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domingo, 2 de octubre de 2011

ALEJANDRIA Y LA SABIDURIA DE LAS FUERZAS INTERMEDIAS, POR JUAN ALMIRALL

“Él fue quien me dio conocimiento (gnosis) auténtico de los seres para saber la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos; el comienzo, el final y el medio de los tiempos, las alteraciones de los solsticios y los cambios de estación, los ciclos del año y las posiciones de los astros, la naturaleza de los animales y la bravura de las fieras, la violencia de los espíritus y los razonamientos de los hombres, las variedades de plantas y las virtualidades de las raíces, todo lo que existe, oculto o manifiesto conocí; ya que la Sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó” (Sab. 7, 17-22).

El libro de la Sabiduría tiene sus orígenes en el pensamiento alejandrino de época helenistica (siglo III a. C. hasta aproximadamente el siglo IV de nuestra era). El antiguo pensamiento faraónico sobre las fuerzas de la naturaleza y el cosmos, sobre los dioses o Neter, fuerzas vivas que animan toda la creación, la signatura rerum, el sello del Creador en las cosas, se transforma en Alejandría en la Sabiduría de Isis, del Alma del Mundo. El Universo es un ser animado, un animal, una criatura dotada de Alma. Y su conocimiento, su gnosis, es la Sabiduría. En esta Sabiduría alejandrina se encuentran neoplatónicos paganos, judíos sapiencialistas y gnósticos cristianos. Pues la Sabiduría es la ciencia de las ciencias, es el conocimiento del Alma velada del Mundo, de la diosa Isis que esconde su rostro tras un velo.
En la Alejandría helenista se vivió una de las más importantes manifestaciones del Idealismo humano. Cuando uno mira la Naturaleza a partir de un idealismo tal, no solo ve su hermosura, sino que observa las fuerzas que la animan, es imposible para la mirada idealista no ver a la Naturaleza como un único ser vivo, como el Todo viviente de los alquimistas. Son estas fuerzas vivas las que el mago trata de domeñar. Primero las fuerzas elementales, las fuerzas de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Luego las fuerzas anímicas de los planetas, la influencia acuática de la Luna, la inteligencia de Mercurio, la belleza de Venus, la alegría y luminosidad del Sol, la violencia y fuerza de Marte, la plenitud y realeza de Júpiter y la noche saturnal, la oscuridad y tristeza de Saturno. En todos estos dominios del cosmos los paganos pusieron a sus dioses, los gnósticos a sus arcontes y los sapiencialistas judíos a sus potencias. Todo está animado por las potencias, las fuerzas vivas que separan al mundo de la Inteligencia Pura, del Uno silencioso e inmutable. El mundo es un hormiguero lleno de actividad, efímeras personitas vamos de un lado para otro como hormigas, sin saber muy bien qué nos mueve a desplazarnos. Por encima y muy alejado de este hormiguero se encuentra el Uno, el Inefable, en su Trono transcendental. El da unidad, lo unifica todo, Plotino dirá: "todo proviene de El y todo aspira a regresar hacia El". Los alquimistas dirán "El es el Todo" (Hén tó pán). Y entre El y el mundo, como en todo ser vivo, entre la consciencia única e individual, y las infinitas células, hay grandes y pequeñas fuerzas rectoras, que mueven el organismo.
La Sabiduría, el Alma del Mundo, es una, y en su vientre existimos, en el lamento de Goethe vemos resurgir una nueva mirada idealista a la Sabiduría Alma del Mundo: "¡Naturaleza! Por ella estamos rodeados y envueltos, incapaces de salir de ella e incapaces de penetrar más profundamente en ella. Sin ser requerida y sin avisar nos arrastra en el torbellino de su danza y se mueve con nosotros hasta que, cansados, caemos rendidos en sus brazos. Crea eternamente nuevas formas; lo que aquí es, antes aún no había sido jamás; lo que fue no vuelve a ser de nuevo. Todo es nuevo y, sin embargo, siempre antiguo. Vivimos en su seno y le somos extraños. Habla continuamente con nosotros y no nos revela su secreto. Actuamos constantemente sobre ella y, sin embargo, no tenemos sobre ella ningún poder. Parece haberlo orientado todo sobre la individualidad y nada le importan los individuos. Construye siempre y siempre destruye, y su taller es inaccesible. Vive toda en sus hijos, pero la madre ¿dónde está?"
Dionisio Areopagita dio nombres a las fuerzas intermedias del Universo, las llamó Ángeles, Arcángeles y Principados, fuerzas mentales, Potestades, Virtudes y Dominaciones, fuerzas demiúrgicas, Tronos, Querubines y Serafines, fuerzas inflamadas por el contacto divino. Dante las repartió por el cosmos en su Divina Comedia, en el círculo lunar los Ángeles, en el círculo de Mercurio los Arcángeles, en el círculo de Venus los Principados, las Potestades en el Sol, las Virtudes en Marte, las Dominaciones en Júpiter, los Tronos en Saturno, en el Cielo Cristalino los Querubines y en el Empíreo los Serafines... La mente angélica movía las esferas del Alma del Mundo, al igual que el estómago mueve los alimentos, el corazón la sangre, los pulmones el oxígeno, los riñones la orina, etc. Fuerzas vivas que solo la mente idealista es capaz de observar en la Naturaleza. La Sinfonía de las Esferas. El canto de las Ondinas. La exhalación de las Salamandras...

