes, que conocen el orden espiritual que se esconde a los sentidos tras la naturaleza, constituido por los coros divinos, de héroes y démones del mundo sublunar, del cielo y del hiperurano.
 Los pitagóricos se agrupaban en dos: los acusmáticos y los matemáticos, “de ellos, los matemáticos eran reconocidos por los otros como pitagórico; en cambio, éstos no aceptaban a los acusmáticos”[2]. Los acusmáticos lo único que recibían era una serie de sentencias sin ningún tipo de explicación, se trata de los symbola, de los que hablará más adelante y que comenta en el Protréptico, 21, 4 y ss.



[1] Carmen Padilla, “Hombres divinos y taumaturgos en al Antigüedad. Apolonio de Tiana”, En la frontera de lo imposible, Córdoba: Ediciones el Almendro, 2001, pp. 141 – 162.
[2] El capítulo XVIII de la V.P. está dedicado a mostrar las diferencias de estos dos tipos de dedicación a la filosofía, la de los creyentes o “acusmáticos” y la de los “matemáticos”, los verdaderos y capacitados filósofos pitagóricos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA DIVINA HIPATIA DE ALEJANDRIA

Sorprende comprobar que cuando se hace una película sobre la vida de un personaje de la altura espiritual de Hipatia de Alejandría, en lo relativo a sus doctrinas, se distraiga la atención hacia un planteamiento falaz sobre sus enseñanzas, olvidando algunos de los aspectos realmente importantes, pero tal vez, menos comerciales, de sus enseñanzas. Hipatia fue una filósofa Neoplatónica. El Neoplatonismo es una Escuela filosófica que surge a partir de las enseñanzas de Plotino, en el siglo III. Se cuenta de Plotino que alcanzaba una perfecta unidad con el Uno, en un estado de profundo éxtasis. Sus meditaciones sobre la Belleza y sobre el Uno, han sido la fuente de inspiración y la guía espiritual de todos los místicos de Occidente, tanto de los paganos como de los cristianos. A Hipatia le precedieron los filósofos sirios: Porfírio y Jámblico de Calcis. Ambos miembros de una tradición filosófica donde eran considerados maestros divinos, por sus prodigiosas capacidades espirituales. Son filósofos y teurgos, es decir, filósofos, magos y místicos.




