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sábado, 18 de junio de 2011

El circulo cabalistico de Girona, 9 Juan Almirall

El circulo cabalistico de Girona, 8 Juan Almirall

El circulo cabalistico de Girona 7, Juan Almirall

El circulo cabalístico de Girona 6, Juan Almirall

El circulo cabalistico de Girona, 5bis Juan Almirall

El circulo cabalistico de Girona, 5 Juan Almirall

EL CÍRCULO CABALÍSTICO DE GIRONA, JUAN ALMIRALL

Hablar de la Cábala judía es algo complicado, porque el pueblo judío ha sido muy celoso de su cultura, pretendidamente muy genuina, e incontaminada de los desarrollos de la cultura de su entorno. Ha habido un fuerte rechazo de las fuentes judías no escritas en hebreo o arameo, lenguas de Palestina, del que es un ejemplo claro la exclusión de Filón de Alejandría, autor egipcio judío que escribió su obra en griego. Igualmente, hay algunos textos del Antiguo Testamento rechazados del canon judío, que sin embargo, formaban parte de las fuentes griegas que se incorporaron al canon cristiano, como es el Libro de la Sabiduría, cuya versión hebrea se ha encontrado tardíamente, y por ello no pudo formar parte del canon judío, pero sí del canon cristiano.

El origen de la Cábala hay que buscarlo en la sopa cultural de la época helenística, donde se escribieron los textos más antiguos, como son la literatura de la Merkabah y el Sefer Yetzirah, obras claves para el inicio de la literatura cabalística medieval, y en los que se advierten dos clases de influencias propias de la época helenística. Estas dos tendencias son, en primer lugar, el llamado Platonismo medio, en el cual se enmarca la literatura hermética del filósofo egipcio Hermes Trismegisto, y la literatura gnóstica judía y cristiana. Veremos como uno de los rasgos esenciales y característicos de esta literatura medio platónica, el viaje del alma por el cosmos y algunas de las visiones de los filósofos herméticos y los místicos gnósticos, se trasladan a la literatura de la Merkabah. La segunda influencia en la Cábala de una corriente helenística, más tardía, es la llamada Neoplatonismo, que se caracteriza por el protagonismo de los aspectos más pitagorizantes de la filosofía de Platón, estos elementos pitagóricos aparecen en la teoría de las Sefirot del Sefer Yetzirah.

El Platonismo Medio, más antiguo que el Neoplatonismo, se caracterizaba porque los filósofos herméticos y los gnósticos habían descrito el viaje del alma a través de los distintos cielos, los siete cielos, donde el alma iba dejando atrás sus distintas pasiones inferiores, tal como lo describe Hermes en el famoso Diálogo llamado Poimandres. Este viaje del alma a través de las esferas es uno de los elementos más característicos de la literatura filosófica del Platonismo Medio. Si se entiende esto, se verá muy claro que la Literatura de la Merkabah y de los Hekhalot o los Palacios, que el alma tenía que atravesar hasta llegar al Trono de Dios, definido por Ezequiel como un Carro (Merkabah), comparte la misma preocupación con los filósofos del Platonismo Medio. Los Hekhalot coinciden con las siete esferas celestes correspondientes a los siete planetas, más allá de los cuales se encontraba el Kabot, la gloria de Dios, y se podía admirar el Carro o Merkabah, de Dios. De hecho la crítica histórica de la Cábala coloca la Merkabah y la Literatura de los Hakhalot contemporánea al gnosticismo cristiano y al hermetismo.

En nuestra tradición greco-latina se han conservado pocos testimonios de filósofos que además fueran místicos. Sin duda el más importante de ellos fue el Neoplatónico Plotino. Este autor, filósofo platónico y místico, de origen egipcio, construyó un elegante sistema filosófico apoyado en su experiencia espiritual. Su obra no tiene nada, absolutamente nada, de especulativa, las Eneadas de Plotino son una explicación racional, inspirada en el Platón más pitagórico, de una experiencia espiritual muy profunda. Plotino habló de un Dios perfecto y trascendente, al que llamó el Uno, que se encontraba más allá del Pensamiento, el Noûs, y del Alma-Naturalez, y del que él había tenido una experiencia clara y explicable. Sus seguidores, Porfirio, el mago pitagórico Jámblico de Calcis y Proclo, filósofos neoplatónicos paganos, del siglo III al V, desarrollaron las doctrinas sobre el movimiento de salida y de retorno al Uno de todas las cosas, ya fueran pensamientos, deseos y cualquier objeto creado, todo surge del Uno por emanación, y todo anhela desesperadamente regresar al Uno por conversión, el llamado movimiento de retorno al Uno.

Proclo, el más genial de los seguidores de Plotino, describió una jerarquía de nueve grados, por los que el alma intelectual tenía que pasar para regresar al Uno. Esta jerarquía pasó al cristianismo de la mano de Dionisio Areopagita, y su jerarquía angélica, los rangos del intelecto divino del filósofo pagano, se convirtieron en distintos rangos de ángeles, que gobernaban las esferas celestes.

Las Nueve Jerarquías del Intelecto, intermedias entre el Uno y el Alma, que surgen por emanación del Uno, y que son las Ideas de Platón, sobre todo los rangos superiores de estas famosas Ideas, las llamadas Ideas Número, de la Teología pitagórica de la Aritmética, se transformarán en el Sefer Yetzirah en los Diez Sefirot Belimah, es decir el Intelecto o Espíritu Divino, el Espíritu de Sabiduría (Hokhmah), emanado del Uno, el Ein-sof. En esta obra antigua se ve muy claramente la influencia del Pitagorismo Neoplatónico, pues las restantes Sefirot son límites de la Creación: Arriba, Abajo, Levante, Poniente, Norte y Sur, las delimitaciones del Cosmos.

Con estos dos ingredientes filosóficos, más una tradición exegética, de la interpretación alegórica de la Biblia, que los sabios de Israel y después los rabinos venían utilizando para ir explicando y aplicando la Ley Divina, tenemos la primera Cábala, que aparece en Provenza, y del que la figura más destacada fue un rabino de gran prestigio, llamado Isaac el Ciego, maestro de dos autores del Círculo de Girona: Ezra y Azriel. La diferencia de los dos catalanes respecto de su maestro francés, fue que el primero siempre consideró la interpretación cabalística como algo que debía enseñarse y transmitirse de forma esotérica, es decir, a una élite de personas capaces de entender y de guardar los profundos secretos divinos, mientras que Ezra y Azriel de Girona se lanzaron a publicar abiertamente los conocimientos recibidos, exponiendo los grandes secretos y verdades cabalísticas a un público, a menudo incapaz de entender esa misteriosa tradición, que hay que decir, que además de una interpretación filosófica, era un camino de realización espiritual, que dirigía el alma hacia la contemplación directa de Dios.

Hay quien ha definido la moderna religión judía como una vía de estudio de la Ley (Halajah) y sus aplicaciones. Sin duda, se trata de una forma de evolución del judaísmo rabínico o sapiencial, que comenzó sobre todo con la secta de los fariseos, en la época de la dinastía Asmonéa, esto es en los tiempos del Imperio Romano. Los maestros de sabiduría fariseos se convirtieron, más tarde, en los modernos rabinos, cabezas de las sinagogas, tras la destrucción del segundo Templo. Los fariseos eran maestros de sabiduría, o al menos este era su ideal, en la época del segundo Templo, por su lado los modernos rabinos son igualmente sabios intérpretes de la Ley. Tras la destrucción del Templo los rabinos se especializaron primero en la Mishnah y más tarde en el Talmud. Las comunidades judías se agrupaban en torno al rabino o la corte rabínica, junto a la que se encontraban los hasidim (puros o cátaros) y los pherushim (separados o fariseos, ya con otra connotación), y en Francia, Alemania y España, aparecieron Escuelas Talmúdicas, de entre las que destacaron la de Narbona y Barcelona. La actividad cultural de las comunidades judías era muy grande, y el centro de esta actividad cultural era el estudio de la Ley, Halajah, escrita y oral, la Torah y el Talmud. Los hasidim y pherushim se encerraban en lugares de estudio, los Beit Midrash, donde se consagraban a la lectura y la práctica de los preceptos de la Ley, siguiendo unas reglas de pureza extrema.

Así comenzó a implantarse la idea del exilio de la Shekhinah, la presencia divina que se encontraba en el Templo de Jerusalén, ahora parecía manifestarse en los beit midrash, gracias a la consagración y la pureza de los hasidim y pherushim, que vivían prácticamente encerrados leyendo y estudiando la Palabra de Dios. Allí se volvió a manifestar la Shekhinah, y comenzaron las revelaciones misteriosas. Los libros que leían los estudiantes no eran solamente la Torah y sus comentarios talmúdicos y rabínicos, también circulaban por el beit midrash obras antiguas sobre la visión de Ezequiel, la literatura relativa a la Merkabah y los Hakhalot, así como una obrita igualmente antigua, el Sefer Yetzirá, en la que se aprecian algunas influencias del Neoplatonismo pitagórico de los siglos IV y V, de la escuela de Jámblico de Calcis, sobre todo en lo relativo a su Teología Aritmética, donde se desvelan los significados de los diez números que forman la divina Tetratkis.

La Tetratkis neoplatónica se transforma en las diez sefirot belimah, que en el arcaico Sefer Yetzitrá son: Ruah de Dios vivo, Ruah del Ruah del que surgen las 22 letras del alfabeto hebreo: tres madres, siete dobles y doce simples, el Espíritu del Agua, el Fuego del Agua, y los 6 límites: Arriba, Abajo, Este, Oeste, Norte y Sur. Una vez marcados los límites y con los elementos de la Creación, por medio de las combinaciones de letras, Dios creó todo el Universo de la Nada primordial, que Él era. Este es el argumento de esta simple obrita que tantos comentarios generó. Y los primeros que comenzaron a comentar e interpretar la Merkabah, la Literatura de los Hakhalot y el Sefer Yetzirah fueron importantes rabinos de las familias que gobernaban las Escuelas Talmúdicas, así los estudiantes de la Halajah, también comenzaron a estudiar y comentar estas obras teosóficas y teúrgicas, que fueron compuestas en época helenística.

Y el más famoso rabino y príncipe de rabinos que enseñó los misterios divinos encerrados en esta tradición o cábala teosófica y teúrgica, fue Isaac el Ciego de Provenza. Maestro cabalista, que se cuidó mucho de no desvelar sus enseñanzas más que al grupo de personas probadas y discípulos, que recibían el mandato de enseñar discretamente sus enseñanzas. Las enseñanzas divulgadas por los miembros del Círculo de Girona, son principalmente las doctrinas místicas de Isaac el Ciego, quien en un momento dado se quejó a rabí Nahmánides, por la imprudente divulgación de las doctrinas teosóficas y teúrgicas que él enseñaba, por parte de dos discípulos suyos: Ezra y Azriel, así como por parte de algunas personas en Castilla, y cita especialmente Burgos.

Las doctrinas más importantes de Isaac el Ciego tienen relación no solo con enseñanzas teosóficas sobre las letras y los números, sino sobre todo con la experiencia extática, fruto de un proceso de ascensión hasta la contemplación de lo divino, lo que se llamaba Kabanah o contemplación mística, y el Devakut o unificación con Dios, el Uno, en una línea muy similar a como lo describe Plotino en sus Eneadas.

