viernes, 15 de mayo de 2009

TRATADOS DE PRISCILIANO DE ÁVILA. TEXTO DEL TRATADO I. APOLOGÉTICO. Liber apologeticus.

Para aquellos que están interesados en la doctrina y filosofía priscilianista, presentamos la traducción del primer tratado del conjunto de tratados y cánones publicados por Gerog Schepss en Würzburg, Alemania en 1886.

Utilizaremos, como en otras ocasiones, las ediciones: Prisciliano. Tratados y cánones. Editora Nacional. Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados 1976 y de: Prisciliano, Tratados. Ed. de Ricardo Ventura. Imprensa nacional-casa da moeda, Lisboa 2005.



LIBRO APOLOGETICO

Aunque nuestra fe esté libre de cualquier impedimento de la vida, libre para seguir el camino de la ordenación católica, esforzándose en el camino hacia Dios, aunque herida por diabólica difamación, por la cual, cuanto más hostigada es, más justa queda probada, juzgamos que sería glorioso para nosotros, beatísimos sacerdotes, porque no nos remuerde la conciencia y aún cuando, exponiendo nuestra fe en frecuentes libros, hemos condenado los dogmas de todos los herejes, tal como en el libro de nuestro hermano Tiberiano, de Asarivo y de otros con los cuales es una nuestra fe y uno nuestro sentimiento, donde son condenados todos los dogmas que parecían ir contra Cristo, y aprobados los que estaban a favor de Cristo, no callar tampoco ahora, puesto que así lo queréis, igual que está escrito: “siempre preparados para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere” (I Pedro, 3, 15) tal como nos habéis pedido.

Así pues, aunque a vuestra vista está toda nuestra vida, establecidos en la luz de la fe, no procuramos ningún retiro para prácticas oscuras, sin embargo, no rehuímos esta segunda confesión, para satisfacer a los que aún nos desconocen y para que nadie se engañe sobre nosotros, creyendo injustamente la palabra de otros, cayendo en un error imperdonable, no negándonos a “mostrar con la boca lo que creíamos con el corazón” (Romanos, 10,10).

Pues, aunque no está bien vanagloriarse de lo que hemos sido, no hemos sido llamados al siglo, sin embargo, de un origen tan oscuro o tan ignorantes, que la fe de Cristo y la formación del creyente pudiera depararnos la muerte antes que la salvación.

En verdad, como vosotros mismos sabéis, recorridas todas las experiencias de la vida humana y rechazadas todas las ataduras con nuestros males, hemos entrado , por así decir, en el puerto de la tranquilidad segura. Sabiendo que “quien no naciere de agua y de Espíritu, no entrará en el reino de los cielos” (Juan, 3,5), “purificamos nuestras almas por la obediencia de la fe por el Espíritu” (I Pedro, 1,22) y rechazados “los deseos de la vida pasada, de los cuales nos avergonzábamos” (I Pedro1,4; Romanos, 6,21), tomamos el símbolo de la devoción católica hacia la gracia renovada, con el objeto de que entrando en el bautismo, “redención de nuestro cuerpo” (Romanos, 8,23), y “bautizados en Cristo y vestidos de Cristo” (Gálatas, 3, 27), despreciando la vanagloria del siglo, entregásemos, tal como seguimos entregando, nuestra vida únicamente a Él, quien nos concedió el perdón de los pecados, sufrió por nosotros y nos ofreció la redención y la salvación de nuestras almas.

Pues, ¿Quién hay que, leyendo las Escrituras y creyendo “en una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios” (Efesios, 4, 5) no condene los necios dogmas de los herejes, quienes, queriendo comparar lo divino con lo humano, separan la sustancia unida en la virtud de Dios y ¿(quien hay que no condene) el crimen de los Binionitas, que dividen en partes la grandeza de Cristo, venerable en la triple fuente de la Iglesia? Tal com está escrito: “yo soy Dios y fuera de mí no existe otro justo” (Isaías, 45, 21 y Oseas, 13,4) y “yo soy el primero y el último y más allá de mí no hay Dios; ¿quien podrá entonces parecerse a mí?” (Isaías,44, 6-7); igualmente en otro lugar: “yo soy el que soy y antes de mí no hubo otro y después de mí no habrá uno semejante a mí; yo soy Dios, y fuera de mí no habrá un salvador” (Isaías, 43, 10-11); y aún dice Moisés: “nuestro Señor Dios es uno” (Deuteronomio 6, 4), y Jeremías dice: “este es nuestro Dios y no consideramos ningún otro más allá de Él, que reveló todo el camino de sabiduría y se lo ofreció a su hijo Jacob y a su querida Israel; después de esto fue visto en la tierra y convivió con los hombres” (Baruc, 3, 36-38) Pues “Él es quien era, quien fue y quien será (Apocalipsis, 1, 8) y “el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros” (Juan, 1,14) y visto por el siglo (mundo); crucificado, se hizo heredero de la vida, venciendo a la muerte y resucitando al tercer día, hecho forma del futuro, mostró la esperanza de nuestra resurrección y ascendiendo a los cielos, abrió el camino para los que llegan hasta Él, todo “en el Padre y el Padre en Él mismo” (Juan, 14, 11), para que se manifieste lo que está escrito: “gloria a Dios en las alturas y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad” (Lucas, 2, 14); También dice Juan: “tres son los que testimonian en la tierra: el agua, la carne y la sangre, y estos tres son uno; y tres son los que testimonian en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu, y estos tres son uno en Cristo Jesús” (I Juan, 5, 7-8. Reproducimos a continuación la cita de Ricardo Ventura: Comma Joanneum, citada por Prisciliano: “Tria sunt quae testimonium dicunt in terra aqua caro et sanguis et haec tria in unum sunt, et tria quae testimonium dicunt in caelo pater verbum et spiritus et haec in tria unum sunt in Christo Iesu”; Vulgata: “Hic est, qui venit venit per aquam et sanguinem, Iesus Christus; non in aqua solum sed in aqua et in sanguine. Et Spiritus est, qui testificatur, quoniam spiritus est veritas. Quia tres sunt, qui testificantur: Spiritus et aqua et sanguis; et hi tres in unum sunt”.
Incluímos: “The first work to quote the Comma Johanneum as an actual part of the Epistle's text appears to be the 4th century Latin homily Liber Apologeticus, probably written by Priscilian of Ávila”. Extraído de Wikipedia.)