martes, 9 de noviembre de 2010

"ENTORNO CULTURAL DEL CRISTIANISMO ANTIGUO", Juan Almirall

Hemos dado un vistazo a las fuentes judías, antecendente incuestionable del Cristianismo. Sin embargo, el judaísmo farisáico que determinó la primera fase del Cristianismo, además se caracterizó por una marcada influencia helenística. Por eso, vamos a intentar aproximarnos a las fuentes helenísticas y sus sucesivas incorporaciones al conjunto dogmático Cristiano. Sin duda, la principal incorporación es la de Pablo, que era un judío fuertemente helenizado, y su fariseísmo estaba teñido de importantes influencias helenísticas, sobre todo de la Escuela Estoica. Por ello, algunas mentes eruditas han intentado encontrar puntos de contactos con el Neoestoicismo romano, en particular de Séneca, que además fue contemporáneo de Pablo. Sin duda, el Estoicismo es la escuela filosófica más extendida en el Imperio y en la época. Pero el estoicismo medio y el neoestoicismo está fuertemente afectados por el sincretismo filosófico y religioso de lo que se ha llamado eclecticismo académico, de Antíoco de Ascalón, seguido por Cicerón, que combina, principalmente, las doctrinas estóicas del gran Posidonio de Apamea, con un cierto platonismo y peripatetismo. Antíoco de Ascalón viajó a Alejandría con su maestro Filón de Larisa, el último de los grandes autores escépticos y que cierra la etapa del escepticismo académico. En Alejandría dejó escuela, y unos años más tarde veremos aparecer una figura ecléctica fundamental en toda la filosofía platónica y neoplatónica, que finalmente se llegará a imponer, entre los últimos reductos del helenismo, y que fue el judío Filón de Alejandría, con sus doctrinas sobre el Lógos y el Noûs, y su interpretación filosófica de la Escritura. Sin duda, la segunda gran incursión del Cristianismo en el Helenismo fue la de Orígenes de Alejandría, que en realidad era un simple continuador y seguidor de Filón en su labor exegética, siguiéndo la interpretación alegórica de la escuela judía de Filón, en la misma Alejandría. Orígenes encuentra en los comentarios filonianos una fácil justificación de la doctrina cristiana del Padre y del Hijo, en particular, en la doctrina sobre el Noûs y el Lógos de Filón. Pero, ni Filón fue un gran filósofo, ni tampoco lo fue Orígenes. A pesar de que a ellos se debe un nuevo producto cultural, que absorverá todo el debate religioso a partir del siglo III: la Teología Cristiana. Los judíos pronto abandonarán las cuestiones teológicas y cosmológicas, heredadas del debate filosófico y metafísico, quedando de forma residual algunas cuestiones en su tradición mística, y se centraron en la interpretación de la Ley y la ética del pueblo judío. Sin embargo, los teólogos cristianos encontraron una nueva distracción en la construcción del dogma, que a la vez, permitía vehiculizar importantes cuestiones políticas, entre las principales sedes patriarcales del Imperio. La Teología Cristiana no era otra cosa que la herencia de Orígenes, sin duda el más grande teólogo de la Cristiandad, que, en realidad, fue un mal filósofo, pues dejó gran cantidad de temas por resolver y no presentó un sistema coherente y sólido, como sí lo hicieron los grandes filósofos de la Escuela Neoplatónica, despreciados abiertamente, pero admirados en secreto, por una gran cantidad de teólogos cristianos, que vieron muy limitadas sus posibilidades de especulación y experiencia, por culpa del dogma y el poder, que condicionaba y limitaba su pensamiento. Plotino, el más grande de la Escuela Neoplatónica, Porfírio el padre de los Universales, Jámblico el teurgo y matemático, y Proclo de Licia, el más grande de todos los dialécticos e interpretes de Platón. Antes de todo ello, el Cristianismo tuvo que batallar con algunas religiones que ganaban adeptos en el Imperio, como eran la Religión Egipcia de Isis y el Hermetismo, la religión de los Oráculos Caldeos, los Misterios de Mitra, tal vez demasiado sangrientos, para una sensibilidad que estaba cambiando, y una Religión Helénica, que incorporaba el Orfismo, y que poco a poco intentaba organizarse. La Religión griega encontraba una más fácil adaptación a la teología filosófica, muy en boga entre las clases cultas del Imperio. Intentaremos presentar algunas de estas doctrinas, muchas de las cuales fueron literalmente plagiadas, otras forzadas y violentadas, para construir la Teología dogmática del Cristianismo, que adolecía de una importante falta de originalidad. La construcción del pensamiento cristiano tiene dos fases: a) la fase inicial, caracterizada por la particular visión universalista del fariseísmo helenizado de Pablo; b) la incorporación de la filosofía helenística en el debate sobre el dogma cristiano, a partir del siglo III, de la mano de Orígenes de Alejandría. La aportación de los Padres Apologistas, como Justino y compañía, es bastante pobre, y sus tediosas obras, son de poca enjundia filosófica.