Una religión consagrada al estudio debe tener por fuerza una gran producción literaria, pero una producción literaria que no puede ser ajena a las influencias culturales del entorno, y que necesariamente se vio afectada por las circunstancias históricas y culturales, que fueron contribuyendo al enriquecimiento de esta tradición religiosa, tan marcada por el estudio y el libro. Sin embargo, los guardianes de esta tradición siempre han sido muy reacios a aceptar e incorporar en la misma, literatura escrita en una lengua distinta del hebreo o el arameo, por lo que a menudo se hace difícil seguir la pista a los desarrollos literarios del judaísmo, primero por la dificultad de la lengua, y segundo por la exclusión de algunos textos fundamentales y claves de entre las fuentes esenciales.

El texto esencial del Judaísmo es sin duda la Torah, los cinco libros que los griegos llamaron Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Se trata de los cinco libros atribuidos a Moisés, el libertador del Pueblo de Israel de la exilio egipcio. Después del Pentateuco tenemos los libros históricos, que relatan el reparto de la Tierra Prometida entre las 12 tribus de Israel y la formación de un único reino, con su primer rey: Saul, después el rey David y su hijo Salomón, que construyeron un palacio y el Templo en la ciudad de Jerusalén. Pero el reino de Israel se encontraba en una zona estratégica, y sin duda se trataba de un pueblo muy guerrillero pero pequeño, por lo que no pudo contener las invasiones de los Imperios vecinos: asirio-babilónico, persa, griego y romano. Así que el pueblo de Israel y la ciudad de Jerusalén fueron en primer lugar conquistados, y deportados a Babilonia en el siglo VI a.C. En el exilio de Babilonia comienza una literatura mística muy importante, la literatura profética, que intentaba explicar porqué Yahveh había abandonado a su pueblo, y la razón se encontraba en sus muchos pecados. Los profetas que tenían visiones de Dios y que transmitían sus revelaciones, crearon la idea del Mesías, es decir, el Ungido, un Rey que devolvería al pueblo de Israel su gloria, y que volvería a ocupar el Trono de Israel, bajo el patrocinio y protección de Dios. Estos son los famosos profetas, de entre los que destacan las profecías de Isaías, Jeremías o Ezequiel.

Pero el género literario que más nos interesa, es un tipo de literatura tardía, que recoge tradiciones orales de sabiduría, proverbios y sentencias de los Sabios de Israel, muchos de ellos atribuidos al hombre más sabio de la tradición: el rey Salomón. Cuatro son los libros de sabiduría o sapienciales que nos parecen más importantes: Proverbios, Qohélet (Eclesiastés), el Libro de la Sabiduría de Jesús, ben Sirá (Eclesiástico) y el Libro de la Sabiduría, este último, compuesto en torno a los siglos II y I a.C., conocido principalmente en su versión griega, por lo que no accedió al canon judío.

Esta literatura es esencial, pues se trata de una literatura que recoge la Sabiduría de Dios, Hokhmah, una Sefira esencial. Por supuesto estos no son los únicos libros sapienciales que se escribieron, pero sí son los que se popularizaron tanto entre judíos como entre cristianos. Sin duda esta es una literatura que tenía mucho que ver con un tipo de vivencia espiritual del pueblo judío, no solo en Palestina, sino por toda la Diáspora. Y tiene una figura esencial que es el Sabio de Israel, con su modelo en el Rey Salomón, pero que luego encontraron sus más claros exponentes en los Maestros de Sabiduría, inicialmente agrupados en distintas escuelas, de las que los Fariseos o Pherushim fue la más importante, y que luego evolucionó hacia el Rabinato actual. Los Maestros Fariseos, a diferencia de los Esenios, se mezclaban con la gente únicamente para enseñar, pues su nombre Pherushim significaba literalmente “separados” del mundo, por razones de pureza y más tarde para consagrarse al estudio. Unos nuevos fariseos, los persushim medievales se encerraban en los bei midrash durante años, y fueron los creadores, en Provenza y España de la tradición cabalística.

Continuando con las fuentes literarias del Judaísmo, la literatura canónica no acaba aquí, el pueblo judío palestino sufrió importantes persecuciones en su tierra, y sobre todo en la ciudad de Jerusalén, que fue arrasada y su Templo destruido en el año 70 por los romanos. En torno al año 200 se publica una obra muy importante que recoge la interpretación de los maestros, los rabinos de Israel, dando pautas de vida y normas derivadas de la interpretación de la Torah, la Ley escrita, esta obra se conoce con el nombre de Mishnah, y que más tarde se incorporaría a otras dos obras de hermenéutica legal, llamadas el Talmud de Jerusalén y el Talmud de Babilonia, publicadas en el siglo IV y siglo V de nuestra era.

Estas obras fundamentales de la literatura rabínica, fueron el centro de estudio junto con la Torah. La Torah o Ley escrita y el Talmud o Ley oral, forman juntas parte de la Halajah, y su interpretación se denominó midrash. Los rabinos y estudiantes de la Halajah se reunieron formando centros de estudio y escuelas talmúdicas, donde se encontraba el bei midrash. La Halajah poco se ocupaba de filosofía, si bien recogía algunas sentencias sapienciales, continuando con la tradición sapiencial del pueblo judío. Sin embargo, los estudiantes medievales de la Halajah encontraron cierta distracción del texto legal, en la historia de la Creación: Maseh Bereshit, así como en la literatura profética, sobre todo la visión extática de Ezequiel del Trono de Dios en forma de Carro o Merkabah. Sobre el primero de estos temas, circuló entre los estudiantes de Provenza y Girona el Sefer Yetzirah, el Libro de la Creación, que los primeros cabalistas comentaron en su práctica totalidad, y sobre el segundo tema, la Merkabah, circulaban algunos tratados titulados los Palacios (Hakhalot) mayores y los Hakhalot menores, a menudo se cuenta el ciclo de Enoch entre los textos de la Merkabah, pues se trata de visiones de las distintas esferas celestiales. Todos estos textos, como hemos visto, procedentes de época helenística, que se habían conservado en algunas comunidades judías, sobre todo, en Provenza y España.

De la interpretación de estas obras por algunos sabios rabinos, en Provenza y España, surge la primera literatura teosófica de la Cábala, que describe la experiencia mística inspirada en el Sefer Yetzirah y en la literatura de la Merkabah y los Hakhalot. El maestro más importante fue el francés Isaac el Ciego, y un grupo de discípulos suyos, que formaron el Círculo de Girona, en torno a la década de los años treinta del siglo XIII, que se denominaban a sí mismos la sociedad sagrada. Esta grupo estaba formado por el famoso rabino Nahmanides, Azriel y Ezra de Girona, discípulos de Isaac el Ciego, y contaba con un cantor litúrgico, Abraham ben Isaac Hazan.

Isaac el Ciego y su discípulo Azriel consideraban que Dios, el Primer Principio, era una Nada, al que llamaban Ein-sof, infinito o ilimitado. Esta idea procede de Escoto Eriúgena, autor neoplatónico cristiano, que tradujo el Corpus Dionsiacum de Dionisio Areopagita, y que en su obra Periphision habla de que Dios es una Nada incognoscible de la que procede toda la creación. Pero esa Nada no es un concepto especulativo o filosófico, sino fruto de una experiencia, lo que cambia las cosas en muchos sentidos. Se trata del resultado de una meditación, de una elevación más allá de todo pensamiento, allí está el Ein-sof, la Nada física y mental, como muestra este texto de Azriel de Girona: “Si alguien te pregunta: ¿Qué es Dios? Responde: Quien no es en modo alguno deficiente. Si te pregunta: ¿Existe alguna cosa fuera de él? Responde: Nada existe fuera de Él. Si te pregunta: ¿Cómo es que Él produjo el Ser a partir de la Nada, pues existe una gran diferencia entre el Ser y la Nada? El que produjo el Ser a partir de la Nada no carece por lo tanto de nada, pues el Ser está en la Nada a la manera de la Nada y la Nada está en el Ser a la manera del Ser. Y de esto dijo el autor del Sefer Yetzirá: Él hizo su Nada en su Ser, y no dijo: Hizo al Ser de la Nada. Esto nos enseña que la Nada es el Ser y el Ser es la Nada. No obstante, a la Nada se le llama portadora. Pero el lugar en el que el Ser se vincula al punto donde, desde la Nada, comienza a existir, se llama fe. Pues la fe no se relaciona con un ser visible y aprehensible, tampoco con la Nada invisible y desconocida, sino precisamente con el lugar en el que la Nada está unida al Ser. Pues el Ser no procede de la Nada sola; el Ser y la Nada juntos representan lo que se quiere decir cuando se emplea la frase: “Ser de la Nada”. El ser no es, por lo tanto, otra cosa que una Nada, y cada cosa es una en la simplicidad de la absoluta indistinción y a esto se refiere la advertencia: No especules demasiado, pues nuestro intelecto finito no puede asimilar la perfección de lo impenetrable que es uno con Ein-sof.”

Esta doctrina que procede de Isaac el Ciego, no tiene mucho sentido desde el punto de vista filosófico, pues equipara el Ser y la Nada o el no-ser, un imposible lógico y ontológico, por tanto, debe interpretarse como una experiencia extática, como el fruto de una teúrgia mística, y no como un discurso de orden racional. Pues es en este plano, no teológico, sino místico extático, donde aparece y tiene sentido la Creación ex nihilo. Dios, el Creador, del que todo procede y al que todo regresa (siguiendo la fórmula Neoplatónica) es el Ser, lo es Todo, es Experiencia absoluta, que solo se alcanza con el trance místico, y este trance solo se alcanza cuando el pensamiento es nada, así Ser (en el sentido de experiencia) y Nada (en el sentido de supra-mental), son lo mismo. Esta experiencia mística, además se encuentra en el origen de todo fenómeno tanto mental como físico, pues la experiencia de Ser, el Ser-Nada, es quien lo crea todo desde esa Esencia Ilimitada, del que todo brota por emanación.

Isaac el Ciego y Azriel de Girona, con esta doctrina de la Nada Infinita, Ein-sof, nos dan a entender que ellos tampoco eran simples filósofos especulativos o interpretes de otros, sino que tuvieron una experiencia de lo Divino, como algo más allá de la mente, que trataron de plasmar de alguna manera en sus escritos y oraciones, como antaño lo hicieron los filósofos místicos paganos, Plotino, Jámblico, Proclo o los autores cristianos Dioniso Areopagita y Escoto Eriugena.

Otra doctrina esencial entre los primeros cabalistas de Provenza y Girona es la relativa a las diez Sefirot. La primera vez que se citan las diez Sefirot es en el Sefer Yetzirah, donde aparecen como diez sefirot belimah, diez números: el Ruah de Dios vivo, Ruah del Ruah del que surgen las 22 letras, el Espíritu del Agua, el Fuego del Agua, y los 6 límites: Arriba, Abajo, Este, Oeste, Norte y Sur. Es Isaac el Ciego quien utiliza por primera vez el versículo 11, del capítulo 29 del primer libro de las Crónicas, la bendición del rey David cuando dice: “Tuya es, oh Yahveh, la Magnificiencia (Gedulah) y el Poder (Geburah), la Gloria (Tiferet), la Victoria (Netsah) y el Honor (Hod), pues tuyo es cuanto hay en los cielos y en la tierra. Tuyo es, oh Yahveh, el Reino (Malkut) y Tú eres excelso por encima de todo.” Las tres primeras Sefirot, Keter, Hokhmah y Binah (Corona, Sabiduría e Intelecto) ya se citan en el Sefer ha-Bahir, un oscuro libro de origen provenzal, publicado en tiempos de Isaac el Ciego, y que éste conocía. De hecho las tras primeras Sefirot son las tres hipóstasis clásicas de la literatura sapiencial y filosófica. A veces incluso aparece Hokhmah, Sabiduría como la primera Sefira, y es el Espíritu Ruah de Dios, por medio del cual todo fue creado y cuyo contacto revela la Gnosis, según el Libro de la Sabiduría. Binah o Intelecto, es el Noûs de los griegos.