Y puesto que queréis que vaya paso a paso en la exposición de nuestras creencias, aunque lo que a nosotros compete es aprender de vosotros, con todo, puesto que según el ejemplo de Dios quien, manifestando con sus obras quien era, quiso , no obstante, oír de sus discípulos quien era, o quien creían que era; puesto que queréis que os pruebe lo que ya conocéis, perdonadnos si nos alargamos hablando de los seguidores de nuestra fe o sobre sus detractores, que introducen el error para depravar las mentes de los infieles. Pues por culpa de aquellos que, mintiendo tanto contra los hombres de Cristo, nos hacen negar de la forma más prolija estas mentiras que ellos mismos cargan sobre sí. Sea anatema, pues, quien, creyendo en el mal de la herejía Patripasiana maltrata la fe católica, cuando está escrito lo que dice Pedro: "Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo” (Mateo, 16, 16) y en otro lugar; “quien tiene al hijo tiene vida, quien no tiene al hijo, no tiene vida” (I Juan, 5, 12); y también en otro lugar, cuando dice Él mismo: “El Padre y Yo somos uno” (Juan, 10, 30) y “Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí” (Juan, 17, 21). En testimonio de esto se añade también en el Evangelio la confesión demoníaca que dice: "Tú eres Cristo, Hijo de Dios, ¿porqué viniste antes de tiempo a atormentarnos?” (Mateo, 8, 29). Sabemos que esto fue escrito, no porque Dios quiera el testimonio de los demonios, sino para que los hombres, hechos a imagen y semejanza de Dios, “se sientan obligados por los peores tormentos” (Hebreos, 10, 9) si ignoran las cosas que hasta los demonios reconocen. Para nosotros sólo hay "un Dios padre, de donde todo procede y nosotros en Él, y un Señor Jesús Cristo, por el cual son todas las cosas y nosotros por Él". (I Corintios, 8, 6). A la necedad de estos se une la herejía Novaciana, como si el error del pecado reapareciese siempre y este se limpiase con la repetición del bautismo; cuando la lectura apostólica atestigua: “un sólo bautismo, una sola fe, un solo Dios” (Efesios, 4, 5) y sabemos que "aunque un ángel del cielo nos anunciase otro evangelio distinto del que nos ha sido anunciado, es anatema” (Gálatas, 1, 8) Nosotros, en cambio, bautizados una vez en Cristo, "permaneciendo en aquello que ha pasado, avanzamos hacia aquello que está adelante, queremos alcanzar aquello por lo cual fuimos alcanzados", (Filipenses, 3 12. En versión diferente de la Vulgata) porque unidos en la fe, no tenemos, fuera de Jesucristo únicamente, otra defensa que la del bautismo, sabiendo que “Cristo vino en carne para salvar a los pecadores” (I Timoteo, 1, 15) y redimidos en Él, devolverlos a las normas de la vida eterna.

Continuaremos...

Saludos cordiales, Jesús Rodríguez



viernes, 1 de mayo de 2009

OROSIO Y PRISCILIANO. ANTROPOLOGÍA PRISCILIANISTA III. REENCARNACIÓN EN EL CRISTIANISMO

En el último escrito de la misma serie, anunciábamos la intención de comparar los puntos doctrinales priscilianistas que presenta Orosio, con la propia obra de Prisciliano. En aquel artículo decíamos que lo presentado por Orosio no concordaba “aparentemente”, en materia doctrinal, con el contenido de los tratados.

Vamos a intentar estudiar las ideas priscilianistas sobre el hombre en el ámbito más amplio del mundo conceptual de su tiempo.

Aunque posiblemente el estilo y el carácter de la obra de Prisciliano son diferentes de los del texto de Orosio, es posible, no obstante, encontrar muchas coincidencias entre sus contenidos. Prisciliano nos presenta alguno de estos contenidos fundamentados además, en los textos del Evangelio.

En el Tratado I encontramos una referencia a la reencarnación en una de sus citas al Evangelio. La cita procede, en una versión antigua, de: Santiago 3, 6; “rotam geniturae”, o rueda de la generación; en la Vulgata: “rotam nativitatis”, o rueda de los nacimientos; de la que se sigue la preexistencia del alma antes de su encarnación.

En los Evangelios canónicos existen escasas referencias a la reencarnación además de la citada por Prisciliano, concretamente en Juan 9, 1-3: “Pasando, vio a un hombre ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron, diciendo: Rabí, ¿Quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego? Contestó Jesús: ni pecó este ni sus padres…” y también, en los casos en los que se presenta a Juan Bautista como reencarnación de Elías, por ejemplo en Marcos 9, 10-13: “Se preguntaban qué era aquello de “cuando resucitase de entre los muertos”. Le preguntaron diciendo: ¿cómo es que dicen los escribas que primero ha de venir Elías… Yo os digo que Elías ha venido ya…” y Lucas 1, 17: “Y caminará delante del Señor en el espíritu y poder de Elías…” También en Mateo, 11, 13-14 y en 17, 10-13.

La polémica cuestión de la reencarnación fue motivo de controversia en el cristianismo antiguo oriental. Fue aceptada filosóficamente por algunos Padres de la Iglesia como Justino y especialmente Orígenes de Alejandría y rechazada por otros como Tertuliano, Metodio de Olimpo, Ireneo o Jerónimo…

Origenes trata sobre la preexistencia del alma que es inmaterial, sin principio ni fin. Existe por parte del alma un progreso constante, de eternidad en eternidad, hacia la perfección. Todos los espíritus fueron creados sin culpa y todos han de regresar al final, a su perfección original. El aprendizaje del alma se realiza en mundos apropiados para su desarrollo… Dice Orígenes, en: “De Principiis III, 1,23”

“Puede darse que alguien, por causas anteriores a esta vida sea ahora en esta vida un vaso de deshonor, se corrija y se convierta en la nueva creación en vaso de honor, santificado y útil al maestro, preparado para toda obra buena”

En Clemente de Alejandría encontramos una alusión a la preexistencia del alma en: Protréptico, 6,4: “En cambio, antes de la fundación del mundo, nosotros fuimos engendrados por Dios anteriormente, porque era necesario que viviéramos en Él, nosotros, las imágenes razonables del Logos de Dios, por el que somos antiguos, porque “en el comienzo era el Logos” (Gredos 1994)

Finalmente la cuestión queda zanjada por decreto imperial en el concilio ecuménico de Constantinopla del año 553. La condena la realiza el propio emperador Justiniano, mediante 15 anatemas, con la asistencia de 165 obispos y confirmado por el Papa Virgilio. Los tres primeros cánones dicen:

Canon. 1. Si alguno dice o siente que las almas de los hombres preexisten, como que antes fueron inteligentes y santas potencias; que se hartaron de la divina contemplación y se volvieron en peor y que por ello se enfriaron en el amor de Dios, de donde les viene el nombre de frías, y que por castigo fueron arrojadas a los cuerpos, sea anatema.

Can. 2. Si alguno dice o siente que el alma del Señor preexistía y que se unió con el Verbo Dios antes de encarnarse y nacer de la Virgen, sea anatema.Can. 3. Si alguno dice o siente que primero fue formado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santa Virgen y que después se le unió Dios Verbo y el alma que preexistía, sea anatema.

Can. 3. Si alguno dice o siente que primero fue formado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santa Virgen y que después se le unió Dios Verbo y el alma que preexistía, sea anatema.

