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domingo, 2 de octubre de 2011

ALEJANDRIA Y LA SABIDURIA DE LAS FUERZAS INTERMEDIAS, POR JUAN ALMIRALL

“Él fue quien me dio conocimiento (gnosis) auténtico de los seres para saber la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos; el comienzo, el final y el medio de los tiempos, las alteraciones de los solsticios y los cambios de estación, los ciclos del año y las posiciones de los astros, la naturaleza de los animales y la bravura de las fieras, la violencia de los espíritus y los razonamientos de los hombres, las variedades de plantas y las virtualidades de las raíces, todo lo que existe, oculto o manifiesto conocí; ya que la Sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó” (Sab. 7, 17-22).

El libro de la Sabiduría tiene sus orígenes en el pensamiento alejandrino de época helenistica (siglo III a. C. hasta aproximadamente el siglo IV de nuestra era). El antiguo pensamiento faraónico sobre las fuerzas de la naturaleza y el cosmos, sobre los dioses o Neter, fuerzas vivas que animan toda la creación, la signatura rerum, el sello del Creador en las cosas, se transforma en Alejandría en la Sabiduría de Isis, del Alma del Mundo. El Universo es un ser animado, un animal, una criatura dotada de Alma. Y su conocimiento, su gnosis, es la Sabiduría. En esta Sabiduría alejandrina se encuentran neoplatónicos paganos, judíos sapiencialistas y gnósticos cristianos. Pues la Sabiduría es la ciencia de las ciencias, es el conocimiento del Alma velada del Mundo, de la diosa Isis que esconde su rostro tras un velo.
En la Alejandría helenista se vivió una de las más importantes manifestaciones del Idealismo humano. Cuando uno mira la Naturaleza a partir de un idealismo tal, no solo ve su hermosura, sino que observa las fuerzas que la animan, es imposible para la mirada idealista no ver a la Naturaleza como un único ser vivo, como el Todo viviente de los alquimistas. Son estas fuerzas vivas las que el mago trata de domeñar. Primero las fuerzas elementales, las fuerzas de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Luego las fuerzas anímicas de los planetas, la influencia acuática de la Luna, la inteligencia de Mercurio, la belleza de Venus, la alegría y luminosidad del Sol, la violencia y fuerza de Marte, la plenitud y realeza de Júpiter y la noche saturnal, la oscuridad y tristeza de Saturno. En todos estos dominios del cosmos los paganos pusieron a sus dioses, los gnósticos a sus arcontes y los sapiencialistas judíos a sus potencias. Todo está animado por las potencias, las fuerzas vivas que separan al mundo de la Inteligencia Pura, del Uno silencioso e inmutable. El mundo es un hormiguero lleno de actividad, efímeras personitas vamos de un lado para otro como hormigas, sin saber muy bien qué nos mueve a desplazarnos. Por encima y muy alejado de este hormiguero se encuentra el Uno, el Inefable, en su Trono transcendental. El da unidad, lo unifica todo, Plotino dirá: "todo proviene de El y todo aspira a regresar hacia El". Los alquimistas dirán "El es el Todo" (Hén tó pán). Y entre El y el mundo, como en todo ser vivo, entre la consciencia única e individual, y las infinitas células, hay grandes y pequeñas fuerzas rectoras, que mueven el organismo.
La Sabiduría, el Alma del Mundo, es una, y en su vientre existimos, en el lamento de Goethe vemos resurgir una nueva mirada idealista a la Sabiduría Alma del Mundo: "¡Naturaleza! Por ella estamos rodeados y envueltos, incapaces de salir de ella e incapaces de penetrar más profundamente en ella. Sin ser requerida y sin avisar nos arrastra en el torbellino de su danza y se mueve con nosotros hasta que, cansados, caemos rendidos en sus brazos. Crea eternamente nuevas formas; lo que aquí es, antes aún no había sido jamás; lo que fue no vuelve a ser de nuevo. Todo es nuevo y, sin embargo, siempre antiguo. Vivimos en su seno y le somos extraños. Habla continuamente con nosotros y no nos revela su secreto. Actuamos constantemente sobre ella y, sin embargo, no tenemos sobre ella ningún poder. Parece haberlo orientado todo sobre la individualidad y nada le importan los individuos. Construye siempre y siempre destruye, y su taller es inaccesible. Vive toda en sus hijos, pero la madre ¿dónde está?"
Dionisio Areopagita dio nombres a las fuerzas intermedias del Universo, las llamó Ángeles, Arcángeles y Principados, fuerzas mentales, Potestades, Virtudes y Dominaciones, fuerzas demiúrgicas, Tronos, Querubines y Serafines, fuerzas inflamadas por el contacto divino. Dante las repartió por el cosmos en su Divina Comedia, en el círculo lunar los Ángeles, en el círculo de Mercurio los Arcángeles, en el círculo de Venus los Principados, las Potestades en el Sol, las Virtudes en Marte, las Dominaciones en Júpiter, los Tronos en Saturno, en el Cielo Cristalino los Querubines y en el Empíreo los Serafines... La mente angélica movía las esferas del Alma del Mundo, al igual que el estómago mueve los alimentos, el corazón la sangre, los pulmones el oxígeno, los riñones la orina, etc. Fuerzas vivas que solo la mente idealista es capaz de observar en la Naturaleza. La Sinfonía de las Esferas. El canto de las Ondinas. La exhalación de las Salamandras...

viernes, 30 de abril de 2010

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (4)