Pero más allá de ser una simple especulación ontológica, estas diez emanaciones de la Nada mística, se citan sobre todo en el ámbito del misticismo de la oración y de la interpretación de algunos mandamientos rituales, y tienen su importancia en los estado de ascenso contemplativo o de el elevación escatológica del alma. De hecho, lo que aquí nos encontramos es con una sustitución de la mística de los Hakhalot por la mística de los Sefirot. Donde el alma tenía que recorrer esferas cósmicas, ahora asciende por distíntas hipóstasis o emanaciones del Ein-sof. De hecho este fenómeno no es nuevo, lo encontramos en los siglos II y III de nuestra era, con el paso del Platonismo Medio al Neoplatonismo, donde vemos como se desplaza lo que cada una de estas corrientes considera que es el primer principio: para el Platonismo Medio el primer principio es Intelecto, de manera que el viaje del alma era a través de la purificación en su ascenso por las distintas Esferas del Alma del Mundo; pero para el Neoplatonismo, existe un primer principio más allá del Intelecto, por tanto el viaje es a través de los distintos rangos del Intelecto, no a través de las Esferas Celestes, en total nueve Jerarquías Intelectuales que separaban el Intelecto Pasivo de los Inteligibles, o el Intelecto Agente. Para el Neoplatónico el final del viaje no será un Intelecto cósmico como en las doctrinas del Platonismo Medio, sino el Uno, una divinidad supra-intelectual.

Isaac el Ciego es, en este sentido afín al Neoplatonismo, sin embargo, su primer principio, supra-intelectual, será la Nada, Ein-sof, y las Sefirot, las emanaciones inteligibles de esta Nada. La primera Sefira es Mahshabah, o Pensamiento, el Noûs de los griegos, hasta aquí seguiríamos el modelo de Plotino, y su segunda Sefira es Hokhmah, la Sabiduría, que también podría equipararse al Alma hipostática de Plotino. Así, en Isaac el Ciego y sus discípulos de Girona, tendríamos a Dios, el Uno o la Nada, Ein-sof, el Intelecto Mahshabah y el Alma-Sabiduría, Hokhmah, a partir de la cual surge todo lo demás. “La energía de la Causa de las Causas es el Infinito, del que surge la primera sefirah que es Corona Suprema, llamada también Altura Superior. La sefirah Sabiduría esculpe y hace surgir la fuerza de la causa llamada Yod-Hé, que está en la energía de las esencias. De la fuerza de la sefirah Entendimiento (Binah) se extrae todo el edificio llamado Conocimiento (Da'at).” Se trata de un idea que ya encontramos en la Literatura Sapiencial, donde el Espíritu de Sabiduría transmite la gnosis, el conocimiento sobre toda la Creación.

Rabí Ezra de Girona nos cuenta en el siguiente fragmento cómo hay que meditar sobre las diez Sefirot: “Puesto que sabes que las Sefirot son llamadas middot (es decir, atributos) y que no están limitadas en tanto que atributos por su naturaleza sino solamente desde nuestra perspectiva, debes unificarlas todas dos veces al día. Como el aleph en la palabra Ehad (Uno) representa la Sefirah Keter y el het representa la Sefirah Hokhmah, con las otras siete Sefirot, y el dalet representa la Sefirah Malkut, y las diez Sefirot están aludidas en la palabra Ehad, que dirija, pues, su pensamiento como si quisiera hacer que las diez Sefirot entrasen en la Sefirah Keter de donde han emanado.”

La idea de Kavanah y Devakut proceden de Isaac el Ciego de Provenza, maestro de Azriel de Girona, al que siguió prácticamente en todo, salvo en la discreción con la que el maestro mantenía sus conocimientos y doctrinas esotéricas y místicas. Azriel de Girona fue un gran divulgador de las doctrinas cabalísticas, lo que irritó al maestro, que dijo tanto de él como de su compañero Ezra de Girona que: “Mientras yo estuve con ellos, en esta vida, les previne frecuentemente contra esta tendencia, pero desde que me he separado de ellos, han sido los causantes de un gran daño.” Isaac el Ciego se queja a Nahmánides de como en Girona se divulga en libros y discursos ideas secretas de la Cábala, de la Sabiduría divina, e incluso: “He escuchado también de las regiones en ustedes viven y respecto de los hombres de Burgos que ellos peroran sobre estos temas abiertamente en los mercados y en las calles, con discursos confusos y precipitados, y en sus palabras se percibe con claridad que sus corazones se han separado del Altísimo.” Por aquellas tierras castellanas, unos años después se publicaría la gran obra de teosofía cabalística, el Libro del Zohar. Probablemente Isaac el Ciego no hubiera aprobado la divulgación de tantos secretos, que según dice, sus padres y ancestros, respetados y reputados rabinos y maestros de la Torah y del Talmud, líderes de la comunidad judía de Provenza, jamás se les escapó una palabra sobre la experiencia mística, por lo que esto fue la nota característica del círculo de seguidores de Isaac el Ciego.

Probablemente, las comunidades judías del sur de Francia vivían una realidad muy diferente a las comunidades judías españolas, respetadas y envidiadas, amenazadas y obligadas a justificarse frente a algunas persecuciones locales, que terminaron con la expulsión de los judíos de Sefard. Algo que ya vivió Nahmánides en su momento, pues tras participar en la Disputa de Barcelona, en 1263, sobre cuestiones teológicas, tuvo que retractarse y poco después inició su exilio a Palestina, una tierra que en aquel momento se encontraba bajo el dominio musulmán, y en la que habitaban muy pocos judíos.

Los secretos mejor guardados por los cabalistas fueron los relativos a la Kavanah, es decir, la contemplación meditativa de Dios y de sus emanaciones superiores, así como el secreto de la Devakut o la unión mística, a partir de la cual el místico era capaz de hablar palabras de sabiduría e incluso profetizar, pues alcanzaba los lugares celestiales donde residía Dios y sus Potencias. Un importante texto de Azriel nos aporta luz sobre esta experiencia de la Kavanah. Se trata de una meditación mística sobre las Sefirot y su agrupación en dos columnas de Luz, tal como aparecen en el Árbol de la Vida: “Quien decide algo en su mente con rectitud perfecta, hace de ello lo esencial. Por lo tanto, si oras y pronuncias las bendiciones, o de otro modo deseas verdaderamente dirigir la kavanah hacia algo, imagina que eres luz y que todo alrededor tuyo es luz, luz desde todas las direcciones y todos los lados; y en la luz un trono de luz, y sobre él, una luz resplandeciente, y frente a él un trono, y sobre él, una luz buena. Y si tú estás entre ellas dos y deseas venganza, vuélvete hacia el resplandor; y si deseas amor, vuélvete hacia la luz buena, y lo que proceda de tus labios se debe dirigir hacia su rostro. Y vuélvete hacia la derecha y encontrarás una luz brillante, hacia la izquierda y encontrarás un aura, que es la luz radiante. Y entre ellas y por encima de ellas, la luz del Kabod, y alrededor de ella, la luz de la vida. Y por encima de ella, la corona de luz que corona los deseos de los pensamientos, que ilumina el camino de las representaciones e ilumina el resplandor de las visiones. Y esta iluminación es insondable e infinita y de su gloria perfecta proceden la gracia y la bendición, la paz y la vida para aquellos que observan el camino de su unificación. Pero para aquellos que se desvían de su camino viene la luz que está oculta y se transforma de una cosa en su contrario, y a veces se aparece como castigo y a veces como consejo verdadero, todo de acuerdo con la kavanah de quien sabe cómo realizarla de la manera correcta: mediante la adhesión, devakut, al pensamiento y la voluntad que emana en toda su fuerza desde lo insondable. Pues según la intensidad de la kavanah, con la que extrae fuerza para sí mismo mediante su voluntad, y voluntad mediante su conocimiento, y representación mediante su pensamiento, y poder mediante su alcance hasta la fuente primordial de la voluntad y firmeza mediante su contemplación, si ninguna otra reflexión o deseo se mezcla con ella, y si crece en intensidad mediante el poder que la guía, para tomar para sí la corriente que procede del Ein-sof – según la medida de intensidad de la kavanah cada cosa y cada acto se realiza según su espíritu y su voluntad, aunque sólo sepa cómo abarcar los límites de las cosas finitas y de la voluntad que habita en su pensamiento a partir del principio del cual proceden.”

El Kabod es la Gloria de Dios, y guarda, en la Cábala antigua, una cierta relación con el Pleroma de los gnósticos alejandrinos, es el espacio luminoso donde se manifiestan las Sefirot, como diez eones primordiales, o como las diez Ideas-Número platónico-pitagóricas. En terminología platónica hablaríamos del Kabod como el Hiperurano, o el Cielo Noético, es decir el Noûs o Intelecto, en el que se encontrarían los Inteligibles o las Ideas. Esta idea del Kabod sería la manifestación de lo creado por la Nada supra-intelectual, el Ein-sof.

El Ein-sof sería la Nada de la que todo procede y que lo crea todo. Una Nada Primordial contemplada en la kavanah, es decir, en una experiencia de Unidad, de unificación, en el Silencio primordial, del que procede el Kabod. El Intelecto, comienza su movimiento de división primordial en el Número Divino, que son las Sefirot, y del que la primera Sefirah es Hokhmah, la Sabiduría divina que se encuentra junto a Dios y en Dios, y el último, la Shekhinah, la Presencia Divina que se encontraba en el Templo, y que los hasidim medievales experimentaban en el beit midrash.

Los cabalistas dieron mucha importancia a la “voluntad”, la experiencia de los distintos grados y manifestaciones de la luz del Kabod, conducen rápidamente a la unidad con la Voluntad Suprema, a la unificación con Dios a través de la voluntad y la acción. El texto tiene fuertes analogías con los textos neoplatónicos de Plotino sobre el Uno y la Belleza Inteligible, sin embargo, se separa de la tradición neoplatónica en cuanto a que los griegos lo supeditaban todo al conocimiento, a la gnosis, mientras que los místicos judíos la unificación con el Principio más allá del intelecto, es en el plano de la voluntad y la acción. Es algo normal, pues la tradición judía está más vinculada al aspecto ético y legal de las Escritura que al conocimiento de la Naturaleza y su Causa que preocupaba a los filósofos griegos. La luz de la experiencia mística y contemplativa en el griego será conocimiento, o gnosis, mientras que para el místico judío, es unificación con la Voluntad Suprema, la acción perfecta y la oración, la Torah en su estado más puro.