La idea de reencarnación, a pesar de venir expresada en el Evangelio y ser aceptada por muchos filósofos cristianos, no formó verdaderamente parte del cristianismo. Para el cristiano lo verdaderamente importante era el mensaje de salvación. El cristianismo prometía el reino de los cielos, la vida del espíritu a quienes, mediante la fe, aceptaban el mensaje cristiano y el acto ritual de participar “del cuerpo y la sangre de Cristo”.

Los hechos evangélicos más importantes fueron cambiando con el tiempo y el lugar. Por ejemplo, para Pablo el hecho Evangélico más importante es el de la resurrección de Cristo, mediante el cual se vuelve posible la resurrección, y por tanto la salvación, del discípulo cristiano, esto se halla recogido sobre todo en la 1ª Epístola a los corintios, capítulo 15. Con el tiempo, en la iglesia católica, este momento fue desplazado en importancia por la pasión, el sufrimiento y la muerte de Jesús.

Pero ¿son compatibles reencarnación y resurrección o salvación? ¿Es lo mismo una cosa y otra? Las dos ideas las encontramos en Prisciliano y hacen referencia a realidades muy distintas.

En algunas tradiciones, entre ellas la judeocristiana, el origen del hombre y su primitivo estado están ligados a la divinidad; puede decirse incluso, que el hombre es de naturaleza divina y espiritual. Encontramos un testimonio de la divinidad del hombre en el Evangelio de Juan. Inaceptable para el monoteísmo judío, Jesús apela a la Escritura judía para justificar su “título” de Hijo de Dios, título, por otra parte, muy común en la tradición religiosa y mistérica antigua: “Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les replicó: ¿No está escrito en vuestra Ley: “Yo digo: Dioses sois”?” (Juan, 10,34. Nácar-Colunga BAC).

Jesús se refiere al pasaje de los Salmos 81, 6-7: “Os he dicho que sois dioses y todos hijos del altísimo”

Pero la condición en la que vive el hombre muestra su ruptura con la divinidad. El hombre ha sido expulsado del Paraíso, del Jardín de los Dioses o del coro celeste, como dice Platón. Y se ha establecido en un cuerpo terrestre, como dice por ejemplo Platón en Fedro. En el Génesis el hombre expulsado del Paraíso se viste con pieles de animales en referencia al cuerpo “animal”, sede de las pasiones que sufre el alma a causa de su atadura corporal; y en el cristianismo antiguo, deudor de la tradición judía y griega, ese mundo al que llega el hombre exiliado, está regido por las Potestades y Principados “de este mundo”, llamados también “terrígenos”, creadores o regentes, según los casos, del mundo terrenal. Esto es lo que representa el diablo o Satán: la oposición a Dios y la muerte. El olvido y la ignorancia del mundo celeste, como consecuencia de la influencia del mundo terrestre oscuro y opaco. El cuerpo, de naturaleza terrenal, “a la cual llama el apóstol “apariencia del mundo y hombre viejo” (Colosenses 3,9) y aunque ha sido creada por la mano de Dios, sin embargo, por ser hermana del nacimiento terrenal, al participar del barro, ha oscurecido el “linaje divino” (Act. 17,28) de los hombres con las trampas del nacimiento terrenal” Dice Prisciliano en el Tratado VI citando dos veces el Evangelio. En su canon XXXII a las Epístolas de Pablo dice: “El hombre viejo es exterior, se corrompe y en él se destruye el cuerpo del pecado y el apóstol le llama casa terrenal y vaso de barro”.

Pero estas concepciones sobre el cuerpo también las encontramos en la Grecia antigua, en la línea más órfica y pitagórica del platonismo, por ejemplo en el Gorgias, Fedro o el Fedón.

Sócrates cuenta a Fedro que el alma es de origen celeste, pero que debido a su inexperiencia o debilidad, cae en el cuerpo y este se convierte en un obstáculo, en una prisión o en un sepulcro.

“Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse “mortal” e “inmortal”. Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces una forma y otras, otra. Y así, cuando es perfecta y alada vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal…”

“Siendo a su vez, integras, inmóviles y beatíficas las visiones que durante nuestra iniciación y al término de ella contemplábamos en un resplandor puro, puros nosotros y sin la marca de este sepulcro que ahora llamamos cuerpo, que nos rodea y al que estamos encadenados…”
(Obras completas, Aguilar, 1969)

Volveremos con más detalle sobre más esta cuestión en otro artículo.

Podemos decir que para la tradición cristiana, el alma, de origen celeste, se encuentra prisionera, encadenada en su sepulcro de carne y sangre, el cuerpo material “de este mundo”, en donde debe resucitar. El alma se encuentra sometida a la ley terrenal de lo corporal, a las pasiones y a su “quirógrafo” o balance de las deudas contraídas por el alma en su vagar errante a través de encarnaciones. Prisionera también de las influencias zodiacales, nos atrevemos a decir, pues en el Tratado V, o del Génesis dice: “fueron establecidos los cursos del año y las disposiciones de las estrellas”.

La preexistencia del alma y el registro o “quirógrafo” de sus acciones durante le curso de sus encarnaciones y las influencias zodiacales son elementos comunes tanto en el escrito de Orosio como en los textos de Prisciliano. Además, es común en ambos textos la idea de que Cristo liberó al hombre de los efectos de ese “registro” mediante su pasión y su muerte y devuelve al hombre a su primitiva condición de hijo de Dios, renacido de Dios y semejante a Él. Inmortal, liberado y unido a Dios para toda la eternidad.

“…viniendo en carne derribó la constitución del decreto (quirógrafo) anterior, y clavando en el patíbulo de la gloriosa cruz las maldiciones de la dominación terrena, Él, que es inmortal y no puede ser vencido por la muerte, murió por la eternidad de los mortales.” (Tratado IV. De la Pascua)

“Cristo es nuestra paz, y por eso, disolviendo las enemistades en la cruz, borró el quirógrafo que estaba contra nosotros, derribando el muro de separación.” (Canon XVIII)

En otro artículo buscaremos la continuación y el contexto de estas ideas en el mundo antiguo y más adelante, si ello es posible, trataremos sobre la cuestión del proceso y vía de salvación, liberación o inmortalidad del hombre en Prisciliano y su tiempo.

Saludos cordiales, Jesús Rodríguez.


domingo, 19 de abril de 2009

SOFIA, LA HERMANA DIVINA DEL LOGOS

El emperador Justiniano mandó construir una imponente catedral en Constantinopla, en el año 532, que fue finalizada cinco años más tarde. Cuando el Augusto la vio, dijo: “Salomón, te he superado”. La basílica más grande y hermosa de la Cristiandad estaba dedicada a Santa Sofía, Hagia Sophia. Para la Iglesia latina Sophia, la Sabiduría, no merece ningún templo, y menos la basílica más grande e importante, no así, para la Iglesia Oriental. ¿Cuál es la razón por la que el templo más grande e importante, en la capital del Imperio Bizantino, se levanta en honor y para rendir culto a la Sabiduría, un personaje totalmente ajeno a la Iglesia latina? El Cristianismo oriental todavía rinde culto a Santa Sophia, y para ellos se trata de un personaje tan importante como el Logos, el Cristo, el Hijo de Dios Padre. El origen de esta tradición se encuentra en Filón de Alejandría, el sabio y filósofo judío, fundador de la teología alegórica, que más tarde incorporaron al Cristianismo, Orígenes y sus Escuelas, la de Alejandría y la de Cesarea.