Sabiduría y gnosis judaica

Existe una gnosis judaica de la que nos habla el Dr. Montserrat en su estudio sobre los gnósticos . En su introducción hace una breve alusión a diferentes textos gnósticos y autores, que eran judíos y a los que se les puede incluir en el conjunto más amplio de los llamados gnósticos, entendiendo por tales a un grupo heterogéneo que tiene un lenguaje semejante y manifiesta unas ideas determinadas sobre la sabiduría y el cosmos. Baste en una primera aproximación apuntar que efectivamente hay textos gnósticos judaizantes y que consisten en una exégesis del Antiguo Testamento. El Dr. Montserrat habla de los textos de Nag Hammadi siguientes: Hipóstasis de los arcontes y el Tratado sobre el origen del mundo, a los que, sin duda, hay que sumar El trueno: intelecto perfecto . Estos son los principales textos gnóstico-judaicos, y entre los personajes que se citan como tales, estarían Cerinto, Dositeo, Simón el mago y un tal Menandro. Hay otras corrientes gnósticas que se encuentran a medio camino entre la gnosis judaica y la gnosis propiamente cristiana, como la de Valentín o Marción, estas corrientes o escuelas que son varias, destacamos los gnósticos de Barbeló, que identifican a Barbeló con la Sabiduría, los ofitas, los naasenos y setianos o los cainitas, todos ellos encuentran una mayor inspiración en los textos del Antiguo Testamento que en el Evangelio.



Lo que ninguno de los estudiosos parece considerar son las evidentes conexiones entre los textos gnósticos y sus doctrinas, y la tradición sapiencial, sobre todo, del libro de la Sabiduría, que sin duda se puede considerar un claro antecedente de la gnosis judaica. La literatura sapiencial, que incluye la literatura didáctica contenida en máximas y proverbios, así como la literatura apocalíptica, presenta a la sabiduría como una necesidad que sobreviene al hombre que busca conocer la creación, la obra de Dios. En principio no es a Dios al que se busca a través de su creación, sino que es a la creación misma, la que aspira a conocer el sabio, la sabiduría, que es expresión de la potencia creadora y ordenadora de Dios, tal como las presenta Filón de Alejandría, ya que suponen el orden que ha establecido Dios en el cosmos, es el mayor tesoro, según esta literatura sapiencial, dado a los hombres. La sabiduría es, por tanto, el orden del cosmos, las fuerzas y leyes que rigen el cosmos, entendido como creación divina, que no es otra cosas que el objeto de toda ciencia, es decir, de toda gnosis. Esta literatura incluye el conocimiento o gnosis del cosmos, así como de la historia universal, en particular la apocalíptica se centra en su aspecto escatológico . Es frecuente por tanto, la aparición de la Sabiduría personificada como una mujer, “la Sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas, ha matado las reses, mezclado el vino y puesto la mesa” (Prov. 9: 1-2), “el que guarda la Ley alcanza la Sabiduría, que le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como la esposa de la juventud” (Eclo 15: 1-2). Sin embargo, esta Sabiduría de los libros sapienciales es solo una criatura, un don de Dios, como dice Gerhard von Rad, “habrá que esperar al libro de la Sabiduría – fiel representante, en infinidad de aspectos, de la tradición doctrinal palestinense – para apreciar, concretamente en este punto, una desviación de la línea tradicional y un paso decisivo hacia la divinización de la sabiduría en un marco de especulaciones mitológicas” .
Estamos de acuerdo con Rad en la idea de que es en el Libro de la Sabiduría donde ésta aparece divinizada, como una hipóstasis divina, en el marco de una nueva mitología, al menos con relación al resto del ciclo sapiencial. Se trata de un libro escrito, con seguridad en Egipto y en particular Alejandría, entre los años 100 a.C. y 40 de nuestra era. Lo que no nos parece tan evidente es que el libro de la Sabiduría sea un fiel representante de la tradición doctrinal palestinense, sino que más bien, nos parece que se trata de una tradición algo extraña a la concepción judía, pues presenta a la sabiduría como diosa, como compañera de Dios, muy en la línea de las concepciones alejandrinas de la diosa pagana Isis. De hecho el Dr. Quispel encuentra claros paralelismos entre la aretalogía de Isis y esta obra tardía de la literatura sapiencial, la caracterización de la sabiduría que presenta Filón de Alejandría o incluso con El trueno: intelecto perfecto gnóstico .
Podemos ofrecer como conclusión la idea de la existencia de una gnosis judaica muy vinculada a la tradición sapiencial, que se aproxima mucho a la tríada pagana Serapis-Isis-Harpócrates, en la ciudad de Alejandría. No olvidemos que en esta ciudad el imponente Templo del Serapeum, con su biblioteca y sus escuelas filosóficas, dedicadas por otra parte al estudio del cosmos, irradiaba una cierta concepción muy sólida del cosmos y de la teología, que seguramente influyó, no solamente a los sabios judíos, que se aproximarían con seguridad a las escuelas filosóficas del Serapeum, sino también a la gnosis que comenzaría sus desarrollos mitológicos en ésta época, y con seguridad bajo la influencia egipcia.
Tenemos pues el libro de la Sabiduría que debe ser tomado como manifestación de la corriente sapiencial en el siglo I de nuestra era, y como antecedente más directo de la gnosis tanto judaica como cristiana. Libro que está incluido en los textos que comprenden la versión griega de la Biblia, la Septuaginta, y que pasará al canon cristiano, pero no al canon de libros sagrados del judaísmo tras la segunda destrucción del Templo. Pues bien, en dicho libro, la sabiduría aparece como espíritu de Dios: “invoqué, y me vino un espíritu de sabiduría (epekalesámên, kaì êlthén moi pneûma sofías), Sab. 7: 7, en este fragmento tenemos tanto al espíritu como a la epíclesis del ritual de la eucaristía cristiano, la invocación y la manifestación del espíritu como revelador de la sabiduría, es decir de una gnosis, un conocimiento sobre los seres y el cosmos: “que el fue quien me dio gnosis verdadera sobre los seres para conocer la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos…” (Sab. 7: 17) Por tanto, es la Sabiduría, o más bien el Espíritu de Sabiduría el que revela la gnosis, el conocimiento verdadero sobre la creación, esto es el cosmos. Esta Sabiduría es la que convive con Dios y a la que ama Dios por encima de todo, pues es iniciada en la ciencia de Dios y es adepta a sus obras. Esta Sabiduría es muy similar a la Isis que nos presentan Apuleyo de Madaura en su aretalogía final del libro “Metamorfosis” o como la presenta Plutarco de Queronea en su “Isis y Osiris”, una diosa, por otra parte, muy próxima a la Deméter y Perséfone eleusinas, relacionadas con los misterios y la epopté, no en vano se representa a Isis sentada con un niño en sus faldas que se lleva el dedo índice a la boca en señal de silencio, de secreto iniciático. Estas diosas se identificarán de la mano de los filósofos platónicos con la Naturaleza, con el Alma del mundo, el cosmos mismo. Por ello Sofía, Isis, es el Alma del mundo, la primera y más querida creación del dios Demiurgo.