martes, 8 de diciembre de 2009

Comentario: "Jewish Gnosis and Mandean Gnosticism: Some Reflections on the Writing Brontè" de G. Quispel

LES TEXTES DE NAG HAMMADI Colloque du Centre d'Histoire des Religions (Strasbourg, 23-25 octobre 1974), édité par JACQUES-É. MÉNARD, VOL. VII, Leiden, E. J. Brill, 1975, GILLES QUISPEL, “Jewish Gnosis and Mandean Gnosticism: Some Reflections on the Writing Brontè”, pp. 82 – 122.

G. Quispel, el gran estudioso holandés de los textos de Nag Hammadi, dedica este artículo al texto “El trueno, El Noûs perfecto” de la colección de textos de Nag Hammadi (VI, pp. 13 – 21). El nombre “tebrontè” o mejor “nebrontè” del tratado, tal como también se podría leer, coincide con el nombre de la divinidad femenina de la que hablan mandeos y maniqueos. En este texto, Sofía se introduce a sí misma, como el principio y el fin, como la prostituta y la santa. No se trata de un texto cristiano, ni tampoco tipicamente gnóstico. Se trata de un texto judío, del más puro estilo sapiencial, tal como justifica Quispel.

En el texto, la Sabiduría aparece como la esposa del Dios de Israel, y la madre y protectora de los sabios. El estilo de la obra está fuertemente influenciado por la aretalogía de Isis, al igual que el libro de la Sabiduría que forma parte del canon griego del Antiguo Testamento. Esto le permite al autor establecer ciertas semejanzas entre la diosa egipcia Isis y la Sabiduría de los sabios de Isreal, en este caso, los sabios pertenecientes a la Diáspora de Alejandría. En estas obras alejandrinas la Sabiduría aparece como una hipóstasis, que unas veces juega ante su Señor (Prov. 8: 22 – 31), o que dispone de una casa con siete columnas (Prov. 9: 1). Esta hipóstasis de la Sabiduría la vincula con la divinidad femenina de los mandeos: Rûhâ dQudsa, y le permite reconstruir una tradición judía, rechazada por los talmudistas, en la que Dios tenía su esposa: Sofía, tal como testimonia Filón de Alejandría. Existía en Samaría un culto a la esposa divina de Dios, Anat Jahu, también documentado en Egipto. El nombre que los griegos daban a Jahu era el de Iao, nombre citado a menudo en textos gnósticos y papiros de magia.
Una cuestión que preocupa al autor sobre manera es la relativa a la prostitución de Sofía, de la cual solo se pueden encontrar antecedentes en las diosas sirias y caldeas, Ishtar y Astarté, así como en los mitos sincréticos helenísticos, que identificaban a Sofía con Helena de Troya. Esto acerca a la Sofía judía al concepto gnóstico de Sofía, el eón caído, que tan bien se representaba en la gnosis pre-cristiana de Simón el Mago.
Este artículo nos introduce en los antecedentes que permitieron la construcción del mito en torno a la hipóstasis gnóstica de Sofía, un eón caído, por culpa de su deseo de procreación al margen del orden al que pertenecía, en definitiva, como una prostituta divina, de la cual se encuentran algunos antecedentes en las antiguas religiones de Oriente medio. Pero tal vez lo más inquietante del tema sean esos extraños vínculos sincréticos entre la Sabiduría de ciertas corrientes judías, la Isis greco-egipcia y el eón Sofía de los gnósticos, cuyo lugar de encuentro es sin duda Alejandría.