Santa Sofía es el Espíritu Santo, la naturaleza femenina de la Santísima Trinidad. Dios Padre, el Noûs o Intelecto, eterno e insondable, se desdobla en dos: Sophia y el Logos. La primera, permanece como pura naturaleza divina, como la expresión inteligible y pensamiento de Dios, el Padre; el Logos, es su Hijo, el Demiurgo, el creador y ordenador del cosmos, pues Él es la Palabra, la manifestación y revelación del Pensamiento de Dios. En Sophia la Verdad divina permanece inmanifestada, y toma la forma de la Gracia directa del Padre, se trata de un pneuma divino, cuyo contacto directo, es contacto con el mismo fuego de Dios, tal como se expresan sus pensamientos. El hombre no puede recibir el fuego divino directamente, si no se ha purificado, si no se ha bautizado (sumergido) en el agua de la purificación, y después ha seguido el camino y las enseñanzas que son reveladas por el Logos. Solo entonces, después de haber sido purificado gracias al Hijo, el puro puede recibir el fuego del Espíritu. El Espíritu Santo, Sophia, unge y nos hace verdaderos cristianos, verdaderos ungidos.

Filón de Alejandría hereda toda la tradición veterotestamentaria sobre la Sabiduría, de los Libros Sapienciales tan importantes para el Judaísmo de la época helenística, en la que muchos de ellos fueron escritos. Sophia es considera, por tanto, una de las potencias de Dios, del primer principio, la mónada o el Noûs, que es anterior al Logos: “Moisés llama Edén a la Sabiduría del Ser. El Logos desciende, como de una fuente, de esta Sabiduría a la manera de un río…” (Sobre los sueños, II, 242). En Filón Sophia es preeminente al Logos, que desciende de ella.

Orígenes recoge la distinción entre Sabiduría y Logos, pero a diferencia de Filón, los identifica completamente, como dos aspectos de la naturaleza del Hijo, el Hijo es la Sabiduría misma de Dios, que estaba con Dios desde el principio, y también es el Logos, por el cual toda cosa fue creada. Sin embargo, en el “Tratado sobre los Principios”, no encontramos bien resuelta la tercera hipóstasis de la Trinidad divina, habla del Espíritu Santo siempre por referencias a los textos, que testimonian de su existencia, y de su importancia. Orígenes se decanta por el Hijo, a la hora de expresar la importancia de éste, del Hijo recibimos la Sabiduría, del Espíritu Santo, el hombre se hace santo y espiritual.

Del Antiguo Testamento y sus Libros Sapienciales procedía la Sophia, y del Evangelio de Juan, influido por la filosofía estoica, el Logos que se vuelve inmanente, y que gobierna el mundo. De la filosofía platónica y el gnosticismo estos principios encuentran su origen trascendente, como eones o ideas, habitantes del Pleroma (la plenitud), que es el universo trascendente de los gnósticos, donde se encuentra el primer principio, la mónada hermafrodita y del que surgen los eones. De la aplicación de la filosofía platónico-pitagórica a estos conceptos judeocristianos, resulta la teología gnóstica, que intenta resolver el problema del Uno y lo múltiple (la Díada platónica), pero en el propio cielo pleromático: Abismo, es el primer padre origen de todo, de él surgen otros dos principios: Pensamiento y Silencio, los tres grandes, que engendran, sin pasión, a Intelecto y Verdad, que engendran a su vez a una Tétrada: Logos y Vida, y Hombre y Ekklesia, de estos últimos proceden doce nuevos eones, seis masculinos y seis femeninos, de los cuales, el último, femenino, es Sophia. Por tanto, para el gnosticismo Sophia es posterior al Logos, y además es la causante del mal, pues ella quiso conocer al Padre antes de tiempo, y de su deseo surgió la materia, esta materia es expulsada del Pleroma, y delimitada. Allí es donde irá a caer Sophia, el Alma del Mundo, que vendrá a ser redimida y devuelta al Pleroma, gracias a nueve cantos de arrepentimiento. La Cruz simbolizará el límite entre el Pleroma, la plenitud divina, y el mundo formado a partir de la materia de deseo. Dos Sophias quedarán separadas por la Cruz-Límite: Sophia, la pareja celeste del Cristo, que se une a él en la Cámara Nupcial que se encuentra en el centro de la Cruz, y Sophia Prounico, madre de los vivos y la Jerusalén Celeste, también llamada Ogdóada (es decir el Cosmos de las Esferas Celestes) y Espíritu Santo, que tiene por pareja a Jesús.

El Maniqueísmo hereda la teología mítica de los gnósticos, pero con una versión propia, dualista en cuanto a principios, donde Sophia es la pareja del Hombre Primordial, emanaciones ambas de la Luz, cuya misión es la de entablar combate contra las Tinieblas, por medio del auto sacrificio, a fin de producir la mezcla, que debe terminar con la redención de éstas. El Hombre Primordial aparece acompañado de la Madre de la Vida, ambas hipóstasis del Dios Padre de la Grandeza, estos dos principios se despliegan en una tétrada, formando así la Péntada del Pleroma maniqueo: Noûs y la Madre de la Vida, que constituyen el elemento Luz, Paternidad y Ennoia, que constituyen el elemento Viento, Luz y Reflexión que son Agua, Fuerza e Intención Arie, y Sophia y Logos, que forman el elemento pneumático, el Aire. Así en la cosmovisión maniquea, el Espíritu tiene la forma de estad dos hipóstasis: Sophia y Logos.

La Sophia pagana estaba relacionada con Pronoia, la Providencia divina, que es la acción del Noûs, como motor de las esferas celestiales, en particular la octava esfera de las estrellas fijas, frente a la heimarméne o destino, que regían los siete planetas, y que decidían la suerte de todo lo corporal y las pasiones anímicas. En definitiva, todo ello está ligado al eje celeste, el “axis mundi”, que es el que permite el movimiento traslacional de las esferas, un eje que sustenta todo el engranaje, al igual que la columna vertebral del ser humano. Este es el aspecto femenino de la divinidad, que en las tradiciones orientales es denominado Kundalini. Y este carácter de eje central, une a Sophia con la Jerusalén Celeste, que desciende de los cielos por su eje, y se asienta en las antípodas del Purgatorio, y por tanto, es el Espíritu Santo misterioso, la morada que el Cristo ha preparado a sus fieles, y que es la Novia celestial.