(Continuará).

Juan Almirall

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (3)

La tradición sapiencial

El Antiguo Testamento es un conjunto heterogéneo de libros, que recoge lo que podríamos llamar distintas tradiciones del pueblo de Israel, en distintos momentos de su historia. Si en esencia el Pentateuco o la Torah son los libros principales del A.T., pues recogen lo que en Oriente se entiende por Ley, en un sentido tan amplio como la expresión de la actividad creadora del Dios demiurgo, no fue menos importante, la tradición profética. Una tradición que comienza con el exilio de Babilonia, y termina poco antes del período helenístico. Sin duda la literatura bíblica, también refleja los cambios que se produjeron en la cultura humana, a partir de la formación del Imperio de Alejandro, es decir, la helenización de todo el mundo conocido. Si en el ámbito de la filosofía, asistimos al cambio de la filosofía de la polis, a una filosofía más cosmopolita, influida, sobre todo, por las concepciones lógicas y epistemológicas de Aristóteles, en el estoicismo, en el ámbito de la producción literaria judía, vemos como gana terreno un tipo de literatura de carácter sapiencial. Esta literatura sapiencial es, de alguna manera, equivalente a la literatura filosófica de los griegos, y podemos añadir de los latinos, al menos desde Cicerón.



El objeto central de la literatura sapiencial es la Sabiduría. Un concepto bastante próximo al griego: Filosofía, lo que sucede es que en el ámbito cultural de los judíos, esta “filosofía” sapiencial estaba fuertemente tintada de elementos religiosos, o más bien “legales”, en el sentido que para los judíos tenía la Ley. Por tanto, el componente ético, al igual que las escuelas helenísticas, tenía un gran protagonismo en el seno de esta Sabiduría judía. Por tanto, el componente ético que se desprende de una interpretación “legalista” de la Escritura, es el tema principal de la literatura sapiencial, que además tiene una evidente dimensión soterológica, dado que la salvación se encuentra reservada para aquellos que observan la Ley con seriedad y rigor. Esta dimensión ética, coincide con el planteamiento de las escuelas filosóficas desde su origen, y desde luego con las escuelas filosóficas helenísticas, como la estoica. En palabras de P. Hadot: “nunca hay ni filosofía ni filósofos fuera de un grupo, de una comunidad, en una palabra, de una “escuela” filosófica y, precisamente, esta última corresponde entonces ante todo a la elección de cierta manera de vivir, a cierta elección de vida, a cierta opción existencial, que exige del individuo un cambio total de vida, una conversión de todo el ser y, por último, cierto deseo de ser y de vivir de cierto modo. Esta opción existencial implica a su vez una visión del mundo, y la tarea del discurso filosófico será revelar y justificar racionalmente tanto esta opción existencial como esta representación del mundo” . Por ello junto a una dimensión ética, es decir, una determinada manera de vivir conforme a unas reglas adoptadas por el grupo o la escuela, se encuentra una determinada cosmovisión, que justifica la elección de la regla de vida. En el caso del judaísmo ello es claramente así por razones religiosas, la Ley es la regla de vida dada por Dios, por tanto, no se trata de una opción escogida libremente por el individuo, sino que se trata de la razón de ser de la religión judía: obediencia y temor de Dios, como únicas vías soterológicas. En definitiva la salvación es lo que realmente preocupaba al individuo, emancipado de la polis, y que busca su papel en el nuevo cosmos, surgido del Imperio de Alejandro. Por tanto, la cuestión central del judaísmo sapiencial que toma forma en el mundo helenístico, es la dimensión ética, el posicionamiento del individuo frente a la Ley divina, pero además, comienza a introducirse un discurso teórico y filosófico sobre la cosmovisión de los sabios judíos, que, no perdamos de vista, trae igualmente causa de la Torah, en particular del relato sobre la Creación, que es obviamente, una cuestión de primer orden en el ámbito teórico-filosófico. La filosofía nace precisamente como respuesta a la pregunta por el arjê o principio del cosmos, a lo que los judíos responden con la doctrina del Génesis: la actividad creadora de un único Dios, que además, gobierna el cosmos desde el origen. Una doctrina, con ciertos paralelismos al estoicismo, sobre todo en la cosmovisión dualista, de un mundo regido por el Lógos, es decir, por la razón o palabra, que ordena y gobierna sobre la marcha del cosmos.
La literatura sapiencial define la Sabiduría como un conocimiento, o una gnosis, sobre el cosmos que rodea al hombre y que revela la actividad demiúrgica y la propia ley divina, en Sab. 7, 17-22: “Que Él fue quien me dio conocimiento (gnosis) auténtico de los seres para saber la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos; el comienzo, el final y el medio de los tiempos, las alteraciones de los solsticios y los cambios de estación, los ciclos del año y las posiciones de los astros, la naturaleza de los animales y la bravura de las fieras, la violencia de los espíritus y los razonamientos de los hombres, las variedades de plantas y las virtualidades de las raíces, todo lo que existe, oculto o manifiesto conocí; ya que la Sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó” . En esta enumeración tenemos una clara definición