sábado, 10 de mayo de 2008

EL HIMNO DE LA PERLA



Cuando era niño
vivía en mi reino en la casa de mi Padre,
y en la opulencia y abundancia
de mis educadores encontraba mi placer,
cuando mis padres me equiparon y
enviaron desde el Oriente, mi patria.
De las riquezas de nuestro tesoro
me prepararon un hato pequeño,
pero valioso y liviano
para que yo mismo lo transportara.
oro de la casa de los dioses,
plata de los grandes tesoros,
rubíes de la India,
ágatas del reino de Kushán.
Me ciñeron un diamante
que puede tallar el hierro.
Me quitaron el vestido brillante
que ellos amorosamente habían confeccionado para mí,
y la toga purpúrea
que había sido hecha para mi talla.

Hicieron un pacto conmigo
y escribieron en mi corazón, para que no lo olvidara, esto:
“Si desciendes a Egipto
y te apoderas de la perla única
que se encuentra en el fondo del mar
en la morada de la serpiente que hace espuma,
(entonces) vestirás de nuevo el vestido resplandeciente
y la toga que descansa sobre él
y serás heredero de nuestro reino
con tu hermano, el más próximo a nuestro rango”.
Abandoné Oriente y descendí
acompañado de dos guías,
pues el camino era peligroso y difícil
y era muy joven para viajar.
Atravesé la región de Mesena,
el lugar de cita de los mercaderes de Oriente,
y alcancé la tierra de Babel
y penetré en el recinto de Sarbuj.
Llegué a Egipto
y mis compañeros me abandonaron.
Me dirigí directamente a la serpiente
y moré cerca de su albergue
esperando que la tomara el sueño y durmiera
y así poder conseguir la perla.
Y cuando estaba absolutamente solo,
extranjero en aquel país extraño,
vi a uno de un raza, un hombre libre,
un oriental,
joven, hermoso y favorecido,
un hijo de nobles,
y llegó y se relacionó conmigo
y lo hice mi amigo íntimo,
un compañero a quien confiar mi secreto.
Le advertí contra los egipcios
y contra la sociedad de los impuros.
Y me vestí con sus atuendos
Para que no sospecharan que había venido de lejos
para quitarles la perla
e impedir que excitaran a la serpiente contra mí.
Pero de alguna manera
se dieron cuenta de que yo no era un compatriota;
me tendieron una trampa
y me hicieron comer de sus alimentos.
Olvidé que era hijo de reyes
y serví a su rey;
olvidé la perla
por la que mis padres me habían enviado
y a causa de la pesadez de sus alimentos
caí en un sueño profundo.
Pero esto que me acaecía
fue sabido por mis padres y se apenaron de mí
y salió un decreto de nuestro reino,
ordenando a todos venir ante nuestro trono,
a los reyes y príncipes de Partia
y a todos los nobles del Oriente.
Y determinaron sobre mí
que no debía permanecer en Egipto,
y me escribieron una carta
que cada noble firmó con su nombre:
“De tu Padre, el Rey de los reyes,
y de tu Madre, la soberana de Oriente,
y de tu hermano, nuestro más cercano en rango,
para ti, hijo nuestro, que estás en Egipto, ¡salud!
Despierta y levántate de tu sueño,
y oye las palabras de nuestra carta.
¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!
¡Recuerda la perla
por la que has sido enviado a Egipto!
Piensa en tu vestido resplandeciente
y recuerda tu toga gloriosa
que vestirás y te adornará
cuando tu nombre sea leído en el libro de los valientes
y que con tu hermano, nuestro sucesor,
serás el heredero de nuestro reino”.
Y mi carta era una carta
que el Rey selló con su mano derecha,
para preservarla de los males, de los hijos de Babel
y de los demonios salvajes de Sarbuj.
(La carta) voló como un águila,
el rey de los pájaros;
voló y descendió sobre mí
y llegó a ser toda palabra.
La tomé, la besé,
rompí su sello y la leí:
y estaban de acuerdo con lo escrito en mi corazón
las palabras escritas en la carta.