Juan Almirall

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL HELENISMO, LA ÚLTIMA RELIGIÓN PAGANA

Generalmente, se denomina HELENISMO a la cultura que floreció en los restos del Imperio mecedonio de Alejandro Magno, tras su muerte, en el año 323 a.C. El pequeño universo helénico se amplió hasta prácticamente los confines del mundo. Las pequeñas polis, con sus murallas y presididas por el templo de un dios tutelar, se fundieron en un nuevo universo, donde el factor de unión era la lengua: el griego. Apareció el concepto de "cosmopolita", el ciudadano del cosmos. Así que el espíritu griego transformó la conciencia localista de los seres humanos en un conciencia cosmopolita. La contraparte de ésto fue el nacimiento de una cultura pesimista, de seres desamparados y desprotegidos, una especie de agrofobia se apoderó de los seres humanos, que vieron desaparecer el poder local de los dioses de la polis, y una ampliación inmensa de las fronteras culturales. Vieron llegar dioses nuevos, ritos y tradiciones nuevas, que pudieron implantarse con tranquilidad en sus viejas polis.

Esta época vio aparecer nuevos tipos de filosofía, sobre todo, la filosofía estóica, que intentaba dar respuesta a esa sensación de soledad que se apoderó del individuo. Las filosofías de esta época ponen su acento en una ética, que en la mayoría de los casos tiene una dimensión soteriológica. Pues el ser humano tenía que ser salvado de este mundo amplio y cruel, donde ya no actuaban aquellos dioses paternales y protectores de la polis. También asistimos, en esta época, a la desaparición de las antiguas teocracias, con la decadencia de su clero, la casta sacerdotal perdió su poder y protagonismo. Esta es también la razón por la que proliferan en esta época los cultos mistéricos, un sistema religioso basado en la relación del individuo con los dioses, cuya forma más común es la iniciación.


En tiempos ya del Cristianismo oficial, es decir, a partir del Edicto de Milán (313), se comenzó a denominar HELENISMO a la última manifestación de la religión pagana. Una religión que ya nada tenía que ver con aquella que se fundaba en los poemas de Homero y que básicamente tenía su fuente de inspiración en los divinos oráculos del dios Apolo. El HELENISMO tardío, era una mezcla de antiguas creencias de muy diversos orígenes, y filosofía, principalmente, Neoplatónica.


El Neoplatonismo tenía una gran diversidad de fuentes, la principal era, sin duda, el Platonismo, pero pitagorizante. También bebía del Estoicismo y del Peripatetismo alejandrino. Y finalmente, la Teurgia coronaba la Filosofía Neoplatónica, que era más una Teología, que una Filosofía propiamente dicha. Podemos, pues, hablar de Teología Neoplatónica, que se inspiraba en Platón, Aristóteles y otros autores estóicos, sobre todo, Posidonio de Apamea, pero también de una colección de las llamadas Rapsodias Órficas, que contenían diversas Teogonias y Cosmologías, los Oráculas Caldeos y los famosos Libros Herméticos egipcios. Estos eran los libros teúrgicos o mágicos, de lo que se consideraba una Ciencia Sagrada.