de la “gnosis” sapiencial, revelada por la Sabiduría al sabio judío. Como puede verse coincide, en términos generales, con el objetivo de la actividad “teorética” o contemplativa, que propone Aristóteles a lo largo de su extensa obra científica. La diferencia, sin embargo, entre la actividad de Aristóteles y el conocimiento de los sabios judíos, es que el primero dedica su vida a la observación de la naturaleza, e intenta desentrañar sus misterios a fuerza de su razonamiento y capacidad analítica, mientras que los sabios judíos, como en general muchos otros sabios, buscan la conexión directa con el Espíritu de la Sabiduría, para que sea Él mismo quien revele los misterios del cosmos, pues el contacto con el instrumento de la Creación, facilita el camino al conocimiento. Gnosis es pues un conocimiento científico fruto del contacto directo con el Creador o su instrumento, la Sabiduría, que por influencia helenística tiene forma de Espíritu, de pneûma, es decir, aliento o exhalación de la boca de Dios.
Por tanto, los elementos característicos de esta literatura sapiencial son: a) una Gnosis, que es fruto del contacto con el Espíritu de la Sabiduría; b) el Espíritu o pneûma, que es esencial en la filosofía de los estoicos, y que se trata de una sustancia intermediaria entre el Fuego que es Logos, y el alma, y que en algunos textos es identificado con un ángel ; c) la Sabiduría como hipóstasis, es decir, personificada, hasta el punto de ser considerada concubina de Dios ; d) el Lógos que es palabra creadora, e igualmente Espíritu divino, y que por tanto, aparece en muchas ocasiones plenamente identificado con la Sabiduría, aunque no será hasta Filón de Alejandría, que aparezca una tríada formada por el Noûs, la Sabiduría como su compañera femenina y el Lógos, una potencia o dýnamis de Dios, el Padre, y que será literalmente considerado el Hijo de Dios; e) el Noûs o Intelecto paterno, Dios padre, el creador de todo por medio de sus instrumentos. Todos ellos son obviamente términos propios de la filosofía, por lo que no es difícil comprender que, en el medio helenístico la sabiduría judía fuera considerada una propuesta filosófica más, de hecho el uso de estos conceptos filosóficos es fruto de la traducción de la Biblia de los Setenta, que era utilizada por prácticamente todo el judaísmo de la Diáspora, que en su mayoría hablaba el griego e ignoraba el hebreo y el arameo, la primera lengua vernácula del pueblo de Israel, que se utilizaba sobre todo en medios religiosos en la ciudad de Jerusalén, y la segunda, el arameo que se hablaba sobre todo en el área geográfica de Palestina. En toda la Diáspora, y sobre todo en las grandes capitales culturales de la época: Alejandría, Roma, Atenas, Antioquia, etc., se podía acceder a la Biblia de los LXX en griego y a la literatura sapiencial, algunos de cuyos libros habían sido escritos directamente en griego. Por su parte los sabios judíos se agruparon en escuelas, a la manera de las escuelas filosóficas , el propio Flavio Josefo compara, en su autobiografía Vita 12, a los fariseos con los estoicos, a los saduceos con los epicúreos y a los esenios con los pitagóricos. Más allá de los paralelismos que este autor consigue identificar, está la cuestión de cómo se agrupaban los grupos testimoniados de judíos, con anterioridad a la destrucción del Templo, dichas agrupaciones revestían una forma escolástica similar a la de las escuelas de filosofía, donde un grupo de discípulos se reunían en torno a un maestro, cuyas lecciones seguían, a menudo en el domicilio mismo del maestro, o bien en alguna institución como la Academia ateniense o en las aulas del Museo y el Serapeo de Alejandría. Lo lógico es pensar que los maestros y sabios del judaísmo, encontraran en algún espacio de la sinagoga el lugar más indicado para enseñar a sus discípulos. Paradigmática de esta tradición escolástica rabínica es la Escuela de Rabí Hillel, que mantuvo una polémica dogmática sobre la interpretación de la Ley con la Escuela de Rabí Shamai, aunque estos rabinos, probablemente fariseos, disputaban en hebreo. Discípulo de Hillel fue Gamaliel , de quien Pablo, en Hech. 22.3, dice que fue su discípulo .
La tradición sapiencial introduce una segunda interpretación de la Biblia, que ya no es puramente legalista, sino que es alegórica, es decir, sapiencial o filosófica. El máximo representante de los exégetas alegóricos de la Torah es sin duda Filón de Alejandría, que fue miembro de una escuela sapiencial consagrada a la interpretación alegórica, de la que nos habla Eusebio de Cesarea . El autor cristiano de finales del siglo III y principios del IV, que da testimonio de una escuela de las sagradas letras (didaskaleíou tôn hierôn lógôn) que existía desde antiguo, y que con toda seguridad era la escuela alegórica de los judíos alejandrinos, donde trabajó Filón, la huella de este autor en Clemente y sobre todo Orígenes, padres de la teología alegórica cristiana, es incuestionable. Por lo que los teólogos alejandrinos cristianos fueron continuadores de la tradición sapiencial de la escuela alegórica de los judíos que vivían en Alejandría.