Estas son algunas de las principales doctrinas de Isaac el Ciego y del círculo de cabalistas de Girona, movimiento espiritual que se encuentra en los orígenes de esta tradición mística que se ha llamado Cábala, y que en realidad tuvo diferentes desarrollos en función de las distintas experiencias de los místicos judíos en los distintos momentos y lugares. Otros movimientos considerados cabalísticos fueron el inspirado por la obra de Abraham Abulafia en Zaragoza, y los místicos de Safed, en Palestina, donde muchos judíos se refugiaron tras la expulsión de España, pero estos movimientos tienen rasgos característicos y diferenciados de los del grupo de Girona.

lunes, 16 de mayo de 2011

EL TESTIMONIO JUDÍO Y FARISEO DE PABLO

1º.- Ante el Tribuno de Jerusalén: "39 Pablo dijo: «Yo soy un judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad no oscura de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo.» 40 Se lo permitió. Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea. 1 «Hermanos y padres, escuchad la defensa que ahora hago ante vosotros.» 2 Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron más profundo silencio. Y dijo: 3 «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy." Hechos 21-22. (Gamaliel, gran Rabino fariseo, nieto del Rabino Hillel, doctor de la Ley y miembro destacado del Sanedrín, Jewish Encyclopedia).

2º.- Ante el Sanedrín de Jerusalén: "1 Pablo miró fijamente al Sanedrín y dijo: «Hermanos, yo me he portado con entera buena conciencia ante Dios, hasta este día.» 2 Pero el Sumo Sacerdote Ananías mandó a los que le asistían que le golpeasen en la boca. 3 Entonces Pablo le dijo: «¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Tú te sientas para juzgarme conforme la Ley y mandas, violando la Ley, que me golpeen?» 4 Pero los que estaban a su lado le dijeron: «¿Insultas al Sumo Sacerdote de Dios?» 5 Pablo contestó: «No sabía, hermanos, que fuera el Sumo Sacerdote; pues está escrito: No injuriarás al jefe de tu pueblo.» 6 Pablo, dándose cuenta de que una parte eran saduceos y la otra fariseos, gritó en medio del Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; por esperar la resurrección de los muertos se me juzga.» 7 Al decir él esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos y la asamblea se dividió. 8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; mientras que los fariseos profesan todo eso. 9 Se levantó, pues, un gran griterío. Se pusieron en pie algunos escribas del partido de los fariseos y se oponían diciendo: «Nosotros no hallamos nada malo en este hombre. ¿Y si acaso le habló algún espíritu o un ángel?» " Hechos 23.

3º.- Ante el Procurador Félix de Cesarea: "10 Entonces el procurador concedió la palabra a Pablo y éste respondió: «Yo sé que desde hace muchos años vienes juzgando a esta nación; por eso con toda confianza voy a exponer mi defensa. 11 Tú mismo lo puedes comprobar: No hace más de doce días que yo subí a Jerusalén en peregrinación. 12 Y ni en el Templo, ni en las sinagogas ni por la ciudad me han encontrado discutiendo con nadie ni alborotando a la gente. 13 Ni pueden tampoco probarte las cosas de que ahora me acusan. 14 «En cambio te confieso que según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de mis padres, creo en todo lo que se encuentra en la Ley y está escrito en los Profetas 15 y tengo en Dios la misma esperanza que éstos tienen, de que habrá una resurrección, tanto de los justos como de los pecadores. 16 Por eso yo también me esfuerzo por tener constantemente una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres. 17 «Al cabo de muchos años he venido a traer limosnas a los de mi nación y a presentar ofrendas. 18 Y me encontraron realizando estas ofrendas en el Templo después de haberme purificado, y no entre tumulto de gente." Hechos 24.

4º.- Ante los Reyes Agripa y Berenice: "2 «Me considero feliz, rey Agripa, al tener que defenderme hoy ante ti de todas las cosas de que me acusan los judíos, 3 principalmente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones de los judíos. Por eso te pido que me escuches pacientemente. 4 «Todos los judíos conocen mi vida desde mi juventud, desde cuando estuve en el seno de mi nación, en Jerusalén. 5 Ellos me conocen de mucho tiempo atrás y si quieren pueden testificar que yo he vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión. 6 Y si ahora estoy aquí procesado es por la esperanza que tengo en la Promesa hecha por Dios a nuestros padres, 7 cuyo cumplimiento están esperando nuestras doce tribus en el culto que asiduamente, noche y día, rinden a Dios. Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos. 8 ¿Por qué tenéis vosotros por increíble que Dios resucite a los muertos?" Hechos 26.

domingo, 10 de octubre de 2010

"LA MENORAH, EL CANDELABRO DE SIETE BRAZOS", Juan Almirall


(Esta foto está mejor, es más divertida, atención a la señora que, sin ningún respeto, se lima las uñas, bajo un signo tan sagrado, exponíendose sin conciencia a la Ira de Yahveh)

"Fabricó asimismo el candelabro de oro puro; tabajados a cincel hizo el candelabro, su basa y su fuste; formaban un cuerpo con él sus cálices, sus corolas y sus flores. Seis brazos salían de sus costados: tres brazos del candelabro de un lado y tres brazos del candelabro del lado segundo. En uno de los brazos había tres cálices en forma de almendra, con corola y flor, en el otro brazo. Así para los seis brazos que salían del candelabro. Y en el fuste del candelabro había cuatro cálices en forma almendrada, con sus corolas y sus flores; una corola bajo los dos brazos primeros que formaban cuerpo con él, y una corola bajo otros dos brazos formando cuerpo con él, y otra corola bajo los dos últimos brazos que formaban con él cuerpo: así para los seis brazos formaban cuerpo con él, siendo todo ello de oro puro labrado a martillo. También hizo las siete lámparas del mismo, con sus despabiladeras y sus cazoletas en oro puro. Un talento de oro puro empleó en el candelabro y todos sus accesorios." (Ex. 37, 17-24).
En el Éxodo se describen los objetos que estaban en el Tabernáculo y que luego fueron colocados en el Santo de los Santos del Templo de Jerusalén. La Menorah o el Candelabro de siete brazos es descrito con detalle en estos versículos. Fue fabricado por Besal'el por encargo de Yahveh. Y es símbolo de la Alianza de Dios con el pueblo de Israel. Sus siete brazos representan los siete días de la Creación, con el Sábado en el centro. El Zohar dice: "Estas lámparas, como los planetas, reciben su luz del Sol". La Menorah miraba al Este, y sus lámparas eran limpiadas de aceite y encendidas cada mañana, excepto las más extremas, por los sacerdotes. La lámpara de Elohim se encendía por la mañana y se dejaba arder hasta que se apagaba (1 Sam. 3, 3). De hecho los siete brazos representan a los Siete Espíritus de Yahveh-Elohim, (Is. 11, 2): a ambos lados del Espíritu de Yahveh se encuentran el Espíritu de Sabiduría y el Espíritu de Inteligencia, después el Espíritu de Consejo y el Espíritu de Poder, y en los extremos el Espíritu de Conocimiento y el Espíritu del Temor de Yahveh. Dice Isaías que sobre el Hijo de Dios se posarán estos Siete Espíritus. Este es uno de los grandes Misterios Mesiánicos de nuestra tradición judeo-cristiana.

sábado, 9 de octubre de 2010

"LA PUERTA DORADA DE JERUSALÉN", Juan Almirall

Cristianismo es una religión mistérica, soteriológica y escatológica. Su núcleo formativo fue una comunidad judía, que se reunía en torno a Iosua (Jesús es el mismo nombre que José), un maestro mesiánico, a las afueras de Jerusalén, bajo la Puerta Dorada del Templo. Cuentan los Evangelios que Jesús predicaba en el Monte de los Olivos, enfrente del Monte Sión y Moriá, donde se levantaba el Templo. En aquel lugar, se encontraba el gran cementerio, en el famoso Valle de Josafat o de Yehoshaphat, que significa "el Juicio de Jehová", el lugar del Juicio, donde se enterraban los judíos, orientándose hacia la Puerta Dorada, la Puerta del Rey, del Mesías. De hecho el Monte de los Olivos es en un gran cementerio, rodeado de jardines de olivos, donde enseñaba el Maestro, rabino, de los Cristianos. Y lo que realmente debía enseñar, eran los lugares misteriosos del más allá, los cielos que las almas de los judíos esperaban alcanzar, tras el Juicio de Jehová. El Monte de los Olivos es una de las distintas colinas alrededor del Monte Sión, donde se levantaba la ciudad de Jerusalén, la ciudad de la Paz de Dios ("salem" significa "paz"). El pueblo judío tiene esta ciudad como el referente espiritual, un lugar de paz, donde tenía que vivir la comunidad de fieles, de los observadores de la Ley de Yahveh. Su impresionante Templo, en época romana, era el lugar donde el Señor de Israel habitaba, donde se encontraba la presencia viva del protector y guía del pueblo de Israel.
La Puerta Dorada, que fue tapiada por los musulmanes, era la puerta oriental de la ciudad, que daba directamente al Templo, y tras la cual se encontraba el Santo de los Santos, la Morada de Dios. El muro occidental, llamado Hakótel Hama'araví, es el famoso Muro de las Lamentaciones, del otro lado del Templo. El Santuario miraba hacia donde sale el Sol, la puerta oriental era llamada la Puerta de Oro, por la que tenía que pasar el Rey de Israel, el Mesías, el Ungido por Dios. Y atravesar el Valle del Juicio, el Valle de Josafat, para dirigir hacia Dios a todas las almas de los justos. La monarquía judía era temporal pero sobre todo espiritual, los reyes eran los verdaderos sabios de Israel.
Este es el escenario jerusalemita donde el Mesías (o Cristos en griego), predicó sobre el Reino de los Cielos, sobre el Reino del Padre, el Dios de Israel. Su discurso solo podía ser soterológico, es decir, relativo a la salvación de las almas, pues en aquella época los rabinos, que eran generalmente fariseos, enseñaban sobre la salvación de las almas, en una línea muy influenciada por el discurso helenístico. La Escuela Farisea de rabinos o maestros que se repartían por toda Palestina y más allá, tenía muchos puntos en común con la Escuela Estóica, así lo atestigua Flavio Josefo. Jesús atravesó la Puerta Dorada de los Reyes de Israel, predicó la salvación en el cementerio judío por excelencia, y se elevó a los Cielos, a la Casa del Padre, desde el Monte de los Olivos, frente al Monte Sión, para llevar consigo a todas las almas que esperaban la salvación. Este es el Evangelio (el buen-mensaje) de los Cristianos.

viernes, 30 de abril de 2010

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (5)

Pablo y la tradición gnóstico - sapiencial

Tal como hemos visto Pablo es un fariseo, que además se reconoce como tal , “educado a los pies de Gamaliel conforme a la estricta observancia de la ley de Dios” (Hech. 22: 3), lo que significa que perteneció a una escuela sapiencial de los fariseos, donde recibió su formación como judío en la estricta observancia de la ley, tal como se reconocía a los fariseos. De hecho, la palabra fariseo o “perisha” significa “el que se separa” o que se mantiene alejado de las cosas y personas impuras . Fariseos y esenios eran dos sectas judías que habían interpretado las prescripciones y reglas de vida que la Toráh impone a los sacerdotes y levitas, como reglas de vida universal, cuya estricta observancia era lo único agradable a Dios. A algunas facciones de esenios, como los de Qumrán, los llevó a aparterse de la vida mundana y alejarse de Jerusalén y su Templo, que veían como excesivamente impuros. Sin embargo, los fariseos, pese a mantenerse apartados de las cosas que consideraban impuras, se erigieron en verdaderos rabinos y maestros del pueblo, guías de los judíos, ocupando puestos importantes en las sinagogas, y tal como vimos, en el siglo I de nuestra era, muchos fariseos y rabinos de esta secta, formaban parte del alto Tribunal del Sanedrín. A esta secta judía pertenecía Pablo, y como maestro y guía espiritual de los judíos, intenta transmitirles un nuevo mensaje de salvación, sobre la resurrección de los muertos, cuestión que igualmente era objeto de las doctrinas fariseas (Hech. 23: 7-9). Esta nueva doctrina de salvación consistía básicamente en la recepción del Espíritu de la Sabiduría, tal como hemos visto en el Libro de la Sabiduría, Espíritu que Pablo identifica con el Cristo o el Mesías, que es la misma cosa, solo que en lenguas diferentes .