El mito de Logos y Sophia, que tiene fuerza, sobre todo, en las Iglesias Gnósticas y Maniqueas, así como en la Iglesia Oriental ortodoxa, también se plasma, en las Iglesias más esotéricas, en la relación de Jesús con María Magdalena, que aparece como la discípula más próxima y receptora de la Sabiduría secreta del Logos, en el Evangelio de María. Aparece igualmente como amante de Jesús, en el Evangelio de Felipe, y como la discípula favorita junto a Juan, en la Pistis Sophia. En Lucas 8: 2 aparece María Magdalena: “y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios (daimónia)”, si se piensa que siete son las esferas planetarias y siete sus arcontes o rectores, y estos constituyen la Heimarméne, Magdalena puede ser perfectamente una mujer curada del Destino, del condicionamiento astral, de las pasiones del alma, es decir, una alma purificada, que luego es capaz de escuchar y comprender las doctrinas del Logos, tal como la presenta el Evangelio de María, o el mismo Evangelio de Lucas 10: 39. En cualquier caso, María aparece como una personificación de la Sophia espiritual, al igual que aquella Helena, compañera de Simón el Mago, que había sido rescatada de los prostíbulos, y regenerada en el Pensamiento divino, o la divina Sophia. Se trata del mito gnóstico de la caída del eón Sophia en la materia, y como los arcontes y seres malignos abusan de ella, y la mantienen prisionera en la materia o el caos. Sophia es también el Alma del Cosmos, igualmente, unida a la materia, pero conservando su divinidad, y en definitiva expresa la tragedia de todas las almas particulares, atadas por violencia a la materia. Justino en su Apología I, 64, habla del primer pensamiento divino, o el Espíritu divino que se movía sobre las aguas, al que los gentiles, dice Justino, llamaron Proserpina (es decir, la diosa infernal Perséfone), hija de Júpiter – Zeus, o como sabiduría es llamada Minerva, o Atenea, la diosa nacida de la cabeza de Zeus, sin coito. En cualquier forma, Atenea era representada por serpientes, como el modelo oriental de Kundalini, y Perséfone o Coré, que a veces aparece identificada como Atenea Coré, era la diosa iniciadora, la que permitía al alma escapar del mundo de las sombras y dirigirse a la morada de los bienaventurados. Por tanto, aquí Sophia o la divinidad femenina tiene un papel incuestionable como iniciadora en los Misterios soteriológicos.

En definitiva, estamos ante el misterio de la divinidad femenina, al que el primer Cristianismo, y todavía hoy, el Cristianismo oriental, no es del todo ajeno, pues honra a dicho principio como Sophia, en la forma hipostática del Espíritu Santo. No es extraño pues, que la Iglesia Ortodoxa considerase herética la doctrina de la Filioque, que adoptó la Iglesia Latina, y que consistía en que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Para la Iglesia Oriental, que ve a Sophia, el Espíritu divino, como el gran misterio no revelado, el aspecto femenino que otorga la curación y espiritualiza la forma, procede del Padre, únicamente, es algo así como la pareja del Logos, el que enseña el camino hacia el Padre. Es la Mónada divina andrógina, que se desdobla y revela por medio del Logos y Sophia, el Hijo y el Espíritu Santo, lo masculino y lo femenino, sin que haya una preeminencia de uno sobre la otra. Así el misterio de la Eucaristía tiene los dos elementos, la acción del Logos se produce por la palabra, la enseñanza, del “Prefacio”, y la acción del Espíritu Santo por la “Epíclesis” o consagración, que consiste en una invocación del Espíritu Santo. Es la acción de ambos lo que permite siempre la manifestación de lo divino, la acción del Logos y Sophia, que están igualmente valorados en las Iglesias Orientales, donde el misterio se conserva con toda su carga mágica y mística, en rituales arcanos, con el griego como lengua santa de transmisión, tanto de la enseñanza, como del Espíritu.

Juan Almirall

LA DOCTRINA CÁTARA


Pocos escritos históricos hay que describan de manera tan clara y precisa el catarismo como un texto de Las Partidas de Alfonso X el Sabio. Dice así:

“E si por aventura no se quisieren quitar de su porfía, devenlos judgar por herejes e darlos después a los jueces seglares e ellos devenles dar pena en esta manera: que si fuere el hereje predicador, a quien dicen consolador, devenlo quemar en fuego de manera que muera.”

Pues, efectivamente, si hoy tuviéramos que describir en dos palabras en qué se caracterizaban los cátaros diríamos que eran “predicadores y consoladores”.

Por ello, en mi breve intervención de esta tarde, quisiera explicar sobre todo en qué consistía esta predicación y consolación que tanto temieron los poderes políticos y religiosos, y contra la que lucharon tan encarnizadamente.

Pero, antes, me gustaría precisar que ha sido tanta la literatura de todo tipo que se ha vertido sobre el catarismo (historicista, filosófica, literaria, nacionalista, esotérica, etc.), que es muy difícil avanzar por este entramado, profundamente dogmatizado. Para resolver este problema sólo hay un camino: el retorno a las fuentes originales. Sólo en ellas podremos encontrar el hilo conductor de esta corriente de pensamiento y, así, liberarnos de la multitud de prejuicios con que nos encontramos al profundizar en las doctrinas cátaras.



El catarismo es, fundamentalmente, como han señalado los modernos estudios de Duvernoy y Brenon a partir de las fuentes originales, un movimiento de raíces cristianas que intenta recuperar la verdadera esencia del cristianismo original, en el seno de un mundo donde la práctica religiosa está muy corrompida por una jerarquía ávida de poder y con poca vocación espiritual.

La carta que Evervin, preboste de la abadía de Steinfeld, manda a Bernardo de Claraval en el año 1143 es clara al respecto:

Ésta es su herejía: Dicen de sí mismos que son la Iglesia, porque sólo ellos siguen al Cristo; y que siguen siendo los verdaderos discípulos de la vida apostólica, porque no buscan el mundo y no poseen ni casa, ni campos, ni ningún dinero...
De sí mismos dicen: ...llevamos una vida santa y muy estricta, de ayuno y abstinencias, pasando día y noche orando y trabajando, sólo buscando sacar de este trabajo lo que es necesario para la vida... Nosotros y nuestros padres, siguiendo la línea de los apóstoles, hemos permanecido en la gracia del Cristo y permaneceremos hasta el fin de los siglos.

Es en esta línea de tradición apostólica como aparece y se explica, en el seno de la comunidad cátara, la institución del consolamentum.

De los cinco textos originales conservados y atribuidos sin lugar a dudas a comunidades cátaras, dos de ellos son una trascripción de este ritual (en occitano y en latín) y un tercero (el Manuscrito de Dublín) forma parte del sermón que se leía durante su impartición. Ello nos indica la gran importancia que tenía este sacramento para el catarismo (en realidad: su único sacramento reconocido).

El consolamentum, para los cátaros, no era otra cosa que el bautismo espiritual instituido por Cristo. Siguiendo la tradición de Pentecostés, los cátaros consideraban que los apóstoles habían recibido la fuerza del Espíritu Santo con este bautismo, así como el poder de otorgarlo a quienes ellos considerasen dignos de su iglesia.