Esta tradición tiene su origen en el libro de los Proverbios, obra difícil de datar, pero cuya última redacción debió finalizarse en el siglo IV o III a.C. , es una obra atribuida al rey Salomón, que es el sabio por excelencia y referente para el resto de las obras sapienciales, sobre todo de la siguiente gran obra de la tradición sapiencial: el libro de Qohelet, conocido también con el nombre de Eclesiastés. Otras dos obras sapienciales tardías, escritas en Egipto, y que tendrán un valor excepcional para la conformación del pensamiento gnóstico, heredero de la tradición sapiencial, son: Sabiduría de Jesús Ben Sira, más conocido con el nombre de Eclesiástico, y el libro de la Sabiduría, que junto con la obra de Filón de Alejandría, forman el conjunto de literatura filosófico-sapiencial judío alejandrina, que fue rechazada con posterioridad por la tradición rabínica talmúdica, que se impuso, a finales del siglo I, tras el llamado Sínodo de Yamnia/Yabne, donde se rechazó toda la literatura claramente diferenciable del canon bíblico en lengua hebrea, y que desterró del judaísmo oficial toda la literatura escrita en griego.
En la tradición sapiencial se distingue un grupo de textos, en su mayoría apócrifos, denominados “apocalipsis”. La literatura apocalíptica forma parte de esta tradición, pues persigue el mismo objetivo, a saber, una gnosis o conocimiento sobre el mundo, concretamente en su momento escatológico o final, que se diferencia sustancialmente de los Profetas, pues son sabios, como Daniel, Henoc o Esdrás, los que revelan, no ya el destino de la nación, sino la parte oculta del cosmos, los designios de Dios para el final de los tiempos, y el final de los Imperios. El sabio apocalíptico interpreta sueños, tiene visiones y dispone del don de profecía, como herramientas de esa gnosis revelada por el Espíritu de Sabiduría. El don de la videncia y de la profecía apocalíptico se trata aquí de un “carisma” o gracia recibida del Espírtu, en la persona de un sabio , “Dios concedió a aquellos cuatro muchachos conocimiento e inteligencia en toda escritura y sabiduría, y Daniel entendía toda suerte de visiones y sueños” (Dan. 1:17). Sabiduría e inteligencia para poder comprender toda ciencia, que procede de Dios, por medio de la cual fue creado el mundo, esta es la gnosis de los sabios, que además están dotados de noûs, es decir, de inteligencia, cuestión que es una constante en toda la tradición platónica, sobre todo, a partir de Filón de Alejandría, y que veremos en otros autores del Platonismo Medio, como son Plutarco de Queronea o Numenio de Apamea, y en importantes obras orientalizantes como son los Oráculos Caldeos y el Corpus Hermeticum egipcio . Libros apocalípticos son Daniel, el libro apócrifo de Henoc, o Esdras IV, pero a esta misma tradición y con elementos simbólicos muy semejantes, encontramos los apocalipsis cristianos de Juan, el Pastor de Hermas o la Ascensión de Isaías, en todos ellos vemos a un ángel acompañar al vidente a lugares del cosmos no accesibles a los simples mortales, o a momentos escatológicos donde se revela el Hijo del hombre, en la forma de un anciano revestido de blancos ropajes, distintos monstruos que representan los Imperios y su destrucción, etc. En el Pastor el ángel de la revelación es llamado Miguel, el Arcángel, que es el Lógos, el Hijo de Dios ; mientras que en la Ascensión de Isaías el ángel enviado es el Espíritu Santo de Dios, que eleva al profeta por los siete cielos, en los cuales puede observar la gloria del Hijo de Dios, que todavía ha de venir, pues la visión del profeta se sitúa siglos antes del nacimiento de Jesús en la tierra, por ello el autor escoge a Isaías como el vidente adecuado para su apocalipsis.
La literatura sapiencial abarca un amplio arco de tiempo, desde principios del siglo IV hasta los primeros años de nuestra era. Lo que sí que es incuestionable es que dicha literatura coincide con la época del llamado segundo Templo, es decir, desde la reconstrucción del Templo, aproximadamente, en el año 445 a.C., hasta la destrucción del mismo, en el año 70 de nuestra era. Vemos por tanto, que esta nueva literatura, se suma a la más antigua literatura profética y a la Torah, aportando un nuevo valor a la cultura del pueblo judío: la sabiduría. Un nuevo valor que le permitirá la integración en el universo multicultural del helenismo, donde la sabiduría de Israel tendrá algo que aportar a la búsqueda del conocimiento y del comportamiento de vida ético, que tanto preocupaba a los filósofos helenistas.
El primer libro con el que podríamos comenzar a agrupar la literatura didáctica o sapiencial es el libro de Job, aunque los biblistas difieren sobre la categoría concreta de este libro, donde se mezclan diversos estilos y tendencias. Pero es evidente que integra gran cantidad de contenidos propios de la tradición sapiencial, e incluso encontramos claras definiciones de la Sabiduría y de los sabios. Su datación oscila en torno a comienzos del siglo IV a.C., y el lugar de composición preferiblemente Palestina. El libro de los Proverbios es una colección de lo más variopinta, sin una clara estructura, que vendría a ser una recolección de proverbios de distintas épocas de los sabios de Israel. Hoy en día se sabe que algunos de estos proverbios son tomados de otras culturas del entorno, como sería la literatura sapiencial egipcia o asirio-babilónica. Para su datación se toman los proverbios que tienen una influencia claramente greco-helenística, que determinan el terminus a quo para la redacción final del libro a finales del siglo IV a.C. El Eclesiastés lleva por título original Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. El libro está atribuido al sabio por excelencia: el Rey Salomón, Qohélet, o el que congrega a la asamblea (de ahí el nombre griego: ekklesiastes). Los biblistas no se ponen de acuerdo ni en la fecha ni en el lugar de composición, aunque parece que la opinión dominante es que fue escrito en la segunda mitad del siglo III a.C. en Jerusalén.