El estrecho vínculo de Pablo con la tradición sapiencial y la cuestión de la sabiduría divina quedan claramente planteados en el prólogo de 1 Cor. 19 y ss., que comienza con una cita de Is. 29:14: “Destruiré la Sabiduría de los sabios, y el entendimiento (sýnesin) de los inteligentes (synetôn) desecharé.” Luego el apóstol se pregunta por los sabios y la Sabiduría, entendemos que se refiere a los sabios de Israel, de los que el rey Salomón es el guía y maestro, y la Sabiduría de la tradición sapiencial judía, que experimenta importantes transformaciones, desde el más antiguo libro de Proverbios, hasta la máxima culminación de la Sabiduría como diosa hermana y esposa de Dios, en el judaísmo de Alejandría.
Más adelante (1 Cor. 1:24) Pablo identifica a “Jristòn theoû” con una “dýnamin kaì theoû sofían”. Es pues el Cristo del Dios padre, es decir el mesías o ungido de Dios, una potencia (“dýnamis”) de Dios, y la Sabiduría de Dios, en el más puro estilo filoniano, o tal como la presenta el libro alejandrino de la Sabiduría, escrito por los filósofos-sabios de Israel, la diosa Sabiduría del judaísmo egipcio, que pasa a ser encarnada por Jesucristo: Cristo Jesús se ha hecho sabiduría (egenêthe sofía) para los cristianos (1 Cor. 1:30). Pablo distingue a la dýnamis de Dios, es decir, la Sabiduría, de la sabiduría de los hombres, insistiendo en tal distinción, pues la de los hombres es locura, y la Sabiduría de Dios es dýnamis y la encarna Cristo Jesús, el Hijo, que además es un “misterio”, retomando de nuevo la terminología filoniana sobre los “misterios” e iniciaciones divinos, muy en la línea de la religiosidad pagana. Esta doble distintición entre sabiduría humana y Sabiduría divina, es equivalente a la distinción entre los hombres “pneumáticos” y los hombres carnales, pues Pablo se encuentra inmerso en la polémica de los judíos de esta época, que arrastran los crisianos, sobre la necesidad de la circuncisión en la observancia de la Ley. La visión más universalista de Pablo rechaza este precepto legal, pues el apóstol lo interpreta como una circuncisión espiritual, sin necesidad que se materialice en la carne. Por ello, Pablo distingue a los circuncidados según el Espíritu y los circuncidados según la carne, tema que es desarrollado, sobre todo en la Epístola a los romanos, la fe en Cristo abroga de esta manera la Ley, al menos en la cuestión de la circuncisión, y crea una nueva alianza con Dios por la nueva fe, que básicamente consiste en la recepción del Espíritu de Sabiduría, y la constante vivencia en la obediencia a las revelaciones del Espíritu.
“Sabiduría empero hablamos entre los perfectos (toîs teleíois), sabiduría empero no de este eón, ni de los arcontes de este eón, los que van desapareciendo; sino que hablamos de Sabiduría de Dios en mystêríô, la oculta (apokekrymménên), que predestinó Dios antes de los eones para gloria nuestra, que ninguno de los arcontes de este eón ha conocido” (1 Cor. 2:6-8), como puede verse el lenguaje de Pablo es completamente gnóstico. Y a continuación, pasa de Sofía al Pneûma, es decir, al Espíritu de Dios, que es quién sondea las cosas de Dios, quien conoce (égnôken) las cosas de Dios, está hablando claramente de una gnosis divina, es decir, de una sabiduría que es pneûma y que es Cristo Jesús. Por tanto, en este prólogo de 1 Cor. Pablo identifica al Hijo con el Espíritu y con Sofía, como portadores de gnosis. Dios, el Señor Kyríou, aparece identificado con el Noûs, en el más puro estilo del Platonismo medio de la época, encarnado, en tiempos de Pablo, sobre todo, y una vez más, por Filón de Alejandría. E igualmente, los cristianos, seguidores de las revelaciones de Pablo y los otros Apóstoles, posen el Noûs del Cristo. Lo que justificará la denominación clásica, propia de la filosofía platónica y hermética, de Cristo el Noûs, al que los autores herméticos llaman Poimandres, es decir, pastor de hombres, o en la obra apocalíptica de Hermas, directamente, Poimen, el Pastor. Lo que no hace más que continuar con la tradición judía de asociar la literatura apocalíptica con la sapiencial, a la que podemos denominar “gnóstica”, pues la literatura sapiencial, de época helenística, tiene por objeto, no solamente la fidelidad a la Ley, sino que además se interesa por el conocimiento de la verdad, lo que es fruto de la traducción griega de la palabra hebrea 'émet, que tiene un significado de “fidelidad”, por alêtheia, con un valor más epistemológico, en la Septuaginta, utilizada por Pablo y los fariseos de la Diáspora que, en general, hablaban en griego .
La conclusión más clara que se sigue de estos textos paulianos no es otra que la transmisión de una tradición sapiencial en forma de gnosis, que justifica perfectamente el carácter espiritual o pneumático de las comunidades carismáticas primitivas, que más adelante estudiaremos con detalle. La comunidad carismática es descrita igualmente en la primera Epístola a los corintios, allí Pablo nos habla de los dones que reciben las personas que han entrado en contacto directo con el Espíritu, gracias a la intercesión de los apóstoles y por tradición e imposición de manos. “Existen diversos dones, pero es el mismo Espíritu” (1 Cor. 12: 4), Pablo quiere decir con esto, que todo aquello que hacía Jesucristo, ahora lo van a hacer aquellos que han recibido su Espíritu, el Espíritu de Jesucristo, que, como ya dijimos, es Espíritu de Sabiduría. Y el primero de los dones que otorga el Espíritu de Sabiduría es “lógos sophías”, es decir, “palabra de sabiduría”, el que recibe al Espíritu recibe la gnosis, el conocimiento de la Sabiduría divina, el conocimiento de la creación; el segundo don es “lógos gnôseôs” palabra de conocimiento, por tanto, la recepción del Espíritu tiene que ver con la ciencia y la filosofía natural, es decir, con el conocimiento del cosmos, del universo. Ya dijimos que Sabiduría es el Alma del mundo, aquel misterio que los filósofos aristotélicos se empeñaban en desentrañar contemplando la naturaleza, y que los platónicos descubrían por medio de la dialéctica, es decir, por medio de la metafísica. Pablo y la tradición sapiencial judía, proponen la posibilidad de un contacto directo con el Espíritu de Sabiduría, como la manera más rápida y efectiva de conocer al Alma del mundo, de conocer el cosmos. Es por tanto, una revelación científica la que se produce por la efusión del Espíritu del Cristo en una persona. Palabra de Sabiduría y palabra de gnosis son los dos primeros dones o carismas del Espíritu, por tanto, según Pablo, el que recibe el Espíritu tiene que ser, necesariamente, un gnóstico o un espiritual. Podemos afirmar, pues, que sólo los gnósticos comprendieron efectivamente el significado de la verdadera revelación del Espíritu cristiano, tal como Pablo la presentaba.
Pero continuemos con los dones o carismas del Espíritu según 1 Cor. 12. Otro carisma es la fe “pístis” en el mismo Espíritu, el siguiente “jarísmata iamátôn” dones de curación, como el Cristo que curaba a los enfermos, los que han recibido su Espíritu pueden hacer lo mismo que él hizo; otros dones son “energêmata dynámeôn” es decir, la realización de potencias, hay cristianos que tienen poderes para hacer prodigios y milagros, al igual que el maestro; otro importante don es el de profecía, y de ahí que los cristianos incluyan igualmente las revelaciones apocalípticas de los sabios de Israel, entre los poderes que otorga su Espíritu. El cristiano también obtiene la posibilidad de discernir espíritus (diakríseis pneumátôn), aquí incluye Pablo las doctrinas demonológicas de los fariseos, de donde los gnósticos encontrarán la base cristiana para construir su mitología de los arcontes de los eones, pues, tal como hemos visto, Pablo ya hablaba de estos arcontes, que consideraba espíritus del aire malignos, identificados con los eones, que no son otra cosa que el movimiento circular de los planetas y la bóveda celeste, según las cosmologías platónicas. Un eón no es un “siglo”, son períodos de movimiento circular de las esferas u orbes planetarios, que son en total siete. Ya hemos apuntado, que la revelación de la gnosis nos aporta, principalmente un conocimiento del cosmos, del Alma del mundo. Pues bien, a los orbes planetarios se refiere Pablo cuando habla de los eones, y sus arcontes no son otra cosa que los planetas, y los demás espíritus que se mueven en dichos orbes. Y por último, el Espiritu otorga también diversidad de lenguas (génê glôssôn) e interpretación de lenguas (hermêneía glôssôn). Estos son todos los dones o carismas que otorga el Espíritu a los miembros de las ekklesias o iglesias cristianas. Se hace difícil imaginar que este sea el verdadero modelo de iglesia o asamblea cristiana, un grupo de personas reunidas en círculo, como las ekkleias o asambleas de los ciudadanos de las antiguas polis griegas, es decir, en un plano de completa igualdad, sin jerarquías, más que los apóstoles que imponen las manos y transmiten el Espíritu, pero que como son unos pocos van de aquí para allá, creando nuevas iglesias. Pues bien, en este grupo de personas cada uno recibe uno o varios de los dones del Espíritu, y forman el nuevo “Cuerpo de Cristo”. Terminamos esta epígrafe con una cita todavía más interesante que corrobora lo expuesto:

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo (sôma Jristoû), y miembros en parte (mélê ek mérous). Y Dios puso a unos en la asamblea (ekklêsía) primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros (didaskálous), después poderes (dynámeis), después dones de curación, de asistencia (antilémpseis), de gobierno (kybernêseis), de géneros de lenguas (génê glôssôn), ¿acaso todos son apóstoles? ¿acaso todos profetas? ¿acaso todos poderes? ¿acaso todos dones de curación? ¿acaso todos hablan en lenguas? ¿acaso todos interpretan?” y termina el Apóstol Pablo con la exhortación: “¡Aspirad a los mejores dones!” (1 Cor. 12: 27-31).


(Continuará).