Desde Porfirio y sobre todo con Jámblico, que además de filósofo era sacerdote iniciado en los misterios caldeos y egipcios, la Teurgia será la más alta expresión de la Filosofía, y los maestros de Filosofía y Teurgia serán considerados hombres divinos. Hipatia forma parte de esta tradición. Es cierto que fueron grandes matemáticos, Jámblico recopiló las doctrinas de los pitagóricos en una Suma, que comienza con la vida de Pitágoras, pasa por una introducción a las matemáticas, y culmina con una Teología de la Aritmética.
Pero es del todo improbable que Hipatia formulara las Leyes de Kepler, y que mantuviera una heliocentrismo, combinado con una descripción de las órbitas elípticas de los planetas y de la tierra. Lo más seguro es que Hipatia enseñara matemáticas pitagóricas, así como una mística del número, en el más puro estilo del Neoplatonismo de la Escuela Siria de Jámblico de Calcis. La filiación Neoplatónica se aprecia claramente de la lectura de las Cartas de Sinesio de Cirene, obispo de la Tolomaida, en Libia, que dirige a su maestra Hipátia.
Ella misma era considerada divina, como los otros Maestros Neoplatónicos (la famosa Cadena de Oro), y el propio Sinesio reconoce la presencia de su espíritu divino, como el daimón de Plotino, al que se refiere su biógrafo. Dotados de una divinidad como guía interior, tanto Plotino como Hipatia pudieron sondear los misterios más profundos del Universo, como de la divinidad.
Plotino distinguía una trinidad divina, formada por el Cosmos o el Alma, el Nôus (el Intelecto divino) y el Uno, la primera y más elevada divindad, de la que todo procede, y a la que todo regresa. Plotino se unificaba con el Uno, porque había despertado el ojo interior, la flor del nôus, que se encuentra escondido en el interior de todo ser humano a la espera de ser despertado y liberado, tiene la capacidad de elevar al alma hasta las divinas y supremas claridades del Ser mismo, e incluso más allá del Ser, es decir, hacia la fuente de la que todo procede: el Uno. Esta es la vida filosófica y las enseñanzas que proponía Hipatia a sus discípulos, tal como lo narra Sinesio en sus epístolas. Hipatia muestra al igual que Plotino el camino para alcanzar la contemplación de la Belleza en sí, y el Bien, como también denominaban al Uno.
En esta época la tradición espíritual de los sagrados ritos para alcanzar la visión y la unificación con el Uno, se encontraba en manos de mujeres, Hipatia mostraba estos ritos mágicos a sus discípulos, unos ritos que estaban más allá de la religión particular de cada uno, se trataba del arte sagrado o hierático, también denominado Teurgia. Una magia intelectual, que igualmente, unos pocos años más tarde, en Atenas tiene a otra filósofa como iniciadora: Asclepigenia, la hija de Siriano de Atenas, quien inició en este sagrado arte a Proclo de Licia, uno de los últimos maestros de esta tradición Neoplatónica.
Hipatia como filósofa pitagórica estudiaba las matemáticas, una ciencia que constaba de cuatro disciplinas: la Aritmética, sobre el Número Divino y sus manifestaciones; la Geometría, su padre fue un gran matemático y geómetra, Teón de Alejandría, no hay que olvidar que los Elementos vieron su luz definitiva de la mano de otro alejandrino: Euclides; la Música, en la que parece que Hipatia destacaba y utilizaba para aplacar las pasiones del alma; y la Astronomía, de la que Alejandría era la capital, a partir de la obra de Ptolomeo, en el siglo II, al que tanto Teón como su hija seguían fielmente y profesaban gran admiración (la imágen de Hipatia criticando el sistema de Ptolomeo, como una verdadera monstruosidad, se adelanta once siglos para ser exactos, será Copérnico quien la haga).
Los Neoplatónicos fueron autores de bellas y elegantes cosmologías, presidadas por el Uno-Bien, del que emanaba el Intelecto. En un intento de conocerse a sí mismo, el Uno ejecuta, sin movimiento, una acción de retorno, como un rayo de Luz, del que se van degradando distintas entidades intelectivas, hasta que de ese mismo Intelecto, surge la necesidad de crear una obra perfecta, y que se asemeje a Dios: el Universo o el Alma. Pero el Alma es dominada por la pasión, pasión que sólo es superada por la virtud, en particular la sôfrosýnê, es decir la moderación o la búsqueda del término medio, de la que hablaba Aristóteles. Alcanzada la moderación el alma debía iniciar el camino de regreso y semejanza a Dios, tal como lo proponía Platón. Así los Neoplatónicos estudiaban los diálogos de Platón, en particular el “Parménides”, donde encontraban el camino de elevación del intelecto humano hasta el Uno.
Por tanto, las enseñanzas que Hipatia impartía, por cierto que no en el Pórtico de Aristóteles del Serapeum, sino en su domicilio particular, como muchos otros maestros de filosofía y retórica, cuyas escuelas se encontraban en sus propios domicilios y que eran heradados por sus discípulos y continuadores, tenían que ver con el Neoplatonismo y sus inquietudes, más que con formulaciones anacrónicas de leyes astronómicas modernas.
Veamos una de estas inquietudes expresada por Plotino: “Esto es lo que quería dar a entender el precepto de los misterios de acá de no revelarlos a los no iniciados: partiendo de que aquel espectáculo no es revelable, prohibió manifestar la divinidad a cualquier otro que no haya tenido la suerte de verla por sí mismo. Puesto que no eran dos cosas, sino que el vidente mismo era una sola cosa con lo visto – diríase no “visto”, sino “aunado” –, si el vidente lograra recordar en quién se transformó durante su consorcio con aquél, obtendría un retrato mental de aquél. Ahora bien, él mismo era una sola cosa sin tener en sí diversidad alguna ni con respecto a sí mismo ni con respecto a otra cosa, porque ningún movimiento había en él: ninguna cólera, ninguna apetencia de otra cosa se hacía presente en él, una vez subido arriba; ni siquiera un razonamiento ni un pensamiento. Ni era el mismo en absoluto, si hay que decir esto, sino que, como arrobado o endiosado, se quedó en soledad serena y en estado de imperturbabilidad, sin desviarse con su esencia a ninguna parte ni girar en torno a sí mismo, sino en reposo absoluto y convertido, por así decirlo, en reposo. Tampoco asomaba belleza alguna; sobrepasó ya aun la belleza, superando ya aun el coro de las virtudes como quien se adentró en el interior del aditum dejando atrás las estatuas que hay en el templo… Aquello otro tal vez no era espectáculo, sino un modo distinto de visión: éxtasis, simplificación, donación de sí mismo, anhelo de contacto, quietud e intuición que ronda en busca de acoplamiento. Todo ello, para contemplar lo que hay dentro del aditum... Ahora bien, estar en sí misma sola y no en el ser, es estar en aquél. Porque uno mismo se transforma no en esencia, sino en algo más allá de la esencia, en tanto trata uno con aquél. Si, pues, alguien logra verse a sí mismo transformado en esto, tiene en sí mismo una imagen de aquél. Y si partiendo de sí mismo como imagen se remonta hasta el modelo, alcanzará la meta de su peregrinación. Más si decae de la contemplación, reavive su propia virtud interior, obsérvese a sí mismo adornado con esas virtudes, y se verá aligerado de nuevo yendo a través de la virtud hasta la inteligencia y sabiduría y a través de la sabiduría hasta aquél. Y ésta es la vida de los dioses y la de los hombres divinos y bienaventurados: un liberarse de las demás cosas, de las de acá, un vivir libre de los deleites de acá y un huir solo al Solo (fygê mónou pròs mónon).” (VI.9.11).
En fin, entendemos que resulte muy poco cinematográfica esta visión extática, y que sería en la que intentaría introducir Hipatia de Alejandría a sus discípulos, pero había que mostrar también este aspecto de la verdad sobre la Filósofa, y completar la hermosa visión que nos muestra la película de Alejandro Amenábar, al que nos gustaría felicitar desde aquí.