Recordé que era hijo de reyes,
y libre por propia naturaleza.
Recordé la perla,
por la que había sido enviado a Egipto,
y comencé a encantar
a la terrible serpiente que produce espuma.
Comencé a encantarla y la dormí
después de pronunciar sobre ella el nombre de mi Padre,
y el nombre de mi hermano
y el de mi madre, la reina de Oriente;
y capturé la perla
y volví hacia la casa de mis padres.
Me quité el vestido manchado e impuro
y lo abandoné sobre la arena del país,
y tomé el camino derecho hacia
la luz de nuestro país, el Oriente.
Y mi carta, la que me despertó,
la encontraba ante mí, durante el camino,
y lo mismo que me había despertado con su voz
me guiaba con su luz.
Pues la (carta) real de seda
brillaba ante mí con su forma
y con su voz y su dirección
me animaba y atraía amorosamente.
Continué mi camino, pase Sarbuj,
dejé Babel a mi lado izquierdo.
Y alcancé la gran Mesena,
el puerto de los mercaderes,
que está sobre el borde del mar.
Y mi vestido de luz, que había abandonado,
y la toga plegada junto a él,
de las alturas de Hircania
mis padres me los enviaban,
por medio de sus tesoreros,
a cuya fidelidad se los habían confiado,
y puesto que yo no recordaba su dignidad
ya que en mi infancia había abandonado la casa de mi padre,
de improviso, como los enfrentara,
el vestido me pareció como un espejo de mí mismo.
Lo vi todo entero en mí mismo,
y a mí mismo entero en él,
puesto que nosotros éramos dos diferentes
y, no obstante, nuevamente uno en una sola forma.
Y a los tesoreros igualmente,
quienes me lo traían, los vi de semejante manera,
ya que ellos eran dos, aunque igual que uno,
puesto que sobre ellos estaba grabado un único sello del Rey,
quien me restituía por medio de ellos
mi tesoro y mi riqueza,
mi luminoso vestido bordado,
que estaba ornado con gloriosos colores,
con oro y con berilos,
con rubíes y ágatas
y sardónices de variados colores,
también había sido confeccionado en la mansión de lo alto
y con diamantes
habían sido festoneadas sus costuras.
Y la imagen del Rey de los reyes
estaba pintada en él entero,
y también como los zafiros
rutilaban sus colores.
Y nuevamente vi que todo él
se agitaba por el movimiento de mi conocimiento,
y como si se preparase a hablar
lo vi.
Oí el sonido del canto
que musitaba al descender,
diciendo: “Soy el más dedicado de los servidores
que se han puesto al servicio de mi Padre,
y también percibí en mí
que mi estatura crecía conforme a sus trabajos”.
Y en sus movimientos reales
se extendió hasta mí,
y de las manos de sus portadores
me incitó a tomarlo.
Y también mi amor me urgía
para que corriera a su encuentro y lo tomara.
Y así lo recibí
y con la belleza de sus colores me adorné,
y mi toga de colores brillantes
me envolvió por completo,
y me vestí y ascendí
hacia la puerta del saludo y del homenaje;
incliné la cabeza y rendí adoración
a la Majestad de mi Padre que lo había enviado hacia mí,
porque había cumplido su promesa,
y a la puerta de sus príncipes
me mezclé con sus nobles;
pues se regocijó por mí y me recibió,
y fui con él en su reino.
Y con la voz de la oración
todos sus siervos le glorifican.
Y me prometió que también hacia la puerta
del Rey de los reyes iría con él,
y llevando mi obsequio y mi perla
aparecía con él ante nuestro Rey.

Fin del himno que cantó en prisión el apóstol Judas Tomás.

(De Los Hechos de Tomás, el gemelo de Cristo, texto griego en Acta Apostolorum Apocrypha, traducción de Francisco García Bazán, La gnosis eterna Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos I, Madrid: Editorial Trotta, 2003, pp. 153-158.)

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