Juan Almirall

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (4)

Sabiduría y gnosis judaica

Existe una gnosis judaica de la que nos habla el Dr. Montserrat en su estudio sobre los gnósticos . En su introducción hace una breve alusión a diferentes textos gnósticos y autores, que eran judíos y a los que se les puede incluir en el conjunto más amplio de los llamados gnósticos, entendiendo por tales a un grupo heterogéneo que tiene un lenguaje semejante y manifiesta unas ideas determinadas sobre la sabiduría y el cosmos. Baste en una primera aproximación apuntar que efectivamente hay textos gnósticos judaizantes y que consisten en una exégesis del Antiguo Testamento. El Dr. Montserrat habla de los textos de Nag Hammadi siguientes: Hipóstasis de los arcontes y el Tratado sobre el origen del mundo, a los que, sin duda, hay que sumar El trueno: intelecto perfecto . Estos son los principales textos gnóstico-judaicos, y entre los personajes que se citan como tales, estarían Cerinto, Dositeo, Simón el mago y un tal Menandro. Hay otras corrientes gnósticas que se encuentran a medio camino entre la gnosis judaica y la gnosis propiamente cristiana, como la de Valentín o Marción, estas corrientes o escuelas que son varias, destacamos los gnósticos de Barbeló, que identifican a Barbeló con la Sabiduría, los ofitas, los naasenos y setianos o los cainitas, todos ellos encuentran una mayor inspiración en los textos del Antiguo Testamento que en el Evangelio.



Lo que ninguno de los estudiosos parece considerar son las evidentes conexiones entre los textos gnósticos y sus doctrinas, y la tradición sapiencial, sobre todo, del libro de la Sabiduría, que sin duda se puede considerar un claro antecedente de la gnosis judaica. La literatura sapiencial, que incluye la literatura didáctica contenida en máximas y proverbios, así como la literatura apocalíptica, presenta a la sabiduría como una necesidad que sobreviene al hombre que busca conocer la creación, la obra de Dios. En principio no es a Dios al que se busca a través de su creación, sino que es a la creación misma, la que aspira a conocer el sabio, la sabiduría, que es expresión de la potencia creadora y ordenadora de Dios, tal como las presenta Filón de Alejandría, ya que suponen el orden que ha establecido Dios en el cosmos, es el mayor tesoro, según esta literatura sapiencial, dado a los hombres. La sabiduría es, por tanto, el orden del cosmos, las fuerzas y leyes que rigen el cosmos, entendido como creación divina, que no es otra cosas que el objeto de toda ciencia, es decir, de toda gnosis. Esta literatura incluye el conocimiento o gnosis del cosmos, así como de la historia universal, en particular la apocalíptica se centra en su aspecto escatológico . Es frecuente por tanto, la aparición de la Sabiduría personificada como una mujer, “la Sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas, ha matado las reses, mezclado el vino y puesto la mesa” (Prov. 9: 1-2), “el que guarda la Ley alcanza la Sabiduría, que le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como la esposa de la juventud” (Eclo 15: 1-2). Sin embargo, esta Sabiduría de los libros sapienciales es solo una criatura, un don de Dios, como dice Gerhard von Rad, “habrá que esperar al libro de la Sabiduría – fiel representante, en infinidad de aspectos, de la tradición doctrinal palestinense – para apreciar, concretamente en este punto, una desviación de la línea tradicional y un paso decisivo hacia la divinización de la sabiduría en un marco de especulaciones mitológicas” .
Estamos de acuerdo con Rad en la idea de que es en el Libro de la Sabiduría donde ésta aparece divinizada, como una hipóstasis divina, en el marco de una nueva mitología, al menos con relación al resto del ciclo sapiencial. Se trata de un libro escrito, con seguridad en Egipto y en particular Alejandría, entre los años 100 a.C. y 40 de nuestra era. Lo que no nos parece tan evidente es que el libro de la Sabiduría sea un fiel representante de la tradición doctrinal palestinense, sino que más bien, nos parece que se trata de una tradición algo extraña a la concepción judía, pues presenta a la sabiduría como diosa, como compañera de Dios, muy en la línea de las concepciones alejandrinas de la diosa pagana Isis. De hecho el Dr. Quispel encuentra claros paralelismos entre la aretalogía de Isis y esta obra tardía de la literatura sapiencial, la caracterización de la sabiduría que presenta Filón de Alejandría o incluso con El trueno: intelecto perfecto gnóstico .
Podemos ofrecer como conclusión la idea de la existencia de una gnosis judaica muy vinculada a la tradición sapiencial, que se aproxima mucho a la tríada pagana Serapis-Isis-Harpócrates, en la ciudad de Alejandría. No olvidemos que en esta ciudad el imponente Templo del Serapeum, con su biblioteca y sus escuelas filosóficas, dedicadas por otra parte al estudio del cosmos, irradiaba una cierta concepción muy sólida del cosmos y de la teología, que seguramente influyó, no solamente a los sabios judíos, que se aproximarían con seguridad a las escuelas filosóficas del Serapeum, sino también a la gnosis que comenzaría sus desarrollos mitológicos en ésta época, y con seguridad bajo la influencia egipcia.
Tenemos pues el libro de la Sabiduría que debe ser tomado como manifestación de la corriente sapiencial en el siglo I de nuestra era, y como antecedente más directo de la gnosis tanto judaica como cristiana. Libro que está incluido en los textos que comprenden la versión griega de la Biblia, la Septuaginta, y que pasará al canon cristiano, pero no al canon de libros sagrados del judaísmo tras la segunda destrucción del Templo. Pues bien, en dicho libro, la sabiduría aparece como espíritu de Dios: “invoqué, y me vino un espíritu de sabiduría (epekalesámên, kaì êlthén moi pneûma sofías), Sab. 7: 7, en este fragmento tenemos tanto al espíritu como a la epíclesis del ritual de la eucaristía cristiano, la invocación y la manifestación del espíritu como revelador de la sabiduría, es decir de una gnosis, un conocimiento sobre los seres y el cosmos: “que el fue quien me dio gnosis verdadera sobre los seres para conocer la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos…” (Sab. 7: 17) Por tanto, es la Sabiduría, o más bien el Espíritu de Sabiduría el que revela la gnosis, el conocimiento verdadero sobre la creación, esto es el cosmos. Esta Sabiduría es la que convive con Dios y a la que ama Dios por encima de todo, pues es iniciada en la ciencia de Dios y es adepta a sus obras. Esta Sabiduría es muy similar a la Isis que nos presentan Apuleyo de Madaura en su aretalogía final del libro “Metamorfosis” o como la presenta Plutarco de Queronea en su “Isis y Osiris”, una diosa, por otra parte, muy próxima a la Deméter y Perséfone eleusinas, relacionadas con los misterios y la epopté, no en vano se representa a Isis sentada con un niño en sus faldas que se lleva el dedo índice a la boca en señal de silencio, de secreto iniciático. Estas diosas se identificarán de la mano de los filósofos platónicos con la Naturaleza, con el Alma del mundo, el cosmos mismo. Por ello Sofía, Isis, es el Alma del mundo, la primera y más querida creación del dios Demiurgo.


(Continuará).

Juan Almirall

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (3)

La tradición sapiencial

El Antiguo Testamento es un conjunto heterogéneo de libros, que recoge lo que podríamos llamar distintas tradiciones del pueblo de Israel, en distintos momentos de su historia. Si en esencia el Pentateuco o la Torah son los libros principales del A.T., pues recogen lo que en Oriente se entiende por Ley, en un sentido tan amplio como la expresión de la actividad creadora del Dios demiurgo, no fue menos importante, la tradición profética. Una tradición que comienza con el exilio de Babilonia, y termina poco antes del período helenístico. Sin duda la literatura bíblica, también refleja los cambios que se produjeron en la cultura humana, a partir de la formación del Imperio de Alejandro, es decir, la helenización de todo el mundo conocido. Si en el ámbito de la filosofía, asistimos al cambio de la filosofía de la polis, a una filosofía más cosmopolita, influida, sobre todo, por las concepciones lógicas y epistemológicas de Aristóteles, en el estoicismo, en el ámbito de la producción literaria judía, vemos como gana terreno un tipo de literatura de carácter sapiencial. Esta literatura sapiencial es, de alguna manera, equivalente a la literatura filosófica de los griegos, y podemos añadir de los latinos, al menos desde Cicerón.