El libro de Daniel no es un libro profético, sino apocalíptico, pues Daniel no es propiamente un profeta, sino un sabio, de la misma categoría de sabios que los autores de la literatura didáctica, como Qohélet o Sabiduría. A estos sabios se les acostumbra a relacionar con visiones y revelaciones (apokálypsis). Su fecha de composición es 167 – 164 a.C. y como autor, un judío desconocido de Jerusalén, escrito en arameo imperial y hebreo tardío, con préstamos del persa y del griego. El Eclesiástico o Sabiduría de Jesús ben Sira, escrito en lengua griega, está datado en el año 132 a.C., y es de origen egipcio, si bien supuestamente traduciría una obra un poco más antigua, escrita en hebreo en Jerusalén. El libro de la Sabiduría, igualmente escrito en griego, probablemente por varios autores, fue compuesto entre los años 100 a.C. y 40 de nuestra era; el origen también podría ser Alejandría.
Los libros sapienciales recogen la sabiduría de los sabios de Israel. Estos sabios formaron sus propias escuelas con sus propias concepciones y conocimientos, sobre todo en la época postexílica del segundo Templo, a la que se corresponde la mayoría de estos libros. De hecho tenemos textos que abiertamente se contradicen, por ejemplo, “todo procede del polvo y todo retorna al polvo” de Eclesiástico 3:20, que parece negar la vida eterna, tal como lo afirmaba la secta de los saduceos, frente al destino de los justos que propone Sabiduría 5:15, “los justos en cambio viven para siempre, su sueldo está en el Señor, y el cuidado de ellos junto al Altísimo”, tal como afirmaba la secta de los fariseos. Pablo conocedor de las distintas tendencias y doctrinas entre los judíos de su época, cuando intentaron juzgarle en el Sanedrín, suscita una gran polémica doctrinal, conociendo las distintas facciones que en aquel alto tribunal existían: “Dándose cuenta Pablo de que una parte era de saduceos y otra de fariseos, gritó en el sanedrín: “¡Hermanos! Yo soy fariseo, hijo de fariseos. Y estoy siendo juzgado por esperar la resurrección de los muertos”. Cuando él dijo esto se produjo un altercado entre los fariseos y saduceos y se dividió aquella muchedumbre, pues los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo eso. Se armó un griterío enorme…” (Hech. 23:6-9). Pablo, además de demostrar una gran inteligencia ante el Sanedrín, afirma con claridad su condición de fariseo, hacia el final de su vida. De hecho tal condición le permitió dirigirse a los judíos en todas las sinagogas de la Diáspora a las que visitó, en su viaje apostólico. Pablo era un sabio de la secta de los fariseos, que tenía su propia sabiduría. Lo que sin duda se apoya en la heterogénea concepción de la sabiduría que aparece en los distintos libros didácticos y sapienciales.
Los primeros sabios de Israel fueron los reyes y los consejeros de la corte. Toman como patrón al legendario Rey Salomón, al que le atribuyen la mayoría de los libros sapienciales. De hecho “hakam”, que se traduce por “sabio”, denota un conocimiento técnico, más de un experto, que de un filósofo . De manera que, antes de la formación de escuelas de sabios, éstos no eran otra cosa que peritos adscritos a la corte y a funciones de administración, a los que se les requería un determinado conocimiento, un sabio de este tipo es Daniel, cuya sabiduría, que incluían las visiones y la interpretación de los sueños reales, le valió el cargo de señor de la provincia y jefe de los magos de Babilonia . Sin duda estos eran los primeros sabios, o al menos los sabios legendarios, cuya tradición se crea en estos libros sapienciales. Sin embargo, en la época en la que se redactaron estos libros, los sabios son otra cosa muy diferente, se trata de miembros muy honorables y muy estudiosos de la Torah y de los Profetas, muchos de ellos, como los filósofos griegos, directores de sus propias escuelas, de hecho, estos sabios postexílicos son verdaderos rabinos, maestros de sabiduría, e interpretes de la Ley y los Profetas. El caso más paradigmático, tal como hemos dicho, es el del rabino Hillel (110 a.C.- 10 d.C., según la tradición que asegura que el sabio vivió 120 años), fundador de una escuela talmúdica en Babilonia y Jerusalén. Hillel es el prototipo de sabio de Israel de la época postexílica del segundo Templo, cuya sabiduría ya nada tiene que ver con los conocimientos precisos de un rey y sus cortesanos, sino que se trata de una verdadera filosofía, un conocimiento de las normas de vida prescritas en la Ley y los Profetas, en definitiva, un verdadero interprete de la Torah. Pero, entre el técnico cortesano y el gran sabio Hillel, encontramos muchas otras personas que podían recibir el apelativo de sabios, por sus profundos conocimientos bíblicos y por su comportamiento de vida ético, ajustado a las prescripciones de la Ley. Estos sabios fueron los que recolectaron proverbios y máximas sapienciales, no solo de su propia tradición, sino que también de otros pueblos del entorno, y las publicaron en sus libros didácticos, que tenían precisamente una función pedagógica y de instrucción en la vida de todo judío temeroso de Dios.