Juan Almirall



sábado, 4 de abril de 2009

CRISTIANISMO Y REENCARNACIÓN

Platón aceptó las doctrinas pitagóricas sobre la metempsicosis, o más correctamente, sobre la palingenesia (regeneración o generación de nuevo), en el diálogo Fedón, Sócrates nos dice: “si acaso existen en el Hades las almas de las personas que han muerto o si no. Pues hay un antiguo relato del que nos hemos acordado, que dice que llegan allí desde aquí, y que de nuevo regresan y que nacen de los difuntos.” De hecho pitagóricos y platónicos mantenían ideas sobre la reencarnación del alma, que se encuentra prisionera en el cuerpo. En Homero y en general en todo el mundo clásico, no encontramos rastro de tales doctrinas. Para Aristóteles el alma es la forma del cuerpo, y es tan mortal como éste, lo único que es inmortal es el noûs (el intelecto), pero el intelecto en acto, es decir, aquel que se ha actualizado. Estas son las principales doctrinas sobre el alma y el intelecto que se incorporan a la teología cristiana. Justino, que vivió en la primera mitad del siglo II, fue uno de los principales apologistas cristianos, en su obra “Diálogo con Trifón”, muestra un gran interés por la filosofía, sobre todo de Platón y Pitágoras sobre el alma. Allí parece aceptar las doctrinas platónicas de la preexistencia de las almas. Sin embargo, Tertuliano, otro gran escritor cristiano de la segunda mitad del siglo II, en su obra “Acerca del alma” niega tales doctrinas, dedica un extenso capítulo a refutarlas, y las considera “mentiras temerarias” del sofista de Samos. En los primeros siglos del Cristianismo no existía una doctrina concreta y uniforme sobre el alma, más bien, los distintos escritores apologistas cristianos tomaron prestadas las distintas doctrinas procedentes de los grandes filósofos griegos, salvo Tertuliano y algún otro teólogo, que se empecinaron en negar la validez de la filosofía para los verdaderos cristianos.