El objeto central de la literatura sapiencial es la Sabiduría. Un concepto bastante próximo al griego: Filosofía, lo que sucede es que en el ámbito cultural de los judíos, esta “filosofía” sapiencial estaba fuertemente tintada de elementos religiosos, o más bien “legales”, en el sentido que para los judíos tenía la Ley. Por tanto, el componente ético, al igual que las escuelas helenísticas, tenía un gran protagonismo en el seno de esta Sabiduría judía. Por tanto, el componente ético que se desprende de una interpretación “legalista” de la Escritura, es el tema principal de la literatura sapiencial, que además tiene una evidente dimensión soterológica, dado que la salvación se encuentra reservada para aquellos que observan la Ley con seriedad y rigor. Esta dimensión ética, coincide con el planteamiento de las escuelas filosóficas desde su origen, y desde luego con las escuelas filosóficas helenísticas, como la estoica. En palabras de P. Hadot: “nunca hay ni filosofía ni filósofos fuera de un grupo, de una comunidad, en una palabra, de una “escuela” filosófica y, precisamente, esta última corresponde entonces ante todo a la elección de cierta manera de vivir, a cierta elección de vida, a cierta opción existencial, que exige del individuo un cambio total de vida, una conversión de todo el ser y, por último, cierto deseo de ser y de vivir de cierto modo. Esta opción existencial implica a su vez una visión del mundo, y la tarea del discurso filosófico será revelar y justificar racionalmente tanto esta opción existencial como esta representación del mundo” . Por ello junto a una dimensión ética, es decir, una determinada manera de vivir conforme a unas reglas adoptadas por el grupo o la escuela, se encuentra una determinada cosmovisión, que justifica la elección de la regla de vida. En el caso del judaísmo ello es claramente así por razones religiosas, la Ley es la regla de vida dada por Dios, por tanto, no se trata de una opción escogida libremente por el individuo, sino que se trata de la razón de ser de la religión judía: obediencia y temor de Dios, como únicas vías soterológicas. En definitiva la salvación es lo que realmente preocupaba al individuo, emancipado de la polis, y que busca su papel en el nuevo cosmos, surgido del Imperio de Alejandro. Por tanto, la cuestión central del judaísmo sapiencial que toma forma en el mundo helenístico, es la dimensión ética, el posicionamiento del individuo frente a la Ley divina, pero además, comienza a introducirse un discurso teórico y filosófico sobre la cosmovisión de los sabios judíos, que, no perdamos de vista, trae igualmente causa de la Torah, en particular del relato sobre la Creación, que es obviamente, una cuestión de primer orden en el ámbito teórico-filosófico. La filosofía nace precisamente como respuesta a la pregunta por el arjê o principio del cosmos, a lo que los judíos responden con la doctrina del Génesis: la actividad creadora de un único Dios, que además, gobierna el cosmos desde el origen. Una doctrina, con ciertos paralelismos al estoicismo, sobre todo en la cosmovisión dualista, de un mundo regido por el Lógos, es decir, por la razón o palabra, que ordena y gobierna sobre la marcha del cosmos.
La literatura sapiencial define la Sabiduría como un conocimiento, o una gnosis, sobre el cosmos que rodea al hombre y que revela la actividad demiúrgica y la propia ley divina, en Sab. 7, 17-22: “Que Él fue quien me dio conocimiento (gnosis) auténtico de los seres para saber la trabazón del cosmos y la actividad de los elementos; el comienzo, el final y el medio de los tiempos, las alteraciones de los solsticios y los cambios de estación, los ciclos del año y las posiciones de los astros, la naturaleza de los animales y la bravura de las fieras, la violencia de los espíritus y los razonamientos de los hombres, las variedades de plantas y las virtualidades de las raíces, todo lo que existe, oculto o manifiesto conocí; ya que la Sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó” . En esta enumeración tenemos una clara definición de la “gnosis” sapiencial, revelada por la Sabiduría al sabio judío. Como puede verse coincide, en términos generales, con el objetivo de la actividad “teorética” o contemplativa, que propone Aristóteles a lo largo de su extensa obra científica. La diferencia, sin embargo, entre la actividad de Aristóteles y el conocimiento de los sabios judíos, es que el primero dedica su vida a la observación de la naturaleza, e intenta desentrañar sus misterios a fuerza de su razonamiento y capacidad analítica, mientras que los sabios judíos, como en general muchos otros sabios, buscan la conexión directa con el Espíritu de la Sabiduría, para que sea Él mismo quien revele los misterios del cosmos, pues el contacto con el instrumento de la Creación, facilita el camino al conocimiento. Gnosis es pues un conocimiento científico fruto del contacto directo con el Creador o su instrumento, la Sabiduría, que por influencia helenística tiene forma de Espíritu, de pneûma, es decir, aliento o exhalación de la boca de Dios.
Por tanto, los elementos característicos de esta literatura sapiencial son: a) una Gnosis, que es fruto del contacto con el Espíritu de la Sabiduría; b) el Espíritu o pneûma, que es esencial en la filosofía de los estoicos, y que se trata de una sustancia intermediaria entre el Fuego que es Logos, y el alma, y que en algunos textos es identificado con un ángel ; c) la Sabiduría como hipóstasis, es decir, personificada, hasta el punto de ser considerada concubina de Dios ; d) el Lógos que es palabra creadora, e igualmente Espíritu divino, y que por tanto, aparece en muchas ocasiones plenamente identificado con la Sabiduría, aunque no será hasta Filón de Alejandría, que aparezca una tríada formada por el Noûs, la Sabiduría como su compañera femenina y el Lógos, una potencia o dýnamis de Dios, el Padre, y que será literalmente considerado el Hijo de Dios; e) el Noûs o Intelecto paterno, Dios padre, el creador de todo por medio de sus instrumentos. Todos ellos son obviamente términos propios de la filosofía, por lo que no es difícil comprender que, en el medio helenístico la sabiduría judía fuera considerada una propuesta filosófica más, de hecho el uso de estos conceptos filosóficos es fruto de la traducción de la Biblia de los Setenta, que era utilizada por prácticamente todo el judaísmo de la Diáspora, que en su mayoría hablaba el griego e ignoraba el hebreo y el arameo, la primera lengua vernácula del pueblo de Israel, que se utilizaba sobre todo en medios religiosos en la ciudad de Jerusalén, y la segunda, el arameo que se hablaba sobre todo en el área geográfica de Palestina. En toda la Diáspora, y sobre todo en las grandes capitales culturales de la época: Alejandría, Roma, Atenas, Antioquia, etc., se podía acceder a la Biblia de los LXX en griego y a la literatura sapiencial, algunos de cuyos libros habían sido escritos directamente en griego. Por su parte los sabios judíos se agruparon en escuelas, a la manera de las escuelas filosóficas , el propio Flavio Josefo compara, en su autobiografía Vita 12, a los fariseos con los estoicos, a los saduceos con los epicúreos y a los esenios con los pitagóricos. Más allá de los paralelismos que este autor consigue identificar, está la cuestión de cómo se agrupaban los grupos testimoniados de judíos, con anterioridad a la destrucción del Templo, dichas agrupaciones revestían una forma escolástica similar a la de las escuelas de filosofía, donde un grupo de discípulos se reunían en torno a un maestro, cuyas lecciones seguían, a menudo en el domicilio mismo del maestro, o bien en alguna institución como la Academia ateniense o en las aulas del Museo y el Serapeo de Alejandría. Lo lógico es pensar que los maestros y sabios del judaísmo, encontraran en algún espacio de la sinagoga el lugar más indicado para enseñar a sus discípulos. Paradigmática de esta tradición escolástica rabínica es la Escuela de Rabí Hillel, que mantuvo una polémica dogmática sobre la interpretación de la Ley con la Escuela de Rabí Shamai, aunque estos rabinos, probablemente fariseos, disputaban en hebreo. Discípulo de Hillel fue Gamaliel , de quien Pablo, en Hech. 22.3, dice que fue su discípulo .
La tradición sapiencial introduce una segunda interpretación de la Biblia, que ya no es puramente legalista, sino que es alegórica, es decir, sapiencial o filosófica. El máximo representante de los exégetas alegóricos de la Torah es sin duda Filón de Alejandría, que fue miembro de una escuela sapiencial consagrada a la interpretación alegórica, de la que nos habla Eusebio de Cesarea . El autor cristiano de finales del siglo III y principios del IV, que da testimonio de una escuela de las sagradas letras (didaskaleíou tôn hierôn lógôn) que existía desde antiguo, y que con toda seguridad era la escuela alegórica de los judíos alejandrinos, donde trabajó Filón, la huella de este autor en Clemente y sobre todo Orígenes, padres de la teología alegórica cristiana, es incuestionable. Por lo que los teólogos alejandrinos cristianos fueron continuadores de la tradición sapiencial de la escuela alegórica de los judíos que vivían en Alejandría.
Esta tradición tiene su origen en el libro de los Proverbios, obra difícil de datar, pero cuya última redacción debió finalizarse en el siglo IV o III a.C. , es una obra atribuida al rey Salomón, que es el sabio por excelencia y referente para el resto de las obras sapienciales, sobre todo de la siguiente gran obra de la tradición sapiencial: el libro de Qohelet, conocido también con el nombre de Eclesiastés. Otras dos obras sapienciales tardías, escritas en Egipto, y que tendrán un valor excepcional para la conformación del pensamiento gnóstico, heredero de la tradición sapiencial, son: Sabiduría de Jesús Ben Sira, más conocido con el nombre de Eclesiástico, y el libro de la Sabiduría, que junto con la obra de Filón de Alejandría, forman el conjunto de literatura filosófico-sapiencial judío alejandrina, que fue rechazada con posterioridad por la tradición rabínica talmúdica, que se impuso, a finales del siglo I, tras el llamado Sínodo de Yamnia/Yabne, donde se rechazó toda la literatura claramente diferenciable del canon bíblico en lengua hebrea, y que desterró del judaísmo oficial toda la literatura escrita en griego.
En la tradición sapiencial se distingue un grupo de textos, en su mayoría apócrifos, denominados “apocalipsis”. La literatura apocalíptica forma parte de esta tradición, pues persigue el mismo objetivo, a saber, una gnosis o conocimiento sobre el mundo, concretamente en su momento escatológico o final, que se diferencia sustancialmente de los Profetas, pues son sabios, como Daniel, Henoc o Esdrás, los que revelan, no ya el destino de la nación, sino la parte oculta del cosmos, los designios de Dios para el final de los tiempos, y el final de los Imperios. El sabio apocalíptico interpreta sueños, tiene visiones y dispone del don de profecía, como herramientas de esa gnosis revelada por el Espíritu de Sabiduría. El don de la videncia y de la profecía apocalíptico se trata aquí de un “carisma” o gracia recibida del Espírtu, en la persona de un sabio , “Dios concedió a aquellos cuatro muchachos conocimiento e inteligencia en toda escritura y sabiduría, y Daniel entendía toda suerte de visiones y sueños” (Dan. 1:17). Sabiduría e inteligencia para poder comprender toda ciencia, que procede de Dios, por medio de la cual fue creado el mundo, esta es la gnosis de los sabios, que además están dotados de noûs, es decir, de inteligencia, cuestión que es una constante en toda la tradición platónica, sobre todo, a partir de Filón de Alejandría, y que veremos en otros autores del Platonismo Medio, como son Plutarco de Queronea o Numenio de Apamea, y en importantes obras orientalizantes como son los Oráculos Caldeos y el Corpus Hermeticum egipcio . Libros apocalípticos son Daniel, el libro apócrifo de Henoc, o Esdras IV, pero a esta misma tradición y con elementos simbólicos muy semejantes, encontramos los apocalipsis cristianos de Juan, el Pastor de Hermas o la Ascensión de Isaías, en todos ellos vemos a un ángel acompañar al vidente a lugares del cosmos no accesibles a los simples mortales, o a momentos escatológicos donde se revela el Hijo del hombre, en la forma de un anciano revestido de blancos ropajes, distintos monstruos que representan los Imperios y su destrucción, etc. En el Pastor el ángel de la revelación es llamado Miguel, el Arcángel, que es el Lógos, el Hijo de Dios ; mientras que en la Ascensión de Isaías el ángel enviado es el Espíritu Santo de Dios, que eleva al profeta por los siete cielos, en los cuales puede observar la gloria del Hijo de Dios, que todavía ha de venir, pues la visión del profeta se sitúa siglos antes del nacimiento de Jesús en la tierra, por ello el autor escoge a Isaías como el vidente adecuado para su apocalipsis.
La literatura sapiencial abarca un amplio arco de tiempo, desde principios del siglo IV hasta los primeros años de nuestra era. Lo que sí que es incuestionable es que dicha literatura coincide con la época del llamado segundo Templo, es decir, desde la reconstrucción del Templo, aproximadamente, en el año 445 a.C., hasta la destrucción del mismo, en el año 70 de nuestra era. Vemos por tanto, que esta nueva literatura, se suma a la más antigua literatura profética y a la Torah, aportando un nuevo valor a la cultura del pueblo judío: la sabiduría. Un nuevo valor que le permitirá la integración en el universo multicultural del helenismo, donde la sabiduría de Israel tendrá algo que aportar a la búsqueda del conocimiento y del comportamiento de vida ético, que tanto preocupaba a los filósofos helenistas.
El primer libro con el que podríamos comenzar a agrupar la literatura didáctica o sapiencial es el libro de Job, aunque los biblistas difieren sobre la categoría concreta de este libro, donde se mezclan diversos estilos y tendencias. Pero es evidente que integra gran cantidad de contenidos propios de la tradición sapiencial, e incluso encontramos claras definiciones de la Sabiduría y de los sabios. Su datación oscila en torno a comienzos del siglo IV a.C., y el lugar de composición preferiblemente Palestina. El libro de los Proverbios es una colección de lo más variopinta, sin una clara estructura, que vendría a ser una recolección de proverbios de distintas épocas de los sabios de Israel. Hoy en día se sabe que algunos de estos proverbios son tomados de otras culturas del entorno, como sería la literatura sapiencial egipcia o asirio-babilónica. Para su datación se toman los proverbios que tienen una influencia claramente greco-helenística, que determinan el terminus a quo para la redacción final del libro a finales del siglo IV a.C. El Eclesiastés lleva por título original Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. El libro está atribuido al sabio por excelencia: el Rey Salomón, Qohélet, o el que congrega a la asamblea (de ahí el nombre griego: ekklesiastes). Los biblistas no se ponen de acuerdo ni en la fecha ni en el lugar de composición, aunque parece que la opinión dominante es que fue escrito en la segunda mitad del siglo III a.C. en Jerusalén.
El libro de Daniel no es un libro profético, sino apocalíptico, pues Daniel no es propiamente un profeta, sino un sabio, de la misma categoría de sabios que los autores de la literatura didáctica, como Qohélet o Sabiduría. A estos sabios se les acostumbra a relacionar con visiones y revelaciones (apokálypsis). Su fecha de composición es 167 – 164 a.C. y como autor, un judío desconocido de Jerusalén, escrito en arameo imperial y hebreo tardío, con préstamos del persa y del griego. El Eclesiástico o Sabiduría de Jesús ben Sira, escrito en lengua griega, está datado en el año 132 a.C., y es de origen egipcio, si bien supuestamente traduciría una obra un poco más antigua, escrita en hebreo en Jerusalén. El libro de la Sabiduría, igualmente escrito en griego, probablemente por varios autores, fue compuesto entre los años 100 a.C. y 40 de nuestra era; el origen también podría ser Alejandría.
Los libros sapienciales recogen la sabiduría de los sabios de Israel. Estos sabios formaron sus propias escuelas con sus propias concepciones y conocimientos, sobre todo en la época postexílica del segundo Templo, a la que se corresponde la mayoría de estos libros. De hecho tenemos textos que abiertamente se contradicen, por ejemplo, “todo procede del polvo y todo retorna al polvo” de Eclesiástico 3:20, que parece negar la vida eterna, tal como lo afirmaba la secta de los saduceos, frente al destino de los justos que propone Sabiduría 5:15, “los justos en cambio viven para siempre, su sueldo está en el Señor, y el cuidado de ellos junto al Altísimo”, tal como afirmaba la secta de los fariseos. Pablo conocedor de las distintas tendencias y doctrinas entre los judíos de su época, cuando intentaron juzgarle en el Sanedrín, suscita una gran polémica doctrinal, conociendo las distintas facciones que en aquel alto tribunal existían: “Dándose cuenta Pablo de que una parte era de saduceos y otra de fariseos, gritó en el sanedrín: “¡Hermanos! Yo soy fariseo, hijo de fariseos. Y estoy siendo juzgado por esperar la resurrección de los muertos”. Cuando él dijo esto se produjo un altercado entre los fariseos y saduceos y se dividió aquella muchedumbre, pues los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo eso. Se armó un griterío enorme…” (Hech. 23:6-9). Pablo, además de demostrar una gran inteligencia ante el Sanedrín, afirma con claridad su condición de fariseo, hacia el final de su vida. De hecho tal condición le permitió dirigirse a los judíos en todas las sinagogas de la Diáspora a las que visitó, en su viaje apostólico. Pablo era un sabio de la secta de los fariseos, que tenía su propia sabiduría. Lo que sin duda se apoya en la heterogénea concepción de la sabiduría que aparece en los distintos libros didácticos y sapienciales.
Los primeros sabios de Israel fueron los reyes y los consejeros de la corte. Toman como patrón al legendario Rey Salomón, al que le atribuyen la mayoría de los libros sapienciales. De hecho “hakam”, que se traduce por “sabio”, denota un conocimiento técnico, más de un experto, que de un filósofo . De manera que, antes de la formación de escuelas de sabios, éstos no eran otra cosa que peritos adscritos a la corte y a funciones de administración, a los que se les requería un determinado conocimiento, un sabio de este tipo es Daniel, cuya sabiduría, que incluían las visiones y la interpretación de los sueños reales, le valió el cargo de señor de la provincia y jefe de los magos de Babilonia . Sin duda estos eran los primeros sabios, o al menos los sabios legendarios, cuya tradición se crea en estos libros sapienciales. Sin embargo, en la época en la que se redactaron estos libros, los sabios son otra cosa muy diferente, se trata de miembros muy honorables y muy estudiosos de la Torah y de los Profetas, muchos de ellos, como los filósofos griegos, directores de sus propias escuelas, de hecho, estos sabios postexílicos son verdaderos rabinos, maestros de sabiduría, e interpretes de la Ley y los Profetas. El caso más paradigmático, tal como hemos dicho, es el del rabino Hillel (110 a.C.- 10 d.C., según la tradición que asegura que el sabio vivió 120 años), fundador de una escuela talmúdica en Babilonia y Jerusalén. Hillel es el prototipo de sabio de Israel de la época postexílica del segundo Templo, cuya sabiduría ya nada tiene que ver con los conocimientos precisos de un rey y sus cortesanos, sino que se trata de una verdadera filosofía, un conocimiento de las normas de vida prescritas en la Ley y los Profetas, en definitiva, un verdadero interprete de la Torah. Pero, entre el técnico cortesano y el gran sabio Hillel, encontramos muchas otras personas que podían recibir el apelativo de sabios, por sus profundos conocimientos bíblicos y por su comportamiento de vida ético, ajustado a las prescripciones de la Ley. Estos sabios fueron los que recolectaron proverbios y máximas sapienciales, no solo de su propia tradición, sino que también de otros pueblos del entorno, y las publicaron en sus libros didácticos, que tenían precisamente una función pedagógica y de instrucción en la vida de todo judío temeroso de Dios.