(Continuará).

Juan Almirall

domingo, 6 de diciembre de 2009

PABLO: ENTRE LA SABIDURÍA Y LA GNOSIS

"Hablamos, sin embargo, de sabiduría entre los perfectos (teleíois), sabiduría que no es de éste Eón (toû aiônos), ni de los Arcontes de este Eón (tôn arjóntôn toû aiônos), llamados a la desaparición; sino que hablamos de la sabiduría de Dios (theoû sofían) en misterio (en mystêríô), la escondida, que predestinó (proôrisen) Dios antes de los Eones (prò tôn aiônôn) para nuestra gloria, que ninguno de los Arcontes de este Eón (tôn arjóntôn toû aiônos) conoció (égnôken);", este fragmento no procede de ningún códice de Nag Hammadi, como se podría pensar, sino que es una traducción literal del griego de la primera Epístola de Pablo a los Corintios (1 Cor. 2: 6-8). Sorprendente ¿no es cierto? El lenguaje del Apóstol es completamente gnóstico. El problema, sin duda, son las traducciones. Examinemos por ejemplo la popular versión de Nacar y Colunga: "Hablamos, sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo, ni de los principios de este siglo, abocados a la destrucción, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria; que no conoció ninguno de los príncipes de este siglo;" Esta claro, que en las versiones del Nuevo Testamento al uso, el lenguaje, completamente gnóstico de Pablo, queda totalmente enmascarado. ¿Porqué en las traducciones de los textos de Nag Hammadi se conservan las palabras griegas como Eones y Arcontes, y en las versiones más populares del Nuevo Testamento se traducen de forma tan arbitraria y traicionera?


Nuestra intención en este artículo no es dar respuesta a dicha pregunta, sobre el particular que cada cual saque sus propias conclusiones, aunque nosotros recomendamos que junto al Nuevo Testamento que Uds. acostubren a leer, como la versión de Nacar y Colunga (que es estupenda, sin duda), utilicen el Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español de Francisco Lacueva, de la Editorial Evangélica Clie. Con seguridad, su lectura del Nuevo Testamento cambiará de forma asombrosa, como nos ha pasado a nosotros, repasando en la obra de Lacueva, las Epístolas del Apóstol Pablo.

La intención de este artículo es mostrar como el Apóstol de los gentiles se encuentra en el centro de dos importantes tradiciones: la tradición sapiencial, obviamente del judaísmo, y la tradición gnóstico cristiana valentiniana.

Existe una gnosis pre cristiana, y esto lo reconocen todos los especialistas, comenzando por el Dr. Josep Montserrat. Lo que no nos aclaran demasiado es de dónde procede esta gnosis pre cristiana. Fue el Dr. Quispel quien, en un artículo sobre el tratado "tebronte" de la Biblioteca de Nag Hammadi, ya advertía los grandes parecidos que se encontraban entre las obras sapienciales alejandrinas y las aretalogías de Isis. El tratado citado es una de esas obras gnósticas que puede considerarse más judía que cristiana. Su protagonista es la Sabiduría: "yo soy la primera y la última, la honorable y la despreciable, la prostituta la respetable, la esposa y la virgen, la madre y la hija, los miembros de mi madre, la estéril y la que tiene muchos hijos..." Esta obra se expresa en la línea de las últimas manifestaciones de la tradición sapiencial judía, como son: el libro de la Sabiduría y el Libro de la Sabiduría de Jesús ben Sirac (Eclesiástico), ambas obras escritas en griego, durante el siglo I a.C., en Alejandría. En estas obras, la Sabiduría aparece totalmente personificada, como el Eón Sofía de los gnósticos, y se dice de ella: "Proclama su buen nacimiento al convivir con Dios, y el que es dueño de todo la amó. Pues está iniciada en la ciencia de Dios" (Sab. 8: 3-4).

La Sabiduría incluso aparece como Espíritu de Dios, siempre con carácter femenino, como compañera, esposa y amante de Dios, conocedora e iniciadora en sus misterios. Y sobre todo reveladora de la verdadera Gnosis: "fue quien me dio la Gnosis auténtica de los seres para saber la trabazón del mundo y la actividad de los elementos; el comienzo, el final y el medio de los tiempos, las alteraciones de los solsticios y los cambios de estación, los ciclos del año las posiciones de los astros, la naturaleza de los animales y la bravura de las fieras, la violencia de los espíritus y los razonamientos de los hombres, las variedades de plantas y las virtualidades de las raíces; todo lo que existe, oculto o manifiesto lo conocí" (Sab. 7: 17-21). Los Sabios de Israel conocían ya una Gnosis, una Gnosis a la que llamaban Sabiduría, y que era revelada por el Espíritu Divino.

A esto mismo se refiere Pablo en sus epístolas; Pablo escribe dentro de la tradición sapiencial de Israel, que él, como fariseo que era, conocía perfectamente. Los Fariseos formaban una Escuela de pensamiento rabínica. Muchos de sus miembros eran considerados Sabios de Israel. Los Fariseos eran Rabinos, Maestros de Sabiduría e Interpretes de la Ley. Y Pablo, si bien, no parece haberse confirmado, tal vez por edad, como Rabino o Maestro Fariseo, sí que es cierto, que se presentaba en las Sinagogas de la Diáspora y ante el Sanedrín como Fariseo convencido: "Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Por la esperanza en la resurrección de los muertos soy ahora juzgado" (Hech. 23: 6). La Escuela Farisea, que contaba con importantes miembros en el alto tribunal del Sanedrín, en el siglo I de nuestra era, creía en la resurrección de los muertos y la vida más allá, de hecho, el Cristianismo, sólo podía darse en el contexto de la filosofía de los Maestros Fariseos, muchos de los cuales eran considerados Sabios, es decir, detentadores de una Gnosis. Esta Gnosis permitía conocer cosas como la naturaleza, los movimientos de los astros, los animales y las plantas, etc. La diferencia entre los Sabios de Israel, a los que seguirán los Gnósticos valentinianos, respecto de los Filósofos Peripatéticos de Alejandría, es que, mientras éstos últimos extraían su Gnosis de la "contemplación" de la Naturaleza, como había enseñado en su obra el gran Aristóteles, los Sabios de Israel, en Alejandría, alcanzaban el mismo conocimiento pero por medio de la "Revelación" directa del Espíritu de Sabiduría, procedente de Dios, el Creador del Cosmos.