El Cristianismo más helenizado y culto vino de la mano de las Escuelas Gnósticas de Marción, Valentín y Basílides. Los así llamados gnósticos incorporaron sin reparos las doctrinas pitagóricas y platónicas, e incluso les dieron su propia versión. El mito gnóstico incluye las Ideas platónicas en la forma de hipóstasis de los Eones, que habitan en el Pleroma, el mundo de las Ideas, de donde Sofía cae y engendra al Demiurgo, creador de un mundo corrompido, poblado de seres malignos, que intentan evitar que el espíritu humano regrese a su origen. De allí procede la centella divina, que sólo se encuentra en los hombres pneumáticos o espirituales, la que es incorruptible e inmortal, y que despertada y purificada, tras los cantos de arrepentimiento, puede elevarse por encima de las esferas del cosmos, hasta su morada en el Pleroma, el lugar del Tesoro de la Luz. Los mitos gnósticos serán duramente criticados por los teólogos eclesiásticos: Tertuliano, Irineo, Hipólito, Clemente y Orígenes, estos dos últimos autores, intentarán escribir una gnosis en el marco de la ortodoxia de la gran Iglesia.

En Orígenes el Cristianismo ortodoxo encuentra al primer gran sistemetizador de sus doctrinas. Gracias al método alegórico que había conocido en Alejandría, probablemente de los judíos continuadores de la labor alegórica de Filón, al cual sigue en muchos sentidos. En su gran obra “Tratado sobre los principios”, Orígenes nos explica que el alma humana en realidad es intelecto (noûs) de fuego que se ha enfriado, y por ese enfriamiento tiene que encarnarse en un cuerpo, donde debe aprender a inflamarse de nuevo en Dios, para ascender hacia el mundo divino, que se encuentra más allá de las esferas del cosmos. Orígenes fue influenciado por Numenio de Apamea, un autor platónico y pitagórico, que consideraba a Dios, el primer principio, como intelecto (noûs). Siguiendo a Numenio y a Filón, Orígenes define a Dios, el Padre y primera hipóstasis de la Trinidad cristiana, como “una naturaleza inteligible simplicísima” es decir una mónada y un intelecto (noûs) puro y fuente, que crea por pura bondad a un número limitado de seres a su imagen y semejanza, esto es, un determinado número de intelectos, y eso es lo que realmente somos. Por ello en Orígenes el noûs preexiste y es inmortal, siendo éste el que toma un cuerpo cuando se enfría, quedándose aprisionado en el mismo. Las doctrinas sobre la inmortalidad del alma humana de Orígenes se aproximan bastante a las doctrinas gnósticas.

La mayoría de los grandes escritores y teólogos cristianos de la antigüedad fueron origenistas, y la Escuela Catequética de Alejandría, siguió bastante a Orígenes, al igual que la Escuela Catequética de Cesarea, donde el alejandrino había dejado una importante influencia. Así Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea fueron origenistas, que defendieron la causa arriana, que también traía causa de algunas de la tesis de Orígenes, en particular la idea subordinacionista del Logos al Padre, es decir, que el Logos, Cristo, era de alguna manera un ser subordinado al Padre, una criatura del Padre, aunque preeminente. Esta idea extraída de Orígenes la encontramos en Filón de Alejandría, pero en éste último, tiene su fundamento en la idea judía de la unidad divina, el Logos para Filón y para algunos cristianos es un potencia del Dios único, o incluso un arcángel. Los padres capadocios como Basilio y Gregorio Nacianceno también fueron origenistas. Y de éste último, fue discípulo Evagrio Póntico, un autor que abrazó la vida monástica en Nitria (Egipto), donde tomó contacto con grupos selectos de monjes origenistas. Evagrio escribió una obra titulada “Capítulos Gnósticos” donde defiende la preexistencia del alma. El Patriarca Teófilo de Alejandría será el primer perseguidor de los monjes origenistas a principios del siglo V, además de un gran perseguidor del paganismo. De los primeros años de este siglo datan las primeras persecuciones de los monjes origenistas que huyeron hacia Palestina y Constantinopla, donde fueron protegidos por el entonces Patriarca de Constantinopla Juan Crisóstomo. Así dará comienzo la primera gran disputa entre el Patriarcado de Alejandría y el de Constantinopla, que hizo caer a Nestorio, y perseguir a los padres antioquenos, Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia.