(Continuará).

Juan Almirall

LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO CARISMÁTICO Y APOCALÍPTICO (2)

Orígenes del Cristianismo: judaísmo y el helenismo.

El hecho, tal vez, más importante en la historia de la humanidad sea la publicación en Alejandría de la Septuaginta, la Biblia en lengua griega, cuyos trabajos de traducción comenzaron en torno al año 280 a.C. por indicación del Rey Ptolomeo II Filadelfo, y terminaron en torno al año 200 a.C. Inicialmente fueron traducidos la Torah o el Pentateuco y los libros de los Profetas, pues algunos de los libros didácticos y sapienciales no fueron terminados de redactar sino hasta algunos años más tarde, e incluso, algunos de estos libros, como Sabiduría y Eclesiástico fueron escritos directamente en griego, por judíos de la Diáspora, que utilizaban la Septuaginta como libro de referencia. Este será el caso también del Apóstol Pablo, un fariseo que utilizaba la Biblia griega de la Diáspora. Y decimos precisamente, que la traducción al griego de la Biblia es, probablemente, el hecho histórico de mayor relevancia, pues dará nacimiento a las dos religiones más importantes de nuestra cultura, por un lado, el Judaísmo que surgió tras la segunda destrucción del Templo de Jerusalén, y, por otro, el Cristianismo. Ambas religiones son fruto de una época, la época llamada del Segundo Templo, que se inicia, aproximadamente, a partir de mediados del siglo V a.C., con la reconstrucción del Templo de Jerusalén, y del Judaísmo llamado “postexílico”, formado por un amplio y variado mosaico de sectas y tendencias, cuya falta de unidad, permitió la penetración de una concepción más abstracta y filosófica de la religión, así como la introducción de la Septuaginta en la vida de muchos judíos, sobre todo, de la Diáspora. Jerusalén será la guardiana y baluarte de las costumbres y tradiciones más antiguas, gracias sobre todo a instituciones como el Sanedrín, órgano colegiado con carácter no solo administrativo, sino sobre todo judicial.



El Cristianismo fue considerado, inicialmente, como una secta más del Judaísmo, que experimenta distintos momentos de influencia helenística o de la cultura griega, y en especial de la filosofía griega. Y en la mayoría de los casos, al menos hasta el siglo III, dicha influencia le llega al Cristianismo a través de algunas fuentes muy receptivas al helenismo, como fueron las distintas tradiciones judías, concretamente la tradición rabínica de los fariseos, en un primer momento, así como la tradición sapiencial de origen alejandrino, sobre todo a partir de la gnosis y sus detractores, los primeros teólogos cristianos, entre los que se cuenta Orígenes de Alejandría. Ambas tradiciones se encontraban fuertemente helenizadas, de hecho son las fuentes tanto del Cristianismo como del Judaísmo talmúdico, que surgirá a partir de la destrucción del segundo Templo y de la ciudad de Jerusalén, en el año 70, por las tropas de Tito.
Podemos afirmar que propiamente el Cristianismo no se separa del Judaísmo hasta la desaparición del Sanedrín post-exílico, que se encontraba en la ciudad de Jerusalén. El Sanedrín era el concilio mayor del pueblo judío, estaba formado por setenta y un miembros y su sede se encontraba en Jerusalén. Fue creado durante la dominación persa (539-33 a.C), tras el regreso del exilio de Babilonia. Palestina contaba con un gobernador nombrado por los persas y un concilio formado por los líderes de la aristocracia judía, algunos sacerdotes y otros terratenientes, este concilio fue el denominado Sanedrín. Esta institución se mantuvo durante la época ptolomáica y seléucida, el sumo sacerdote y cabeza del Sanedrín era nombrado por el Rey, y tenía funciones de gobierno de la provincia, recaudaba impuestos para los reyes griegos, y tenía plenos poderes respecto de la interpretación y práctica de la Ley. En época romana, el Sanedrín lo formaba el sumo sacerdote, aristócratas, juristas y escribas, interpretes y expertos en la Torah. La mayoría de sus componentes formaban parte del partido saduceo y desde los últimos monarcas asmoneos, en torno al siglo I a C., los fariseos también formaron parte de esta institución de tipo religioso jurídica, aunque los primeros, constituían el grupo dominante en el Sanedrín hasta la destrucción de Jerusalén, en el año 70. Después de esa fecha, el Sanedrín fue reorganizado bajo la dirección de los rabinos, y ellos fueron sus únicos miembros. La institución del rabinato tenía su origen en distintas tradiciones, de entre las que destacaba la farisaica. El Sanedrín tenía poder legislativo, judicial y ejecutivo tanto respecto de la ley criminal como de la civil. Igualmente contaba con su propia guardia y podía detener a las personas que considerase oportuno. Los integrantes del Sanedrín también supervisaban el calendario religioso, los eventos del Templo y su culto, así como el sacerdocio. Pero tras la destrucción del Templo, el Sanedrín, con la llegada de los rabinos, se convirtió en un centro académico, de interpretes de la Ley . Destacó Rabi Yehuda, que llegó a ser presidente (Nasi) del Sanedrín, y que en el siglo II redactó la Mishna, texto central de la literatura talmúdica. En esta época Judaísmo y Cristianismo se distanciarán y se podrán distinguir claramente, el primero resurgiendo de un período de decadencia y el segundo experimentando un desarrollo prodigioso, que culminará a principios del siglo IV, con la conversión del Imperio Romano al Cristianismo.
Pero antes de eso, los primeros tres siglos de Cristianismo están llenos de avatares, propios de una religión heredera de una tradición caracterizada por la diversidad y pluralidad de haíresis, es decir, “divisiones” o sectas. En el siglo I a.C. en Palestina encontramos entre los judíos distintas formas de interpretar la Ley y los Profetas, los principales textos del Judaísmo. Estos distintos grupos o haíresis fueron los saduceos, los fariseos, los esenios y los zelotas, aunque existen algunos otros grupos documentados, como las comunidades de Qumrán o los Terapeutas egipcios, los primeros generalmente vinculados al movimiento esenio y los segundos testimoniados por Filón de Alejandría. Estos últimos constituían verdaderas comunidades monásticas, que se consideraban igualmente fieles y estrictos observadores de los preceptos de la Ley, y que precisamente, su estricta observancia de los preceptos de pureza de la Torah, les habían llevado a un distanciamiento de la vida mundana y a rechazar el culto expiatorio que se celebraba en el Templo de Jerusalén. Todos estos grupos, en mayor o menor medida, se encontraban fuertemente helenizados. Sobre todo, tras la importante reforma que había producido la traducción de la Ley y los Profetas a la lengua griega, en la famosa versión de la Septuaginta, la Biblia de los Setenta o Alejandrina, en uso desde el siglo III a C. Saduceos y fariseos hacían uso de la Biblia griega en la misma Jerusalén, y será el único texto que conocieron la mayoría de los judíos de las comunidades de la Diáspora.


(Continuará).


Juan Almirall