Así se describe en el ritual occitano:

“Vais a recibir el bautismo espiritual, por el cual es otorgado el Espíritu Santo en la Iglesia de Dios, con la santa oración, con la imposición de manos de los “buenos hombres”. Este santo bautismo, por el cual es otorgado el Espíritu Santo, ha sido guardado por la Iglesia de Dios desde los apóstoles hasta ahora, y ha llegado de “buenos hombres” en “buenos hombres”, y lo hará hasta el fin del mundo.”

Este bautismo por imposición de manos, llamado consolación siguiendo las palabras evangélicas de Juan “Yo os enviaré un Consolador...”, es el hecho más distintivo del catarismo y a su comprensión debemos dedicar una atención especial. Pero para ello debemos profundizar primero en su filosofía llamada “pretendidamente” dualista.

El perfecto cátaro consideraba que Dios Padre era el Supremo Bien y el Sumo Hacedor de la creación. Ello llevó muy pronto su reflexión a la búsqueda de una explicación que permitiese comprender la existencia del mal en el mundo, al igual que ocurriera en las comunidades gnósticas de los primeros siglos. Pues, en efecto, si Dios es el Supremo Bien hacedor de todas las cosas, ¿cómo podemos explicar la existencia del mal en el mundo?

Para el gnóstico, al igual que para el “buen cristiano” medieval, esta búsqueda abocó en la concepción de un demiurgo, un “dios extraño”, ajeno al verdadero Dios, como creador de este mundo, en el que el bien y el mal se encuentran estrechamente unidos.

Es importante resaltar que esta concepción no nace de una creencia dogmática en dos principios, sino que es el resultado final de un esfuerzo por racionalizar y comprender la existencia humana. Fue la constatación del mal en el mundo lo que permitió la construcción mítica y filosófica de la caída humana como explicación de la realidad.

Existen diversos mitos cátaros que explican esta caída, y hoy sería demasiado prolijo analizarlos con alguna profundidad. Quiero destacar, sin embargo, lo siguiente:

Cuando las almas humanas cayeron, según la concepción cátara, fueron atrapadas en “túnicas de carne” que el “dios extraño” hizo para que olvidasen su gloria perdida, su verdadera esencia divina, su espíritu, que permanecía intacto, firme, en el Reino Divino.

«El demonio dijo: “Estos espíritus piden al Padre santo que les perdone porque recuerdan la gloria que han perdido. Yo les daré túnicas, y cuando se hayan revestido con ellas, ya no recordarán más su gloria perdida.” Entonces, el enemigo de Dios, Satán, hizo cuerpos de hombres, en los cuales encerró a esos espíritus, para que ya no recordasen más la gloria del Padre santo.»

El único problema de la humanidad era el olvido. Por eso, la doctrina cátara estaba orientada a ayudar al hombre a recordar su origen divino, es decir, a aportar lo que ellos definían como la “entendensa del Bé”, “la comprensión del Bien”.

Quien recordaba este origen era un creyente, pero sólo se convertía en un verdadero cristiano si salía de su prisión material por medio de “la endura”. La endura era un proceso de purificación, una muerte espiritual del ego humano por su renuncia al mundo y su desapego a los placeres y las posesiones materiales.

Este proceso culminaba con la recepción del Espíritu Santo por medio del “consolamentum”.

Y, ahora, presten atención a cómo veían los cátaros el consolamentum, según un escrito de refutación católico:

En la imposición de manos, el alma ―que hizo caso al diablo y fue engañada por él― recibe por su conducta a su propio espíritu, que ella ha dejado en el cielo. Éste es el espíritu al que llaman el Espíritu Santo, o firme, puesto que ha permanecido firme en el momento de ese engaño, y puesto que él no puede, en esta vida presente, ser engañado por el diablo mientras guarde y gobierne al alma”.

Podemos constatar esta misma doctrina en las explicaciones que Guillermo Belibaste da sobre el matrimonio a uno de sus creyentes:

“El verdadero matrimonio no es el carnal entre el hombre y la mujer, sino el matrimonio espiritual entre el alma y el espíritu, es decir, cuando el alma, que permanece siempre en el hombre, y el espíritu, que va y viene, son buenos y se unen entre ellos, de manera que el alma quiere lo que quiere el espíritu, y el espíritu lo que quiere el alma, y así se unen en el Bien. Éste es el matrimonio que Dios ha instituido.”

Podemos entender, pues, el consolamentum como la culminación de todo un proceso de iniciación, al modo en que se realizaba en los primitivos movimientos gnósticos. En este proceso, el ser humano “de carne y sangre”, que habita en este mundo caído, se reúne de nuevo con “su propio ser espiritual”, que ha permanecido firme en el cielo. Y todo ello por medio de una “conducta pura” del alma, la endura, que permite la “efusión” de ese espíritu.

Éste fue el mensaje de salvación propugnado por los cátaros y, como tal mensaje evangélico, esta buena nueva fue difundida por todas partes. Los crestians ―pues así se llamaron a sí mismos, nunca utilizaron el nombre de cátaro― se sintieron verdaderos mensajeros de la palabra divina y predicaron con gran fuerza en ciudades y aldeas, castillos y chozas, iglesias y mercados. Tan admirable era su vida que el pueblo les conocía como los “bons hommes”, los “buenos hombres”, y desde todos los estamentos sociales (incluso los eclesiásticos) se les reconocía su santidad.

Fue esta bondad, su extraordinario comportamiento de vida, la que llevó a miles de personas, en toda Europa, a creer y confiar en ellos. Y fue esta impresionante aceptación la que provocó la reacción tan violenta y brutal de los poderes establecidos.

Así lo relataba Pedro Autier, uno de los últimos grandes perfectos cátaros, maestro de Guillermo Belibaste:

“Te voy a decir la razón por la cual se nos llama herejes: es porque el mundo nos odia, y no es extraño que el mundo nos odie, pues él ha odiado también a nuestro señor, al cual ha perseguido, como a los apóstoles. Nosotros somos odiados y perseguidos a causa de su ley, que guardamos firmemente. Porque hay dos Iglesias; una, huye y perdona; la otra, domina y destroza.“

“Huye y perdona”. El catarismo nunca ejerció la violencia en este mundo. Ellos no sentían un rechazo vital del mundo, sino una profunda compasión por el ser humano que se mantenía prisionero en él, ignorante de su verdadera patria. Por ello, conscientes de que no todos podían recordar de dónde venían, de que no todos eran lo suficientemente fuertes para recorrer el camino de regreso, se esforzaron siempre por acompañar al hombre de su tiempo con una actitud positiva, dinámica y activa en su vida y en sus acciones.

Para terminar, quisiera leerles un fragmento del consolament occitano, en donde se refleja claramente el mensaje profundamente cristiano del catarismo:

“Si queréis recibir este poder y esta fuerza, hace falta que observéis todos los mandamientos de Cristo y del Nuevo Testamento, conforme a vuestras posibilidades.