La Escuela de Alejandría a pesar de haber abominado contra Orígenes, mantenía una teología cristológica basada en la concepción platónica del alma triple: racional, irascible y concupiscible, que gobierna al cuerpo. En Cristo el alma racional es substituida por el Logos. Esta es la teología que irán matizando los alejandrinos. Por su parte, la Escuela de Antioquia asume una visión del alma más aristotélica, donde el alma es la forma del cuerpo, y por tanto, hay una unión sustancial del cuerpo y del alma, así en Cristo hay un verdadero hombre (cuerpo y alma) que acoge al Logos, que se une por conjunción (sináfeia), sin mezcla de naturalezas. De estas dos concepciones del alma surgirán las dos grandes herejías del siglo V, que en realidad, representan dos posturas extremas de ambas concepciones, el Nestorianismo, que niega que la Virgen María sea theotocos, es decir, madre de Dios, pues entiende que sólo es madre del hombre que albergó al Cristo, tendencia aristotélica de la Escuela de Antioquia. Mientras que la otra tendencia extrema, aparecida unos años más tarde, fue el Monofisismo, que mantenía que en Cristo sólo se daba un única naturaleza divina, que absorbe a la humana, lo que supone un cierto docetismo, pues la naturaleza humana se vuelve meramente aparente, ya que en Cristo sólo hay una naturaleza: la divina.

La gran Iglesia, ahora Iglesia Imperial, se encuentra sumida en estas disputas, y por la participación de los emperadores bizantinos, que buscaban infructuosamente la unidad doctrinal de la Iglesia y del Imperio, estas disputas se convirtieron en cuestiones políticas. En el Concilio de Calcedonia (451) el Emperador Teodosio II apoya a la ortodoxia, que mantiene la unión sustancial de dos naturalezas la divina y la humana, mientras que la Emperatriz Pulqueria apoya a los monofisistas: el Imperio se encuentra dividido. Constantinopla y Roma apoyan la fe calcedoniana, y Alejandría, Antioquía y Jerusalén han caído en manos de patriarcas monofisistas. En plena discusión sobre la naturaleza del alma en Cristo, estalla un rebrote en Palestina de disputas entre monasterios, por la causa del origenismo. En una comunidad de monjes próxima a Jerusalén, en el monasterio de la Nueva Laura, un grupo de eruditos, aficionados a la lectura de Orígenes y Evagrio, defienden la preexistencia de las almas, la metempsicosis y la restauración final, por lo que son expulsados del convento. Difundirán sus doctrinas por todas las comunidades monásticas de Palestina, con el apoyo de algunos teólogos de Constantinopla. Estos monjes origenistas fueron conocidos con el nombre de isocristes (todos los seres racionales, como los llama Orígenes, serán iguales, incluso Cristo, tras la apocatástasis). El emperador Justiniano, en el año 543, lanza la primera condena a las doctrinas heréticas de Orígenes y Evagrio. En el Liber adversus Orígenes, del emperador Justiniano, publicados en el Sínodo de Endemousa, bajo el Patriarca Menas, confirmada su firma por el Papa de Roma Vigilio:

Can. 1. Si alguno dice o siente que las almas de los hombres preexisten, como que antes fueron inteligentes y santas potencias; que se hartaron de la divina contemplación y se volvieron en peor y que por ello se enfriaron en el amor de Dios, de donde les viene el nombre de frías, y que por castigo fueron arrojadas a los cuerpos, sea anatema.

Can. 2. Si alguno dice o siente que el alma del Señor preexistía y que se unió con el Verbo Dios antes de encarnarse y nacer de la Virgen, sea anatema.

Can. 3. Si alguno dice o siente que primero fué formado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santa Virgen y que después se le unió Dios Verbo y el alma que preexistía, sea anatema.

Can. 4. Si alguno dice o siente que el Verbo de Dios fue hecho semejante a todos los órdenes o jerarquías celestes, convertido para los querubines en querubín y para los serafines en serafín, y, en una palabra, hecho semejante a todas las potestades celestes, sea anatema.

Can. 5. Si alguno dice o siente que en la resurrección de los cuerpos de los hombres resucitarán en forma esférica y no confiesa que resucitaremos rectos, sea anatema.

Can. 6. Si alguno dice que el cielo y el sol y la luna y las estrellas y las aguas que están encima de los cielos están animados y que son una especie de potencias racionales, sea anatema.