En Pablo no hay una idea clara de Trinidad, está por un lado Dios Padre, y el Hijo, que es también Espíritu, cuando se revela a las Iglesias (Ekklêsía que quiere decir simplemente Asamblea), y deja descender su Gnosis entre los Cristianos, y así "a uno le es dada por el Espíritu la palabra de Sabiduría (lógos sofías), a otro palabra de conocimiento (lógos gnôseôs) conforme al mismo Espíritu, a otro fe (pístis) en el mismo Espíritu, y a otro carismas de santidad (jarísmata iamátôn) en un sólo Espíritu; a otro de actividades de poder (energêmata dynámeôn); a otro, profecía (profêteía)..." En definitiva, Pablo enuncia todas las facultades del Sabio de Israel: Sabiduría, Gnosis, Fe, Santidad, Poder, Profecía... Las cualidades que confiere el Espíritu de Sabiduría que buscaban los Sabios de Israel, tal como testimonian el Libro de la Sabiduría y el Ben Sirac.

Esta tradición sapiencial, que encierra el origen de la Gnosis revelada por el Espíritu de la que hablan, sobre todo los Libros de Sabiduría judíos y Pablo en sus epístolas, es la misma que se difunde en las comunidades gnósticas fundadas por Valentín. Los Gnósticos Valentinianos también aspiran a una Gnosis, esperan la revelación del Espíritu de Sabiduría, y por ello, los que lo recibían, se consideraban "pneumáticos", es decir, iniciados en los Misterios de la Gnosis, la Gnosis de los Espirituales que tiene su origen igualmente en Pablo, en la Epístola a los Romanos. Es en Roma donde, curiosamente, enseñó Valentín, y más tarde Plotino, el fundador de la Escuela Neoplatónica, que mantuvo una fuerte polémica con los gnósticos valentinianos, entre los que se contaban algunos alumnos suyos, por lo que éstos debieron ser en la ciudad eterna, tanto o más numerosos que los cristianos más ortodoxos.

Por tanto, podemos decir, en conclusión, que el Gnosticismo Valentiniano y en general todas las Escuelas Gnósticas que proliferaron en el siglo II de nuestra era, no eran nada extraño, como los pintan los heresiólogos y teólogos cristianos contemporáneos a aquellos. Sino que se trataba de una cristianización de la tradición sapiencial judía, en su versión más helenizada e influenciada por la cultura alejandrina, fascinada sobre todo por el descubrimiento de la Naturaleza, bien fuera por la observación directa de los fenómenos, bien fuera por la invocación del Espíritu procedente del Creador del Cosmos, cuyo conocimiento todos estaban de acuerdo en denominar: Gnosis.



Juan Almirall

lunes, 6 de abril de 2009

GNOSIS O DOGMA

GNOSIS significa "conocimiento" en griego, la verdadera lengua original del CRISTIANISMO. DOGMA, sin embargo, significa "decreto", supone una verdad, supuestamente, revelada, que nos impone una fe ciega. Se convierte en un precepto inmutable, es decir, un precepto que debe permanecer igual, sin cambios, a lo largo de los siglos.
A los pocos años de aparecer el CRISTIANISMO apareció la GNOSIS, pues la nueva revelación, EVANGELIOS, era una llamada universal a todos los hombres, una llamada proferida en la lengua de la ECUMENE, la lengua de los GRIEGOS. Y decir "GRIEGO" era decir FILOSOFÍA, era evocar a los AEDOS, al gran HOMERO, a ALEJANDRO MAGNO y a la gran ATENAS. GRECIA suponía el ESPÍRITU CLÁSICO Y UNIVERSAL, frente a las religiones y culturas locales. GRECIA era el origen de la GNOSIS, el camino hacia la SOPHIA y el LOGOS. El Evangelio de Juan está lleno de GNOSIS, las Epístolas de Pablo ordenan las comunidades ekklesiales (asamblearias) con la GNOSIS del ESPÍRITU SANTO DEL CRISTO, el PARAKLITO, el verdadero camino hacia el PADRE.
El DOGMA comienza con los CONCILIOS y SÍNODOS de OBISPOS, de una IGLESIA que quiere afirmar su poder sobre las almas. Y el DOGMA será su perdición, pues cuando el ESPÍRITU HUMANO se vuelve LIBRE, abandona todo DOGMA, pues la VERDAD nunca ha sido revelada, es el CAMINO lo que nos revela el CRISTO. El DOGMA mata, la GNOSIS vivifica. El CRISTIANISMO es fruto de la FILOSOFÍA, de la CIENCIA y de las LETRAS CLÁSICAS y HELENÍSTICAS, por eso, el CRISTIANISMO está lleno de GNOSIS. El DOGMA y la TEOLOGÍA DOGMÁTICA sólo han dado problemas, y seguirán dándolos, lo mejor que pueden hacer los teólogos cristianos es evitar que los lean, pues la TEOLOGÍA enferma al ALMA, mientras que la GNOSIS le aporta LUZ y CURACIÓN. El ESPÍRITU reparte por igual todos sus dones sobre todos los miembros de la ASAMBLEA. Y unos se vuelven maestros, otros profetas, otros hablan lenguas, otros las interpretan, otros curan y otros hacen milagros, estos son los verdaderos signos del ESPÍRITU SANTO, de la GNOSIS, de la verdadera IGLESIA DEL PARAKLITO. Este es el verdadero MISTERIO del ESPÍRITU DEL CRISTO. El DOGMA mata, la GNOSIS vivifica.
Desde el CORAZÓN, manantial inagotable de la GNOSIS, kalê antámôsê.
Juan Almirall