Todos estos elementos daban cuerpo a una Teología sumamente sofisticada, como nunca más ha conocido Occidente, presidida por la idea de un Dios primero y único, hypsitos, el Uno de los filósofos, que en la religión popular se convirtió en Zeus Helios, o cualquiera otra divinidad suprema, incluso Isis para los cultos mistéricos egipcios, donde esta diosa era divinidad suprema y encarnaba el Alma del Mundo, en su conjunto. Pero para los teólogos neoplatónicos, el Uno era un dios supra inteligible, de él habían emanado, pues no podía crear, dada su perfección e inmovilidad absolutas, una serie de dioses inteligibles, que se identificaban con las Ideas de Platón. Tras éstas, también estaban divinizados los Números Divinos, y luego el propio Intelecto, al que llamaban Cronos, es decir Saturno, el padre de Zeus, al que identificaron con el Demiurgo de Platón. Y tras Zeus Demiurgo, se encontraban toda una serie de divinidades llamadas Hipercósmicas o trascendentes, entre las que encontramos las doce divinidades centrales: un segundo Zeus, Hera, Poseidón, Hades, Apolo, etc. A los dioses Hipercósmicos, que colaboraban en la actividad demiúrgica, les seguían los dioses Encósmicos, vinculados con el mundo. Estos dioses tenían una actividad conservadora, elevadora y purificadora tanto de las almas individuales, como del propio cosmos. Seguían a los dioses, los ángeles con sus arcángeles, los daimones (o demonios, que no tenían necesariamente el carácter maléfico del que les dotaron los cristianos), los héroes y las almas divinas.


Estas divinidades o espíritus poblaban el cosmos invisible, y formaban cadenas, que partían de determinados dioses trascendentes, es decir, un dios trascendente inteligible se encontraba en el origen de, por ejemplo, la cadena demiúrgica, seguía el propio Intelecto Demiurgo (Zeus), y los dioses Hipercósmicos, en su actividad creadora, que, además, eran ayudados por ángeles, arcángeles y demonios... De esta manera estaban formadas las distintas cadenas divinas.
Pues bien, el Neoplatonismo ofrecía la posibilidad de "CONVERSIÓN" hacia el Uno a través de estas cadenas de dioses. Este concepto es fundamental en el Neoplatonismo, pues constituye la propuesta de salvación de esta escuela, y el fundamento filosófico de los distintos Misterios, en los que todo el mundo se iniciaba. En los Misterios de Mitra, Mitra una divinidad solar era el dios elevador y purificador encargado de la conversión de sus mistes e iniciados, cosa que hacía en siete distintas iniciaciones, relacionadas con las siete esferas planetarias. En los Misterios de Isis era ésta la Diosa elevadora y purificadora, que acompañaba a sus iniciados completamente consagrados a Ella, por todo el Cosmos. En los antiguos Misterios de Eleusis, Dioniso y las diosas infernales (Perséfone, Demeter o Hécate). Lo mismo sucedía con los Misterios de Atis y Cibeles, de Adonis, etc.


En muchos papiros de esta época vemos también como se mencionan a divinidades gnósticas, como Ieu, Yaldabaoth, Abraxas, etc. El Gnosticismo, más que una extraña secta heréretica del Cristianismo, fue la forma más normal en que se manifestó el Cristianismo egipcio, y sus referencias inundan los textos y fragmentos egipcios de ésta época. Y también encontramos algunas referencias a la Religión de Moisés, que muchas veces aparece como un profeta a la altura de Hermes Trismegisto o Zoroastro. Lo cierto es que, lejos de ser exclusivista, la religión popular pagana en la época del Imperio Romano, fue un conjunto de creencias asimiladas, con una potente base filosófica, que aceptaba todo tipo de formas cultuales, rituales, litúrgicas y sobre todo, mágicas.


Juan Almirall