Can. 7. Si alguno dice o siente que Cristo Señor ha de ser crucificado en el siglo venidero por la salvación de los demonios, como lo fue por la de los hombres, sea anatema.

Can. 8. Si alguno dice o siente que el poder de Dios es limitado y que sólo obró en la creación cuanto pudo abarcar, sea anatema.

Can. 9. Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema.

Estos anatemismos fueron ratificados unos años después en el II Concilio de Constantinopla, quinto concilio ecuménico, celebrado en el año 553, bajo el imperio de Justiniano, donde se centra en la condena a los “Tres Capítulos”, las obras de los tres grandes autores del Nestorianismo: Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. Con la anatemización de las doctrinas de estos tres autores, Justiniano pretendía conseguir la reconciliación con los monofisitas. Estas son las principales cuestiones tratadas en el Concilio de Constantinopla, sin embargo, se incluyen quince anatemismos más, dirigidos expresamente contra “ciertos monjes de Jerusalén”, se trataba de los origenistas isocristes, cuya cabeza era un tal Teodoro de Asquidas. En estos nuevos quince anatemas, incluye los diez anteriores del “Liver adversus Origenes”, pero ahora se presta mayor atención a unos aspectos cristológicos que no habían aparecido antes: Cristo es uno más de todos los seres racionales que forman la unidad primitiva; se distingue de los demás porque solo él permaneció inmutable, no se cansó de la contemplación divina; Cristo y no el Logos es el demiurgo, creador del mundo; su reino tendrá fin con la apocatástasis. Todos estos factores nuevos proceden de las obras de Evagrio Póntico, en especial de los “Capítulos Gnósticos”, a los que eran muy aficionados los monjes isocristes. Esta fue una controversia menor, frente a las que producían mayor impacto en la Ecumene, sobre todo en su parte oriental, las controversias cristológicas entre nestorianos y monofisistas.

En conclusión, podemos decir que la reencarnación nunca ha sido una doctrina pacífica y aceptada por la mayoría de la comunidad eclesiástica, solo las tendencias que se decantaban más hacia el platonismo, incluyeron ideas relativas a la preexistencia del noûs, es decir, el intelecto o la parte racional del alma. Pero nunca fue realmente incorporada a la doctrina general la reencarnación del alma, tal como la planteaba Platón o los pitagóricos.

Juan Almirall

domingo, 1 de marzo de 2009

EL CRATER Y EL GRIAL

“El Demiurgo hizo la totalidad del cosmos, no con las manos, sino con el Logos. Piensa por ello que está presente, que existe eternamente, que creó todas las cosas, que es uno y único (henòs mónou) y que creó todos los seres por su propia voluntad… Pero si bien el creador, oh Tat, repartió entre todos los hombres el logos, no hizo lo mismo con el noûs. Y no porque menospreciara a algunos, porque el menosprecio no procede de allá sino que constituye aquí abajo en las almas de los hombres que carecen de noûs. – Entonces padre, ¿por qué no concedió Dios el noûs a todos los hombres? – Porque quiso, hijo mío, que el noûs se asentara entre las almas como recompensa. - ¿Y dónde lo emplazó, padre? – Llenó con el noûs una gran Kratêra y la envió a este mundo acompañada de un heraldo que tenía la misión de proclamar a los corazones de los hombres estas palabras: “Bautízate (báptison) en esta Kratêra tú que puedes hacerlo, tú que confías en que retornarás junto al que la ha enviado y sabes por qué has nacido”. Aquellos que comprendieron la llamada y se bautizaron en el noûs, participaron de la gnosis y se convirtieron así en hombres perfectos (téleioi ánthrôpoi), dotados de noûs.” Hermetica IV “ermo pros tat o kratêr, ê monas”.