Y sabed que él ha mandado no cometer adulterio; no matar ni mentir; no hacer ningún juramento; no tomar ni robar; no hacer a los demás lo que no queremos que hagan con nosotros; perdonar a quien nos hace daño; amar a nuestros enemigos; rezar por nuestros calumniadores y por nuestros acusadores y bendecirles; poner la otra mejilla si nos agreden; dejar la capa si nos quitan la túnica; no juzgar ni condenar; y muchos otros mandamientos ordenador por el Señor a su Iglesia.

Estimado público:

Ésta fue la religión de aquellos “herejes predicadores, a quienes dicen consoladores”.

La vida de tales hombres y mujeres, sencillos y humildes, fue tan firme y ejemplar, sus huellas quedaron tan profundamente marcadas en la sociedad de su tiempo que, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo por destruirles, por prohibir completamente sus enseñanzas, su búsqueda y su mensaje permaneció presente en las conciencias humanas y, sin duda, hoy encuentra de nuevo un eco en el corazón de los hombres.

Así podemos entender el sentido de la profecía y leyenda que sobre ellos se escribió: “Después de setecientos años, el laurel volverá a reverdecer”.

Eduard Berga Salomó
Centre d'Estudis Catars
C/Sant Joan de Malta, 219
Barcelona


sábado, 18 de abril de 2009

LOS PRINCIPALES TEXTOS SOBRE EL GRIAL: 1180 - 1250

Ofrecemos a continuación una sucinta relación de las principales fuentes medievales sobre el Santo Grial, a partir del Cuento del Grial de Chrétien de Troyes, relato inconcluso, que dió pie a toda suerte de fantasías, sobre este mito cristiano, conocido a partir del año 1180.


Chrétien de Troyes, "Perceval. Le Conte du Graal" 1180 - 1190.

Primera continuación del Cuento del Grial, 1190 - 1200.
Segunda continuación, con Prólogo de las Elucidaciones, y con Prólogo de Bliocadran, escritos en torno a 1.200 - 1210.
Tercera continuación, de Manessier, en torno a 1.210 - 1.220.
Cuarta continuación, Gebert de Montreuil, 1.226 - 1.230.

Obras de Robert de Boron (1.200 - 1.210), el primer autor que habla del Santo Grial: "Romance de la historia del Grial", "José de Arimatea", "Merlín" y "Perceval".

Ciclo de la Vulgata: "Lanzarote" (episodios del Grial) 1.210 - 1.220; "La Búsqueda del Santo Grial" 1.220 - 1.230; "La Historia del Santo Grial" 1.230 - 1.240; "Romance del Grial" 1.240 - 1.250.

Wolfram von Eschenbach, "Parzival" 1.210 - 1.220.

Heinrich von dem Türlin, "La Corona" 1.230 - 1.240

Romance francés: "El Alto Libro del Grial" (Perlesvaus) 1.200 - 1.210.

EL GRIAL Y EL REY LEPROSO

“Y vi un cielo nuevo y una nueva tierra, pues el cielo primero la tierra primera habían desaparecido, y el mar no existe ya más. Y la ciudad santa, la nueva Jerusalén, vi que descendía del cielo, desde Dios, habiendo sido ataviada como una novia, adornada para su esposo. Y oí una voz grande del trono que decía: he aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte ya no existirá, ni habrá ya duelo, ni gritos, ni dolor, porque lo de antes desapareció… Y llegó uno de los siete ángeles que llevaban aquellas siete urnas repletas con las siete plagas, y habló conmigo: Ven, te mostraré la prometida, la esposa del Cordero. Y en éxtasis me llevó a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, desde Dios, con todo el esplendor de Dios. Su brillo se parecía al de un diamante preciosísimo, como de una piedra de jaspe cristalino…” Ap. 21, 1-4 y 9-11. Esta profecía tiene una gran relación con Isaías 62, donde Jerusalén, la hija de Sión, es desposada con su constructor, Yavheh, “… y tú serás llamada: la buscada”.

El Cristianismo medieval adopta formas claramente escatológicas, sobre todo en torno al año 1.000, es una religión bajo el signo del Apocalipsis, el reino de los mil años toca a su fin, la bestia ha de ser soltada de nuevo, y con ella las plagas y la destrucción de toda la impiedad humana. Pasado el año 1.000 la tensión escatológica no se suavizará, sino que a partir de entonces se vivirá en un tiempo regalado por la gracia de Dios, un tiempo que en cualquier momento puede terminar. Los cristianos deben ganarse el favor divino, y el peregrinaje a los Santos Lugares, se volverá una necesidad en los tiempos del final. Entre los destinos favoritos para la Cristiandad encontraremos Jerusalén, la buscada. Que además, y según las creencias cosmológicas de la época, se encontraba atravesada por el “axis mundi”, el eje del cielo y de la tierra por el que se movían las esferas celestes. Bajo el Monte Calvario se estaban las puertas del Infierno, y en sus antípodas, la Montaña del Purgatorio. Así la Cristiandad había adaptado las ideas cosmológicas de la antigüedad, de manera que Jerusalén se encontraba en el justo eje, que conducía a las Estrellas circumpolares, la entrada en el Cielo Cristalino, de donde había descendido la ciudad santa, de la mano de Dios, y anunciada por los ángeles. Allí había llegado el Hijo de Dios, allí había sido Rey de la Tierra, y por tanto, la monarquía eterna, del Rey del Mundo, debía de restablecerse en Jerusalén.
El 27 de noviembre de 1095, en el Concilio de Clermont de Auvernia, el papa Urbano II lanza, como un ángel del Señor, la siguiente llamada: “Bienamados hermanos, impelido por las exigencias de este tiempo, yo, Urbano, que llevo con el permiso de Dios la tiara pontificia, pontífice de toda la tierra, he venido aquí hacia vosotros, servidores de Dios, en calidad de mensajero para desvelaros la orden divina…” se trata de echar una mano a los hermanos de Oriente, el Islam ha llegado hasta el Brazo de San Jorge (el Bósforo) y amenaza al Imperio Bizantino, ha llegado la hora de prestar batalla y ganar para Dios, la nueva Jerusalén. Así comienza la Primera Cruzada, que tuvo dos versiones, la de los pobres que se levantaron en armas y perecieron todos en el Bósforo, y la de los Barones francos, que llegaron hasta Jerusalén, formando los estados latinos de Oriente: los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquia, y el Reino de Jerusalén.
La Corona de Jerusalén se convirtió en el símbolo de la Monarquía Universal. Pero su historia tuvo distintos protagonistas, desde Balduino I de Bolonia, que fue coronado por el Patriarca Latino de Jerusalén en Belén, en el año 1.100, ligando así la Corona al Cristo; pasando por la famosa Orden del Templo o de los Pobres Caballeros de Cristo, que se fundó en Jerusalén, en 1118, formada por Hugo de Payens y otros ocho caballeros francos, y a los que el Rey ofreció los recintos del antiguo Templo de Salomón; y terminando con Balduino IV de Jerusalén (1174-1185), el Rey leproso, un personaje con una carga dramática enorme, héroe de Tierra Santa, pues contuvo todos los intentos de Saladino contra los estados latinos, a la par que su enfermedad lo iba deformando e imposibilitando, Balduino terminó sus días en una camilla, con los pies y las manos carcomidos por la lepra, y prácticamente ciego.