Se atribuye a un tal Zópiro de Heraclea la autoría de una rapsodia órfica, titulada “Cráter”. Existía una ciudad de Heraclea que se encontraba en el golfo de Tarento, fundada por Tarento y poblada por tarentinos. Por lo que en la antigüedad aludir a Heraclea era aludir a Tarento, lo que nos permite identificar a Zópiro de Heraclea con aquel Zópiro de Tarento que aparece en la lista de pitagóricos de Aristóxeno. Por esta razón podemos hablar de una tradición órfico-pitagórica que trataba sobre una Kratêra o un cráter de fuego, una gran copa en la que ardía un fuego purificador, que según Hermes Trismegisto, purificaba a los hombres que se bautizaban (sumergían) en él, y les otorgaba el Noûs, el espíritu inmortal.
La palabra griega cráter tiene varias acepciones: una vasija grande para mezclar el vino con el agua, y que también servía para hacer libaciones, pero también se utilizaba para designar una caverna o un cráter volcánico, es decir, un gran agujero en la tierra del que manaba el fuego del Tártaro. Esto permite relacionar el cráter con los ritos destinados a la gran Madre, Deméter y su Hija Infernal, la terrible Perséfone. En el Himno Homérico a Deméter vemos a la Diosa purificando a Demofoonte con el fuego. También era popular la leyenda, recogida por Diógenes Laercios, de que Empédocles de Agrigento había muerto al caer en el Etna: “Y tú, Empédocles, antaño, al purificar tu cuerpo en sutil llama, apuraste el fuego en inmortales cráteres. No diré que por propia voluntad te lanzaste al flujo del Etna…” A Empédocles se le relaciona con la magia y con el pitagorismo. Y como es bien sabido, la magia era una de las actividades gobernadas por la infernal Hécate, compañera de Deméter en la búsqueda de su hija Perséfone. En definitiva, existía una tradición órfico-pitagórica que relacionaba el fuego, la kratêra y las divinidades infernales, de hecho, de lo que se trataba era, como dice Hermes, de purificarse por el fuego, antes de acceder a la morada del Hades. Por otra parte, Platón recoge en su diálogo más pitagórico, el “Timeo”, la tradición de que el Demiurgo creó el alma del cosmos en una kratêra, donde realizó una serie de mezclas de las sustancias, y de esa misma kratêra salieron después las almas particulares, esto es, las almas de los hombres. Platón también recoge en el diálogo “Fedón” una sorprendente descripción de la geografía infernal. Describe el Tártaro como un lugar en el interior de la tierra, donde múltiples corrientes se encuentran en una laguna central, el Aquerusíade, donde las almas de los hombres son purificadas, lo interesante del caso es que, una de ellas, “el río que denominan Piriflegetone” está formado por torrentes de lava, que luego “arrojan fragmentos al brotar en cualquier lugar de la tierra”. Platón quedó impresionado por el volcán Etna, que pudo ver cuando visitó la isla de Sicilia. Y en el Tártaro las almas de los difuntos son arrojadas, según sus crímenes, a los diferentes ríos que menciona, para que puedan purificarse.
Estos son los diferentes mitos de origen órfico, que la tradición pitagórica hizo suyos: la existencia de ríos subterráneos de agua y de fuego, donde las almas iban a parar según sus crímenes para ser purificadas, así como la existencia de un cráter de fuego, descendido del cielo, y ofrecido a los hombres por el Demiurgo, donde podía purificarse y obtener el noûs, la inteligencia divina, que los transformaba en seres divinos, capaces de traspasar las esferas planetarias, y alcanzar la bóveda estrellada. Como vemos la antigüedad pagana mantuvo, a lo largo de los siglos, estos mitos, que veremos desaparecer con la llegada del Cristianismo.
Los primeros textos cristianos nos intentarán presentar al Cristianismo como una religión mistérica más. El bautismo, la inmersión en el agua de los judíos, se incorporó como una práctica ritual purificadora, pero los apóstoles y discípulos del Cristo recibían otro bautismo, el Bautismo de Fuego, que les permitía la recepción del Espíritu del Cristo, el Espíritu Santo o curador. El misterio central del Cristianismo recogía de la misma manera que la tradición órfica pagana una purificación por el fuego, un bautismo de fuego, una inmersión en el fuego, que purifica al alma, la cura y le hace inmortal. Sin embargo, este misterio central del Cristianismo, con el tiempo irá perdiendo su papel principal. A medida que la religión cristiana se decanta hacia disputas teológicas y dogmas de fe, la magia sacramental del misterio cristiano pierde protagonismo, y ya a nadie le importa realmente la purificación ígnea, que tanto interesó a los antiguos. Sin embargo, en la Edad Media, vemos aparecer una nueva literatura mítica, las novelas de caballería, inspiradas en las colecciones de mitos paganos, como las “Metamorfosis” de Ovidio, donde se intentará recuperar los valores espirituales que se transmitían por medio de los relatos mítico-simbólicos. Gracias a este nuevo movimiento literario veremos resurgir el mito del cráter de fuego, de la mano de Chretien de Troyes, en “Li contes del Graal” (El cuento del Grial), en la segunda mitad del siglo XII. El episodio en el Castillo del Grial sucede de la siguiente manera: “Había allí dentro una iluminación tan grande como la podrían procurar las candelas en un albergue. Y mientras hablaban de diversas cosas, de una cámara llegó un paje que llevaba una lanza blanca empuñada por la mitad, y pasó entre el fuego y los que estaban sentados en el lecho. Todos los que estaban allí veían la lanza blanca y el hierro blanco, y una gota de sangre salía del extremo del hierro de la lanza, y hasta la mano del paje manaba aquella gota bermeja… Mientras tanto llegaron otros dos pajes que llevaban en la mano candelabros de oro fino trabajado con nieles. Los pajes que llevaban los candelabros eran muy hermosos. En cada candelabro ardían por lo menos diez candelas. Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre sus dos manos un grial. Cuando allí hubo entrado con el grial que llevaba, se derramó una claridad tan grande, que las candelas perdieron su brillo, como les ocurre a las estrellas cuando sale el sol, o la luna. Después de ésta vino otra que llevaba un plato de plata. El grial, que iba delante, era de fino oro puro; en el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en mar ni en tierra; las del grial, sin duda alguna, superaban a todas las demás piedras.” El misterioso objeto, llamado Grial o Graal, es semejante a una Crátera, de hecho, la raíz de la palabra "graal" tiene cierta relación etimológica. Pero la leyenda de los mágicos poderes del Grial, la crearon con posterioridad autores como Wolfran von Eschenbach, que parece haberse inspirado en la Orden del Temple, para construir su fábula de la Comunidad del Grial, un grupo de caballeros que se encuentran en torno al misterioso objeto, capaz de purificar por el fuego a los hombres y darles la inmortalidad. Sin embargo, para Eschenbach el Grial no es una copa, sino una piedra “lapis exillis”: “Sé bien que viven muchos valientes caballeros en Munsalwäsche, junto al Grial. Cabalgan una y otra vez en busca de aventuras. Consigan la derrota o la victoria, estos templarios expían así sus pecados. Habita allí una tropa bien experimentada en la lucha.” Directamente, Wofran identifica a la Comunidad del Grial con la Orden de los Caballeros Templarios. Y luego dice: “Os diré de qué viven: se alimentan de una piedra, cuya esencia es totalmente pura. Si no la conocéis, os diré su nombre: lapis exillis”, que puede traducirse como “piedra del exilio” o “piedra del cielo”. “La fuerza mágica de la piedra hace arder al Fénix, que queda reducido a cenizas, aunque las cenizas le hacen renacer. Así cambia el Fénix su plumaje y resplandece después en sus mejores galas, siendo tan bello como antes.” Vemos a esta piedra, que también se llama el Grial, realizando las funciones del antiguo cráter de los paganos, tal como lo describe Hermes, su poder mágico inflama con fuego al ave Fénix, símbolo del alma humana, y renueva su plumaje. Como los antiguos paganos, el fuego eliminaba las impurezas del vestido del alma, lo renovaba y le daba el brillo propio de una divinidad. El Grial de Eschenbach es el mismo fuego que utilizaba Deméter para purificar a Demofoonte en Eleusis. “Quien en la flor de la vida, fuera doncella o varón, contemplara la piedra durante doscientos años, conservaría el mismo aspecto: sólo el cabello se tornaría gris. La piedra proporciona a los seres humanos tal fuerza vital que su carne y sus huesos rejuvenecen al instante. Esta piedra se llama también el Grial. Hoy baja sobre él un mensaje, sobre el que descansan sus poderes sobrenaturales. Hoy es Viernes Santo y se verá cómo desciende del cielo una paloma y deposita sobre la piedra una pequeña y blanca hostia. La paloma, que resplandece en su blancura, retorna después al cielo.”

Saludos,

Juan Almirall