Balduino IV era primo del Conde Felipe de Flandes (1143-1191), el mecenas y protector de Chretien de Troyes (1135-1190). Felipe viajó a Tierra Santa, e intentó ayudar a su primo Balduino, que preocupado por su enfermedad buscaba un regente para el Reino, hasta que su sobrino Balduino V fuera capaz de portar la corona. Sin duda, Chretien escuchó las gestas de la Cruzada, que en su momento tenían como máximo héroe y protagonista a Balduino, el Rey leproso. El Rey tenía una hermana Sibila, que aseguraba la continuidad del Trono de Jerusalén, y que Felipe de Flandes intentó casar con uno de sus vasallos, pero finalmente se casó con otro barón franco, Guido de Lusignan, que asumió la regencia, se proclamaría Rey de Jerusalén, y que caería derrotado por las tropas de Saladino.

El Cristianismo carecía de una mitología militar como la pagana, los relatos y novelas cristianas, tenían como protagonistas a santos y estoicos filósofos y profetas, los Hechos Apócrifos relatan en tono novelesco las aventuras de algunos apóstoles, o el Pastor de Hermas, tienen siempre protagonistas muy en la línea de la nueva heroicidad helenística, más relacionada con la virtud y la filosofía, que con los relatos míticos de los héroes fundadores de las grandes ciudades griegas y romanas, tal como se narraban en las colecciones de cuentos mitológicos, como “Las Metamorfosis” de Ovidio, autor que fue traducido por Chretien. Este tenía en mente la idea de crear una colección de cuentos y relatos heroicos, donde se narrasen las gestas de militares y hombres de armas, como aquel Hércules, Teseo o Eneas de los relatos antiguos, llenos de magia por la presencia constante de los dioses. En las Cruzadas de Tierra Santa, Chretien pudo encontrar inspiración, para sus nuevas gestas de caballeros cristianos, que tenían que verse envueltos en episodios fantásticos, llenos igualmente de magia, como en el cuento inconcluso del Grial, que dio pie a gran cantidad de relatos posteriores, intentando dar respuesta al enigma que se le plantea a Percival, y que su creador no pudo desvelar.

Chretien tenía en las historias de la Cruzada de su tiempo, todos los ingredientes para construir el cuento inacabado del Grial: un castillo maravilloso, que aparece y desaparece, similar a la Jerusalén celestial de la que habla el Apocalipsis, que desciene de los cielos brillando como un Grial; un Rey enfermo, incapacitado, que es desplazado en camilla, como el Rey Pescador del relato del Grial, y que además tiene una hermana, guardiana de la Corona de Jerusalén. En dicho castillo reside una comunidad de Caballeros, que luego Wolfran von Eschenbach (1170-1220) no dudará en identificar con la Orden del Templo. Un castillo que se encuentra en las antípodas de la Montaña del Purgatorio, y sobre las mismas puertas del Infierno. Balduino, nuestro Rey Anfortas, salía al frente de sus tropas con un fragmento de la Vera Cruz, dispuesto a mostrar la magia y el poder divinos; un hombre de admirable valor, que padeció lo indecible, siempre bajo la amenaza de Saladino, de estoica y admirable virtud, tenía sin duda un gran héroe de las Cruzadas, que podía jugar muy bien, el misterioso papel del Rey Pescador, figura central del relato del Grial.

Por tanto, ya tenemos a todos los personajes del relato, ahora tal vez estemos en disposición de responder la pregunta que el autor no pudo responder, dejando el cuento inconcluso: ¿A quién sirve el Grial?

Juan Almirall

lunes, 6 de abril de 2009

GNOSIS O DOGMA

GNOSIS significa "conocimiento" en griego, la verdadera lengua original del CRISTIANISMO. DOGMA, sin embargo, significa "decreto", supone una verdad, supuestamente, revelada, que nos impone una fe ciega. Se convierte en un precepto inmutable, es decir, un precepto que debe permanecer igual, sin cambios, a lo largo de los siglos.
A los pocos años de aparecer el CRISTIANISMO apareció la GNOSIS, pues la nueva revelación, EVANGELIOS, era una llamada universal a todos los hombres, una llamada proferida en la lengua de la ECUMENE, la lengua de los GRIEGOS. Y decir "GRIEGO" era decir FILOSOFÍA, era evocar a los AEDOS, al gran HOMERO, a ALEJANDRO MAGNO y a la gran ATENAS. GRECIA suponía el ESPÍRITU CLÁSICO Y UNIVERSAL, frente a las religiones y culturas locales. GRECIA era el origen de la GNOSIS, el camino hacia la SOPHIA y el LOGOS. El Evangelio de Juan está lleno de GNOSIS, las Epístolas de Pablo ordenan las comunidades ekklesiales (asamblearias) con la GNOSIS del ESPÍRITU SANTO DEL CRISTO, el PARAKLITO, el verdadero camino hacia el PADRE.
El DOGMA comienza con los CONCILIOS y SÍNODOS de OBISPOS, de una IGLESIA que quiere afirmar su poder sobre las almas. Y el DOGMA será su perdición, pues cuando el ESPÍRITU HUMANO se vuelve LIBRE, abandona todo DOGMA, pues la VERDAD nunca ha sido revelada, es el CAMINO lo que nos revela el CRISTO. El DOGMA mata, la GNOSIS vivifica. El CRISTIANISMO es fruto de la FILOSOFÍA, de la CIENCIA y de las LETRAS CLÁSICAS y HELENÍSTICAS, por eso, el CRISTIANISMO está lleno de GNOSIS. El DOGMA y la TEOLOGÍA DOGMÁTICA sólo han dado problemas, y seguirán dándolos, lo mejor que pueden hacer los teólogos cristianos es evitar que los lean, pues la TEOLOGÍA enferma al ALMA, mientras que la GNOSIS le aporta LUZ y CURACIÓN. El ESPÍRITU reparte por igual todos sus dones sobre todos los miembros de la ASAMBLEA. Y unos se vuelven maestros, otros profetas, otros hablan lenguas, otros las interpretan, otros curan y otros hacen milagros, estos son los verdaderos signos del ESPÍRITU SANTO, de la GNOSIS, de la verdadera IGLESIA DEL PARAKLITO. Este es el verdadero MISTERIO del ESPÍRITU DEL CRISTO. El DOGMA mata, la GNOSIS vivifica.
Desde el CORAZÓN, manantial inagotable de la GNOSIS, kalê antámôsê.
Juan Almirall